El imperio suspiró aliviado cuando se enteró de la muerte del viejo misántropo: “Ha muerto el león”, se oía exclamar en las calles y hubo caras de risa y ojos alegres en toda Italia. El nuevo emperador, aclamado por el pueblo, era hijo de aquel Germánico tan querido de todos los romanos. Gayo se había atraído los favores del viejo solitario de Capri, que incluso lo adoptó. Es conocido con el nombre de Calígula, que significa “botita”: los soldados de Germánico le adjudicaron este apodo cuando aún era niño; en efecto, su madre le ponía pequeñas botas de soldado.
La alegría de los romanos fue de corta duración: salían del fuego; para caer en las brasas. Calígula era el último descendiente de la gens Iulia. Y el más degenerado. Tenía el rostro hinchado, los ojos sin vida, rasgos muelles, calvicie prematura. Su debilidad de carácter y su: vicios eran evidentes. El viejo misántropo de Capri juzgaba bien a Calígula cuando decía: "Este muchacho tendrá todos los defectos de Sila y ninguna de sus virtudes". En efecto, el joven arrastrábase como un perro ante el tirano y no mostró la menor emoción cuando supo la muerte de su madre y hermanos.
A los veinticinco años, este ser de naturaleza tan servil se convirtió de pronto en dueño del mundo. Se desenfrenó. El ahorrativo Tiberio había acumulado riquezas enormes en su largo reinado: Calígula la, dilapidó en nueve meses; para volver a llenarlas, elevó los impuesto y condenó a muerte por lesa majestad a los súbditos más ricos. Un día pronunció cuarenta sentencias de muerte en un tiempo mínimo cundo su mujer se despertó de la siesta, Calígula se enorgulleció ante ella del dinero que había
ganado durante su sueño. En otra ocasión, un condenado a muerte por alta traición
resultó menos rico de lo esperado. "Me he equivocado -dijo el emperador-; de saberlo, lo hubiera dejado vivir."
Cayo César ó Calígula.
Calígula no dejaba escapar ocasión de manifestar que podía permitírselo todo. Si acariciaba el cuello de su mujer o de su amante, solía decir: "¡Qué cuello tan bonito! ¡Una palabra mía y caería bajo el hacha del verdugo!" Un día, en el coliseo le pareció que el público no lo aclamaba bastante. "El pueblo romano debería tener una sola ca- beza -dijo Calígula-; así el emperador podría cortarla de un solo golpe." Tiberio había tenido por divisa: Oderint, dum probent (que me odien, con tal que me respeten); Calígula prefirió ésta: Oderint, dum metuant (que me odien, con tal que me teman). Ante su espejo, se ejercitaba en adquirir terrible aspecto. La tiranía de Tiberio era reflexiva; Calígula se portaba como un desaprensivo. A Tiberio lo atormentaban los remordimientos; era un desgraciado en el trono imperial. Calígula nunca dio pruebas de humanidad: era un sicópata.
Una vez emperador, Calígula no toleró que nadie recibiera más honores que él, dueño del mundo. Mandó cortar la cabeza a las estatuas de los dioses y las hizo sustituir por otras con su propio rostro por modelo. Se erigió un templo espléndido en donde aparecía en forma de Júpiter o de Baco..., a veces incluso de Juno o de Venus. Preguntó un día a un célebre artista: "¿Quién te parece mayor, Júpiter o yo?" El hombre estaba demasiado aturdido para responder de pronto y Calígula lo mandó azotar. Cuando el
pobre actor pidió perdón, el emperador le elogió su voz, tan adecuada en el tormento co- mo en la escena.
