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EL PRIMER TRIUNVIRATO "Los tres tiranos"

Al regresar Pompeyo, la República estaba todavía en pie, pero la conjuración de Catilina había impresionado profundamente al pueblo. Mucha gente deseaba ver el Estado conducido por un jefe enérgico. Hasta entonces, ningún candidato a la corona manejó tantos triunfos como Pompeyo en este año 61 antes de Cristo. Pero, ¿aprovecharía la ocasión? Apenas desembarcó en Brindisi, adoptó una medida que dejó estupefacto al pueblo: licenció a su ejército, dando a cada legionario libertad de volver a su casa. Pronto se enteraría a su costa lo que valía un general sin tropas en la Roma de su época. Desde luego, Lúculo hizo cuanto pudo para dificultar la vida al hombre que le había arrebatado el mando y cosechado lo que él sembrara. El gastrónomo consiguió notables resultados: cuando Pompeyo pidió que fueran aprobadas las medidas adoptadas por él en Asia, tropezó con una oposición tumultuosa. Y cuando solicitó distribuciones de tierra entre sus soldados, le contestaron que no había tierras disponibles.

Con todo, Pompeyo pudo celebrar un triunfo brillante. Según se decía, en el cortejo vistió ropas que pertenecieron a Alejandro Magno. El botín de guerra sobrepasaba cuanto los romanos pudieron soñar. Las arcas del Estado aumentaron en unos centenares de millones. Pero los honores concedidos a Pompeyo cesaron con las últimas aclamaciones que saludaban su cortejo. El vencedor proporcionó a Roma doce millones de nuevos súbditos, es decir, dos veces la cifra de la población italiana de aquella época. Sin embargo, Cneo Pompeyo quedaba despedido por haber terminado su servicio. En Asia dispuso de tronos regios, fundó ciudades, creó nuevas fronteras en reinos y Estados... Sin duda, sintió amargamente haber licenciado sus soldados, pero era demasiado tarde. Cuando el Senado le volvió la espalda, sólo le quedó una cosa que hacer: desempeñar el papel de demagogo, para el que tenía muy pocas disposiciones. En el seno del partido democrático, César ocupaba ya el primer lugar y Pompeyo tuvo que contentarse con el segundo, posición que César cedió muy a su gusto.

En el año 60 antes de Cristo pactóse una alianza entre César, Craso y Pompeyo: se llamó "primer triunvirato". Coalición que puede considerarse como una prolongación de la que formaran Pompeyo y Craso once años antes. Los tres se unieron para ayudarse mutuamente y compartir el gobierno de Roma. Ante todo, decidieron unir sus fuerzas para que César fuese elegido en el siguiente consulado. Juntos los tres, tenían

suficientes partidarios para ejercer decisiva influencia en el Senado y en la asamblea popular. El triunvirato, según un historiador, era "la unión de la gloria, el genio y de la riqueza". Para reforzar más los lazos que unían a los triunviros, Pompeya se casó con la hija de César, la exquisita Julia.7

Pompeyo a solas no hubiera conseguido el reparto de tierras para sus soldados, pero lo obtuvo con la ayuda de los demás triunviros, sobre todo gracias a César, elegido cónsul el año 59 antes de Cristo. Después de violenta discusión con los senadores, la asamblea popular votó la distribución de tierras y aprobó las iniciativas de Pompeyo en Asia. César obtuvo para sí, cuando terminara su mandato consular, el pro consulado de las Galias. El procónsul tenía el mando de cuatro legiones. El ejemplo de los Gracos demostró que en Roma no se conseguía nada sin un ejército; para tenerlo se necesitaba primero mandar en una provincia.

Ironías del destino: Pompeyo era un hombre mejor dotado y más enérgico que él para desempeñar un alto mando militar. Cometía, como dice Mommsen, un verdadero "suicidio político". Las cosas llegaban tan lejos que Roma era gobernada ahora por tres "tiranos" y el Senado se veía reducido al papel de un consejo monárquico. Los republicanos estaban perplejos ante este "monstruo de tres cabezas". Pompeyo era el más expuesto a su cólera, pues se quedaba en Italia para presidir el reparto de tierras y afrontar la situación en caso necesario.

