1 Camino de perfección 12, 2.
D. CÓMO COMBATIR LA ACCIÓN DEL DEMONIO
La primera condición para triunfar del demonio es no abandonarse a un temor exagerado. Es cierto que se trata de un adversario temible por su poder en el ámbito sensible y por su habilidad; pero no debemos olvidar sus deficiencias, su ignorancia del mundo sobrenatural, su impotencia para pene- trar en las facultades de nuestra alma, su calidad; en fin, de réprobo y, de hecho, de eterno vencido, que no le permite más que victorias temporales.
Dejarse dominar por el terror sería tan irracional como peligroso. En efecto, demonio se sirve sabiamente de esta turbación para disimular su inferioridad y preparar sus lazos. Un temor desmesura- do del mismo sería perder nuestras ventajas y aumentar su poder y sus oportunidades de éxito.
Esto es lo que nos ha enseñado santa Teresa con toda la autoridad que le dan sus numerosos al- tercados con los malos espíritus. Después de haber dicho que los demonios la habían atormentado con mucha frecuencia y haber narrado algunos de sus ataques, añade:
«Lo dicho aproveche de que el verdadero siervo de Dios se le dé de estos espantajos que éstos ponen para hacer temer; sepan que, a cada vez que se nos da poco de ellos, quedan con menos fuerza y el alma muy más señora. Siempre queda algún gran provecho...
El caso es que ya tengo tan entendido su poco poder, si yo no soy contra Dios, que casi ningún temor los tengo, porque no son nada sus fuerzas si no ven almas rendidas a ellos y cobardes, que aquí muestran ellos su poder»43.
Este menosprecio, tan sensible al demonio, debe estar acompañado de prudenciar La prudencia, cuando haya que combatir al demonio, tendrá que servirse de las armas sobrenaturales que garantizan nuestra superioridad, a saber los sacramentales, especialmente el agua bendita, así como la oración y el ayuno.
Tan a menudo como pueda, debe el alma interrumpir el batey y escapar de todo ataque del de- monio, dirigiéndose, por actos de fe y humildad, a las regiones donde el demonio no pueda penetrar.
Digamos unas palabras de estas armas de combate y de esta táctica de fuga.
I. Armas para combatir al demonio
a) Oración y vigilancia
La vigilancia en la oración es un medio indispensable para luchar contra el demonio. Santa Te- resa asegura que uno de los motivos por los que debemos dedicarnos a la oración es porque el demo- nio ya no tiene tantas oportunidades para tentarnos:
«Mas si viese descuido –el demonio–, haría gran daño. Y si conoce a uno por mudable y que no está fir- me en el bien y con gran determinación de perseverar, no le dejará ni a sol ni a sombra; miedos le pondrá e inconvenientes que nunca acabe. Yo lo sé esto muy bien por experiencia, y así lo he sabido decir, y digo que no sabe nadie lo mucho que importa»44.
La Iglesia, para señalar la importancia de la lucha contra los poderes infernales, ha aprobado oraciones especiales: oraciones de los exorcismos solemnes, exorcismos de León XIII, oración a san Miguel45.
Está especialmente recomendada la invocación a algunos santos que tienen un poder particular sobre los demonios. La oración al ángel de la guarda es ciertamente eficaz: él recibió la misión de pro- tegernos, y ¿contra quién nos protegerá él sino contra los ángeles caídos, a los que puede enfrentarse con el poder de su naturaleza angélica y sus privilegios de orden sobrenatural?
b) Ayuno
A los apóstoles, que se admiraban de no haber podido expulsar un demonio, les decía nuestro Señor: «Esta clase de demonios no puede ser expulsado sino con la oración y el ayuno»46, indicando de este modo la eficacia especial del ayuno contra los poderes del infierno.
43
Vida 31, 10.11.
44 Camino de perfección 23, 4. 45
En el texto se añade: después de las misas privadas.
46
La hagiografía demuestra, en efecto, que los santos que tuvieron una acción especial sobre los demonios fueron todos grandes penitentes: san Basilio, san Antonio, san Juan de la Cruz, santa Teresa, el santo Cura de Ars.
