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Virgilio, poeta nacional

Virgilio era el primogénito de los poetas del reinado de Augusto; los mismos romanos lo consideraron el mayor de los poetas. Oriundo de una aldea cerca de Mantua (Galia cisalpina), no lejos del pago donde naciera Catulo, era hijo de un ciudadano modesto que se sacrificó para darle esmerada educación literaria y científica.

En su primer ciclo poético, Las Bucólicas, Virgilio canta la vida pastoril al modo de Teócrito, aunque no llegue a igualar la viveza y originalidad del modelo. Los pastores de Virgilio se nos antojan a menudo elegantes cortesanos disfrazados de pastores. Virgilio escribió sus idilios pastoriles mientras la sangrienta batalla de Filipos decidía los destinos del mundo y de los siguientes años. Ello motivó su popularidad: Las Bucólicas ofrecen el suspirado descanso en una época turbulenta; muestran a una generación de ciudadanos sofisticados, un mundo natural y candoroso, donde puedan reposar cuantos se sientan abrumados por el vértigo humano. En el más discutido de estos poemas, el IV, el poeta predice el advenimiento de una edad de oro que sucederá a las desgarradoras guerras civiles, una época en que la tierra ofrecerá a los hombres cosechas doradas sin necesidad de simientes; las parras darán racimos sin necesidad de poda, "los rebaños no temerán a las fieras, morirán las serpientes y la miel destilará como

rocío en los troncos de las encinas". Una era de paz anunciada por el nacimiento de un niño que

reinará como dios en un mundo feliz.

¿Quién es este niño cuyo nacimiento predice el poeta con tan sugestivas frases? Cris- tianos piadosos creyeron ver en este poema la primera luz estelar qué guió a los magos de Oriente a la cueva de Belén. Las imágenes simbólicas de la Biblia, el rebaño, los pastores, la serpiente que debía morir, les afirmaron en su convicción: el poeta aludía a Jesús. ¿Era este niño el hijo de la virgen cuyo nacimiento anunciaran los profetas judíos y que nació cuarenta años después? Así lo creyeron los cristianos medievales, que consideraron a Virgilio como un santo profeta. No es imposible que Virgilio, hombre piadoso, oyese hablar de las profecías de Isaías, y quizás pudo leer a los profetas hebreos en su traducción griega, la Septuaginta. Pero hay algo evidente: la mayoría de las imágenes del poema virgiliano proceden de poetas helenos ó helenísticos más antiguos (Píndaro, por ejemplo), y de cantos universalmente conocidos sobre los tiempos dichosos de la edad de oro. Los discípulos de Platón y de Pitágoras estaban íntimamente persuadidos de la inminente llegada de esta época; oráculos y sibilas también lo habían predicho. Todas estas profecías parece que se originaron en Egipto, cuna de tantas doctrinas misteriosas.

Por ello es preferible admitir que el poema -pese a la influencia oriental que aparezca en él- resulta de la angustia del pueblo romano durante aquella época turbulenta y de su gran deseo de paz. Estas aspiraciones pacíficas originaron una segunda hipótesis: el niño que iba a nacer sería el hijo que Augusto esperaba de su segunda esposa. Esperanza que se desvaneció muy pronto y de modo casi humorístico, pues el hijo fue niña: Julia, que tanto daría que hablar.

Años después, a Las Bucólicas siguieron Las Geórgicas, poema didáctico en cuatro libros sobre la agricultura, el cultivo de la vid, la ganadería y la apicultura, y al mismo tiempo un himno a la vida campesina, sencilla y natural. El primer libro termina con una emotiva oración a los dioses tutelares de Roma para que ayuden a Octavio y protejan a este héroe, campeón de la paz, qué trata de acabar con la violencia y con los atropellos y revalorizar el arado y al agricultor. El ciclo enteró se clausura con un homenaje a César, "cuya poderosa mano blandió el rayo de la guerra hasta las riberas del Éufrates, ofreciendo a los pueblos sometidos paz y leyes benignas, abriéndose camino hasta el Olimpo".

En el año 29, al regresar Augusto a Roma vencedor en Accio, el poema estaba terminado y podía ser leído ante éste por el mismo autor y su protector Mecenas. Augusto halló en el poeta un propagandista -inconsciente, en verdad- de su política agrícola. El emperador quería que los proletarios de Roma volvieran a la tierra, restaurando así la clase social que originara la grandeza romana. Virgilio convirtióse de esta forma en el Hesíodo romano, después de haber sido el Teócrito. Él mismo afirmó que quiso dar a Roma, con sus Geórgicas, un paralelo a la obra de Hesíodo, Los trabajos y los días.

