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GOBIERNO DE OCTAVIO El Principado

GOBIERNO DE OCTAVIO.

El Principado

Después de la muerte de Antonio, Octavio encontróse solo al frente de las fuerzas armadas romanas. Por consiguiente, era dueño de Roma, ya que el verdadero poder se asentaba ahora en el ejército. La República -cinco siglos de vitalidad- bien muerta estaba. Los jefes optimates no habían sobrevivido a las guerras civiles y a las proscrip- ciones; el pueblo, tal como aparecía en la asamblea, era un mar agitado a capricho de los demagogos, una masa ciega que abandonó su autoridad a quienes le daban "pan y

diversiones". El único organismo con significación política era el ejército y, desde

tiempo atrás, éste no pertenecía ya a la República, sino a su imperator o comandante en jefe.

Tampoco las antiguas instituciones republicanas se adaptaban a un imperio mundial. El Senado no podía mantener una dirección continuada y eficaz de la política exterior ni una administración sana en las provincias. El restablecimiento de las antiguas estructuras estatales habría causado, sin duda, nuevas guerras civiles.

Podía preverse, pues, que la República no resucitaría. Pero el prestigio mítico de la idea republicana demoraría todavía unas cuantas generaciones en perder sus contornos definidos. La política más conveniente había de consistir en crear instituciones realmente nuevas, pero revestidas de la parafernalia tradicional. El imperio necesitaba un gobierno unipersonal fuerte, vigilado por la curia, un hombre que buscara dentro de los límites de la ley la prosperidad de la res publica (la cosa pública, los intereses comunes; de cuya expresión deriva la misma palabra república) y acabara con la politiquería, no ya de partidos, ni siquiera de grupúsculos sociales, sino sencillamente de ambiciones personales.

Se llama "principado" a la nueva estructura política que Octavio ofreció al imperio romano. El jefe del imperio romano era princeps civium, el primero de los ciudadanos, como era Pericles en el imperio ateniense. Octavio dice en su autobiografia: "Desde entonces, fui el hombre más importante de Roma, pero no tuve más poder que cualquier otro ciudadano que ejerciera una función al mismo tiempo que yo".12 El príncipe era, pues, el ciudadano más enaltecido, pera no poseía poder personal. Debía

12 Cita de un documento interesante se ha conservado durante siglos en un templo que súbditos agradecidos erigieron a Octavio en Ancyra (Ankara, actual capital de Turquía). En los muros de este templo hay una inscripción que resume la vida de Augusto. Es copia de un texto escrito por el mismo Octavio poco antes de su muerte, para su futuro mausoleo. El texto resume lo realizado por "el emperador de la paz" durante su largo reinado; el estilo es noble, sin adulaciones ni superlativos: monumental, en el mejor sentido de la palabra.

obedecer las leyes del Estado, como los demás romanos. Como cualquier ciudadano, Octavio votaba en la "tribu" de su residencia.

Octavio vivió como un ciudadano más. No manifestó ninguna señal de lujo. Comía y bebía poco: rebanadas de pan ordinario con queso, un poco de pescado, uvas o higos verdes que solía coger él mismo. Se enorgullecía de llevar vestidos tejidos y cosidos por su mujer y su hija. Dirigía la palabra a todo el mundo. Un día, un ciudadano le hizo una súplica, intimidado en presencia del príncipe; Augusto tomó el papel y dijo al solicitante: "¡Cualquiera que te viera diría que entregas tu papel a un elefante!" César había domado a los senadores exigiéndoles que se levantaran cuando el dictador entrara en el Tribunal. Augusto les pidió que permanecieran sentados, tanto a su entrada como a su salida.

El princeps13 derivaba su autoridad del pueblo, como los demás funcionarios del

Estado: cónsules, pretores y procónsules, pero con una diferencia: acumulaba numerosos cargos jamás reunidos en manos de un solo dignatario. ¿Y qué cargos acumulaba? Desde luego presidía las dos asambleas legislativas de entonces: el Senado, como princeps Senatus, y los comicios populares como tribuno vitalicio. En su calidad de tribuno de la plebe podía anular cualquier decisión del Senado o de la asamblea popular, mientras que su persona permanecía sagrada e inviolable. Reunía también en su mano los poderes ejecutivos propios de un cónsul, como cónsul perpetuo; de un co- mandante en jefe de las fuerzas armadas (imperator), y de un tribuno de la plebe en materia de subsidios y política social. Además fue ungido pontifex maximus, función clerical nunca antes encomendada a un tribuno de la plebe.

De hecho, el cargo que mayor poder le daba era el de "imperator"; por eso, a la larga, él y sus sucesores han sido llamados sencillamente "emperadores". El jefe militar supremo tenía a su cargo la administración civil de las provincias nuevas, las menos consolidadas, donde había mayor peligro de invasiones externas o de rebeliones internas; en estas provincias, por consiguiente, había acantonamiento permanente de legiones romanas. Además, el "imperator" tenía, como se dice -y esto es lo decisivo-, la sartén por el mango: toda la fuerza armada, incluyendo, donde las hubiera, las policías de seguridad, y, especialmente, la guardia asignada a la Curia. Detentaba, pues el poder necesario para imponer su voluntad en caso de conflictos constitucionales.

No poseía, sin embargo, todas las atribuciones que hoy ejercen los presidentes de repúblicas o primeros ministros, puesto que la mayoría de las magistraturas eran llenadas por el Senado y los comicios populares. Claro que el príncipe podía proponer candidatos, y, si se empeñaba en sacarlos avante, lograba finalmente que fueran elegi- dos.

Tampoco su poder igualaba al de los antiguos dictadores romanos, que gozaban de facultades para suspender temporalmente lo que hoy llamamos derechos cívicos y humanos. En efecto, diez años después de la batalla de Accio, Octavio renunció a los poderes extraordinarios que disfrutara como triunviro. Devolvió el Estado al Senado y al pueblo, es decir, restableció -formalmente al menos- el régimen republicano. El Senado, agradecido, le otorgó el título honorífico de Augusto, es decir, el grande, el honorable. En otra oportunidad, Augusto lloró de alegría al recibir el título de "padre de la patria"; pero cuando el pueblo entusiasmado quiso ofrecerle el título de dictador y los veinticuatro haces, símbolos del poder dictatorial, suplicó que no lo abrumaran con una dignidad que evocaba tantos recuerdos sangrientos.

13 El vocablo princeps, del que procede nuestra palabra príncipe, no era el titulo de jefe del Estado. Su título habitual era Caesar, que significará más tarde emperador, en lenguas germánicas y eslavas. En efecto, Augusto y sus sucesores inmediatos, pertenecientes por adopción a la gens de César (la gens Julia), llevaban todos dicho nombre. Poco a poco, se convirtió éste en título.

En resumen, el principado era una monarquía que no se atrevía a llamarse así. Todo el mecanismo estatal dependía por entero del princeps y de sus aptitudes personales. Octavio era moderado y prudente. Desdeñar el brillo de la monarquía para asegurar la monarquía estaba en consonancia con su línea de carácter. Como la cabeza de Jano, el principado tenía dos rostros: uno—el oficial, el que perpetuaba la ilusión republicana—miraba al espectador; el otro, hacía cara a la realidad.