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EL UNIVERSO DE LA PALABRA

LA IMAGEN ÁRBOL

IX. EL CÍRCULO Y LAS TRIZAS

¿Por qué motivo continúa el relato bíblico, si en el Sinaí la meta ya había sido lograda y el camino de las veintiséis generaciones había sido cumplido? El relato continúa porque también la vida continúa. Ahora se ve cómo la vida sigue después de esta revelación del Árbol de la Vida y de su sentido. Se ve que aquel que está liberado de Egipto se conduce según la ley de la creación por el camino hacia la Revelación, y ya no puede volver al mundo de la dualidad. Para él, este camino se ha cumplido. Quien pertenece al “uno”, que en oposición al “cuatro” está liberado de Egipto, llega al mundo de Canaan, al mundo del “octavo día”. Los niños llegan vivos a Canaan, mientras que los padres, a consecuencia de otros sucesos, permanecen en el desierto, pero no pueden volver a Egipto.

Aquello que en Egipto se expresaba como tiempo infinitamente largo en los 400 años (con la cifra máxima 400), ahora está abreviado. La marcha por el desierto también está caracterizada por el “cuatro”, pero ya son sólo 40 años. Ello quiere decir que para aquellos que se encuentran en el camino del “dos” al “uno”, la vivencia del tiempo es más breve. Horas y tiempos de alegría parecen ser más breves que tiempos difíciles, malos, en los que uno suspira: “Ojalá fuese noche ya..., ojalá llegue la mañana” (Deut. 28:67).

Horas de alegría “vuelan”, por eso el tiempo de Moisés en el Sinaí es expresado con un “cuatro” aún más breve, o sea 40 días. La Tradición127 comenta que el zodíaco comenzó a girar más lentamente después de haber comido del árbol del conocimiento. La medida temporal “se alargó”. Es como si la vida pasara a otro nivel, a otra órbita, a una órbita más alejada del núcleo. Por eso las experiencias en las distintas órbitas son tan diferentes. Aquello que no fue posible en Egipto ocurre en el desierto, pero en el Sinaí las experiencias cambian otra vez, y son como no han podido ser en el desierto.

Esquemáticamente ello puede ser representado en la figura respectiva. El sector AB es experiencia dual, que se expresa en 400 años. B’C’ es el camino del “dos” al “uno”, tiempo de los 40 años. En la órbita más extrema, los acontecimientos de la órbita BC no pueden ser comprendidos o vividos; por ejemplo, un Ángel es irreal en la órbita B’C’; el Tabernáculo es imposible en Egipto; el suceso de los 40 días (C’D’) es incomprensible en la órbita C’D’ de los 40 años. Siempre un suceso tiene que ser traducido de una órbita a otra.

El éxodo de Egipto contiene un cambio de órbitas de B a B’. La subsistencia en el Sinaí implica un salto de C’ a C”. Después del acontecimiento de los emisarios, que fueron enviados a Canaan, la experiencia vuelve a la órbita más próxima, vuelve a los 40 años, o sea de D” a D’.

La Biblia expresa una realidad que nosotros denominamos “las formas del séptimo día”, el mundo después del éxodo de la dualidad egipcia. En el esquema, ésta es la órbita de los cuarenta años; el rayo del octavo día del Sinaí cae en estos cuarenta años.

Aquello que acontece en una órbita interna es totalmente irreal para quien se encuentra en una órbita externa. No lo vive, sólo ve imágenes. Al hacerlo uno asume el estado de “éxodo” en el camino del 2 al 1, se libera de la esclavitud, gira del camino 1–2 al 2–1. El primer encuentro en el camino del 2-1 es el encuentro del Sinaí. Quien se conduce por este camino pronto encontrará la Revelación. Ella jamás podrá ser anulada, es característica de la actitud del hombre que va en camino del octavo día.

