En el año 41 después de Cristo, Roma se vio al fin libre de Calígula y de un régimen de terror que tanto había durado. Para evitar la repetición de tales abominaciones, el Senado quiso restaurar para lo sucesivo las instituciones republicanas. A los pretorianos no les gustó el proyecto, ya que su existencia dependía del principado. Los soldados actuaron con rapidez, antes que la idea de la restauración republicana hiciera mella en la masa popular. Pero ¿dónde hallar un candidato para el trono imperial? La casualidad acudió en su ayuda en forma bastante pintoresca.
Algunos pretorianos recorrían el palacio en busca del asesino de Calígula; de pronto vieron asomar dos pies debajo de tina cortina. Los celosos militares se apresuraron a averiguar de quién se trataba: era Claudio, tío de Calígula, atemorizado y oculto tras la cortina. Era un hombre débil, enfermizo, casi deforme. Su madre, Antonia, modelo de franqueza, jamás manifestó gran cariño por este hijo al que llamaba "engendro". "¡Eres más animal que Claudio!", decía Antonia a todo el que daba señales de estupidez.
Tal engendro avergonzaba a la familia de Claudio, que era muy orgullosa; apenas si su madre le permitía mostrarse en público. A él fue a quien hallaron los pretorianos tras la cortina, temblando como una hoja. Los soldados lo sacaron de su escondite y lo llevaron fuera: Claudio creía que iban a matarlo, pero los legionarios lo condujeron al trono imperial. La guardia pretoriana necesitaba a toda prisa un príncipe, no importaba cuál. Lo encontraron a tiempo. Los soldados llevaron a Claudio en triunfo al cuartel de la guardia y lo proclamaron césar. Claudio recompensó a los pretorianos con una considerable suma, gesto que se convirtió en lo sucesivo en algo ritual al proclamar emperadores. Personalmente, Claudio sólo deseaba dedicarse en paz a sus estudios históricos, lo que no obsta para que prefiriese el trono imperial a ser entregado al verdugo, por muy familiar que le fuera esta idea. En el reinado de su sobrino, la vida de Claudio pendió muchas veces de un hilo y pudo salvar su piel aparentando ser más idiota de lo que era en realidad.
La idea del Senado se desvaneció: la república no pudo ser restablecida; los senadores se limitaron a pronunciar violentos discursos contra la tiranía. Cuando los pretorianos proclamaron al débil y enfermo historiador, que contaba entonces unos cuarenta años de edad, nadie sospechó que Claudio iba a ser un testaferro, aunque muchos se preguntaban quién sería el verdadero dueño del imperio romano. De hecho, los más importantes dignatarios se repartieron el poder. Casi todos eran esclavos griegos libertos, entregados en cuerpo y alma al dueño de quien dependían. En general, cumplieron en forma intachable sus tareas, similares a las de nuestros ministros, pero conocían tan bien como los procónsules romanos el modo de enriquecerse a expensas del Estado. Si mediante la intriga habían alcanzado tan altas posiciones, con la intriga tenían que conservarlas.
La joven esposa del emperador, Mesalina, figura en la historia como un monstruo de lujuria. Transformó el palacio de Claudio en un antro de perversión y de crueldad por sus costumbres disolutas y por su manifiesto desprecio por los más elementales principios éticos. Roma no hablaba más que de sus desórdenes, sin que su marido se enterase de nada. Un prefecto de la guardia quiso revelar al emperador las orgías realizadas en su propio palacio: el imprudente pretoriano cavo su tumba. Cada romana en quien Mesalina sospechaba una posible rival o enemiga, vivía amenazada de muerte. Mesalina odiaba a Agripina y a Julia Livilla, hermanas de Calígula, sobre todo la segunda, muy bella y tan audaz, que desafiaba a la emperatriz. Mesalina la mandó desterrar por atentados a la moral. La infeliz serla asesinada poco después.
La voluntad de Mesalina era ley en la corte. Pero Claudio no era del todo inepto, gracias a su agudo sentido de la economía y a su deseo de justicia. Los impuestos se restablecieron en proporciones normales pese a la realización de grandes trabajos públicos; las exacciones acabaron también. El emperador manifestaba gran interés por la ley y le gustaba asumir en persona las funciones de juez supremo. Pero Mesalina, su genio malo, a veces lo indujo a matanzas que recordaron la siniestra memoria de Calígula. A los veinticuatro años y por primera vez en su vida, la insaciable Mesalina se enamoró locamente de un joven y apuesto cónsul. Lo envolvió de esplendor real y quiso a toda costa casarse con él. Un día, ausente Claudio, de Roma, Mesalina se casó con el cónsul. El burlado marido se enteró en Ostia de lo que ocurría en la capital y comprendió que, esta vez, su trono y su vida estaban en peligro.
