EL UNIVERSO DE LA PALABRA
LA IMAGEN ÁRBOL
II. LOS DOLORES DE PARTO DE LA EVOLUCIÓN
Los cuatro libros que siguen al Génesis (el primer Libro del Pentateuco, llamado así por sus palabras iniciales “En el comienzo”) tratan del éxodo de Egipto. Estos cuatro libros pueden ser vistos también como un mundo predeterminado ya por los acontecimientos del Génesis.
Los Hijos de Israel llegan a Egipto como personas honradas. Allí son subyugados, debiendo sufrir bajo un duro peso de trabajo. El nombre hebreo para designar a Egipto,
Mitzraim, ya expresa un ‘sufrir en la dualidad’, dado que no es una dualidad en armonía
o quietud, sino una dualidad de opuestos. También son opuestos pasado y futuro, falta de tranquilidad. El constante cambio es llamado ‘evolución’. Por ello, evolución, dualidad, multiplicidad, forman un conjunto. Las fuerzas de la evolución han destruido la armonía por obra de la serpiente. Poco antes que los Hijos de Israel hayan entrado a Egipto, José había superado los opuestos, uniendo los “años magros” con los “años de abundancia”. Esta armonía, sin embargo, fue destruida otra vez en el tiempo del “cuatro”, que se encuentra frente al tiempo del “uno”. “Se alzó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José” (Ex. 1:8). El estado de Egipto volvió a cambiar, pero los Hijos de Israel permanecieron invariables. La Tradición105 apunta al hecho de que Gén. 49:3-28 finaliza con la enumeración de las tribus, y que al comienzo del segundo Libro (Exodo 1:l-5) vuelven a ser mencionadas. De ese modo se forma un nexo para el ibrí entre el primer Libro y los otros cuatro, en contraste al Faraón, quien “no conoció más a José”.
“Levantóse entretanto un nuevo rey sobre Egipto que no conocía a José” (Ex. 1:8); “Mirad el pueblo de los Hijos de Israel, es más que nosotros”. “Entonces lucharemos con argucia contra ellos para que no se multipliquen” (Ex. 1:9-10). Egipto está asustado por la gran fuerza que ha adquirido el Alma (Israel), que incluso ha llegado a ser más poderosa que la fuerza del cuerpo (Egipto). El faraón decide aniquilar esa fuerza e integrarla al servicio del mundo. Se construyen ciudades, se hacen depósitos. Israel tiene que participar en la construcción del futuro de la tierra. Es integrado a esta evolución en esclavitud, no en libertad. No es el trabajo corporal que somete al ibrí, sino la distracción hacia el servicio del mundo aparente. Fueron capturados por el desarrollo material. No fue mero trabajo forzado de esclavos en el sentido como se lo imagina sociológicamente: la Tradición106 cuenta que los hijos de Israel llenaban los “circos y teatros” de Egipto, y que buscaban olvido en los placeres. Es una esclavitud en una circunstancia que no quiere saber de nada de la vuelta al origen. Muchos de los, israelitas no sentían la esclavitud y permanecieron en Egipto en el momento del éxodo. La traducción de Ex. 13:18 dice: “Por ello él llevó el pueblo por el desierto, en el Mar de Juncos, y los Hijos de Israel abandonaron Egipto armados para la lucha”.
La expresión hebrea equivalente a “armados” es ‘jamushim’, cuya traducción literal es: “con cinco”, o “un quinto”. Otros traductores dicen: “En filas de cinco”; pero la Tradición manifiesta, en cambio, que se trata de un quinto de israelitas que abandonó Egipto, sólo uno de cada cinco Hijos de Israel. Los otros cuatro quedaron atrás. Sólo un quinto ha sufrido bajo la esclavitud, sólo un quinto abandonó en forma armada el país, dispuesto a la lucha contra la atadura al “cuatro”.
105 Rashi sobre Ex. 1:1. 106 M.R. Shmot 14:3.
La relación 1-4 no debe ser vista matemáticamente. Significa en el fondo que todo aquel que se pliega al Árbol de la Vida, al “uno”, es salvado. La identificación con el
árbol del conocimiento, en cambio, significa quedarse en Egipto. Según la Tradición107, la tribu de Levi era libre; no estaba comprometida para el servicio en Egipto. Se ocupaba de la Palabra de Dios; se había propuesto estudiar el sentido de la vida y de difundir los conocimientos logrados. En ocasión de un plebiscito entre los Hijos de Israel, Levi estaba eximido. Él cuenta por sí. Los que realmente se ocupan de tareas espirituales, están libres del servicio al mundo.
