EL UNIVERSO DE LA PALABRA
LA IMAGEN ÁRBOL
III. EL SACRIFICIO Y EL PARAÍSO
En el relato sobre Isaac, el sacrificio ocupa el primer lugar. Cuando su vida llega a florecer, Dios se la pide de vuelta. ¡Qué contradicción! De Isaac debe provenir el Pueblo del mundo, y... ¡Dios pide la devolución del mismo Isaac! (Gén. 22).
Es la contradicción que todo hombre siente durante su vida. Por un lado existe una promesa, un saber interior que una vida futura existe; por el otro lado, la vida lleva cada día hacia la muerte. El hombre siempre se cuestiona lo mismo: ¿Qué hay de la promesa, siendo que el camino lleva a la muerte?.
El camino conduce a la tierra de Moriá, al lugar del origen del mundo. Uno vuelve allí de donde todo ha surgido. (Moriá no es otra cosa que el Monte del Templo de Jerusalem. Según la Tradición, Isaac iba a ser sacrificado sobre el “ombligo del mundo”, el eben Shetiá, piedra de la cual comenzó el desarrollo del mundo).
En este camino Abraham lleva consigo, además de Isaac, a dos criados y un burro. La Biblia hebrea habla de “jóvenes”. Al tercer día se divisa el lugar. Abraham deja a los dos criados y al burro atrás siguiendo camino con Isaac.
Según la Tradición66, los dos criados eran Eliezer e Ismael. Ismael, quien había sido expulsado junto con su madre Hagar (Gén. 21:9-14), retornó. La Tradición manifiesta que él quedó entonces con su madre Hagar y con Abraham, quien volvió a tomarla como mujer bajo el nombre de Ketura67.
La voz Moriá está relacionada con “enseñar”, tal como Toráh también significa ‘enseñanza’.
“Moriá” significa entonces que el aprendizaje, la enseñanza, la comprensión surgen de aquel lugar, origen del mundo. Quien toma su conocimiento de este lugar comprende el sentido del mundo. Es el lugar en la tierra donde reinan las leyes del ‘1’.
Lo especial del futuro lugar del Templo era el hecho de que dentro de este pequeño punto se encontraba y se manifestaba todo aquello que en grandes medidas de tiempo y de espacio, en forma complicada y entremezclada, se muestra en tiempos y espacios de este mundo. Por lo tanto, el Templo era un lugar especial y de otro mundo, en este mundo. Aquí las cosas se presentaban claras y nítidas, y cada acción tenía un efecto distinto a los efectos que se observaban en otros lugares–tiempos.
Por ello, sólo aquí se podía entregar sacrificios. En el lugar del Templo, el Cielo alcanzaba la tierra.
Al sacrificar un animal, el cuerpo en la tierra es sacrificado. En su esencia, animal y cuerpo son lo mismo. Por ello carecía de sentido sacrificar en otros lugares, e incluso fue prohibido.
Muchas veces se lee en la Biblia de sacrificios en “alturas”, o sea fuera del Templo. Estos lugares fueron elegidos por el hombre, no fueron aquel lugar del origen determinado por Dios. Por esa razón Abraham emprendió el difícil viaje a Moriá. Siendo ése el lugar del “uno”, Abraham dejó atrás la dualidad, a los dos criados que le servían. Dejó atrás a sus herederos por lógica, a Eliezer e Ismael, como también al burro que lo había llevado a través del mundo.
Esta situación tiene un paralelo con el momento de la muerte en la tierra. Se deja atrás la dualidad junto con el cuerpo, a quien se ha “montado”.
66 S.I.
Llegados al Moriá, Abraham comienza con los preparativos para el sacrificio. A cada animal que se preparaba para ser sacrificado se le ataban las cuatro patas. Cuando el cuerpo quiere “acercarse a Dios”, o sea al sacrificio, debe unir primero lo múltiple, o sea la cuaternidad, en “uno”. La persona que se encuentra aún en lo múltiple no puede ofrendar su sacrificio.
Después se le corta al animal de sacrificio una arteria del cuello. La circulación sanguínea es interrumpida. El circuito por el cual la vida corre continuamente es interrumpido. Es el que lo tiene al hombre atrapado en el círculo del curso vital. La sangre es llevada en función del sentido del sacrificio, al lugar del Arca, a lo santísimo, al origen de todo, a la piedra Shetiá.
No es allí donde el animal es sacrificado, sino frente al Altar, en el lado N. Sólo la sangre del animal es salpicada en los cuatro rincones del Altar. La sangre portadora del
Nefesh, del alma animal, del vivir, es unida al lugar de la unidad, aquel lugar en el que
imagen y esencia coinciden.
También Abraham realiza con Isaac la ligazón. Sus manos y pies son atados, y los cuatro unidos en “uno”. Pero en el momento en que la circulación de Isaac debía ser cortada, Dios le señala a Abraham el animal que ocupará el lugar del cuerpo (Gén. 22:9- 13). El animal, debido a que ocupa ahora el lugar del cuerpo, el lugar del ser humano, junto con el hombre alcanza el nivel del “origen”, liberándose entonces de su naturaleza animal. La Tradición68 manifiesta que el animal estaba preparado ya desde la creación. Desde la creación todo se encuentra preparado para que el cuerpo siga viviendo, que no pierda la vida, y que el animal entre, de manera sustitutiva, en contacto con el hombre. Pero no es cualquier animal, sino un carnero que se había embrollado con sus cuernos en el seto. Ya conocemos el significado especial del cuerno de carnero.
