• No se han encontrado resultados

7 Camino de perfección 28, 7.

In document Quiero Ver a Dios - Todo en A4 (página 164-169)

8 Ibid., 29, 6. 9 Ibid., 28, 8.

9. Vida conforme a una regla y oraciones simplificadas 165

¿En qué medida estas oraciones de actividad simplificada son contemplativas? De momento, no abordemos este complejo problema. Llamémoslas oraciones simplificadas o, mejor, oraciones de sim- plicidad, y definámoslas como una mirada en el silencio.

Tal mirada sobre una verdad distinta o una forma viva de Cristo es una mirada activa, a la que, la atracción del objeto la vuelve apacible y silenciosa.

En consecuencia, se puede distinguir en la oración de simplicidad un doble elemento: la mirada sobre el objeto y el apaciguamiento o silencio que produce. Parece que uno sucede al otro: en realidad, son concomitantes.

Teniendo en cuenta las circunstancias y el temperamento del alma, ésta tomará, más o menos, conciencia de uno, u otro elemento. Bien tomará conciencia de lo que le interese, prestando poca aten- ción a la impresión del apaciguamiento; o bien se entregará a la impresión apaciguadora y sabrosa, no prestando al objeto más que la atención necesaria para mantener la impresión y renovarla. En el primer caso, tendremos, por tanto, la oración propiamente dicha de simple mirada; en el segundo, la oración simplificada de recogimiento.

Podríamos decir que la oración de simple mirada se hace con los ojos del alma abiertos; en la oración de recogimiento, la impresión de luz obliga a cerrar los ojos. Se dice que los serafines se cu- bren el rostro ante el Eterno. Santa Teresa del Niño Jesús confiesa que no hará como los serafines, sino que mirará a Dios con los ojos. Sor Isabel de la Trinidad, al contrario, parece inclinarse más bien por el deslumbramiento de la luz. Actitudes diversas, que requieren una denominación especial, pero que no son, al parecer, más que modos diferentes o, incluso, tomas de conciencia diferentes, de la mirada en silencio que es la oración de simplicidad.

¿Cómo comportarse cuando se ha llegado a esta oración de simplicidad? La respuesta a esta pregunta importante y práctica nos la sugiere la definición de la oración de simplicidad. Es una mirada activa en silencio: conviene, pues, emplear bien al mismo tiempo la actividad y el silencio. El reposo procede de la actividad simplificada de las facultades y es más benéfico y más provechoso que todos los razonamientos: es, pues, necesario respetarlo y mantenerlo. Pero no se podrá mantener durante mucho tiempo a causa, precisamente, de la movilidad de la inteligencia, cuya mirada no podrá mante- ner fija por largo tiempo en un objeto sin distraerse. Es, pues, necesario volver a llevar las facultades hacia el objeto de la consideración, o hacia otro cualquiera, para renovar la impresión apaciguadora y volver a encontrar la vida que de aquí brota. Hemos dicho que santa Teresa recomienda con insistencia que las facultades tengan actividad en la oración, hasta tanto no estén bajo una acción divina. Pero esta actividad no debe perturbar el silencio provechoso que reina en ciertas regiones del alma. Ésa es la do- ble recomendación que la Santa desarrolla en las cuartas moradas, a propósito del recogimiento pasivo que deja libertad de acción a las potencias del alma y de la quietud que encadena la voluntad y que la actividad del entendimiento no debe perturbar:

«Pues Dios nos dio las potencias para que con ellas trabajásemos, y se tiene todo su premio, no hay para qué las encantar sino dejarlas hacer su oficio hasta que Dios las ponga en otro mayor»10.

Esta norma, dada para el recogimiento pasivo, encuentra con mucha más razón su aplicación en la oración de simplicidad.

Actividad que, no obstante, será más apacible que antes. Es natural que el alma se aproveche de la simplificación realizada. Por otra parte, una actividad desordenada destruiría el reposo silencioso que produce el valor de esta oración y abre el alma a las influencias de la gracia.

