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Catulo, cantor del amor

La primera poesía romana fue épica y dramática. Tardó en aparecer una poesía lírica en lengua latina, nacida por influencia de un helenismo subjetivo e individual. Catulo, contemporáneo de Cicerón y de Lucrecio, merece el título de "padre de la poesía lírica romana". Su obra está muy influida por Safo y Calímaco. Catulo no era un traductor; era un auténtico poeta, un talento original. Sus cortos poemas no dejan de tener defectos. El propio autor los llama versitos con simpática modestia; no obstante, desde la época de Safo son las primeras obras líricas verdaderas. En ellas se resume la vida de un hombre, en el seno de un período lleno de colorido.

Catulo nació en Verona, pero pasó a Roma a la edad de veinte años. Allí corrió innumerables aventuras lujuriosas y se cubrió de deudas. En este ambiente libertino encontró su gran amor, la pasión devoradora que hizo de él un poeta inspirado. Catulo, hijo de la Galia cisalpina, tenía sangre celta en las venas, lo que explica, quizá, su receptividad al subjetivismo del espíritu helénico. El "yo" del poeta rompe los moldes de la severa disciplina cívica y familiar tan cara a los romanos.

Los escritos de Catulo dan testimonio también de la desaparición de las antiguas virtudes latinas. Al Estado romano nada le quedaba que pudiese suscitar entusiasmo patriótico. Una sociedad desmoralizada por la política y entregada a demagogos ambiciosos, no podía crear poemas patrióticos al estilo de Nevio y Ennio, propios de la edad dorada de la República, cuando cada romano se sentía unido a su altiva y poderosa patria. No debe extrañar que desapareciese también en la literatura el interés por el Estado y la comunidad, y la poesía expresase los sentimientos del individuo, sobre todo el amor y el odio. Por tal motivo, la mujer se convirtió en centro de interés de la poesía romana.

En los poemas de Catulo, la mujer se llama Lesbia. Catulo ama a Lesbia hasta sucumbir por su amor. Escoge ese nombre en honor de la poetisa griega que mejor cantó el amor.

En los siguientes trece versos Catulo resume la embriaguez apasionada en que su amor lo ha sumido; felicidad que se expone de continuo como opuesta a la idea de la muerte:

"Vivamos para amarnos, Lesbia mía, y mientras, no escuchemos lo que hablen de nosotros los viejos pudibundos; pueden soles ponerse y levantarse; dormiremos los dos perpetua noche cuando por siempre nuestra luz se apague. Ven y dame mil besos, luego ciento; otros mil y otros ciento al punto dame, y otra vez cien mil dame en seguida. Y al ir a completar muchos millones, la cuenta equivoquemos, que ignorando cuántos besos a darme al fin llegaste, por lo menos, ¡oh, Lesbia!, a algún celoso le ahorremos la pena de envidiarme."

¿Quién era esta Lesbia tan amada? Clodia, hermana de Clodio, caudillo del populacho romano. Su reputación corría a parejas con la de su hermano. Defendiendo en cierta ocasión a uno de los numerosos amantes a quienes Clodia acusó de haber querido envenenarla, Cicerón señaló las abominables maldades de la hermana de Clodio, su mortal enemigo. Dijo por ejemplo: "No soy, ciertamente, enemigo de las mujeres y menos todavía de una mujer amiga de todos los hombres".

Todos admiraban la belleza de Clodia. Estaba casada, pero la corrupción de costumbres de la época no impedía sus numerosas relaciones, tanto más siendo su esposo un viejo repulsivo y antipático. Catulo solía llamarle "el asno". Ya había pasado el tiempo en que las matronas romanas permanecían en casa, pasando los días con su rueca y su telar. Roma se había convertido en capital de los libertinos y de las mujeres adúlteras. "La castidad es prueba de fealdad", se decía entonces.

"¡Qué habrá de ser, me ofreces, vida mía, nuestra mutua pasión grande y eterna! Haced, ¡oh, dioses!, que con toda el alma y sincera me cumpla su promesa.

¡Y que el lazo de amor que ahora nos une, por toda nuestra vida durar pueda!"

Clodia era diez años mayor que Catulo. Lo que para el joven fue pasión sin límites, para ella, mujer madura y experimentada, sólo debió ser pasajero episodio.

"Amar sólo a Catulo me ofreciste y aún al Jove dejar por mis caricias; y cual padre a sus hijos te amé entonces, no como se ama a una vulgar amiga. Mas ya hoy te conocí, y aunque más te amo, de mi amor perdurable eres indigna.

¿Cómo puede ser esto?, dirás, Lesbia. Porque es tal ya conmigo tu perfidia, que aunque un amor más grande te profese, tengo en cambio por ti menor estima."

Poco después se confirmaron las sospechas de Catulo. Al visitar un día a su anciano padre, se entero que Clodia tenía un nuevo amante. Loco de celos, el poeta regresó a Roma a todo galope. Rufo, amigo de Catulo, había aprovechado la ausencia del poeta para suplantarlo en el corazón de la bella dama.

La pasión del poeta se convirtió en odio. Sin embargo, no podía olvidar aquel amor. Conmueve oír a este hombre escarnecido, dirigiendo a los dioses fervientes oraciones para apaciguar su alma atormentada:

“... Si, ¡oh, dioses! sois piadosos, si la muerte no dais a quien la espera satisfecho,

de mí compadeceros y arrancadme, si mi vida fue buena, el mal funesto, que entra como un letargo entre mis venas y las dichas arroja de mi pecho.

Ya no quiero que me ame, ni que honesta, porque imposible es ya, sea de nuevo. De mi piedad en cambio, dadme, ¡oh, dioses! curación de este mal que es lo que anhelo."

La muerte precoz de poetas como Lucrecio y Catulo parece ser algo más que casualidad. Ambos vivían en una época desgarrada en que la sangre bullía febril, una época, también, llena de angustia y de sed insaciable de placer, un tiempo privado del equilibrio y la serenidad de los poetas de la anterior generación. Casi todos los adelanta- dos de la literatura romana -Nevio, Ennio, Plauto y otros- alcanzaron edad avanzada y escribieron incluso en sus últimos años.