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SU DOCTRINA SOBRE LA AMISTAD I Importancia de las amistades

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Las amistades espirituales

B. SU DOCTRINA SOBRE LA AMISTAD I Importancia de las amistades

21 Ibid., 24, 5.6. 22

Ibid., 34, 7.8.

23

7. Las amistades espirituales 143

La vida de santa Teresa nos revela la influencia decisiva de las amistades. Todas las grandes las grandes de la Santa han sido inspiradas o, al menos, eficazmente mantenidas, por las amistades. Ahora bien, la reformadora del Carmelo es un alma excepcionalmente fuerte. ¿Qué será, pues, normalmente de un alma Menos vigorosa, a quien su debilidad vuelve más pasiva aún bajo las influencias exterio- res?

Hay, por otra parte, una ley general: Dios, adapta la distribución de su gracia a las condiciones de nuestra naturaleza. Dios se ha hecho hombre para traernos su vida divina. Ha instituido los sacra- mentos, signos sensibles, que son sus canales, y utiliza de modo habitual y continuo los acontecimien- tos exteriores, e incluso las causas libres, como mensajeros de su luz y los más auténticos intermedia- rios de su gracia.

«La fe viene por el oído», dice el Apóstol, y en el mismo sentido podríamos añadir nosotros: los sentidos son a la vida sobrenatural lo que las raíces a la planta; por ellas llega a la planta la savia. Se conoce, por supuesto, la influencia que puede tener en el desarrollo de la vida espiritual el medio, el ambiente en que se mueven los sentidos y, sobre todo, las amistades que los afectan de modo profundo y más, constante.

El alma que comienza será normalmente más sensible a esta influencia de la amistad de Santa Teresa subraya y explica lo bienhechora que le puede resultar:

«Aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras per- sonas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima aunque no sea sino ayudarse unos a otros con sus ora- ciones. ¡Cuánto más que hay muchas más ganancias! Y no sé yo por qué (pues de conversaciones y volunta- des humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar, y para mas gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos, que de todo tienen los que tienen oración... Y creo que el que, tratando con esta intención, lo trataré, que aprovechará a sí y a los que le oyeren y saldrá más en- señado; aun, sin entender cómo, enseñará a sus amigos.

El que de hablar en esto tuviere vanagloria también la tendrá en oír misa con devoción, si le ven, y en hacer otras cosas que, so pena de no ser cristiano, las ha de hacer, y no se han de dejar por miedo de vanaglo- ria. Pues es tan importantísimo esto para las almas que no están fortalecidas en virtud, como tienen tantos contrarios y amigos para incitar al mal, que no sé cómo lo encarecer...

Porque andan ya las cosas del servicio de Dios, tan flacas, que es menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir adelante, según se tiene por bueno andar en las vanidades y contentos del mundo. Y para éstos hay pocos ojos; y si uno comienza a darse a Dios, hay tantos que murmuren, que es menester bus- car compañía para defenderse, hasta que ya estén fuertes en no les pesar de padecer; y si no, veránse en mu- cho aprieto...

Y es un género de humildad no fiar de sí, sino creer que para aquellos con quien conversa le ayudará Dios; y crece la caridad con, ser comunicada, y hay mil bienes que no los osaría decir si no tuviese gran ex- periencia de lo mucho que va en esto»24.

II. Selección de las amistades

La profunda influencia de la amistad invita a la circunspección en la selección de las que debe- mos cultivar.

Es conveniente, en efecto, distinguir entre las amistades.

Jesucristo, durante su vida en la tierra, tuvo amigos. A sus apóstoles les comunicaba los secretos del reino de Dios, los misterios de su vida íntima. Entre ellos, los tres preferidos se convierten en testi- gos de su transfiguración y: de su agonía en el huerto de los olivos. Durante las últimas semanas de dolorosa lucha en Jerusalén, Jesús iba por la tarde a descansar a Betania, en la atmósfera que hacía dulce a su corazón el afecto de Lázaro, Marta y María. Hombre como nosotros, Jesús cultiva las amis- tades humanas para santificar las nuestras.