Decidido a terminar con este estado de cosas, Claudio emprendió el regreso con un fuerte séquito y llegó en el momento preciso en que se celebraba una fiesta fastuosa en la que la emperatriz, cubierta con una piel de pantera, danzaba a la manera de las bacantes, mientras el cónsul con quien se había casado desempeñaba el papel de Baco. De pronto resonó un grito: "¡Viene el emperador!" La pareja huyó, pero, apresada, no pudo escapar al brazo vengador del indignado Claudio. Fueron condenados a muerte Mesalina y el cónsul. Mientras Claudio saboreaba una suculenta comida, se enteró sin pestañar que Mesalina había partido hacia el reino de las sombras. Luego se embriagó y olvidó todo lo ocurrido.
Poco después, Claudio volvióse a casar. Esta vez con su sobrina Agripina, cuñada de Calígula, a la que Mesalina tanto envidiara y a la que reservaba la misma suerte que a su hermana Julia. Agripina había tenido ya dos esposos y no era precisamente modelo de virtud; el único móvil de este matrimonio, para ella, fue abrir el camino del trono a Nerón, hijo de su primer matrimonio. Desterró a Británico, hijo del emperador y de Mesalina, llamado así en recuerdo de la victoria de su padre sobre los británicos.
Agripina dominó a su débil esposo como antes Mesalina. Si el emperador se fijaba en alguna otra mujer, Agripina ordenaba la muerte o el destierro de la rival. Y para desgracia de las infelices romanas, el ocupante del trono sentía tanta debilidad por las mujeres bonitas como por el vino y la buena comida.
Agripina consiguió casar a Nerón con Octavia, hija de Claudio y Mesalina; la posición de Nerón fue desde entonces inexpugnable, por lo que Agripina dejó de necesitar a Claudio. Pensó desembarazarse pronto de este esposo inoportuno, pero corría el riesgo de acabar como Mesalina. De las frases que, envueltas en tufo, salían a veces del viejo emperador embriagado, pudo deducir que empezaba a lamentar la deposición de Británico en favor de Nerón. En el año 54 después de Cristo, Claudio sucumbió a las intrigas de su mujer; el medio empleado fue un plato de setas envenenadas.
Agripina atrajo a los pretorianos a la causa de Nerón, nombrando prefecto de la guardia a un tal Burro, no por su competencia, sino para hacerle su esclavo. Apenas Claudio dio el último suspiro, cuando Nerón, acompañado de Burro, presentóse ante los pretorianos para ser proclamado emperador en lugar de Británico. Agripina, "abrumada de dolor", se arrojó al cuello de su hijastro llamándole "el vivo retrato de su padre", lo que no era precisamente un cumplido. Vertió lágrimas largo rato y prolongó sus efusiones de amistad a Británico, dando tiempo a que los pretorianos invistieran a su propio hijo. Logrado esto, el dolor de Agripina se esfumó como por ensalmo. Los amigos y partidarios de Británico fueron asesinados o "se les permitió" que se suicidaran.
En el reinado de Claudio comenzó la conquista romana de las islas Británicas. Una de las causas de esta operación fue de índole religiosa: Claudio quería extirpar la religión druídica allí enraizada; los druidas se formaban en la isla. Además, a los romanos les interesaba el comercio británico. Los traficantes romanos se habían extendido ya por toda Galia y se establecían también al otro lado del canal. Las legiones romanas fueron siguiéndoles. Claudio ambicionaba la "gloria militar". En Gran Bretaña, la victoria parecía fácil, pues los celtas estaban allí, como en otras partes, divididos en multitud de principados. Fieles a su antigua norma de "dividir para imperar”, los romanos se manifestaron protectores de un reyezuelo británico y así tuvieron el pretexto buscado para intervenir.
Los británicos se defendieron con valor, pero, a la larga, hubieron de ceder ante las legiones, más disciplinadas en combate. Envainadas las espadas, acudió el emperador al teatro de operaciones, ejerció el mando un par de semanas y regresó en el acto a Roma, para celebrar el triunfo tan codiciado. Desde entonces, Claudio no cesó de proclamar por doquier que había vencido a once reyes británicos, ampliando las fronteras del imperio romano más allá del océano. La Gran Bretaña fue anexionada hasta el norte del Támesis. Los territorios recién conquistados fueron protegidos por guarniciones y fortalezas romanas. Muchos campesinos romanos e italianos fueron a establecerse allí y el país se romanizó cada vez más. Hubo rebeliones, pero fueron pronto sofocadas.