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EL UNIVERSO DE LA PALABRA

SEGUNDO DÍA TERCER DÍA PRIMER DÍA

II. EL SECRETO DE LA PALABRA

Volvamos entonces nuevamente al esquema del segundo relato de la creación (Tabla II, Parte 2). El vapor que se elevó y humedeció la tierra se conoce en la Toráh como ed; palabra que se escribe en hebreo con un Alef y un Dalet –en cifras 1-4.

Se encuentra en el esquema en la parte superior derecha. Por debajo se ubica el “río que sale de Edén”, y se divide en cuatro brazos principales. Una corriente se divide en cuatro aguas, obteniendo entonces la relación 1:4, tal como la esencia del vapor, que también es 1:4. (Por supuesto, ello es válido únicamente para escribir la palabra vapor como ED, y no como por ejemplo “torrente de agua”. De este modo queda claro que cada traducción cambia esencialmente el texto).

Las cuatro brazos principales (ríos) no son en primer lugar conceptos geográficos, a pesar de que cada uno tenga una denominación específica (Pisón, Gijón, Hidekel, EuPrates (Gén. 2:11-14). Más bien, demuestran que el 1 se divide en 4, y como se manifiesta el 4 cuando se concretiza.

En el segundo lugar del esquema (Tabla II, Parte 2), ángulo superior izquierdo, se ubica el hombre. En hebreo, hombre es AdaM, que expresado de manera numérica es 1- 4-40. Nuevamente notamos el 1-4, ya que el 40 no es otra cosa que el 4 manifestado en un nivel decimal superior, en otro nivel.

Si el vapor es en su esencia 1-4 se ve ahora que el hombre es una elaboración ulterior que va en determinada dirección: del 1-4 se accede al 1-4-40.

Dios el Señor creó el cuerpo del hombre a partir de un trozo de tierra (Gén. 2:7). Más brevemente, de tierra. Tierra, suelo, en hebreo equivale a ADaMA: 1-4-40-5; o sea, también un desarrollo del principio 1-4.

Las decenas y las centenas sólo indican cantidades sutiles, que se pueden imaginar como el mismo elemento en distintos niveles. La fórmula del ser hombre la hemos visto en el 1-4-40.

“Verdad” en hebreo es ‘EMeT’, que expresado numéricamente corresponde a 1- 40-400. Tal como el 4 se transformó en 40, el 40 se transforma ahora en 400. Por lo tanto en el valor numérico, los vocablos ed (vapor), adam (hombre), y emet (verdad), muestran un parentesco. Si se extrae de la expresión “hombre” (1-4-40) el 1, obtenemos 4-40, que es la representación numérica del vocablo hebreo DaM (sangre). Y si hiciéramos lo propio con la palabra EMeT (verdad) –1-40-400– (al extraer el 1) obtenemos MeT (40-400), cuyo significado es muerte.

Vemos entonces que el agregar o sacar el 1, el Alef, varía totalmente la esencia de la palabra. El hombre, sin el 1 es “sangre”. La verdad sin el 1 es “muerte”.

Siendo que los vocablos hebreos correspondientes a “hombre” y “verdad” tienen una diferencia de nivel en su estructura, también vemos una interrelación entre “hombre” con el 1, como vida; y sin el l, como muerte.

A través de estos ejemplos distinguimos la relevancia del 1, que lo abarca todo. Cambia totalmente la situación si el 1 está presente o no.

Para no despertar la impresión de que toda la lengua hebrea está construida sobre la fórmula 1-4, voy a dar otros ejemplos.

El vocablo “serpiente”, ese ser bíblico desagradable, equivale en hebreo a ‘NaJaSH’, o sea 50-8-300. “Caída” o “caer”, en hebreo es ‘NaFaL’, o sea, 50-8-30. La expresión “caer” debe ser interpretada como descender de un nivel superior a un nivel inferior. “Alma corporal”, en hebreo es ‘NeFeSh’, o sea 50-80-300. En resumen,

“serpiente”, que es 50-8-300; “caída”, que es 50-80-30; y el “alma corporal” (animal), que es 50-80-300, muestran entonces nítidamente una relación esencial.

Aquello que intuitivamente nos parece emparentado, se aclara en hebreo con abstracta precisión.