Las Geórgicas son poemas didácticos; el autor quiere enseñar al campesino romano la

mejor manera de trabajar la tierra y cuidar el ganado. Con todo, la obra no es nunca árida o pedante. El poeta parece tocar con su varita mágica los trabajos del campesino, dando un encanto nuevo a las labores más: prosaicas. Canta, arrebatado, elogios a su querida Italia y las delicias que proporciona. Describe a las mil maravillas el trabajo del campesino en su viña, la protección de los sarmientos y su poda en el momento preciso.

Nuestro poeta tiene muchas cuerdas en su lira y cada una con distinto son. Nos arranca de un amable idilio para mostrarnos la lucha feroz por la vida. Nada iguala en vigor a su descripción de la pelea de dos toros. Con devoción casi infantil, describe el poeta la vida de las abejas en la colmena, "donde la miel exhala su perfume de flores".

La brillantez de Las Geórgicas, su mejor creación poética, proviene de la inspiración que sólo un conocimiento perfecto de las actividades agrícolas puede dar y de esa gratitud inconsciente que cada uno de nosotros siente por el hombre que, curvado bajo el sol, sobre los terrones, nos ofrece la posibilidad de vivir.

La "Eneida", epopeya nacional

Terminadas sus Geórgicas, Virgilio se consagró a una nueva obra, que recogía una idea acariciada por Augusto: ofrecer a los romanos una gran epopeya nacional que sustituyera al poema de Ennio, anticuado y rudo. Así nació la más célebre de sus obras, la Eneida, que exalta la historia romana haciéndola remontar hasta Eneas, pariente del rey Príamo. Después de Héctor, era Eneas el más valiente de los troyanos; y no era menor su piedad. De esta manera, Roma tenía a Troya por metrópoli, y el troyano Eneas, antepasado de Augusto, era el verdadero fundador de la ciudad, porque la gens Julia era descendiente de Julo, hijo de Eneas.

Hace ya siete años que Troya fue destruida. Durante este tiempo, Eneas va errante por los mares, por culpa de Juno:

"No ha perdido la memoria de las causas de su ira y de su amargo despecho. Y conserva en el fondo de su alma el juicio de Paris, la injuria de su belleza me- nospreciada..."

He aquí por qué odia a todos los descendientes de Paris. Después se acerca Eneas al litoral de África. Juno consigue persuadir a Eolo, dios de los vientos, a que desencadene la tempestad contra los barcos troyanos.

"Síguese clamor de hombres y crujido de jarcias. De súbito, las nubes hurtan a los ojos de los teucros el cielo y el día. La noche cubre el mar con ambas alas negras; el cielo truena de un polo a otro y el aire brilla con centellas frecuentes; y todo amaga a los troyanos una inminente muerte."

Zozobran cinco navíos, los otros naufragan. Pero al punto aparece Neptuno, protector de Eneas. Enojado y blandiendo su tridente, ordena a vientos y nubes que amainen en el, acto. Eneas singla entonces hacia las costas de Libia, con los barcos restantes, y allí encuentra un puerto bien defendido. Desembarca en el lugar donde reina la bella Dido, que, huyendo de Tiro para escapar de su ambicioso hermano, fundó Cartago.

La reina ofrece hospitalidad a Eneas, que le narra sus numerosas hazañas y aventuras. Describe la caída de Troya. Virgilio narra los acontecimientos que la Ilíada pasó por alto, con fuerza dramática tan irresistible, que aún hoy inspiran piedad. Este relato de las aventuras de Eneas recuerda en parte las vicisitudes de Ulises. Entretanto, Dido escucha al apuesto extranjero con creciente interés y admiración, que se torna en pasión ardiente. Eneas corresponde a los sentimientos de la reina. Durante, una cacería, en la que participa la corte entera, se desencadena una tempestad. Dido y Eneas se encuentran solos en una gruta.

"Entretanto, comienza el cielo a turbarse con enorme murmullo, y sigue la tempestad acompañada de granizo. Por doquier el cortejo de tirios y la juventud troyana y el dardanio nieto de Venus, medrosos, esparcidos por los campos, acógense a diversas guaridas. Envían ríos las montañas. Dido y el caudillo troyano se cobijan en la misma cueva. La Tierra y Juno la pronupcial dan la señal en el acto; brillan los relámpagos en el Éter, sabedor del connubio; las ninfas aúllan en la cima del monte."