En Jesús, la amistad es fruto de una libre elección de su ternura misericordiosa que ansiaba di- fundirse. Entre los santos, la amistad procede a la vez del amor divino que se da en caridad fraterna y del sentimiento profundo que les, queda de su debilidad bajo la energía de su virtud. En nosotros nace de una necesidad de apoyo y de desahogo, al mismo tiempo que de una corriente de simpatía.

Es claro, la calidad de la amistad es fruto del movimiento de la que procede, del amor que la anima.

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Experta en el arte de amar y psicóloga penetrante en el análisis de los sentimientos, santa Teresa nos va a ayudar a discernir y a apreciar las amistades por la calificación del amor que las inspira. En este punto de vista práctico, la doctrina que nos ofrece en el Camino de perfección es incomparable.

Señalemos, en primer lugar, que el amor es la ley de toda vida, de todo ser. Dios ha puesto esta ley en toda criatura para regular su marcha hacia su fin providencial, pero la ha adaptado a la naturale- za de cada ser. El astro gravita en el espacio obedeciendo a la ley, de la gravitación universal y de la atracción mutua de los cuerpos, que es la ley de amor de la materia. El instinto es otra forma de la misma ley del amor.

En el hombre encontramos tres formas de esta ley de amor adaptadas a las tres vidas que se su- perponen en el cristiano bautizado: el amor sensible, propio, de la vida del cuerpo; el amor racional, que pertenece al alma, y el amor sobrenatural, que es esencial para la vida de la gracia. Cada uno de estos amores ha de conducir a su perfecto desarrollo la vida a la que él pertenece. Todos proceden de Dios y, en consecuencia, son buenos en sí. Cuando se los considera aisladamente, no se puede ni mal- decir ni destruir ninguno.

Por otra parte, la vida no nos presenta estos diversos amores separados, como en la división lógica, sino unidos en grados diferentes. El juicio práctico ha de hacerse sobre la dosis de cada uno de ellos en una naturaleza humana individual, sobre la síntesis viva realizada por su unión. Lo que impor- ta apreciar en función del fin sobrenatural del hombre y la vocación particular de cada uno es el dina- mismo de este conjunto, su movimiento y su dirección. El valor moral y espiritual depende de la uni- dad armoniosa de sus energías vitales y de su convergencia hacia su destino providencial.

Santa Teresa nos habla de las amistades y las valora, al considerarlas bajó este aspecto vivo y sintético. La Santa es tan poco lógica como puede serlo, en el sentido escolástico de la palabra; lo que la atrae y retiene es la vida. La analiza con una penetración maravillosa, y la presenta tal como ella la ve. Por eso sus descripciones son episodios de vida arrancados de la realidad. Y si, al hablar de las amistades, la Santa se dirige a sus hijas carmelitas, sus juicios y sus consejos tienen un valor humano que les garantiza un alcance universal.

a) Amor sensible

He aquí, en primer lugar, una amistad que la Santa califica de «quereres desastrados» y de los que no se digna hablar. Se trata del amor sensible que tiene exigencias sensuales. Puede ser legítimo en el matrimonio. Santa Teresa habla a religiosas que han consagrado a Dios su virginidad y la guar- dan cómo un: tesoro divino. Para ellas, este amor es malo. Hay que poner gran empeño en librarse de él, porque el menor soplo lo puede empañar:

«De ésos –quereres– Dios nos libre.

En cosa que es infierno no hay que nos cansar en decir mal que no se puede encarecer el menor mal de él. Este no hay para qué tomarle nosotras, hermanas, en la boca, ni pensar le hay en el mundo; en burlas ni en veras oírle ni consentir que delante de vosotras se trate ni cuente de semejantes voluntades»25.

Eliminado este amor, con una energía que entendemos muy bien por tratarse de religiosas, la Santa nos habla de su intento:

«De dos maneras de amor es lo que trato: una es espiritual, porque ninguna cosa. Parece toca a la sensua- lidad ni la ternura de nuestra naturaleza, de manera que quite su puridad; otra es espiritual, junto con ella nuestra sensualidad y flaqueza o buen amor, que parece lícito, como el de los deudos y amigos»26.