La estructura que sirve como ejemplo, o sea 5-8-3, puede sin embargo aparecer en otra secuencia. Así, por ejemplo, “la vid”, en hebreo ‘GueFeN’, es 3-80-50. En este caso se ha invertido la estructura 5-8-3, pero que pueda existir una interrelación, lo sabemos del ejemplo de la embriaguez, del caer en la embriaguez del vino.

Sólo quise dar a través de estos ejemplos, una ilustración de lo dicho anteriormente.

Volvamos una vez más al principio 1-4. Nuevamente, vemos en él el esquema básico; la fórmula básica del mundo, en cierto sentido es el núcleo que se manifiesta en todos sus círculos o capas que lo rodean, y en los cuales él se proyecta.

Incluso en la cristalización corpórea del hombre reconocemos esta estructura 1-4. El pulgar de la mano se encuentra frente a los cuatro dedos como 1. Ya hemos visto al cuerpo humano como hombre en esta estructura 1-4.

La cabeza es el 1 frente a las cuatro partes del resto del cuerpo: 1) hasta las caderas, 2) bajando hasta las rodillas, 3) hasta los tobillos, y 4) finalmente los pies.

Pasemos ahora a la columna central de la Tabla II, Parte 2. En medio del jardín del Edén se encuentran dos árboles especiales. Son el Árbol de la Vida, y el Árbol del conocimiento del bien y del mal (Gén. 2:9). En el esquema, estos árboles, en el jardín, aparecen en cuarto lugar. En el séptimo lugar figura el mandamiento “Podrás comer de todos los árboles del jardín, excepto del árbol del conocimiento del bien y del mal. De él no deberás comer” (Gén. 2:16-17).

“Árbol de la Vida”, en hebreo, es ‘ETZ HafaIIM’, que expresado en cifras resulta 70-90 5-8-10-10-40.

“Árbol del conocimiento”, en hebreo es ‘ETZ HaDAaT ToB VaRRA’, y en cifras: 70-90 5-4-70-400 9-6-2 6-200-70 (“etz = árbol”, “tob = bueno”, “rá = malo”).

Nos encontramos ahora en la columna central, la columna de la dualidad, de lo doble. Dos árboles se enfrentan. También es la columna del “hijo”, que tiene características tanto del padre como de la madre. Por eso las cualidades están mezcladas en él. El principio 1-4 se expresará de otra manera, de una manera oculta.

Si se suman las letras tal como cifras, ese concepto se torna más claro. El Árbol de la Vida consiste de 70 + 90 + 5 + 8 + 10 + 10 + 40 = 233.

Los “ladrillos” (valores numéricos) del árbol del conocimiento del bien y del mal son: 70 + 90 + 5 + 4 + 70 + 400 + 9 + 6 + 2 + 6 + 200 + 70 = 932;y 4 x 233 = 932. O sea que también en este caso se encuentra presente la proporción 1:4. El 1-4 no se encuentra en el árbol como unidad, sino en la proporción de los dos árboles. El árbol de la vida representa entonces el l, y el árbol del conocimiento el 4.

El lector atento comprenderá ahora el significado del 1 en la estructura de las palabras hebreas que designan hombre y verdad. También sabrá ahora que el 1 es expresión del concepto Árbol de la Vida. El dejar de lado el 1 significa entonces muerte. El tomar sólo del 4, el comer del árbol del conocimiento, significa tener que morir – aquello que en Gén. 2:17 está expresado con el tomar del árbol del conocimiento.

También se puede representar el esquema del segundo relato de la creación de la manera como se muestra en el cuadro respectivo:

Ya que el lector estará un poco impresionado por los resultados obtenidos hasta ahora, es tiempo de advertirle de la tentación de representar cualquier palabra bíblica de la manera indicada. Espero que, sin embargo, esté convencido de que aquí no se trata de un juego de números para demostrarlo todo. Cada trabajo con cifras debe tener como base un principio que conserve siempre su validez.

Se habrá comprendido que el principio encontrado no es algo buscado, pero que tampoco es casualidad. El principio 1-4 habla con demasiada claridad. Deberá admitirse entonces que se trata pues de un sistema, de una regularidad milagrosa, como existe en la creación misma, en el universo y en la Biblia.