Como primer acontecimiento, Moisés permaneció durante 40 días en el monte Sinaí, separado del pueblo. Ya anteriormente Moisés había pasado un día en el Sinaí, pero en aquel entonces todavía estaba comunicado con el pueblo (Ex. 19:3-6). Al volver, les presentó todas estas Palabras que el Señor le había dado (Ex. 19:7); y luego ascendió nuevamente entre relámpagos, truenos y la montaña humeante (Ex. 19:16-25). Luego, al subir la próxima vez permaneció allí durante 40 días y 40 noches (Ex. 24:1- 18).

El ‘40’ de los días expresa que la separación del pueblo parecía infinitamente larga. Sin embargo, la duración fue más breve, porque en el Sinaí se está próximo al núcleo. Pero los 40 días también significan “espera hasta un extremo máximo”. Durante este tiempo de espera se da una crisis, un alejamiento del origen, surge la duda acerca de si Moisés regresará, y se da la historia con el becerro de oro. El pueblo pide dirección, quiere tener un guía. El resultado es que las dos tablas de piedra se rompen; tristeza y deterioro irrumpen (Ex. 32).

Después de la gran experiencia del descenso de Dios al Sinaí, en la cual, como nos relata la Tradición128, se podía ver desde un extremo del espacio y del tiempo hasta el otro, abriéndose el sentido de cada uno hacia todo, uniéndose Cielo y tierra, nuevamente se da la separación. Aquel quien había unido se torna invisible. El debe estar arriba, pero el “arriba” está totalmente separado del “abajo”. Nuevamente surge una dualidad según el modelo de la creación. Su sentido es la vuelta del unificador. Moisés vuelve con las dos Tablas, la estructura eterna del hombre, con el conocimiento de cuerpo y alma; vuelve con la Revelación. Él hace surgir nuevamente la unidad, comprendida ahora más profundamente. Esta unidad, después de la separación en dualidad, es expresada en la unidad de las dos Tablas. Durante el tiempo de la separación, “arriba” se preparaba el gran Regalo, y “abajo” se lo esperaba con mucha confianza. Por lo tanto se da una división para crear la alegría de la unificación.

La Tradición cuenta que Moisés había dicho que iba a permanecer afuera durante 40 días, o sea que la separación duraría “todo el tiempo”. En el cuadragésimo día, él volvería y entregaría al mundo el Regalo de la gran armonía.

En el tiempo de la separación se da el desarrollo de lo múltiple; se acerca al punto extremo que es el punto medio. Es el punto que en el tiempo se expresa como hoy, como este momento, esta vida, en este tiempo, en este mundo. Es el punto en el cual nos enfrentamos con el 10-5, allí donde tiene que comenzar el 6-5. Por lo tanto es también el punto en el cual aparece la serpiente para indicar toda la belleza y el esplendor del desarrollo; la juventud como símbolo de desarrollo, poniendo la alternativa. En este sentido, la Tradición129 también comenta que hacia el final del tiempo de separación entre Moisés y el pueblo, cuando el 40 finalizaba, apareció el Satán llamando la atención de los hombres a la falta de la liberación prometida.

Satán les señaló que el último día había llegado a su fin sin que Moisés apareciera. En los tiempos finales, las fuerzas del desarrollo son máximas, la tentación también. Totalmente envuelto en las fases evolutivas, no se ve más el significado del origen. ¡Está tan lejos! ¿Dónde comenzó la evolución? ¿Cómo se había llegado a ser un ser humano liberado de la materia? ¿Qué sería aquello que lo llevaría hacia un mundo del bien? ¿No sería quizás una leyenda el hombre Moisés? En cuanto al Cielo, siendo que había dado a la tierra un desarrollo propio y leyes propias, ¿Para qué existía?

Cuando el tiempo está maduro surge la serpiente. Siempre aparece hacia el final de un viejo estado, en la frontera con algo nuevo. El cuadragésimo día llegó a su fin y Moisés no venía. Satán parecía tener razón. Ahora se quería ver a los dioses, y el pueblo se dirigió a Aharón.