La primera manera está dominada por el amor espiritual. En la segunda, los elementos espiritua- les, racionales y sensibles se unen en grados diversos, haciéndolo honesto e, incluso, bueno. Llame- mos a este último amor «espiritual-sensible», por los dos extremos que une, hablemos de él, en primer lugar, siguiendo

b) Amor espiritual-sensible

El amor espiritual es fruto de las cumbres; es, pues, muy raro. El amor espiritual-sensible es mucho más frecuente. Es el que normalmente fomenta las amistades entre personas espirituales. Sus lazos espirituales se basan ordinariamente en simpatías naturales, y en ellas encuentran su fuerza y su

25

Camino de perfección 7, 1.2.

26

7. Las amistades espirituales 145

estabilidad. ¿Cómo podrían amar con amor puramente espiritual cuando sus facultades no están purifi- cadas y la caridad sobrenatural no ha implantado su dominio en las potencias inferiores?

Santa Teresa nos tranquiliza acerca de la moralidad de las amistades espirituales sensibles al comparar el amor que las anima al que tenemos por nuestros familiares. Esas amistades son no sólo licitas, sino que pueden llegar a ser benéficas. Esta forma espiritual-sensible, más adaptada a nuestra debilidad, es la que utilizará con más frecuencia el apostolado de la amistad, tan frecuente en algunos movimientos específicos. Por la atmósfera que crean en torno a las almas, por la fuerza persuasiva que añaden a los consejos dados y por la ayuda afectuosa que procuran, estas amistades pueden arrancar a las almas del aislamiento, de un mal ambiente o de la mediocridad de un medio, para elevarlas a re- giones más puras y más sobrenaturales.

Las amistades de las que se benefició santa Teresa antes de su entrada en el Carmelo eran de es- ta naturaleza. El afecto que supo inspirar a su alrededor y que le permitió llevar tras de sí a algunas almas probablemente era, asimismo, un afecto espiritual-sensible. No nos es posible suponer, efecti- vamente; que estas almas fuesen elevadas de pronto al amor espiritual y que los encantos naturales de la Santa no hubiesen contribuido, en gran parte, a vincularlas en su seguimiento.

No sería justo hacer la misma observación a propósito de las muchedumbres que se olvidaban de beber y de comer por seguir a Jesús hasta el desierto. Se sentían conquistadas por el destello de la divinidad, que salía de la humanidad de Cristo, pero también por la bondad, la elocuencia y todos los encantos exteriores del Maestro. El Verbo se encarnó para conquistar de esa manera, adaptándose a nuestra debilidad, y, al tomar nuestra naturaleza humana, ha querido revestirla de toda la perfección de que es capaz.

En Jesús y en Teresa, el afecto era totalmente espiritual y preservaba de todo peligro al afecto menos perfecto de las almas que habían sido conquistadas.

No sucede, lo mismo cuando los dos amigos en su unión no aportan más que un amor imperfec- to. ¿Cómo no temer, entonces, una ruptura de equilibrio entre los dos elementos, espiritual y sensible, que se unían en esta amistad? Es una ley: cada una de nuestras facultades se dirige, hacia el bien que le es presentado para gozar allí de su propia satisfacción; ahora bien, las satisfacciones de los sentidos son muy violentas y corren el riesgo de dominar en el alma no purificada y de encadenarla27. En nues- tra naturaleza herida por el pecado, el amor tiende a descender hacia las regiones inferiores y a des- bordarse por los sentidos. Esta ruptura de equilibrio pone en peligro la búsqueda más sincera del bien espiritual y puede hacerle zozobrar en las libertades culpables del amor sensible o, incluso, en las des- viaciones deplorables del sensualismo místico.

Sin caer en estos excesos, la amistad espiritual-sensible puede transformarse inconscientemente en un afecto desordenado o amistad particular y exclusiva, que ya es un desorden. Esta clase de amis- tad:

«Poco a poco quita la fuerza a la voluntad para que del todo se emplee en amar a Dios... hace daños para la comunidad muy notorios... las hace comenzar el demonio para comenzar bandos en las religiones»28.

En cualquier persona son un mal, y en la superiora es «pestilencia.»

A este propósito observa la Santa que «en conciencias que tratan groseramente de contentar a Dios, se sienten poco y les parece virtud»; así, para que desaparezcan, es necesario utilizar «esto con más industria y amor que con rigor»29.