En esta oración, hecha de interrupciones sucesivas ante diversos cuadros más que de razona- mientos y cuya trama lógica se desarrolla de forma continuada, el trabajo del alma consiste en llegar ante cada uno de estos cuadros, detenerse allí para admirarlos con: una mirada de conjunto y pasar al siguiente con un esfuerzo reposado cuando se haya disipado la impresión apacible.

De esta oración de simplicidad comparada con la meditación –que es una marcha regular y con- tinua– afirmamos que es un avance lento; de saltos sucesivos, con tiempos de parada señalados. Lo que importa no es la distancia recorrida o la multiplicidad de ideas, sino únicamente la fuerza que deja en el alma por el contacto con las realidades que ellas representan. La paz conseguida parece indicar que este contacto está ya establecido y que el alma se beneficia de sus frutos. De este modo se puede decir que esta oración es incomparablemente más fecunda que todas las formas activas, por más ar- dientes o luminosas que sean.

10

Estas oraciones de simplicidad son el fruto de formas superiores y comprobadas de la actividad de las potencias intelectuales La intuición penetrante a la que se asemejan es superior al razonamiento discursivo11. Señalan el triunfo de la actividad intelectual en la oración, así como la regularidad de los ejercicios de piedad, la mortificación de los apetitos, el cumplimiento de los deberes de estado y todo el bello orden que hemos, admirado marcaban el triunfo de la voluntad, en la ascesis y en la organiza- ción de la vida de piedad.

El alma se había comprometido en el camino de la perfección poniendo al servicio de su ideal todas sus energías intelectuales y morales. Sostenida por el auxilio general de Dios, que es su gracia ordinaria, ha conseguido la victoria. Las terceras moradas nos muestran el triunfo de la actividad humana en la búsqueda de Dios. Comprendemos que santa Teresa se goce de ello y salude con entu- siasmo, ese resultado:

«No las ha hecho el Señor pequeña merced en que hayan pasado las primeras dificultades, sino muy grande... Cierto, estado para desear y que –al parecer– no hay por qué se les niegue la entrada hasta la postre- ra morada ni se la negará el Señor, si ellos quieren, que linda disposición es para que las haga toda mer- ced»12.

Hay ánimos y promesas en estos, elogios; y, en consecuencia, la afirmación implícita de que es- tas terceras moradas están aún lejos de las cumbres. La descripción teresiana, por otra parte, nos con- vencerá de ello.

C. DEFICIENCIAS Y MALESTAR

El versículo del salmo que santa Teresa evoca al principio de su descripción traduce de modo excelente la atmósfera de las terceras moradas: «Bienaventurado el hombre que teme al Señor»13. Hay en él alegría, pero también demasiados peligros para que no siga siendo necesario el temor.

El progreso de estas almas no está aún consolidado:

«Acertarán, por determinadas que estén en no ofender al Señor personas semejantes, no se meter en oca- siones de ofenderle; porque, como están cerca de las primeras moradas, con facilidad se podrán tornar a ellas; porque su fortaleza no está fundada en tierra firme, como los que están ya ejercitados en padecer, que cono- cen las tempestades del mundo, cuán poco hay que temerlas ni que desear sus contentos; y sería posible con una persecución grande volverse a ellos, que sabe bien urdirlas el demonio para hacernos mal»14.

El demonio podría encontrar aliados en el castillo, porque los apetitos apenas están mortificados en sus manifestaciones más exteriores. Este bello orden exterior podría engañarnos, como desgracia- damente engaña a la misma, alma acerca de la cualidad de las virtudes que le sirven de base.

Cuando descubre la verdad, santa Teresa se manifiesta dolorosamente sorprendida:

«Yo he conocido algunas almas, y aun creo que puedo decir hartas, de las que han llegado, a este estado y estado y vivido muchos años en esta rectitud y concierto alma y cuerpo, a lo que se puede entender, y des- pués de ellos, que ya parece habían de estar señores del mundo (al menos bien desengañados de él), probarlos su Majestad en cosas no muy grandes, y andar con tanta inquietud y apretamiento de corazón, que a mí me traían tonta y aun temerosa harto; pues darles consejo no hay remedio, porque, como ha tanto que tratan de virtud, paréceles que pueden enseñar a otros y que les sobra razón en sentir aquellas cosas»15.