Parece normal que la mortificación del sentido, sobre el que los demonios obran habitualmente, libra, en principio, de su influencia, al hacernos dominar la naturaleza, la mortificación nos hace seme- jantes a los ángeles y nos confiere así un cierto poder sobre los ángeles caídos.
c) El agua bendita
La Iglesia ha instituido sacramentales, ritos u objetos, a los que una bendición particular les con- fiere una virtud especial contra la influencia del demonio. Entre los sacramentales, a santa Teresa le gustaba especialmente el uso del agua bendita:
«De muchas veces tengo experiencia que no hay cosa con que huyan más, para no tornar. De la cruz tam- bién huyen, mas vuelven. Debe ser grande la virtud del agua bendita. Para mí es particular y muy conocida consolación que siente mi alma cuando lo tomo. Es cierto que lo muy ordinario es sentir una recreación, que no sabría yo darla a entender, como un deleite interior que toda el alma me, conforta. Esto no es antojo, ni cosa que me ha acaecido sola una vez, sino muy muchas y mirado con gran advertencia»47.
Cada vez que está expuesta, a un ataque del demonio pide, en efecto, agua bendita y de este modo lo ahuyenta. He aquí un ejemplo:
«Otra vez me estuvo cinco horas atormentando con tan terribles dolores y desasosiego interior y exterior, que no me parece se podía ya sufrir. Las que estaban conmigo estaban espantadas, y no sabían qué se hacer, ni yo cómo valerme...
Quiso el Señor entendiese cómo era el demonio; porque vi cabe mí un negrillo muy abominable, rega- ñando como desesperado de que adonde pretendía ganar, perdía. Yo, como le vi, reíme, y no hube miedo, porque había allí algunas conmigo...
No osaba pedir agua bendita por no las poner miedo y porque no entendiesen lo que era...
Pues como no cesaba el tormento, dije: Si no se riesen, pediría agua bendita. Trajéronmelo y echáronmelo a mí, y no aprovechaba; echélo hacia donde estaba, y en un punto se fue y se me quitó todo el mal, como si con la mano me lo quitaran, salvo que quedé cansada, como si me hubieran dado muchos palos»48.
La Iglesia, en las distintas oraciones de la bendición del agua, pide con insistencia que le sea concedido el poder de «poner en fuga todo el poder del enemigo, de desarraigar a este enemigo con todos los ángeles rebeldes, de expulsarlo... de destruir la influencia del espíritu inmundo y de alejar la serpiente venenosa»49.
Comenta santa Teresa:
«Considero yo qué gran cosa es todo lo que está ordenado por la Iglesia»50.
Y por eso se entiende lo que testificó la venerable Ana de Jesús en el proceso de beatificación, a saber, que a la Santa
«... se le veía... el consuelo que le daba tomar a menudo el agua bendita, que nunca quería caminásemos sin ella, y por la pena que la daba si alguna vez se nos olvidaba, llevábamos dos calabacillas de ella colgadas de la cinta, y casi siempre quería le pusiésemos la una en la suya»51.
II. Táctica
Luchar con tales armas contra los demonios es garantizar la victoria. Parece, no obstante, que los santos no deseaban esta lucha y no la buscaban. El viajero que atraviesa el desierto infestado de salteadores no desea encontrarse con ellos, aun estando seguro de vencerlos; no está preocupado más que de esperar el fin de su viaje. Así, el alma en camino hacia Dios no busca los demonios que podr- ían, si no detenerla, sí al menos retardarla en su marcha, causándole algunos perjuicios; ella los evita de buen
47 Vida 31, 4. 48 Ibid., 31, 3 .4.5.
49 Ritual, bendición del agua. 50
Vida 31, 4.
51
7. El demonio 69
Excelente táctica la de la huida, que protege de los ataques, de los golpes y de las astucias del demonio. La huida se pone en práctica elevándose por la fe y la humildad a las regiones sobrenatura- les, a las que el demonio no puede llegar.
a) El ejercicio de la fe o actos anagógicos
En la carta a los Efesios, al describir el apóstol san Pablo la armadura que tiene que vestir el cristiano para los combates espirituales, indica especialmente la fe como arma defensiva contra el de- monio:
«Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las asechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en las alturas. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneos firmes.
¡En pie!, pues: ceñida vuestra cintura con la verdad y revestidos de la justicia como coraza, calzados los pies con el celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del maligno»52.
En la Noche oscura comenta san Juan de la Cruz muy acertada y graciosamente esta doctrina del Apóstol. Al entrar el alma –afirma– en la contemplación por el ejercicio de la fe, se reviste de una nueva librea. Esta librea, tejida por las virtudes teologales, la disimula a sus enemigos. El vestido blanco de la fe la sustrae del demonio:
«La fe es una túnica interior de una blancura tan levantada, que disgrega la vista de todo entendimiento. Y así, yendo el alma vestida de fe, no ve ni atina el demonio a empecerla, porque con la fe va muy amparada, más que con todas las demás virtudes, contra el demonio, que es el más fuerte y astuto enemigo. Que, por eso, san Pedro no halló otro mayor amparo que ella para librarse de él, cuando dijo: Cui resistite fortes in fi-
de»53.
