La dirección espiritual
C. DEBERES DEL DIRIGIDO I Espíritu de fe
El director es un instrumento humano al servicio de la obra de Dios en las almas. Esta verdad, que dicta sus deberes al director, debe también regular la actitud del dirigido.
Sola la fe proporciona el contacto con Dios a través de los velos con los que él se encubre en la tierra: velo de la creación, velos eucarísticos, velos de la personalidad de sus instrumentos. «El que se acerca a Dios ha de creer», dice el Apóstol34. Por la fe, pues, llegará el dirigido a las fuentes divinas de: la gracia en su director, y las hará brotar sobre su alma.
Esta fe inspirará su actitud respecto del director. Multiplicará los actos positivos, especialmente cuando el velo le parezca más opaco o también cuando los lazos estrechos de afecto amenacen intro- ducir más facilidad natural o pasividad en su obediencia.
II. Confianza afectuosa
El director ejerce, en efecto, su misión no solamente con su gracia sacerdotal, sino también con sus cualidades personales. A la fe, que ve en él a Dios, a quien representa, se debe añadir en el dirigido la confianza en su persona y en sus cualidades, el afecto agradecido merecedor de su abnegación. San- ta Teresa llama a sus directores los grandes bienhechores de su alma. Con sencillez y frecuentemente
30 Ibid., 13, 14. 31 Ibid., 13, 16. 32 Ibid., 14. 7. 33 Ibid., 13, 16. 34 Heb 11, 6.
con entusiasmo habla del consuelo de conversar con ellos, de la alegría de volver a encontrarlos, de la solicitud y atenciones delicadas con que los rodea, de su adhesión profunda y fiel, sobre todo, cuando encuentra en ellos los dones naturales y sobrenaturales que les permiten servir al Señor con gran utili- dad. Entre ellos, hay quiénes se muestran un poco sorprendidos al escuchar a la Santa poner en la ex- presión de sus sentimientos, respecto a ellos, tanto calor y tanta sencillez. Los tranquiliza y confiesa que se ríe de sus temores. Su sencillez no es ignorancia, sino pureza y dominio de su corazón. Prueba de esto es lo que ha escrito en el Camino de perfección acerca de las precauciones que hay que tomar en las relaciones con el confesor; pero también ha escrito: «tengo por gran principio de aprovechar mucho tener amor al confesor»35.
III. Sencillez y discreción
El espíritu de fe y la confianza se manifestarán, en primer lugar, por una apertura sincera y completa del alma, de una manera tan sencilla como sea posible. El director no podría guiar a un alma sin conocerla también perfectamente, como le sea posible. El dirigido no puede contar con las luces y la gracia de la dirección sino en la medida en que él mismo ha proporcionado lo que puede ilustrar al director. Tendrá, pues, que manifestarle sus aspiraciones y sus tentaciones, sus debilidades y sus actos de virtud, la acción de Dios y sus respuestas de generosidad; en resumen, todo lo que en el presente o en el pasado pueda revelar sus disposiciones profundas y los designios de Dios sobre él.
Escribe san Francisco de Sales:
«Tratad con él –el director– a corazón abierto, con toda sinceridad y fidelidad, manifestándole claramente vuestro bien y vuestro mal, sin fingimiento ni disimulación... tened en él una extrema confianza mezclada con un sagrado respeto, de suerte que el respeto no disminuya la confianza y que la confianza no impida el respeto»36.
Los mismos consejos se encuentran en la pluma de santa Teresa:
«Lo que es mucho menester, hermanas, es que andéis con gran llaneza y verdad con el confesor, no digo en decir los pecados, que eso claro está, sino en contar la oración; porque, si no hay esto, no aseguro que vais bien ni que es de Dios el que os enseña; que es muy amigo que al que está en su lugar se trate con la verdad y claridad que consigo mismo, deseando entienda todos sus pensamientos, cuánto más las obras, por pequeñas que sean»37.
Subraya la Santa la importancia de tales confidencias para los favores extraordinarios:
«Lo más seguro es (yo así lo hago, y sin esto no tendría sosiego, ni es bien que mujeres le tengamos, pues no tenemos letras...): que no deje de comunicar toda mi alma y las mercedes que el Señor me hace con el confesor, y que sea letrado, y que le obedezca. Esto muchas veces»38.
Un día le advierte nuestro Señor, nos dice ella misma, que no siga los consejos de un confesor que le había mandado que callase completamente los favores divinos:
«Entendí entonces que había sido muy mal aconsejada de aquel confesor, que en ninguna manera callase cosa al que me confesaba; porque en esto había gran seguridad, y haciendo lo contrario podría ser engañarme alguna vez»39.
San Juan de la Cruz insiste tan fuertemente en esta necesidad, que no podemos menos de resu- mir su doctrina:
«Cualquiera cosa que el alma reciba, de cualquiera manera que sea, por vía sobrenatural, clara y rasa, en- tera y sencillamente, ha de comunicarla luego con el maestro espiritual. Porque... todavía es muy necesario, aunque al alma le parezca que no hay para qué, decirlo todo.
Y esto por tres causas»40.