Queda claro el orgullo en esta actitud; y, en efecto, la Santa afirma:

«Si habéis entendido, aquí creo está el daño de las que no van adelante»16.

Ciertamente,

11

Ya hemos anotado que la inteligencia moderna es más intuitiva que razonadora. Le gustan las síntesis vivas, las fórmu- las llenas y rotundas. ¿Es esto signo de decadencia o de vitalidad? El genio es, en efecto, intuitivo, como lo es, por otra parte, el espíritu que se sirve de órganos anémicos. Sea de ello lo que fuere, la intuición es una forma superior de la actividad de la inteligencia, y este poder de intuición es una de las gracias de nuestro tiempo. Conduce muy pronto a las almas a las oracio- nes de simplicidad, y llega a ser una aptitud natural excelente que favorece el desarrollo de la contemplación.

12 3M 1, 5. 13 Sal 111, 1. 14 3M 2, 12. 15 Ibid., 2, 1. 16 Ibid., 2, 8.

9. Vida conforme a una regla y oraciones simplificadas 167 «no deja el Señor de pagar... con darnos contentos harto mayores que los podemos tener en los que dan los regalos y distraimientos de la vida»17;

pero estas almas han tomado conciencia de su virtud, y, con esta convicción, dirigen sus preten- siones a gracias más elevadas:

«Como estas almas se ven que por ninguna cosa harían un pecado, y muchas que aun venial de adverten- cia no le harían y que gastan bien su vida y su hacienda, no pueden poner a paciencia que se les cierre la puerta para entrar adonde está nuestro Rey por cuyos vasallos se tienen, y lo son. Mas, aunque acá tenga mu- chos el rey de la tierra, no entran todos hasta su cámara...

¡Oh humildad, humildad! No sé qué tentación me tengo en este caso, que no puedo acabar de creer a quien tanto caso hace de estas sequedades, sino que es un poco de falta de ella»18.

¡Qué mezcla de virtud y orgullo, de voluntad buena y sincera y de ilusión! Ciertamente, es nor- mal que, en nuestras almas, las tendencias perversas subsistan al lado de las más altas virtudes. A me- dida que el alma se eleva hacia la santidad, carne y naturaleza, gracia y pecado se clarifican por con- traste en la pobre alma que lleva consigo lo uno y lo otro. «Desgraciado de mí»19, exclama san Pablo, bajo el doble peso de su miseria humana y de sus riquezas. Por su parte, santa Teresa del Niño Jesús declara encontrarse cada vez más imperfecta, a medida que avanza, pero en ello encuentra su alegría, porque la miseria atrae la misericordia.

En las almas de las terceras moradas, la situación es diferente. Mientras san Pablo gime bajo la experiencia de su miseria, estas pobres almas no ven la suya y no aceptan que se les muestre:

«Darles consejo no hay remedio...

En las personas que digo no es así, sino que canonizan, como he dicho, en sus pensamientos estas cosas y así querrían que otros las canonizasen.

En fin, que yo no he hallado remedio ni le hallo para consolar a semejantes personas, si no es mostrar gran sentimiento de su pena (y a la verdad, se tiene de verlos sujetos a tanta miseria) y no contradecir su razón, porque todas las conciertan en su pensamiento que por Dios las sienten, y así no acaban de entender que es imperfección; que es otro engaño para gente tan aprovechada»20.

El problema es inquietante. ¿Cómo arrancar a estas almas de sus ilusiones e iluminar su buena voluntad? He aquí algunos ejemplos que, tal vez, serán más claros que los reproches y las considera- ciones generales:

«Viene a una persona rica, sin hijos, ni, para quién querer la hacienda, una falta de ella; mas no es de ma- nera, que en lo que le queda le puede faltar lo necesario para sí y para su casa, y sobrado. Si este anduviese con tanto desasosiego e inquietud como si no le quedara un pan que comer, ¿cómo ha de pedirle nuestro Se- ñor que lo deje todo por él? Aquí entra el que lo siente porque lo quiere para los pobres; yo creo que quiere más Dios que yo me conforme con lo que su Majestad hace y, aunque lo procure, tenga quieta mi alma, que no esta caridad»21.