Pero, ¿En qué consistía el sufrimiento en Egipto? También sobre ello cuenta algo la Tradición108. Egipto había comenzado pagando un sueldo a los Hijos de Israel; pero cuando el hombre, ocupando el lugar del Alma en la historia, acepta un premio, dicho premio sirve meramente para la satisfacción de deseos de goce. Es una provocación para “cazar premios”. El hombre estaba distraído de las tareas espirituales; pero paralelamente, poco a poco, casi imperceptiblemente, el sueldo–premio, fue disminuyendo.
El principio “premio” ofrece una perspectiva de solución a los misterios de la vida, un dominio de ella y del cosmos. Las primeras experiencias en el trabajo evocan esperanzas, pero con el tiempo la esperanza disminuye; el sueldo se restringe. En Egipto, finalmente el sueldo dejó de existir totalmente. El pueblo estaba capturado en el servicio al trabajo, el Alma capturada al servicio de la materia. Israel se encontró totalmente dominada por la vorágine del trabajo, sencillamente ya no podía dejar de trabajar, y temía que el mundo, sin ese trabajo exagerado, se derrumbara.
Sólo el “quinto” había reconocido el peligro. El Alma sufriente se quejaba y buscaba a su salvador. Pero Egipto temía al salvador109. Lo quiso excluir y se dirigió a las parteras (las “madres del dolor”) Sifra y Pua. Curiosamente, tenían que servir dos parteras para miles y miles de israelitas. Según la Tradición110, esas dos mujeres, Iojeved y Miriam, fueron madre y hermana de Moisés. Ellas dos recibieron la instrucción de matar a todo varón recién nacido (Ex. 1:15-17). Pero las dos mujeres temían a Dios, y dejaban vivir a los niños. Dios las premió “Y por haber las parteras temido a Dios, Él les hizo casas” (Ex. 1:21). Así dice la traducción, lo que apenas se comprende.
El premio era el “dos”, que significa, en su forma de letra, ‘la casa’ (el Bet). El premio para los varones salvados –para el “uno”– era el Bet, o sea este mundo, el mundo “del acá”. Dos versículos más adelante (Ex. 2:1) la Biblia dice: “Y un hombre de la casa de Levi fue y tomó por esposa a una hija de Levi”. La Tradición complementa que ésta fue Iojeved, una de las parteras, la que después de haberse separado de su marido, Amram, volvió a él. Después de este “retorno” nació Moisés. Fue así que el salvador Moisés llegó al mundo de Egipto, en el “dos” de Iojeved, en “la casa”.
La otra “casa”, aquella de Miriam, era según la Tradición111, aquella que provenía de Kaleb.
Kaleb, de la casa de Judá; y Josué, fueron los únicos adultos que salieron de Egipto y lograron entrar a Canaan. Al darse cuenta el faraón que en los ibrí existía una unión con el “Uno”, dio la instrucción de arrojar al agua a los varones recién nacidos, y dejar con vida a las niñas. Las niñas, la mujer, el cuerpo, eran amadas en Egipto. Servían para el goce. Egipto, mundo de la dualidad112, daba un lugar especial a la mujer y a la fuerza del desarrollo. En cambio, el Alma tuvo que estar esclavizada; incluso
107 S.I. 108 S.I. 109 S.I. 110 M.R. Shmot 1:17. 111 T.B. Sotá 11b. 112 M.R. Shmot 1:22.
“muerta”. Se cuidaba tanto más el cuerpo; es la esencia de la impudicia. Tirar a los varones al agua significaba sumergir su cualidad en el lado de la izquierda, en el lado del agua, hacerlos desaparecer en la “gran cantidad”, ya que ellos son la expresión de lo cualitativo–esencial en el mundo. Dentro de la masa sin forma no habrá más ninguna individualidad.
Pero los hombres se quejaron y encontraron el contacto con Dios, que había visto ese sufrimiento. El que sufre bajo el abuso del hombre, bajo la humillación del Alma divina, es salvado. Sólo es escuchado el que verdaderamente sufre también en su Alma.