Pareciera como que la Biblia ha surgido a través de millares de años de selección, desarrollo, etc.; y si ese no es el caso, ¿Cómo ha surgido esa maravillosa estructura? ¿Qué escritor pudo haber ideado palabras, compuesto frases, e inventado un relato adecuado para que “vapor” sea justamente 1-4; y “hombre” 1-4-40; o que en hebreo, “Árbol de la Vida” tenga exactamente el valor numérico para formar junto con “árbol del conocimiento” la proporción 1:4?

Si se asumiera ello, se comprendería que la Biblia (la Toráh) es un Libro muy especial, quedando también en claro por qué no puede ser modificado ni un ápice del texto original; ya que de ser así, se variaría su estructura, y no quedaría finalmente más que un relato semejante a muchas otras historias.

También la secuencia de determinados acontecimientos tiene, por lo tanto, un sentido profundo. Puede surgir el interrogante de por qué las diez plagas en Egipto debieron ser mencionadas en la secuencia descripta; y por qué fueron ésas, y no otras (Ex. 7:11). ¿Constituirán también las diez plagas un sistema? ¿Tendrán sus nombres y la secuencia de su disposición un significado relevante en el sistema?.

En la tabla siguiente menciono las plagas, omitiendo la décima, que ocupa un lugar preponderante. Nos limitamos en este ejemplo a las tres plagas de la columna central: 3, 6 y 9.

Tomando los valores numéricos de las letras iniciales de esas tres plagas, las de la columna central, se obtiene, comenzando desde abajo: 8-300-20, que son exactamente las mismas cifras que la novena plaga. Lo mismo es válido para las segundas letras –de las que se obtiene la sexta plaga– como también para las terceras letras –de las que se obtiene la tercera plaga.

el hombre 1-4-40 el hombre en el jardin 1-4-40 frente al árbol 1 y al árbol 4

no comer del árbol4, ahora que el hombre se

encuentra frente al árbol 1 y al árbol 4 mandamiento al hombre

1-4-40 árbol de la vida árbol del conocimiento

el río 1-4 vapor

2. PLAGA 1. PLAGA 3. PLAGA “PIOJOS” “KINIM” 20-50-40 5. PLAGA 4. PLAGA 6. PLAGA “VIRUELA” “FORÚNCULOS” “SHJIN” 300-8-50 8. PLAGA 7. PLAGA 9. PLAGA “OSCURIDAD” “JOSHEJ” 8-300-20 PLAGA 3 20 50 40 PLAGA 6 300 8 50 PLAGA 9 8 300 20

PLAGA 9 PLAGA 6 PLAGA 3

Nuevamente surge el interrogante ¿Cómo pudo un escritor encontrar exactamente aquellas plagas en la secuencia dada, para que surja esta extraña combinación? Se puede dar a las plagas varias interpretaciones, pero ni una sola letra debe ser modificada, así como tampoco su secuencia, ya que de ser así se perdería la interrelación.

No se puede quitar de una sustancia ni un solo elemento fundamental sin modificarla. La imagen, la forma, pueden cambiar; se pueden describir de diferentes maneras, pero no se puede alterar su estructura, tal como no se puede sacar ni cambiar de lugar ningún componente del sistema periódico de elementos. Lo mismo es válido para el sistema planetario, cuyas distancias y períodos de circulación forman el cosmos. Si se modificaran las medidas cósmicas, este cosmos no podría subsistir. Un nuevo cosmos sería su consecuencia.

La Biblia (Toráh), tiene en su estructura estas interrelaciones y regularidades maravillosas, como la naturaleza que intentamos investigar a través de la ciencia. Pero ya hemos constatado que la Biblia posee una estructura parecida a la de la naturaleza y del cosmos. Tenemos que deducir, entonces, que ningún hombre, ni siquiera toda la

humanidad, y ni siquiera en millones de años hubiera sido capaz de crear el sistema de

la lengua bíblica. ¡Pero al lado de esta maravilla la Biblia es aun mucho más!.

Mientras que la naturaleza y el universo despiertan nuestra admiración y respetuosidad ante el poder del Creador, la Biblia nos muestra en la Toráh el camino de la vida individual, que en sí también es universo, tan significativa como la creación misma del universo.