Otro ejemplo:

«Tiene una persona bien de comer y aun sobrado; [...] y... procurar más y más, tenga cuan buena inten- ción quisiere... que no hayan miedo que suban a las moradas más juntas al Rey»22.

¿Han aclarado perfectamente estos reproches y ejemplos la situación de las almas de las terceras moradas? ¿Cómo conciliar estas graves deficiencias con los progresos, realizados, estos reproches jus- tificados con la estima y el respeto que les merece su comportamiento exterior, y sus buenas obras? Un cierto misterio se cierne aún sobre estas almas. La Santa tiene de ello conciencia. Por eso escribe:

«Mirad mucho, hijas, algunas cosas que aquí van apuntadas, aunque arrebujadas, que no lo sé más decla- rar»23.

La invitación a la meditación atenta indica que el problema es importante. La invitación es sen- sata. Hay que responder leyendo de nuevo con atención los dos capítulos dedicados a las terceras mo- radas. Nos daremos cuenta de que santa Teresa muestra, ante estas almas de las terceras moradas, una

17 Ibid., 2, 9. 18 Ibid., 1. 6.7. 19 Rom 7,24. 20 3M 2, 1.3.2. 21 Ibid., 2, 4. 22 Ibid., 2, 4. 23 Ibid., 1, 9.

cierta confusión que parece un malestar. Malestar que se traduce por elogios llenos de asombro, multi- tud de reproches bastante generales, digresiones explicativas y un punto de ironía contenida ante esas personas «muy concertadas en su hablar y vestir»24, que en todo se conducen con tanta sabiduría y sir- ven al Señor con rectitud y discreción.

¿Tenemos derecho a fijarnos en estos indicios de malestar y darles importancia? Sabemos que santa Teresa escribe sin borrador previo, dejando correr su pluma. No vuelve a leer lo escrito. Ve y describe. Le sucede que no explica claramente la impresión que produce en ella una situación cuando, sin embargo, la impresión domina toda la descripción.

Así es como hemos visto que en las primeras moradas la Santa se estremecía al ver caer en el pecado y en el infierno a aquellas almas, cuya vida sobrenatural es tan débil. Ante quienes hacen una meditación ordenada, la hemos visto emplear la solemnidad discreta de los intelectuales que, pensando ordenadamente, se sitúan en una buena posición inicial. Ante las personas piadosas de las terceras mo- radas, santa Teresa se detiene más tiempo. Demuestra que esas almas no son de su opinión, no viven bajo su luz, no piensan como ella.

¿Se trataría de una oposición de temperamento, de hábitos diferentes de vida, en esas personas que viven en el mundo y santa Teresa en clausura? Ciertamente que no. Las impresiones de santa Te- resa no son ni superficiales ni puramente naturales. Debemos confiar en ella, examinar más de cerca el problema.

Descubrimos, en efecto, que estas personas están establecidas en posiciones espirituales a las que una profunda zanja las separa de las de santa Teresa, zanja que aún no han franqueado. El malestar de nuestra Santa nos descubre un problema espiritual general de gran importancia, problema que la Santa expone en pocas palabras:

«Desde que comencé a hablar en estas moradas le traigo delante –al mancebo cuando le dijo el Señor que si quería ser perfecto–, porque somos así al pie de la letra»25.

¿Hay que recordar la escena evangélica?

«En esto se le acercó uno y le dijo: “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?” Él le dijo: “¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.” “¿Cuáles?” –le dice él–. Y Jesús dijo: “No matarás, no cometerás adulterio, no

robarás, no levantarás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu, prójimo como a ti mismo.” Dícele el joven: “Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?” Jesús le dijo: “Si quieres ser perfec- to, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven, y sígueme.” Al

oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes»26.

«Somos así al pie de la letra», afirma la Santa, colocándose humildemente en las terceras mora- das.

Estas almas no han entrado aún, por tanto, en el camino de la perfección.

24 Ibid., 1, 5. 25 Ibid., 1, 6. 26 Mt 19, 16-22.

CAPÍTULO 10

In document Quiero Ver a Dios - Todo en A4 (página 164-169)

Outline

Documento similar