Los romanos jamás olvidaron los días terribles que siguieron al desastre de Cannas. Mientras otros pueblos prefieren exaltar el sentimiento nacional celebrando las efemérides de sus grandes victorias, los romanos tenían también presentes las catástrofes nacionales, de ellas sacaban nuevos bríos. Sin embargo, la batalla de Cannas
no había sido tan sólo una página negra en la historia de Roma; también había dejado recuerdos heroicos.
Si todos los aliados hubieran abandonado a Roma a su suerte, la historia de la ciudad habría terminado entonces. Cannas fue un golpe tremendo para los aliados itálicos; algunas ciudades del sur se pasaron inmediatamente a los cartagineses, sobre todo la rica y poderosa Capua, la segunda ciudad de Italia; Siracusa siguió su ejemplo. Pero Italia central permaneció fiel a Roma. Sus ciudades fortificadas y sus recursos humanos casi inagotables hicieron de estos aliados el arsenal del imperio romano.
Aníbal no poseía más que su cuerpo expedicionario, insustituible; tenía, pues, que preservar sus tropas el máximo posible. Por eso no asediaba ciudades ni afrontaba ataques de importancia. La mayor parte de los refuerzos que salían de Cartago iban a España, ya que tras la batalla del Tesino, Publio Escipión había desembarcado allí con importantes escuadrones. Él y su hermano Cneo alcanzaban éxitos de tal envergadura, que Cartago temía perder la totalidad de este rico país. Los ejércitos romanos amenazaban llegar victoriosos hasta las columnas de Hércules (Gibraltar). Aníbal no podía, pues, contar con los refuerzos que su cuñado pudiera mandarle desde España.
Aníbal esperaba ayuda del rey de Macedonia, pero esta esperanza también se desvaneció. Las victorias cartaginesas movieron a Filipo a firmar un tratado ofensivo y defensivo con Aníbal, pero le fue imposible cumplir con sus obligaciones. Los romanos invadieron la península balcánica y sublevaron contra él a los griegos y al rey Atalo de Pérgamo, quien comprendió que en última instancia su puesto estaba junto a los romanos. Durante diez años, los Estados de la península balcánica dedicaron todas sus fuerzas a la guerra y se destrozaron con inhumana crueldad. Cuando la paz pusiera fin a la matanza, de la prosperidad de Grecia sólo quedaría el recuerdo. Aníbal proyectaba unir contra Roma a las fuerzas del este y del oeste, pero tan ambicioso plan no pudo verificarse.
A pesar de las previsiones de Aníbal, la mayoría de las ciudades griegas de Italia meridional permanecieron fieles a Roma. El odio al fenicio y al cartaginés se había trasmitido allí de generación en generación. Además, estaban realmente unidos al conquistador romano, porque los trataba con miramiento y no perdía ocasión de manifestar su simpatía hacia la cultura helénica. Ante esta situación, Aníbal juzgó prudente aprovechar su supremacía militar para tantear una paz provisional que le permitiera, mientras tanto, reforzar sus posiciones. Envió, pues, un embajador a Roma para proponer la paz y un intercambió de prisioneros, pero los romanos rechazaron al plenipotenciario con una lluvia de afrentas. Roma mantenía inflexible aquella norma de Apio Claudio: ninguna proposición de paz con un enemigo que hollara las tierras de Italia.
Se formó un nuevo ejército reclutando a todo hombre capaz de empuñar las armas; los adolescentes y hasta los presos de derecho común fueron admitidos. Además de ocho mil esclavos robustos prestados por los particulares. El mando los arengó prometiéndoles la libertad si demostraban valor en la lucha. La batalla de Cannas señaló así un cambio en el curso de las hostilidades, pero sus consecuencias no fueron las que podían esperarse tras semejante catástrofe. La victoria de Aníbal no le garantizó ningún reposo, ni siquiera provisional; siempre se encontraba ante una sólida y fuerte alianza. Cada vez más necesitado de economizar hombres, el tiempo de sus grandes victorias había pasado y se veía obligado a una guerra defensiva si quería conservar lo ganado.
Ahora era más difícil que antes vencer a los romanos. Escarmentados con la lección de tres aplastantes derrotas, Roma confió sus ejércitos a un general experimentado, reelecto cada año.
El alma de la nueva estrategia romana, o mejor, de la antigua estrategia de Fabio Máximo, puesta otra vez de moda, era Marcelo, un general competentísimo, apoyado por el Senado romano. En tiempos tan difíciles, el Senado mostró una prudencia y una firmeza extraordinarias. Marcelo y su ayudante pronto pudieron ofrecer mensajes de aliento al Senado. Cierto es que sólo se trataba de éxitos limitados que no podían compararse a las ventajas conseguidas por los cartagineses, pero, aunque pequeños, eran significativos; por tanto, si las legiones romanas habían salvado la situación más peligrosa, no tenían por qué perder la esperanza cara al futuro. Sin embargo, Tito Livio exagera mucho cuando adorna la historia romana con muchas victorias entre 215 y 203 antes de Cristo. Lo cierto es que ambos adversarios se entregaron a una guerra de desgaste.
El cartaginés no pudo arrastrar ya a estos militares a imprudencias y maniobras aventuradas. Se limitaban a una defensiva tenaz y no aceptaban combate más que cuando la situación les era favorable. Después de cada operación, los ejércitos romanos se refugiaban en campos atrincherados, frente a los cuales la caballería de Aníbal era tan impotente como ante una ciudad fortificada. Cannas fue la última-gran batalla ordenada. Aníbal había comenzado su campaña con un vigor inusitado. En la ofensiva había dado pruebas de igual talento. Hay que inclinarse ante un general semejante: durante trece años y en circunstancias siempre diversas pudo mantener la cohesión de un ejército que, formado por mercenarios, carecía de base y de homogeneidad; aún más, estos soldados lo habrían seguido a cualquier parte, a pesar de los años que venían luchando. Y, sin embargo, no podía estimularlos con el señuelo de futuras glorias y conquistas. Ni César ni Napoleón hubieran podido hacer frente a semejantes dificultades.
A la larga, Aníbal estaba condenado si no recibía refuerzos, y éstos no llegaron. En Cartago, los comerciantes no sentían muchos deseos de invertir más dinero en la expedición de Aníbal, opinando que si antes había podido mantener la guerra con medios propios, mucho mejor podía hacerlo ahora que era vencedor.