Abraham estaba dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac si Dios se lo pedía. Recién al contemplar la vida de este modo, estando dispuesto a brindársela a Dios, perdiéndola eventualmente, recién entonces el hombre es a imagen de Dios, recién entonces actúa sin propósito, actúa por amor, y no por egoísmo.
¿Por qué se le hizo todo tan difícil a Abraham? Porque el hombre debe llegar a su unificación con Dios motivado por su confianza, su fe en Dios. El no debe ser un robot sobre la tierra, un golem. Dios le dio el alma divina, la Neshamá para que pueda entrar con ella también en el reino de lo divino (como imagen de Dios), pero con confianza, con Yirat Shamaim la Reverencia de los Cielos. Recién por la Neshamá el hombre llegó a ser imagen de Dios, llegó a ser uno de los Iods, que se refleja en el otro Iod de la letra
Alef. Pero esta confianza en Dios tiene que ir hasta el extremo, porque en la vida todo
está contenido.
El camino del hombre a través de la vida es el camino al monte Moriá. El debe conocer el camino que conduce al origen. En este viaje tan penoso debe cargar con vejez y muerte porque la meta del viaje es Moriá, que ya pertenece al otro mundo. La Tradición69 abunda en detalles sobre el camino de Abraham a Moriá. Dice que se encontró con Satán. “Satán” significa ‘perturbador’, el que perturba al hombre en su camino hacia Dios. En hebreo, SaTáN se escribe como 300-9-50, cuyo valor total es de 359. Es el diablo, el saboteador. Está íntimamente emparentado con la serpiente,
NaJaSh: 50-8-300. 358 suma uno menos que SaTáN.
Satán entabló un diálogo con Abraham70 tratando de convencerlo muy lógicamente que este camino hacia Moriá debe ser un error; que no podría ser que Dios
68 S.I. Talmud Ierushalmi Taanit 65; Mishaniot Avot 5:19.
69 S.I.; P.E.; Avot de Rabi Natan; T.B. Sanedrin 89b; M.R. Bereshit 55 (final), 56; Midrash Hagadol. 70 S.I.
quisiera que Isaac fuera sacrificado. ¡Qué tontería, siendo que de él debe salir el pueblo
del futuro!.
Abraham le respondió que Dios sabía bien lo que hacía, y que recién en el Moriá él reconocerá para qué era necesario todo ello. Entonces Satán empleó otros medios. Hizo cerrar el camino por un río, poniendo obstáculos materiales en él trayecto. En la vida, muchas veces tomamos esos obstáculos como motivo para dejar de hacer algo. A pesar de que el agua le llegaba hasta los labios, Abraham e Isaac no se detuvieron. Finalmente Satán cedió en sus esfuerzos.
La conversación entre Satán y Abraham recuerda llamativamente la conversación entre la mujer y la serpiente en el Paraíso, pero lo que allí tenía que dividirse en dualidad, acá tiene que volver a unirse. Aquí, en el tercer ele toldot reina el 6 de la fórmula 10-5-6-5, es el camino hacia la unificación.
La Tradición71 relata que Isaac tenía entonces 37 años. Una fase del 6, o sea 6 x 6 = 36 había pasado. Él entraba en el séptimo. Sara tenía 90 años al nacer Isaac, y falleció a la edad de 127 años. Entonces el año 37 de Isaac coincide con la muerte de su madre. El relato de Isaac en el monte Moriá se denomina, en la Tradición judía, AKeDáH: 70- 100-4-5, cuyo valor total es 179. También este valor nos es conocido ya; es el mismo que aquel del lugar entre Bet El y Haai, y el valor de gan be Edén (Paraíso). En el Paraíso la corriente se dividía en cuatro ríos; en este caso los 4 se reúnen nuevamente en el 1. El árbol del conocimiento, el 4, llega a ser Árbol de la Vida, “uno”.
Por ello, Moriá, donde esta ligazón en lo esencial sucede siempre nuevamente, tiene las medidas del Árbol de la Vida. Es el lugar con la medida 500. Como ya se ha dicho, el Templo de Jerusalem, que posteriormente fue construido sobre el monte Moriá, tenía esa medida 500. Por lo tanto ya no pertenecía a este mundo, cuya medida máxima es el 400.
La Tradición72 manifiesta que la Akedáh llevó a Isaac al Paraíso, y después de su muerte allí, él retornó a la vida. La Tradición oral señala que vida y muerte, muerte y vida se suceden muy naturalmente. De este modo, la Biblia deja de ser sólo un Libro para esta vida, sino que caracteriza todas las vidas, en todos los mundos.
71 P.E.; Ialkut (Toldot); M.R. Shmot 1:1. 72 P.E.; Midash Hagadol.