La Biblia fue creada para el hombre; le fue dada, y lo considera como centro de la vida y del mundo. Le comunica por qué y para qué existe el mundo. Le muestra el camino y el sentido de su camino, le da respuesta a aquellas preguntas de las cuales él cree que constituyen el “gran secreto”. La Biblia no sería un Libro sagrado si fuera un libro paralelo a la vida. Tiene entonces que ser la vida misma, la vida a cada instante y en cualquier circunstancia. En ello nos detendremos en los capítulos siguientes.

III. EN EL COMIENZO

La Biblia comienza sus relatos, sus comunicaciones al hombre, con las palabras “En el comienzo”.

Para aprehender correctamente esas palabras es necesario conocer algo de su estructura esencial.

La expresión “En el comienzo”, es en hebreo ‘BeREShIT’, que expresada numéricamente equivale a: 2-200-1-300-10-400. No sólo que esta palabra, y con ella la Biblia (Toráh) comienza con la letra hebrea Bet, o sea con el número 2, sino que ese Bet está escrito en la Biblia hebrea con una letra de mayor tamaño que las demás.

Ese “gran Bet” no es una inicial, ya que en la Biblia ningún capitulo muestra letras iniciales. Además existen otras letras en la Biblia de mayor o menor tamaño, a pesar de encontrarse en ciertas oportunidades, arbitrariamente en medio del texto.

Ese gran 2 (Bet) se hace más comprensible si pensamos nuevamente en aquel primer relato de la creación. Allí hemos visto que la creación es en realidad una formación del 2, el génesis de la dualidad. Comenzando con cielo y tierra se continúa con la dualidad de luz y oscuridad, etc. El “gran 2” indica entonces que todo lo que le sigue está determinado por el 2, hasta que tiene lugar otra acción iniciada por un comienzo distinto.

Además, el 2 significa que ahora comienza aquello que antes era el 1, el estado de la armonía indivisa que lo abarca todo en la unidad.

En nuestro mundo, todo es gobernado y determinado por esa dualidad. Cualquier cosa que midamos se encuentra entre los dos extremos. Estos pueden llamarse cero o

infinito; vida o muerte, hombre o animal, bien o mal, grande o pequeño, etc. Ellos

determinan nuestro pensar, nuestros valores, nuestra lógica, nuestros juicios, y nuestros conceptos sobre causalidad. Todo ello es determinado por la existencia de este 2.

Ahí donde la Biblia comienza, comienza el mundo del 2; incluso se puede decir que la Biblia comenta sobre el mundo del 2. Es aquel 2 que comienza con la dualidad de cielo y tierra. Se expresa en la materia, pero no sólo en la materia, ya que utiliza la palabra, y la palabra reproduce la esencia de las cosas.

En la terminología del “1:4”, la Biblia es expresión de ambos, del 1 y del 4 simultáneamente: expresión de la esencia y de la imagen, del 1 que es el Árbol de la Vida, y del 4, que es el árbol del conocimiento. La esencia de la palabra corresponde al 1 de aquel principio 1:4; y la imagen en la cual la esencia encuentra su expresión material, se refleja en el 4 del mismo.

Quizás el lector perciba ya por qué fue transmitido el mandamiento de no comer del árbol del conocimiento: a fin de no incorporar las imágenes de las cosas, porque ellas cierran el camino al Árbol de la Vida.

La Biblia, como reproducción del mundo del 2, utiliza paralelamente a la palabra –como esencia de las cosas– también las imágenes de ellas. O sea, una continuidad del principio 1:4.

Todas las promesas de la Biblia se refieren a la tierra. El Pueblo de Israel obtiene finalmente la Tierra Prometida. Por lo tanto, si se dijera –basándose en el relato bíblico en imágenes– que en la Biblia no se encuentra nada sobre la vida en el más allá, sobre el sentido de la vida, se tiene perfecta razón, a pesar de cometer una injusticia con la Biblia. Las imágenes sólo pueden hablar sobre este mundo, ya que son cristalizaciones en la materia. Es necio esperar de una imagen, de una materialización, que diga algo

sobre el más allá, sobre el sentido de la vida, si este sentido no se encuentra solamente en esta vida y en esta materia.

