Sabiduría sobrenatural y perfección cristiana
A. LOCURA Y PERFECCIÓN
¿Es realmente el desprendimiento efectivo de todos los bienes el gesto decisivo y necesario que introduce en la perfección evangélica? Las palabras de nuestro Señor, lo que dice santa Teresa al prin- cipio del Camino de la perfección, los ejemplos típicos que aduce para demostrar la imperfección de las almas de las terceras moradas y que revelan el apego de ese hombre rico a los bienes, podrían hacérnoslo creer.
Pero entonces ¿es imposible la perfección evangélica para todos aquellos cuya situación no puede tolerar la pobreza absoluta? ¿No les queda más remedio que renunciar a esto las almas de las terceras moradas que, están al frente de una casa?
Evidentemente, no puede ser así. El problema de la perfección está en otra parte. Este despren- dimiento efectivo de bienes no se impone más que a ciertas almas; para todas es signo de una renuncia más íntima y más general, que debe estar a su alcance, adaptándose a cada una para crucificar a todas por igual.
Para descubrir ese algo, recurramos al análisis de algunos testimonios: su diversidad demostrará la complejidad del problema y servirá a continuación para su solución.
1. Recurramos, en primer lugar, al testimonio de santa Teresa. Nos interesa, especialmente, y es el que se trata de aclarar.
Conocemos sus reproches a las almas de las terceras moradas; falta de humildad y de despren- dimiento, inquietud y tristeza exagerada por pequeñas pruebas. Allí son defectos aparentes si los com-
1
3M 2, 7.
2
paramos con otro más profundo que afecta al comportamiento interior del alma, que abarca toda la vi- da espiritual y que explica todos los demás. La Santa nos los desvela:
«Las penitencias que hacen estas almas son tan concertadas como su vida; quiérenla mucho para servir a nuestro Señor con ella; que todo esto no es malo, y así tienen gran discreción en hacerlas, porque no dañen a la salud. No hayáis miedo que se maten»3.
Sabíamos que estas almas estaban «muy concertadas» y que todo estaba perfectamente regulado en ellas. La amable ironía de santa Teresa ya no nos sorprende mucho, porque es demasiado espontá- nea y viva como para no reírse de un orden tan bien regulado en todos sus detalles. Pero he aquí una de esas frases, como a veces se encuentran en ella, lanzada a la buena de Dios en medio de explicacio- nes aparentemente embrolladas y que, abriendo nuevos horizontes, dan la clave de un problema:
«Su razón está aún; no está aún el amor para sacar de razón»4.
Esta verdad le parece a ella misma muy luminosa. La toma de nuevo, la desarrolla con calor:
«Más querría yo que la tuviésemos, para no nos contentar con esta manera de servir a Dios siempre a un paso, que nunca acabaremos de andar este camino.
Y como, a nuestro parecer, siempre andamos y nos cansamos, porque (creed que es un camino brumador) harto bien será que no nos perdamos... ¿No valdría más pasarlo de una vez?...
Como vamos con tanto seso, todo nos ofende: porque todo lo tememos, y así no osamos pasar adelante... Pues no es esto posible, esforcémonos, hermanas mías, por amor del Señor; dejemos nuestra razón y temores en sus manos; olvidemos esta flaqueza natural, que nos puede ocupar mucho... nosotras [tengamos cuidado] de sólo caminar aprisa para ver este Señor»5.
Está claro: almas cuya razón ha regulado tan bien su vida son ahora demasiado razonables para ir más lejos. Lo que ha sido un, medio muy útil se convierte ahora en un obstáculo casi insuperable, porque las tales almas no pueden darse cuenta de que su razón les cierra el camino de la perfección.
Semejante reproche, bajo esta forma absoluta, nos sorprende un poco en santa Teresa. Sabemos que es espontánea y viva, y, en consecuencia, molesta por las prescripciones demasiado minuciosas: tiembla con sólo leer las numerosas normas que un religioso ha impuesto en uno de sus monasterios para los días de comunión. Pero de esta madre tan espiritual y tan prudente, de este genio tan equili- brado en su doctrina como en su vida, de esta santa que sigue siendo tan humana en la expansión de sus facultades naturales hasta en la unión transformante, no esperábamos variación alguna en la razón. ¿Es necesario, pues, un poco de locura para la santidad?