En efecto, la fe consigue que se deje atrás el dominio del sentido, sobre el que el demonio puede ejercer su poder, e introduce al alma en el dominio sobrenatural en el que el demonio no puede pene- trar. El alma se hace, pues, inaccesible a su enemigo y, como consecuencia, se pone al abrigo de sus ataques y de sus golpes.
El P. Eliseo de los Mártires –confidente de san Juan de la Cruz– afirma en sus Dictámenes que el santo Doctor recomendaba el método de los, «actos anagógicos» o actos de las virtudes teologales para escapar de todas las tentaciones. En estos términos nos ofrece la doctrina del Santo:
«Cuando sintiéramos el primer movimiento o acometimiento de algún vicio... no lo habernos de resistir con acto de la virtud contraria, como se ha referido, sino que luego, en sintiéndole, acudamos con un acto o movimiento de amor anagógico contra el tal vicio, levantando nuestro afecto a la unión de Dios, porque con el tal levantamiento, como el alma se ausenta de allí y se presenta a su Dios, y se junta con él, queda el vicio o tentación y el enemigo defraudado de su intento, y no halla a quién herir; porque el alma, como está más donde ama que donde anima, divinamente hurtó el cuerpo a la tentación, y no halló el enemigo donde hacer golpe ni presa, porque el alma ya no está allí donde la tentación o enemigo la quería herir, y lastimar. Y en- tonces, ¡cosa maravillosa!, el alma, como olvidada del movimiento vicioso y junta y unida con su Amado, ningún movimiento siente de tal vicio con que el demonio quería tentarla, y lo procuró»54.
Ordinariamente estos actos anagógicos no pueden tener el poder de abstraer al alma y levantarla a las regiones sobrenaturales sino después de cierto ejercicio. Así, según el testimonio del mismo au- tor, añadía el santo Doctor, si sucede a los principiantes:
«Que si por el tal acto y movimiento anagógico vieren que no se olvida del todo el movimiento vicioso de la tentación, no dejen de aprovecharse para su resistencia de todas las armas de buenas meditaciones y ejerci- cios que para la tal resistencia y victoria vieren ser necesarios»55.
Señalaba san Juan de la Cruz:
«Y que crean que este modo de resistir es excelente y cierto, porque incluye en sí todos los ardides de guerra necesarios e importantes»56.
52
Ef 6, 11-16.
53 Noche oscura II, 21, 3.4. Resistidle firmes en la fe (1 Pe 5, 9). 54
Dictamen 5, Obras completas de San Juan de la Cruz, EDE, Madrid (1993).
55
Esta estrategia –que garantiza al mismo tiempo las ventajas psicológicas de la diversión y el auxilio sobrenatural del rápido recurso a Dios– se convierte en una aplicación muy fácil para el alma que se ha habituado a ella. La huida ante el enemigo viene a ser para el alma un reflejo normal cuyo excelente provecho experimenta. En la Noche oscura san Juan de la Cruz escribe sobre el alma purifi- cada:
«En sintiendo la turbadora presencia del enemigo –¡cosa admirable!, que, sin saber cómo es, aquello y sin ella hacer nada de su parte–, se entra ella más adentro del fondo interior, sintiendo ella muy bien que se pone en cierto refugio, donde se ve estar más alejada del enemigo y escondida, y allí, aumentársele la paz y el gozo que el demonio le pretende quitar»57.
Especialista en este método, san Juan de la Cruz lo utilizará no solamente contra los ataques del demonio, sino también contra la agitación de las facultades y las impresiones desordenadas de las po- tencias sensibles.
b) La humildad
Santa Teresa, para escapar de las astucias del demonio, recomienda especialmente la virtud de la humildad. Parece que esta virtud goza de una especie de inmunidad: en efecto, se distingue por discer- nir la acción del demonio y no experimenta casi ningún perjuicio cuando tiene que enfrentarse a esa acción.
Hablando de las palabras que dice el demonio, afirma santa Teresa:
«Puede hacer poco daño o ninguno si el alma es humilde»58.
En otra parte declara:
«Tengo por cierto que el demonio no engañará, ni lo permitirá Dios, a alma que de ninguna cosa se fía de sí»59.