Sigue una larga serie de fiestas; Eneas y Dido sólo piensan en su amor. Eneas olvida su misión: fundar en suelo de Italia el Estado que un día dominará al mundo. Al fin, el rey de los dioses le ordena que deje su ociosidad y siga el curso de su destino. Eneas obedece. Con su sensible instinto de mujer enamorada, Dido adivina lo ocurrido y trata de retener a su amante; y ante la inutilidad de sus esfuerzos, su amor se transforma en odio. Dido no quiere sobrevivir a la separación. Cuando, al amanecer, Eneas abandona el puerto de Cartago, una hoguera le ilumina su ruta: en ella se consume Dido. Antes de morir, maldice al infiel amante y a todo su pueblo y predice la grandeza futura de Cartago, que, un día, será la más peligrosa enemiga de Roma y vengará el honor de su primera reina.

Eneas singla ahora rumbo a Italia. En Cumas consulta a la célebre Sibila. En compañía de la adivinadora, visita los infiernos y encuentra allí a su anciano padre, a quien sepultara un año antes. Esta descripción del orco es uno de los capítulos más emotivos de la literatura universal. Constituye la fuente de numerosas visiones del infierno descritas en la Edad Media y de ahí su importancia para la historia de las religiones y de la civilización. Eneas y la Sibila llegan junto a Carón. El barquero ofrece un aspecto espantoso: su barba es gris e hirsuta, sus ojos lanzan rayos. A la orilla del río se presentan las sombras de los difuntos:

"Hacia él y en la ribera, lánzase toda la derramada muchedumbre de las almas, hembras y varones, y los cuerpos huérfanos de vida de los magnánimos héroes; muchachos, doncellas y jóvenes colocados en las piras a la vista de sus padres: ...Rogando están por ser las primeras en pasar, y tienden las manos, ansiando llegar a la otra orilla."

Pero el terrible barquero rechaza estas lívidas siluetas, sombras de los difuntos cuyos despojos no recibieron sepultura. Están condenadas a vagar cien años por el borde del río antes de poder alcanzar la otra orilla. A ruegos de la Sibila, Eneas sube a bordo del frágil esquife:

"De allí echa a las otras almas, que ya estaban sentadas en los largos bancos, y desocupa el fondo, y al instante embarca el gran Eneas. Bajo tal pesadumbre, gime el barco sutil y por sus hendiduras entra mucha agua cenagosa. Al fin, sin daño, pasa al otro lado del río a la profetisa y al héroe y los deja en el légamo informe y entre glaucas ovas." "Asorda estos reinos con su ladrido trifauce el gran Cerbero, tendido y monstruoso de parte a parte en su cueva. A quien la profetisa, viendo que ya se eriza su cuello envedijado de culebras, le echa la torta narcotizada de miel y semillas medicinales. Él la toma al vuelo, abriendo las tres gargantas, que el hambre exaspera, y, dejándose caer por el suelo, relaja sus desmedidos miembros y se extiende monstruoso, llenando toda su cueva. Sepultado en sueño el guardián, ocupa Eneas la entrada y pasa presto la ribera de la onda que no tiene retorno.

"Y, al instante, en el umbral primero, oye voces y vagidos grandes, llanto de almas de niños a quienes se llevó un día aciago y, huérfanos de la dulce vida y arrancados del pecho, los sumió en amarga muerte. A par de éstos, los condenados a muerte por supuestos crímenes. Estas moradas no les fueron dadas sin tribunal sacado a suerte ni juez. Minos, inquisidor, mueve la urna: él reúne en asamblea a los silenciosos y juzga sus crímenes y sus vidas. Próximas a ellos tienen sus estancias aquellos tristes que, sin merecerlo, por su propia mano, se causaron la muerte y, porque aborrecían la luz, rechazaron la vida. ¡Ay, cuánto más ahora y en el alto éter querrían arrostrar pobreza y trabajos duros! Los hados se lo vedan; la despreciable ciénaga los tiene cautivos en su

agua triste, y la Estigia, con nueve vueltas, los aprisiona. Y no lejos de aquí, extendidos por doquier, se muestran los campos llorosos (así los nombran). Aquí, a aquellos que un amor duro consumió con su cruel infición, ocúltanlos unas veredas secretas y abrígalos en derredor una selva de mirtos; ni en la misma muerte dejan las ansias amorosas."

La sombra de Dido se encuentra allí también. Pero cuando Eneas quiere hablarle, huye enojada. Eneas sigue su camino y encuentra a varios compañeros de armas, que le cuentan sus calamidades. Poco después llega al pie de una inmensa fortaleza; en torno a sus murallas corre un río de olas de fuego. Es el Tártaro, el lugar de los condenados.