Calígula descendía de los dioses: por su madre, la línea ascendía de Julo, hijo de Eneas y nieto de Venus. El origen modesto de su abuelo Agripa ensombrecía tan brillante genealogía; parece que Calígula quiso borrar esta mancha pretendiendo que Agripina había nacido de amores incestuosos entre Augusto y Julia. Y como un descendiente de los dioses no encontraría esposa digna de él, Calígula cohabitó con su propia hermana Julia Drusila, como Júpiter y Juno. Y se hubiese casado con ella oficialmente, como los incas y faraones, si no hubiera muerto de repente: Calígula entonces la proclamó diosa. Un occidental apenas puede comprender esta conducta; acaso se explique por la pasión que sentía el emperador por todo lo egipcio. Muchos romanos consideraban a Egipto como sentina de todas las perversiones. El favorito de Calígula era un egipcio, lo propio que sus servidores. Apenas subió al trono, acogió como principal religión estatal el culto de Isis; Tiberio había mandado destruir su templo y arrojar la estatua al Tiber. El ideal de Calígula era tener una corte alejandrina, para reinar como un faraón en majestad divina. Durante el gobierno de Calígula, el principado se convirtió casi en "despotismo oriental".
Al morir la "diosa", Calígula cambió de mujer casi cada día, pudiera decirse. En un solo año se casó y divorció tres veces. Suetonio describe la sensualidad de Calígula con una anécdota digna de un sultán oriental. El emperador solía invitar a un festín a las mujeres que quería conocer, con sus maridos, y en presencia de éstos las agraviaba de palabra y de hecho, haciendo destacar sus defectos. Nada la detenía. Manifestaba ostensiblemente su desprecio por la vida humana, y como todos lo sabían soportaban estoicamente sus desplantes para evitar ser objeto de su venganza.
El emperador envidiaba a cuantos desempeñaban cargos importantes. Muchos debieron su vida a la astucia. Séneca se libró de los verdugos, porque sus amigos convencieron al emperador que el filósofo estaba en el último grado de tuberculosis. Cierto alto funcionario, citado ante el tribunal de Calígula, se cubrió el rostro como si sus ojos no pudiesen soportar el resplandor del divino rostro. Calígula quedó tan halagado que, en adelante, aquel hombre fue uno de sus favoritos. En cierta ocasión el emperador dio una fiesta cortesana, con un cónsul a cada lado; de súbito, Calígula se echó a reír, los invitados preguntaron con servilismo qué divertía tanto al emperador y éste respondió: "¡Estaba pensando que bastaría una palabra mía para cortaros la cabeza a todos!" En los juegos de gladiadores, no estaba satisfecho mientras la arena del anfiteatro no se empapaba de sangre. Si no había suficientes malhechores para echarlos alas fieras, hacía arrojar a varios espectadores. Obligaba a los nobles a batirse como gladiadores. Durante su reinado, Calígula fue muy popular entre los romanos. Hacía tiempo que nadie organizaba juegos tan espléndidos ni ofrecía diversiones con tal generosidad.
Calígula tenía una idea descabellada: echar un puente sobre parte del golfo de Nápoles, desde la mundana estación balnearia de Baies hasta la ciudad de Puteoli, unos cinco kilómetros en total. ¿Y para qué quería Calígula construir este puente? Por el maldito deseo de llamar la atención y por espíritu de contradicción. En tiempos de Ti- berio, un astrólogo cortesano había predicho que Calígula no sería emperador, como tampoco podría caminar sobre las aguas del golfo de Nápoles. Calígula ordenó concentrar en Baies navíos mercantes de toda Italia para que formaran un puente de barcos. Terminado éste, el emperador en persona, altivo como un pavo real, pasó de Baies a Puteoli con la coraza de Alejandro Magno puesta. Tras esta hazaña, descansó un día; después volvió a pasar el puente en una cuadriga, acompañado de su guardia y una multitud de espectadores. El emperador hizo alto en medio del puente y subió a una
tribuna levantada ex profeso para cantar sus propias alabanzas. Después celebró el magno acontecimiento con un festín que duró hasta muy entrada la noche. En plena embriaguez, le sobrevino de repente una idea, característica suya: arrojar a todos los convidados al mar. Los gritos de angustia se oyeron desde muy lejos.
