Horacio era más joven que Virgilio y provenía de la Italia meridional. Su padre, un liberto, había hipotecado su pequeña granja para que su hijo pudiera educarse en Roma. Como el padre de Virgilio, quiso que el niño supiera "todo lo que debe saber el hijo de un senador o de un hombre rico".
Horacio fue un maestro en la sátira: "cantaba las verdades con la sonrisa en los labios". Su benévolo humor y sosegada ironía se caracterizan por su imparcialidad: se burla tanto de sus propios defectos como de los ajenos. Ironiza su afición a la mesa y su temperamento gustoso de placeres; se burla también de otras debilidades suyas con la misma sonriente sinceridad.
Horacio no servía para soldado: sólo una vez se halló en combate, en Filipos. Mandaba un batallón en el ejército de Bruto. Horacio no se portó como un héroe precisamente y más tarde tuvo la humorada de contar este episodio poco halagador y de burlarse él mismo de su pánico. Confiesa que arrojó su escudo para huir más de prisa, cuando vio que las cosas no iban bien. El vencedor lo perdonó y Horacio se apresuró a agradecérselo.
Horacio fue un hombre feliz: Era pequeño y gordo; él mismo se describía como "un cerdo bien alimentado de la piara de Epicuro". Gozaba sobre todo en su finca de las cercanías de Tibur (Tívoli), regalo de Mecenas. Cuando hacía mucho calor, se refugiaba en Roma; allí escribió la mayoría de sus últimas obras. Augusto lo apreciaba mucho. El poeta era bondadoso, sin malicia, apacible e inteligente; además, sus opiniones coincidían en muchos puntos con la política imperial. Se acusaba a Augusto de haber despojado a los romanos de su libertad. Si ahora se permitían organizar la vida a su gusto, en paz y libres de cuidados políticos, a Augusto lo debían.
Augusto se propuso nombrar a Horacio su secretario particular, pero el poeta prefería vivir como mejor le pareciese. Augusto lo comprendió y no se molestó por la negativa del poeta. Así pudo consagrarse por entero a su obra y, siguiendo la escuela lesbia, cantar las continuas metamorfosis de la naturaleza, exaltar las virtudes del vino (tomado con moderación), tratar sobre el amor y la amistad, dedicar elogios a Augusto, bienhechor suyo y de Roma, y, por último, satirizar las debilidades humanas.
"Trabajarán otros con mayor habilidad el bronce y le infundirán alientos de vida (así lo creo); y del mármol sacarán los rostros vivos; perorarán mejor las causas, y medirán con el compás los movimientos del cielo y señalarán el curso de los astros. Atiende tú, ¡oh, Romano!, a gobernar los pueblos con tu imperio. Éstas serán tus artes: imponer las normas de la paz, perdonar a los vencidos y debelar a los soberbios."
He aquí uno de sus más encantadores poemas sobre el amor:
"Me rehúyes, Cloe: semejante al cervatillo que por desviados montes busca a su madre, atemorizada, no sin vano miedo de las auras y del manso susurro de las hojas.
Tiembla tu pecho y tiemblan tus rodillas si la llegada de la primavera roza las hojas móviles, o los verdes lagartos remueven los zarzales.
Y no obstante, yo no te persigo cual fiero tigre o león getúlico, para despedazarte. Deja, por fin, a tu madre. Ya estás en sazón para un marido."
En casi todos sus poemas satíricos se observan la misma humanidad, sensibilidad v humor. Horacio comprende las debilidades humanas. Su alegría del vivir evoca en medio de un paisaje invernal la figura majestuosa del Soracte nevado, montaña al norte de Roma. Pero este poema encantador es, como muchas obras de Horacio, adaptación de un canto de Alceo. Horacio se glorificaba de haber divulgado las obras de Alceo y otros poetas griegos y de hacérselas gustar a los romanos. En cierto modo, Horacio contentóse con ser un adaptador como Terencio. Algunos literatos y filólogos han demostrado que los más bellos poemas de Horacio son imitaciones y traducciones de obras griegas. Pero son traducciones magistrales..., tan perfectas como las originales. Horacio realiza la síntesis de los genios griego y latino. Se le ha llamado "el más heleno de todos los romanos". Es muy probable que corriese sangre griega por sus venas, siendo originario de la Magna Grecia. Horacio es romano por su agudo sentido de la realidad y griego por su amor a la armonía y a la belleza formal. Vivió según el dictado del oráculo de Delfos: "Conserva en todo la medida", palabras sensatas. Horacio recomendaba "el justo medio" entre la temeridad y el miedo; entre dar rienda suelta a las pasiones y el letargo de las mismas, entre el lujo desmedido y le austeridad. Gracias a la formación estética adquirida por su cultura helénica, su espíritu se liberó cada vez más de la rusticidad romana. Sus mejores obras poéticas son fruto de esta unión entre la virilidad romana y la gracia griega.
Varios poemas de Horacio, las obras satíricas en especial, son también inestimables documentos para la historia de la cultura. Horacio estaba dotado de un sentido de observación muy agudo; para conocer bien la época de Augusto, sus obras nos ofrecen un material tan apreciable como las obras de Cicerón para el conocimiento de la época anterior. Sus poemas nos permiten seguir el curso de su existencia como si se tratara de un diario particular. Horacio es un narrador magistral cuando describe su viaje de Roma a Brindis¡, en compañía de Mecenas y de los poetas Virgilio y Varrón.
En el año 8 antes de Cristo, Horacio perdió a su fiel amigo Mecenas, muerto tras prolongados sufrimientos. En su testamento, Mecenas nombraba a Augusto su albacea universal, pero imponía al emperador un deber sagrado: "¡Acuérdate de Horacio Flaco tanto como te acordaste de mí!" La exhortación sería superflua. Semanas más tarde, Horacio seguía a su bienhechor. Fue sepultado cerca de su amigo. Horacio rubricó su vida con esta estrofa, que aún hoy se cita para honrar una existencia ejemplar:
"Quien es íntegro en su vida y está limpio de maldad, no necesita, oh, Fusco15, arco ni dardos moriscos, ni aljaba llena de flechas envenenadas."
Horacio era un hombre de buen corazón, que sabía cambiar el idioma en música y compartía con sus semejantes toda aquella felicidad de vivir que él disfrutaba.