Por ello, la palabra bíblica sirve de puente entre imagen y esencia. La palabra transmite lo que es la esencia de la imagen. Nos hace posible penetrar en otros mundos, y reconocer el sentido de la vida. Tenemos siempre que unir las imágenes con la esencia, obteniendo así el sentido.

¿Pero por qué la Biblia sólo proyecta imágenes que pertenecen a una determinada época? ¿Por qué ofrece un extenso relato histórico referido a la antigüedad? ¿Por qué trata acerca de corderos, camellos, de tiendas, de esclavos, y de dioses de la antigüedad; y no habla en cambio de sindicatos, de la democracia, de la U.N. siendo que tiene carácter de eternidad, o pretende tenerlo?.

La respuesta ya fue dada. Tal como la esencia de las cosas se cristaliza en la materia, y forma las imágenes que llenan el espacio; así también se cristaliza en los acontecimientos, formando las imágenes que llenan nuestro tiempo. Espacio y tiempo son inseparables en este mundo de imágenes (todo se nos muestra en símbolos). El relato temporal de la Biblia nos revela entonces cómo la esencia se cristaliza en el tiempo, tal como la historia en imágenes expresa cómo se cristaliza en la materia y en el espacio.

El relato temporal de aquel período específico quiere ser una reproducción que nos muestra cómo la esencia se ha manifestado en aquel entonces. Por ello ese relato temporal no debe ser separado de lo esencial, representado por la palabra bíblica; como tampoco deben separarse las imágenes bíblicas, como por ejemplo de hombres o de animales, de lo esencial de la palabra.

Volvamos ahora a nuestro “gran 2” (Bet) conque comienza la Biblia, y con el cual se pone el sello de lo esencial de este mundo, que es el mundo de la dualidad.

El “1” y el “4” individualmente no tienen sentido para este mundo, Este mundo, como el mundo del 2, une al 1 y al 4 en una totalidad armónica, que conocemos como “1-4”. Esencia y manifestación, esencia y suceder, forman una unidad.

El 2 fue creado por Dios porque “En el comienzo Dios creó cielo y tierra”, por eso es el 2 el que continúa ahora en el todo. La tierra contiene en todos sus aspectos, la dualidad: Ella estaba “desierta y vacía”; “la oscuridad reinaba sobre el abismo”; y “el espíritu de Dios flotaba sobre el agua”.

Antes de la dualidad, reinaba la unidad. Del Uno; o sea de Dios, que todo lo tiene en Sí, Dios hizo el 2. Reconocemos entonces el sendero 1-2.

En hebreo, “padre” es ‘AB’, que expresado en cifras es 1-2. Dios aparece como Primer Padre cuando hizo el 1-2. Es entonces el Padre de la Creación. El 2 desprendido del 1, o el 1 desprendido del 2 destruirían el concepto “padre”.

En hebreo, “madre” es ‘EM’, y en números: 1-40. Vemos que la madre es la fase siguiente, porque del 2 viene como evolución máxima el 4, que llega a ser el 40 en las decenas. En la palabra EM (madre) está contenido otra vez el 1-4; a pesar de que el 4 está en otro nivel.

El concepto “madre” aparece recién en otro plano, es decir recién después de haber abandonado hombre y mujer el jardín del Edén, después de haber gozado del fruto del árbol del conocimiento, después de haber llegado a otro mundo.

Anticipándome, quiero comunicar ya aquí, que “hijo” en hebreo es ‘BeN’, 2-50; e “hija” es ‘BaT’, 2-400. Si las expresiones hebreas equivalentes a “padre” y “madre” comienzan con el 1, las que designan “hijo” e “hija” comienzan con 2.

El 2 sigue evolucionando. Se transforma por la fuerza de la dualidad en 4, cumpliéndose entonces consigo mismo. El 4 es la evolución máxima del 2; pero ya

hemos visto que el 4 se manifiesta en el 10, tal como se manifiesta en las diez expresiones de la creación.

En la marcha a través de los días de la creación se muestra una diferenciación, o sea el 2 en su evolución toma nuevas formas. Aparece la multiplicidad del mundo vegetal en el tercer día; del mundo de los astros, en el cuarto; y del mundo de los animales en el quinto y sexto día. En la segunda mitad del sexto día se interrumpe esa