Cicerón era el alma de la resistencia a los triunviros. César estimaba mucho la elocuencia y talento literario del gran orador; deseando atraerle a su causa, le hizo muchas y tentadoras ofertas. Pero Cicerón rechazó todas aquellas tentativas para uncirle al carro de los "tres tiranos". Previno también a Pompeyo contra la ambición de César y Craso. Los triunviros determinaron entonces acabar con "el padre de la patria". Valiéndose de Clodio, enemigo mortal suyo, tribuno popular y hombre por lo menos tan brutal y corrompido como Catilina, lo acusaron de haber ejecutado a los partidarios de Catilina al margen de la ley, sin juicio ni sentencia dada por un tribunal competente.

El tribuno obtuvo de la asamblea el destierro del "padre de la patria" y la confiscación de sus bienes en provecho del Estado. Cicerón se marchó a Grecia. Su casa de Roma fue incendiada y también destruida su hermosa quinta de Tusculano. Desde hacía tiempo, Cicerón pertenecía ya al bando enemigo; había atraído sobre sí las iras de las asambleas y ello por su incorregible locuacidad. Según Plutarco:

"No se podía ir ya al Senado, a la asamblea popular o a los tribunales, sin verse for- zado a aguantar sus eternas muletillas sobre Catilina." Además, Cicerón no podía con- tener la tentación de proferir frases ingeniosas, aunque su causticidad le acarreara odios eternos. Ejemplos de sarcasmo ciceronianos: un día, Cicerón obtuvo gran éxito ante la asamblea del pueblo al pronunciar el panegírico de Craso; pero días más tarde, ante la misma asamblea, lo colmó de afrentas. Craso exclamó: "¿No fuiste tú, Cicerón, quien hace poco cantabas alabanzas mías en esta misma tribuna?". "En efecto -dijo Cicerón-, pero quería ejercitar mi talento de orador tratando un asunto desagradable." Un muchacho sospechoso de haber servido a su padre un pastel envenenado, montó en violenta cólera y amenazó a Cicerón con una paliza; recibió esta respuesta: "De ti, prefiero recibir antes palos que pasteles". Un ciudadano inculto y estúpido se tenía por un gran experto en materia de derecho; Cicerón le citó como testigo en un proceso y cuando el tonto declaró

7 El yerno tenía seis años más que su suegro y dos veces la edad de su esposa: Julia contaba veintitrés años. Pompeyo habíase casado ya tres veces. Repudiada su primera mujer, se había unido con una hija de Sila, fallecida luego en el parto. Poco antes de su regreso, se había separado de su tercera mujer, infiel con... César. Decíase de éste que era en Roma "el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos". César había perdido también a su primera mujer. Poco ante se había separado de la segunda, acusada por el rumor público de ser la amante de un tal Clodio y... "¡la mujer de César no sólo debe ser honrada, sino que además debe parecerlo!". Poco después se volvió a casar.

que no sabía nada, le dijo Cicerón: "¿Piensas acaso que te pregunto sobre temas de derecho?". En el curso de otro proceso, el defensor de la parte adversa, Metelo Nepote, trató de turbar a Cicerón, repitiendo sin cesar con ironía: "¿Quién, pues, es tu verdadero padre, Cicerón?". Al principio, Cicerón no se dignó responder, pero al fin disparó esta réplica: "Querido Meteto, tu madre ha hecho todo lo que ha podido para que te hagamos también esa misma pregunta y para que sea mucho más difícil de responder". La madre de Metelo era famosa, en efecto, por su ligereza de costumbres.

El destierro anonadó a Cicerón, quien estuvo a punto de suicidarse; su correspondencia rebosa lamentaciones y reproches dirigidos a sí mismo. Se sentía, dice, como una planta arrancada de la tierra, que se va muriendo poco a poco. Al cabo de un año, Cicerón pudo volver a Roma, tomar posesión de sus bienes y obtener indemniza- ción por daños y perjuicios. Los triunviros se percataron del gran error que cometían haciendo de su adversario un mártir. Al saber la noticia, Cicerón pasó, en un instante, de la más negra desesperación a la alegría más exaltada. El pueblo romano tributó un verdadero triunfo al "padre de la patria".