En el sistema, Moisés se encuentra a la derecha, y Aharón a la izquierda. El lado de la izquierda, el lado del cuerpo, es el único que permanece durante los 40 días. El otro lado no se ve, está en el cielo. Se pide a Aharón, como guía del mundo, que confeccione dioses, dioses visibles y perceptibles. Aharón pide como sacrificio aquello que embellece al cuerpo, a las mujeres, que da brillo a lo externo. La Tradición130 dice que Aharón esperaba que no estén dispuestos a ofrecer este sacrificio, y por lo tanto se seguiría esperando a Moisés; pero los hombres sí aportan el sacrificio, están dispuestos a entregar todo a fin de encontrar la fuerza que los lleve a la Tierra Prometida. Aharón trata de postergar la confección de este dios. “Mañana es la fiesta del Señor” (Ex. 32:5), son las palabras que dice al pueblo, siempre esperando la vuelta de Moisés, a pesar de haber transcurrido el cuadragésimo día.

Al día siguiente, el cuadragésimo primer día, se entregaron los sacrificios para el dios auto-creado. La postergación de Aharón no había dado resultado.

¿Y el becerro?, ¿Por qué se había hecho un dios del becerro? ¿No estará en contradicción lo primitivo de un culto a un becerro de oro con lo sublime que le precedía? ¿No se trataba quizás de un baile alrededor del “becerro de oro”, o sea alrededor del oro? El suceso de la imagen llevó a estas interpretaciones, justamente porque se vive y se piensa en un mundo de imágenes. Pero la estructura de la Palabra que revela la esencia es la única que puede informar, y no la imagen.

“Becerro”, en hebreo, es ‘EGueL’: 70-3-30; y “Redondo” es ‘AGoL’: 70-3-30. Consisten de las mismas letras. Por lo tanto el becerro tiene que ver con lo redondo, y lo redondo con el becerro. Además, el becerro es el animal que se encuentra en el segundo lugar, y en lado izquierdo del sistema. En el zodíaco se manifiesta como “toro”. El lado izquierdo es también aquel de la vestimenta, de la envoltura, de la cubierta que oculta el

129 T.B. Shabat 89a; M.R. Shmot 41:10. 130 P.E.; M.T. Ki Tisá; T.B. Shabat 89a.

núcleo. El lado izquierdo siempre aparece como un ciclo, como un ir y venir (pensemos en la luna que se encuentra también en este lado) como rueda giratoria.

En la traducción, por supuesto, se ha perdido esa relación entre “becerro”, “redondo” o “círculo”, pero en su esencia son idénticos, tal como lo demuestra la estructura de las palabras.

Para introducirnos aun más profundamente en esta identidad, dirijámonos, por ahora, al becerro. La Tradición131 manifiesta que Jacob recién supo con certeza que José estaba con vida “cuando vio el carro que José le había enviado” (Gén. 45:27). El último tema sobre el cual Jacob conversó con José antes de su “desaparición”, fue aquel de Deut. 21:1-9. Allí, se habla de un difunto hallado en un campo abierto, cuyo asesino se desconoce. Cuando ello ocurre los ancianos de la ciudad tienen que tomar una novilla (o sea un becerro), y quebrarle la nuca.

En hebreo, la voz que indica “novilla” es la misma que “becerro”, sólo que aquella lleva una desinencia femenina. Por lo tanto, “becerro de oro” es ‘EGueL’ (70-3- 30), y “novilla” es ‘EGLáH’ (70-3-30-5). Se establece en el relato una relación entre “carro”, ‘AGaLáH’, y “becerro”: 70-3-30-5, sin que esta relación se viera fuera de la estructura lingüística.

En hebreo, la voz “carro”, derivada de “rueda”, de lo redondo, de lo circular, ‘IGuL’: 70-3-30, aparentemente no tiene relación con el becerro. Para Jacob se dio inmediatamente la relación entre el carro y la última conversación con José sobre el asesino desconocido y el becerro.