Es de destacar la primera de estas causas:
35
Camino de perfección 7, 2 (Códice de El Escorial).
36
Vida devota cap. 4 (Ed. BAC, Madrid, 1954).
37 6M 9, 12. 38 Vida 26, 3. 39 Ibid., 26, 4. 40 Subida... II, 22, 16.
8. La dirección espiritual 161 «Muchas cosas comunica Dios, cuyo efecto y fuerza y luz y seguridad no lo confirma del todo en el alma hasta que, como habernos dicho, se trate con quien Dios tiene puesto por juez espiritual de aquel alma»41.
Advierte el santo Doctor que:
«Hay algunas almas que sienten mucho en decir las tales cosas, por parecerles que no son nada, y no sa- ben cómo las tomará la persona con quien las han de tratar; lo cual es poca humildad... Y hay otras que sien- ten mucha vergüenza en decirlo, porque, porque no vean que tienen ellas aquellas cosas que parecen de san- tos... y, por el mismo caso, conviene que se mortifiquen y lo digan»42.
Estos consejos de san Juan de la Cruz se dirigen especialmente a los contemplativos. Conservan, sin embargo, su valor para todas las almas. En efecto, no se puede recibir una dirección a sus necesi- dades sin proporcionar al director los elementos razonables de apreciación.
Por eso mismo estas preciosas directrices no justifican los desahogos sentimentales de que har- ían alarde la sensibilidad más que la fe, la necesidad de hacer que alguien se ocupe de sí –aunque fuera por una insistencia desmesurada de sus faltas– mucho más que el deseo sincero de hacerse dirigir. En efecto, si es cierto que en los principios es generalmente necesaria una apertura de alma lo suficiente completa, después las relaciones frecuentes, sobre todo escritas, rara vez quedan libres de tendencias que amenazan con hacerlas desviar, como esa pasividad que, mientras pide luz precisa para todo, para- liza toda reflexión e iniciativa personales; o, por el contrario, ese deseo declarado o, a veces, incons- ciente de que se aprueben sus puntos de vista, de imponer su sentimiento, cuando eso no es el de diri- gir al mismo director.
El mismo dirigido no debe ignorar que sus actitudes habituales de espíritu, sus reacciones es- pontáneas descubren mejor al director las profundidades de su alma y la armonía de los designios di- vinos sobre ella que lo que él puede, habitualmente captar a través del velo, con frecuencia engañoso, de sus impresiones y de sus juicios personales.
Por eso, a la sencillez en la apertura del alma le debe acompañar cierta discreción y conseguir que encuentre su medida. Esta sencillez dejaría de serlo si, en sus desahogos, se mostrara indiscreta y pretenciosa.
IV. Obediencia
La obediencia garantiza la eficacia de la dirección, porque consigue que en la dirección se intro- duzcan los consejos y las órdenes del director.
Santa Teresa se complace en insistir acerca de esta obediencia para descubrir su trascendencia:
«Siempre que el Señor me mandaba una cosa en la oración, si el confesor me decía otra, me tornaba el mismo Señor a decir que le obedeciese; después su Majestad le volvía para que me lo tornase a mandar»43.
Esta doctrina de santa Teresa, extremadamente preciosa, establece la jerarquía de poderes. Cris- to ha dejado sus poderes sobre el alma a su Iglesia. Respeta el orden que él mismo ha establecido y le supedita su acción interior en las almas. Los mandatos que él les declara directamente tienen que estar sometidos al director, que representa a la Iglesia. El alma no ha de reemprender nada de lo que le haya prescrito Dios mismo, mientras el director no se lo ordene. Es lo que enérgicamente afirma santa Tere- sa a propósito de las palabras interiores:
«Si hay las señales que quedan dichas, mucho se puede asegurar ser de Dios, aunque no de manera que, si es cosa grave lo que se le dice y que se ha de poner por obra de sí o de negocios de terceras personas, jamás haga nada, ni le pase por pensamiento, sin parecer de confesor letrado y avisado y siervo de Dios, aunque más y más entienda y le parezca claro ser de Dios; porque esto quiere su Majestad, y es no dejar de hacer lo que él manda, pues nos tiene dicho tengamos al confesor en su lugar, adonde no se puede dudar ser palabras suyas; y éstas ayudan a dar ánimo si es negocio dificultoso, y nuestro Señor le pondrá al confesor y le hará crea es espíritu suyo cuando él lo quisiere, y si no, no están más obligados. Y hacer otra cosa sino lo dicho y seguirse nadie por su parecer en esto, téngolo por cosa muy peligrosa y así, hermanas, os amonesto de parte de nuestro Señor que jamás os acaezca»44.
41 Ibid., II, 22, 16. 42 Ibid, II, 22, 18. 43 Vida 26, 5. 44 6M 3, 11.
Esta línea de conducta se apoya en la autoridad divina del director, que representa a la Iglesia, cuya voluntad manifestada exteriormente debe preferirse siempre a todas las manifestaciones interio- res, por más ciertas y auténticas que sean. Pone en una categoría sorprendente a la obediencia debida al director, al mismo tiempo que el papel importantísimo de la dirección en las ascensiones espiritua- les.