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Catón el Joven Ultimo acto de la guerra civil

En aquel momento, los días de la República estaban contados. Pero vivía un hombre todavía fiel al espíritu de los antiguos romanos, en medio de la decadencia general. Se llamaba Marco Porcio Catón, biznieto de Catón el Censor. Como su antepasado, al joven Catón le entusiasmaba la gran época de la República romana, la edad de oro en que la fuerza viril se unía al espíritu cívico, en que el ciudadano se sacrificaba al Estado. Para él, antiguas virtudes romanas y estructura republicana eran lo mismo. El único objetivo de su vida era salvar y perpetuar esta forma de gobierno. Nunca se le ocurrió que las antiguas virtudes romanas no eran producto de la estructura republicana, pino más bien su base. Aún comprendía menos la diferencia existente entre Roma, diminuto Estado de Italia, y Roma cabeza del imperio mediterráneo. No comprendía que un imperio no puede gobernarse como una pequeña comunidad.

Personalmente, Catón el Joven pretendía ser la imagen viva de su gran antepasado. Le gustaba moralizar a sus contemporáneos corrompidos. Como verdadero estoico, se expresaba con preferencia en términos filosóficos y abstractos. Catón era un hombre íntegro, que no transigía con su conciencia. Estaba siempre dispuesto a sacri- ficarse. Cualidades raras en un mundo relajado y sin grandeza de espíritu. Nada tiene de particular que Catón se convirtiera pronto en el jefe consagrado del partido optimate; aunque-falto de talento, su programa era negativo en exceso. Sin embargo, el mismo César, modelo de flexibilidad, apreciaba a un teórico tan intransigente como el mismo Catón, aunque perteneciera al campo contrario: lo prueba la indulgencia un poco irónica que demostró cuando los triunviros determinaron desterrarlo.9

9 Catón era demasiado buen republicano para molestar a los triunviros. Era un hombre tan honrado que, jurídicamente, nada le podían reprochar. Lo alejaron, pues, confiándole una misión halagadora: fue enviado a Chipre para anexionar la isla a Roma y confiscar los tesoros de sus últimos soberanos. El motivo aparente era la innegable honradez de Catón, que lo hacía el hombre ideal para ese encargo de

Cuando César asumió prácticamente el poder personal, Catón fue el último en doblegarse y planteó una lucha desesperada para salvar a la República.

César dirigió en África su última batalla contra los partidarios insumisos de Pompeyo, que, después de Farsalia, se habían refugiado allí. Desde tiempo atrás, les ayudaba Juba, rey de Numidia.

El mando de las fuerzas aliadas no podía ser confiado a un africano, y así se dio a un tal Escipión que, aunque combatiese en África, no era, desde luego, Escipión el Africano. Un antiguo y glorioso nombre llevado ahora por un hombre cuyo único mérito fue el de dar su hija en matrimonio a Pompeyo.

Cuando César desembarcó en África, se produjo un pequeño incidente que fue in- terpretado como un mal presagio: el general tropezó, cayendo cuan largo era. Su presencia de espíritu lo salvó una vez más. Interpretó su caída como señal favorable y aparentó haberse caído por su propia voluntad, exclamando: "¡Te abrazo, tierra de África!".

La batalla decisiva se entabló en Tapso, en la costa oriental, al sur de Cartago. Se enfrentaban los dos suegros de Pompeyo. A los primeros reveses, los oficiales de Pompeyo perdieron la serenidad y sólo pensaron en huir.

Catón no participó en la batalla. Mandaba la retaguardia de los aliados en la ciudad de Útica, al norte de Cartago. Apenas supo el resultado del combate, tomó la determinación de suicidarse; pero antes hizo cuanto pudo para proteger de una eventual venganza a los residentes en la ciudad. Obtuvo del enemigo la seguridad de que nada :sucedería a sus habitantes; luego, se retiró a su habitación a leer el Fedón, sublime diálogo en que Platón demuestra la inmortalidad del alma. Después se arrojó sobre su espada. No había cumplido aún cincuenta años. Su muerte causó sensación en la ciudad y la historia le llamo en lo sucesivo Catón de Útica. Cuando la ciudad y la historia Cesar supo la muerte del irreductible republicano, exclamó: "¡Te reprocho tu muerte, Catón, pues me has impedido salvarte la vida!". En realidad, Catón era más peligroso muerto que vivo, pues los republicanos podían oponerle ahora un mártir a César.

La mayoría de los jefes optimates perecieron igualmente. Escipión se dio la muerte cuando iba a ser capturado y Juba se hizo matar por su esclavo al terminar una orgía desenfrenada. Sus súbditos respiraron aliviados.

César entró al fin en la capital y al frente de sus veteranos coronados de laureles celebró su cuádruple triunfo: había vencido a los enemigos de Roma en la Galia, en Egipto, en el Ponto y en Numidia. La lucha por Roma se había desarrollado en tres continentes. A la cabeza del cortejo se exhibían esculturas que simbolizan el Rin, el Ródano y el Océano encadenado. Seguían numerosos prisioneros cargados de cadenas de oro y, entre ellos, el desventurado Vercingetórix, la princesa Arsinoe, hermana de Cleopatra, que mantuvo feroz lucha contra César, y un hijo de Juba. Venía después el triunfador, en un carro dorado tirado por cuatro caballos blancos, precedido de seis grupos de doce lictores y seguido de sus legiones.

Con el triunfo llegó el momento de distribuir entre sus soldados la esperada recompensa. Jamás presenció Roma tanta generosidad: los simples soldados recibieron casi un talento cada uno; los oficiales, de dos a cuatro veces más. Clausuraron las fiestas de la victoria, juegos y diversiones populares de toda clase, entre ellos un festín de 22,000 mesas. El vino corrió generosamente; hasta los más pobres pudieron participar en los regocijos generales. Mario y Sila habían iniciado su dictadura derramando la

confianza: sólo él no aprovecharía la ocasión para enriquecerse a expensas del Estado. Catón protestó cuanto pudo, pero los triunviros mandaban en la asamblea popular y ésta decidía soberana: Catón faltaría al primer deber de un republicano si no ejecutaba sus órdenes.

sangre de sus conciudadanos; César, arrojando ríos de vino de Falerno para celebrar el advenimiento de una nueva época en la historia romana: la era de los césares.