Quizás el lector se formulará cómo era posible que Jacob conversaba con José sobre algo que recién cientos de años más tarde aparecería en la Biblia. Pero a esta altura el lector habrá comprendido que la Biblia no es un libro de historia, sino una forma de expresión de lo esencial en espacio y tiempo. Los hombres que mantenían una unión conocían los principios de la creación y de la vida. La Tradición132 relata que Lot dio pan sin fermentar a los Ángeles cuando éstos fueron a visitarlo a Sodoma, ya que era Pesaj, el día del éxodo de Egipto. Esto no es casualidad. También la destrucción de Sodoma fue una intervención de Dios en el punto más extremo del desarrollo. La “elevación” a causa de la “levadura” había legado a su clímax. Pero Lot comía pan sin fermentar, y daba de él a sus huéspedes, que provenían de otro mundo.

Lot, que comía pan si fermentar, fue salvado; Sodoma, destruida en Pesaj. Un paralelo con la destrucción de Egipto en Pesaj.

Lo esencial del concepto “salvación en el punto extremo” siempre se da en Pesaj. El principio del “muerto sin asesino conocido” es muy importante para el mundo. Significa que el hombre muere y no se sabe por qué. Debe haber una causa más allá de enfermedad o accidente, una causa para la muerte en sí. No se comprende esta causa, no se sabe dónde buscarla. Como mucho, se puede buscar en la cadena de la causalidad un eslabón hacia atrás, hasta la “próxima ciudad”, pero de allí no se sabe cómo seguir.

Esta ignorancia general de la causa está ligada con el hecho de vivir en el mundo de la izquierda, en el mundo de la forma, del cuerpo. Casi irreconocible en su esencia subyacente. Tampoco Isaac reconoció a Jacob bajo la vestimenta de Esaú a pesar de sentir su voz muy rara. Tal como el cuerpo rodea al Alma, la mujer rodea el mundo; es la envoltura alrededor del núcleo. La envoltura es lo redondo, es el AGoL, 70-3-30, que se cristaliza en aquello que llamamos becerro, o sea también 70-3-30. El becerro se encuentra en el sistema de los animales como “toro”, en el segundo lugar, lado de la izquierda. En este lado, lo esencial queda oculto.

131 M.R. Bereshit 94:3. 132 M.R. Bereshit 50:22.

Los más ancianos, los guías, eran los responsables de esta ignorancia. Deberían haber hecho algo para la unificación entre derecha e izquierda, entre cuerpo y Alma, entre fenómeno y esencia. Entonces podrían haber revelado qué es la muerte y por qué existe. Los más ancianos de la tribu deberían haber traído el Árbol de la Vida a su mundo, explicándolo, aclarando las causas de la muerte; entonces no hubiera habido humillación para la ciudad. Por eso ahora se necesita el becerro; romperle la nuca que da constantemente vida a lo redondo, al círculo. La nuca une la cabeza con el tronco, el “uno” con el “cuatro”. Esta diferencia no debe ser ocultada por la unión. El “uno” tiene que permanecer “uno”, y dar justamente con ello su sentido al “cuatro”. Por ello, la nuca es una parte móvil que une y separa al “uno” del “cuatro”. Sólo así existe la armonía de los opuestos. Pero cuando la nuca está dura significa que no hay diferencia entre cabeza y tronco, que hay una continuidad allí donde debería haber armonía de opuestos.

“Duro”, en hebreo, tiene como raíz las letras 100-300, con el valor total de 400. Pero 400 significa aquella continuidad en la cual está abolida la oposición entre cabeza y tronco.