"De allí se oyen salir gemidos, horribles latigazos, luego el ruido estridente de hierro y arrastre de cadenas. Encerrados aquí, esperan su castigo aquellos que en vida aborrecieron a sus hermanos; los que a su padre hirieron o causaron fraude a su cliente; los que se tendieron sobre amontonadas riquezas, sin dar parte de ellas al prójimo -éstos forman la mayor muchedumbre- y los que por adulterio fueron muertos; los que siguieron armas impías y no temieron traicionar a sus señores.

"Éste vendió a su patria por dinero y le impuso un tirano poderoso, hizo y deshizo leyes por soborno; este otro invadió el tálamo de su hija y contrajo vedados himeneos; todos concibieron grandes maldades y cogieron el fruto de su osadia."

El viaje continúa y después de este horrible escenario...

"...llegan a los lugares apacibles y a los amenos vergeles de los bosques gloriosos, y a las moradas de los bienaventurados. Un aire más amplio cubre los campos y los viste de luz púrpura, y conocen su sol y sus estrellas. Los unos ejercitan sus miembros en las palestras de grama, y en el juego compiten; y luchan en la dorada arena; y, con sus pies, los otros rigen danzas y recitan versos."

Eneas tiene el consuelo de encontrar a su anciano padre. Pero al intentar abrazarle, la sombra se desvanece como un sueño. Eneas aprende de su padre la doctrina de la metempsicosis; el anciano le muestra las almas de las generaciones futuras, almas que vivificarán algún día el cuerpo de un ser humano. Eneas ve a todos aquellos que, más tarde, desempeñarán un papel importante en Roma, desde Rómulo hasta Augusto, que dará al mundo la paz y la edad de oro.

Como muchas otras escenas de la Eneida, la visita al mundo subterráneo fue escrita según modelo homérico. Sin embargo, Virgilio y Homero conciben el infierno de forma muy distinta. La época de Homero no hacía distingos entre los hombres buenos y malos, respecto a la supervivencia en el reino de las sombras; más adelante, la influencia de Pitágoras y Platón creó tal distinción entre los difuntos.

Con la visita a Cumas termina el nomadismo de Eneas y comienza el largo combate en el Lacio, lucha que el príncipe troyano ganará al fin de una serie de triunfos y fracasos. Entonces puede realizar su gran misión y formar la comunidad de donde saldrá un día Roma, señora del mundo.

Como queda dicho, se observa a menudo en la Eneida la influencia de la Ilíada y de la Odisea. Sin embargo, los héroes de Homero son mucho más vivos, más humanos, más apasionados que Eneas, con frecuencia simple marioneta en manos de los dioses. No obstante, el carácter de Eneas es más elevado que el de los héroes homéricos, pues sacrifica su felicidad personal a la ejecución de la tarea que los dioses le han confiado: "Eneas es la personificación de ese sentido del deber tan característico de los romanos". Nunca transige con su misión.

Los dioses de Virgilio son tan impersonales como sus héroes. Carecen de los rasgos personales que dan vida y color a los dioses helenos. Son las númina, las fuerzas, lo que determina el curso de la Eneida: ello corresponde muy bien a las ideas de los

romanos. Hay otra diferencia: Homero es un narrador puro; Virgilio escribe guiado por un fin muy claro. Pretende, ante todo, glorificar el poder romano y aureolar la figura de Augusto.

Virgilio es más sincero cuando describe la vida idílica en el seno de la naturaleza, cuando opone la dicha del campesino a la vida de los ciudadanos esclavizados por el lujo y los placeres. Hijo de un campesino, nunca dejó de serlo. Ningún poeta anterior, griego o romano, tuvo hacia la estética de la naturaleza un sentimiento tan intenso.

Sus contemporáneos no dudaban en colocar la Eneida por encima de todas las obras. Su poesía sabe hacernos oír el rumor de los árboles y el estrépito de las espadas. Los romanos creían incluso que Virgilio superaba al padre de la poesía griega. Ningún ciudadano podía leer sin sentirse conmovido las altivas palabras del padre de Eneas cuando, desde el fondo del orco, señala a su hijo la futura misión de los romanos.

Virgilio trabajó once años en la Eneida, y creía necesitar tres años más para terminar su epopeya, pero no pudo disfrutarlos. La muerte puso fin a su obra, apenas cumplidos los cincuenta años de edad.