Hubo desde luego conjuras urdidas para expulsar del trono a este monstruo o neutralizarlo. Pero todos los intentos fracasaron ante la vigilancia de los pretorianos. Sólo éstos eran capaces de salvar a Roma. Por fin uniéronse algunos oficiales de la guardia y, en 41 después de Cristo, mataron al tirano en su palacio. Apenas había reinado cuatro años. El populacho romano lloró su prematura muerte, pues Calígula se había preocupado del anfiteatro y del hipódromo. Para ser lo más justos posible, debemos admitir que Calígula no estaba totalmente desprovisto de valor, como sus vicios e insolencias parecen indicar. El historiador que lo estudie a fondo puede hallarle matices favorables; así, no eran injustificadas todas sus sentencias de muerte, ni malgastó todos los fondos públicos, ya que consagró una parte a trabajos constructivos útiles, y entendía bastante la política extranjera.
Antes de la segunda guerra mundial, se realizaron en Italia unas investigaciones ar- queológicas que volvieron el nombre de Calígula al plano de la actualidad. Se desecó el lago de Nemi y se extrajeron los barcos de recreo de Calígula que yacían en el fondo. Este pequeño lago volcánico está sito en una región montañosa y pintoresca, a pocas decenas de kilómetros al sudeste de Roma, antiguo cráter lleno de aguas de montaña. La .superficie del lago es circular y lisa, apenas rizada por algún soplo de aire. Era llamado en la Antigüedad "el espejo de Diana", diosa a la cual se había dedicado en sus orillas un célebre templo y un bosque sagrado (nemus, en latín, "bosque, selva"), que diera su nombre a la aldea de Nemus.
Los romanos ricos de la Antigüedad apreciaban la belleza de esta región y su agradable clima. El lago estaba entonces rodeado de casas de campo, parques y jardines espléndidos. Pero los veraneantes más ricos no se contentaban con habitar las orillas y erigían sus quintas sobre el propio lago. Es probable que Calígula construyera dos grandes barcos de recreo a ejemplo de los Tolomeos y los tiranos de Sicilia. Los transformó en verdaderas ciudades flotantes, cubiertas de flores y verdor, con vides y árboles frutales, peristilos sombreados, fuentes y salas de baños. Estos buques desaparecieron con Calígula. Un día, o mejor, una noche se hundieron en la laguna. El recuerdo de su esplendor sólo sobrevivió en la tradición popular. A comienzos de siglo XV, el propietario de la comarca encargó a un célebre ingeniero que comprobara el fundamento de las leyendas que circulaban en aquellos contornos acerca de los dos navíos hundidos. Ayudado por unos excelentes nadadores genoveses, el ingeniero consiguió aferrar con ganchos uno de los cascos y se sacó del agua la cubierta de proa, hecha con planchas de madera de alerce de tres pulgadas de espesor, cubiertas de plomo.
Un siglo después, se emprendieron nuevas búsquedas con ayuda de una primitiva campana de inmersión. Se comprobó, entre otras cosas, la existencia de un suelo de ladrillo carmín en el interior del barco. También la tentativa dio escaso resultado. Un coleccionista de Roma, Constancio Maes, tan, apasionado y entusiasta como Schliemann, se obsesionó con los dos navíos hundidos. A finales del siglo XIX, los mencionó en una serie de artículos que llamaron la atención. Al desescombrar el templo de Diana, los arqueólogos ampliaron sus investigaciones al lago. Los hallazgos fueron numerosos: una maravillosa cabeza de bronce procedente de un mascarón de proa, cinco cabezas de animales, también en bronce, de bellísima talla, abundantes restos de mosaicos y, en fin, dos largos colectores de agua, con el sello de Calígula. Las autoridades prohibieron seguir los trabajos, pero fueron seguidos por cuenta del Estado en 1928. Los navíos son de grandes dimensiones: uno de ellos tiene setenta metros de eslora, el otro 75. Apenas contienen objetos preciosos, retirados sin duda antes de barrenar y hundir las naves. Tienen gran importancia, para conocer la construcción naval de la época; son los buques más antiguos que se conservan. Las célebres cabezas zoomorfas extraídas con anterioridad del agua no forman parte de los barcos propiamente dichos, sino de un puente
tendido desde la orilla al buque más cercano. Ambos navíos se hallaron a una profundidad aproximada de unos veinte metros.