2. Es lo que afirma claramente el apóstol san Pablo en la primera carta a los Corintios.
Había llegado el apóstol a Corinto después del fracaso casi completo del magnífico discurso que había pronunciado en el areópago de Atenas y cuyo esquema nos han conservado los Hechos de los Apóstoles6.
Ante las dificultades de otro género que encuentra en Corinto (oposición violenta de los judíos y depravación moral de la ciudad), el apóstol había sentido más imperiosamente la necesidad de apoyar- se únicamente en la fuerza de Cristo. Por otra parte, su predicación de humilde artesano, que tejía el pelo de cabra, no había hecho conquista alguna sino entre los humildes. Recordando estos sucesos, les escribía en su primera carta:
«Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar, el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo.
Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la in-
teligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo?
¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predi- cación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres.
3 Ibid., 2, 7. 4 Ibid., 2, 7. 5 Ibid., 2, 7.8. 6
«Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: “Sobre esto ya te oiremos otra vez.” Así salió Pablo de en medio de ellos. Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron» (Hch 17, 32-34).
10. Sabiduría sobrenatural y perfección cristiana 171 ¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos pode- rosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogi- do Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios. De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención, a fin de que, como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor
Pues yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anuncia- ros el misterio de Dios, pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado. Y me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios»7.
De esta larga cita, donde se entrechocan las afirmaciones, donde abundan las antítesis, se des- prende una idea clara y poderosa: hay una oposición radical entre la sabiduría del mundo en el que vi- ve san. Pablo y la sabiduría de Dios que le guía, que preside su apostolado y el desarrollo del cristia- nismo.
Santa Teresa reprochaba a las almas de las terceras moradas el ser demasiado razonables para entrar en los caminos de la perfección y les deseaba un amor que les hiciera desvariar. San Pablo seña- la que la sabiduría de Cristo es locura a los ojos del mundo. Estas dos afirmaciones complementarias expresan perfectamente la idea que nosotros nos hacemos generalmente de la alta santidad.
3. En efecto, los grandes santos, tal como nos los representa la hagiografía, no tienen solamente gestos de héroes –como san Lorenzo, que sobre la parrilla ardiente, se mofa de su verdugo–, sino que nos muestran una vida que obedece a leyes superiores.
San Francisco de Asís se despoja en la plaza pública de sus vestidos para satisfacer las reclama- ciones de su padre y comienza su heroica aventura al servicio de la Dama Pobreza.
No es menos loca la empresa que san Juan de la Cruz inicia en Duruelo, y la que el P. de Fou- cauld persigue, bajo el sol abrasador del Sahara, hasta que riega con su sangre esa tierra que él quería hacer fecunda.
En cuanto a la vida que lleva el santo Cura de Ars durante los últimos años de su existencia, so- bresale en ella la fuerza de la cruz tanto en la paciencia y penitencia del santo Cura de Ars, como en los dones maravillosos con los que es favorecido.
El sentido común de los fieles canoniza al punto a estos hombres y los rodea de una veneración entusiasta. Para ese sentido de los fieles, el signo de la santidad se encuentra, ciertamente, en esa locu- ra de la cruz, que preside la organización de la vida de los santos y se abre maravillosamente en frutos sobrenaturales.
Las afirmaciones de santa Teresa y de san Pablo, los ejemplos vivos que no nos dejan ninguna duda sobre la identidad de la locura de la cruz con la santidad, plantean en nuestro espíritu un proble- ma práctico muy importante: ¿en qué consiste esta locura de la cruz? ¿Está realmente en oposición la santidad con la razón humana? ¿En qué medida hay que ser loco a los ojos de los hombres para ser santo?
Algunas distinciones sobre las tres sabidurías que sirven de fundamento al orden moral y espiri- tual aclararán este problema y nos permitirán, a continuación, precisar la doctrina de san Pablo y de santa Teresa.