En el mismo sentido se habla de un pueblo de “nuca dura”, de testarudez, que tampoco quiere hacer una unidad, una armonía de opuestos. Quiere seguir llevando la continuidad a una meta aparente, pero que no es una meta final porque el círculo gira constantemente. “Nuca”, en hebreo, es ‘OReF’: 70-200-80, con el valor total de 350. Estos 350 son el 3½ que indica de qué manera lo esencial se une, se comunica con la extensión en el tiempo. Allí donde existe una unión de nuca dura, un “duro” 3½ y un 400, allí tiene que ser rota la nuca. Por ello, los más ancianos, los Sabios, los guías, tienen que romper la nuca. Tienen que hacer visible cuál es la causa del no-saber: vivir en un circuito de desarrollo. Ahora pueden testimoniar que no son culpables.

Cuando se rompe con el viejo camino, no hay culpa. El hecho de que se haya encontrado el muerto en un campo abierto se atribuía a aquella circulación existente; por eso públicamente tiene que ser interrumpida. De ese principio habían hablado en su última conversación Jacob y José, antes de ser vendido José a Egipto. Jacob tampoco conocía a los malhechores, y pensaba que José había muerto.

La Tradición comenta que Jacob no fue llamado más Israel después de la venta de José, porque había perdido la sensación de unidad. El nombre “Israel” contiene la armonía de los opuestos. El lado izquierdo se había separado del nombre de “Israel” y llevaba una existencia propia. Por lo tanto, Jacob no pudo comprender el sentido del suceso, y sufría terriblemente bajo la pérdida de José; pero cuando Jacob vio el carro y lo “redondo” de las “ruedas” comprendió inmediatamente lo que había sucedido. En Gén. 37:13 fue llamado por última vez Israel. Ahora, En Gén. 45:27-28 leemos: “Y cuando él vio los carros que José le había mandado para llevarlo hacia él, el espíritu de Jacob, su padre, entró en vida, y dijo Israel: Es suficiente para mí que mi hijo José aún vive. Quiero ir allí y verlo antes de morir”. Nuevamente se llama Israel. Su visión penetra los sucesos, la armonía vuelve a él.

Ocupémonos una vez más de la historia del becerro de oro. A fines del cuadragésimo día, habiendo perdido la fe en un salvador, el pueblo entregó los sacrificios. El becerro de oro surgió solo133, no fue Aharón quien lo formó. Cuando se va por ese camino la consecuencia es una cosmovisión de lo redondo; todo parece estar cerrado en sí. El mismo Aharón veía, según la Tradición, como el becerro vivía y comía.

Según la misma Tradición, El Satán, la fuerza del desarrollo, aceleraba todo en esta fase. Todo parecía justo y andar bien. Los hombres descubrían los misterios de la materia; ya los mismos chicos reconocían tales cosas. Se había esperado un desarrollo

tranquilo, continuo, pero de repente se daba muy rápidamente, todo encajaba en sí. Uno llega a ser ciego respecto de cualquier posibilidad fuera del desarrollo, e incluso se niega a verla ya que sólo perturbaría la embriaguez de ese desarrollo.

Hur, hijo de Miriam y de Caleb134, quiso señalar el error de adorar lo redondo como Dios. Fue matado, no se permitía ninguna perturbación. Lo redondo, la causalidad terrenal, fue proclamada dios. Se demostró que la salvación de Egipto fue consecuencia del desarrollo. “Dijeron: Estos son tus dioses Israel, que te han llevado fuera del país de Egipto” (Ex. 32:4). Se sacrificaba a este dios ya que el salvador permanecía en el cielo y no aparecía.

Los 40 días habían pasado. El cuadragésimo primer día había comenzado. Aparentemente, se había seguido a un fantasma. Finalmente, el pueblo se entregó ä comer y beber en el servicio al dios de la redondez, y gozaban. Se daba cumplimiento al sentido de la existencia comiendo, bebiendo y gozando de la vida. Un comentario de la Tradición135 dice que se incluía, en ese gozar, lascivia y matanza. La expresión traducida como “gozar” no es la voz común ‘TzaJeK’, 90-8-100, que significa “risa burlona” como consecuencia de que uno mismo no cree en lo que debe acontecer. De esta misma raíz proviene el nombre de Isaac, cuya madre Sara rió sin fe cuando le fue anunciado