El demonio, en efecto, está afianzado en una actitud de orgullo por su rebeldía contra Dios. Ni sabe ser humilde ni comprende la humildad. Todos sus engaños –incluso sus falsificaciones de humil- dad– llevan siempre señales visibles de orgullo. El humilde, acostumbrado al perfume de Cristo, las distingue en seguida por esta señal. A diferencia del demonio, el humilde vive en regiones que el de- monio desconoce. Este ignora las reacciones de la humildad. Siempre se siente desconcertado y venci- do por ella.
La víspera de su profesión, santa Teresa del Niño Jesús sufrió los ataques del demonio:
«El demonio intentaba convencerme de que no era para mí [la vida del Carmelo]; que engañaría a los su- periores si seguía adelante por un camino al que no estaba llamada..., pero yo estaba dispuesta a hacer la vo- luntad de Dios y volver al mundo, antes que quedarme en el Carmelo haciendo la mía. Hice salir, pues, a mi maestra y, llena de confusión, le mostré el estado de mi alma... Felizmente ella vio más claro que yo y me dejó completamente tranquila; por otra parte, el acto de humildad que había hecho puso en fuga al demo- nio»60.
En efecto, no hay adversarios más temibles para el demonio que las almas débiles y humildes al mismo tiempo:
«Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios; y lo débil del mundo, para confundir lo fuerte; y lo despreciable y lo tenido en nada, para destruir lo que es»61.
Por eso, a pesar del poder de que pueden servirse los demonios, santa Teresa no los teme:
«No entiendo estos miedos: ¡demonio!, ¡demonio!, adonde podemos decir: ¡Dios!, ¡Dios!, y hacerle tem- blar. Sí, que ya sabemos que no se puede menear si el Señor no lo permite. ¿Qué es esto? Es, sin duda, que tengo ya más miedo a los que tan grande le tienen al demonio que a él mismo, porque él no me puede hacer nada, y estotros, en especial si son confesores, inquietan mucho»62.
56 Dictamen 5. 57
Noche oscura II, 23, 4.
58 6M 3, 16. 59 Vida 25, 12. 60 MA 76rº.-vº 61 1Cor 1, 27-28. 62 Vida 25, 22.
7. El demonio 71
No es suficiente ahuyentar los temores. Hay que reconocer el papel providencial del demonio en nuestra prueba aquí, en la tierra. Ciertamente, puede arrastrarnos al mal; pero, como advierte san Juan de la Cruz:
«Es aquí de saber que, cuando el ángel bueno permite al demonio esta ventaja de alcanzar al alma con es- te espiritual horror, hácelo para purificarla y disponerla con esta vigilia espiritual para alguna gran fiesta y merced espiritual que le quiere, hacer el que nunca mortifica sino para dar vida, ni humilla sino para ensal- zar»63.
Por tanto, Dios permite al demonio que nos tiente y nos pruebe para aumentar nuestros méritos, para que nuestras virtudes sean más purificadas y más encumbradas, para que nuestra marcha hacia Dios sea más rápida64.
63
Noche oscura II, 25, 10.
64
En una página imaginada y enérgica, Taulero describe así las ventajas de las tentaciones y el medio de vencerlas: «Al ser acosado vivamente el ciervo por los perros a través de bosques y montañas, su gran ardor despierta en él una sed y deseo de beber más ardientes que en cualquier otro animal. Lo mismo que el ciervo es acosado por los perros, así el princi- piante (en los caminos de la caridad) es acosado por las tentaciones. Desde que se alejó del mundo, es especialmente perse- guido con ardor por siete mastines fuertes, vigorosos y ágiles... Cuanto más vivo e impetuoso es el acoso, mayor debería ser nuestra sed de Dios y el ardor de nuestro deseo. A veces sucede que uno de los perros atrapa el ciervo y se agarra con sus dientes al vientre del animal. Entonces, cuando el ciervo no puede desprenderse del perro, lo arrastra consigo cerca de un árbol y le golpea tan fuerte contra el árbol que le destroza la cabeza y de este modo se libra de él... He aquí precisamente lo que debe hacer el hombre. Cuando no consigue dominar sus perros, sus tentaciones, debe correr rápidamente al árbol de la cruz y de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, y allí golpear a su perro, es decir, su tentación, y destrozarle la cabeza. Esto equivale a decir que allí triunfa de toda tentación y se libra totalmente de ellas» (Sermones de TAULERO, lunes antes del Domingo de Ramos, trad. del P. Hugueny, tomo I, p. 258).