Bien pudiera deslizarse algún punto de sensibilidad en las relaciones con el confesor. La cues- tión es importante y delicada para las religiosas; por eso la Santa lo trata con bastante amplitud.

Ante todo, conviene precaverse de todo escrúpulo exagerado en este punto. Si el confesor es santo, celoso y hace avanzar al alma:

«Lo que en esto pueden hacer es procurar no ocupar el pensamiento en si quieren o no quieren, sino si quisieren, quieran; porque... pues cobramos amor a quien nos hace algunos bienes al cuerpo, quien siempre procura y trabaja de hacerlos al alma, ¿por qué no le hemos de querer? Antes tengo por gran principio de aprovechar mucho tener amor al confesor»30.

Pero

«si en el confesor se entendiere Va encaminado a alguna vanidad, todo lo tengan por sospechoso...

27

Noche oscura II, 14.

28 Camino... 4, 5.6. 29

Ibid , 4, 7.

30

Miren que va mucho en esto, que es cosa peligrosa y un infierno y daño para todas... Es gran daño el que el demonio puede hacer y muy tardío en entenderse»31.

¿Piensa santa Teresa en el episodio doloroso de Becedas? Tal vez. Los desórdenes en un monas- terio no pueden adquirir tales proporciones, pero puede haber grandes turbaciones, angustias del cuer- po y del alma: «He visto en monasterios gran aflicción de esta parte (aunque no en el mío)»32.

«Si la prelada está bien con el confesor, que ni a él de ella, ni a ella de él no osan decir nada», entonces «ordena por esta vía el demonio coger las almas, como no puede por otra»33.

Sólo hay un remedio a estos males: que las religiosas tengan la libertad de acudir a varios confe- sores y que, lo hagan al menos dé cuando en cuando, aun en el caso de que el confesor ordinario re- uniera ciencia y santidad.

Pero ¿no existe, en fin, un criterio para discernir si, en esta mezcla que supone el amor espiri- tual-sensible, el sensible se ha impuesto y dirige el movimiento de una manera peligrosa?

No podría fiarse uno de las manifestaciones exteriores en las que intervienen de un modo bas- tante notable el temperamento de las personas y las costumbres del ambiente.

Santa Teresa ofrece algunas señales psicológicas más profundas; la amistad que ocasiona el desvío se nutre de insignificancias:

«De aquí viene... el sentir el agravio que se hace a la amiga, el desear tener para regalarla, el buscar tiem- po para hablarla, y muchas veces más para decirle lo que la quiere y otras cosas impertinentes que lo que amar a Dios...

Las niñerías que vienen de aquí no tienen cuento»34.

Este problema del discernimiento dé las buenas amistades había preocupado a santa Teresa del. Niño Jesús. San Juan de la Cruz le había dado la solución. Ella había copiado este pasaje de la Noche

oscura al dorso de una estampa colocada en su breviario

«Cuando la afición es puramente espiritual, creciendo ella, crece la de Dios, y cuanto más se acuerda de ella, tanto más se acuerda de Dios y le da gana de Dios, y creciendo en lo uno crece en lo otro»35.

El árbol se conoce por sus frutos. El criterio dado por nuestro Señor para discernir los verdade- ros profetas también se aplica aquí y ofrece garantías. Los efectos determinan la naturaleza del afecto, o más bien indican cual es, en esta síntesis, la fuerza que domina e impone su movimiento a los otros elementos. Si las amistades espirituales-sensibles hacen crecer el amor de Dios, son buenas y deben ser estimuladas Tal es la conclusión que se impone.

Sin embargo, parece que santa Teresa vacila ante esta conclusión. Ni siquiera acepta estas amis- tades en sus monasterios:

«Y de estas amistades querría yo muchas donde hay gran convento, que en esta casa (que no son más de trece, ni lo han de ser), aquí todas han de ser amigas; todas sellan de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar; y guárdense de estas particularidades, por amor del Señor, por santas que sean»36.

La Santa tiene un ideal más elevado para sus hijas, el del amor espiritual.

c) Amor espiritual

El amor espiritual, de que habla santa Teresa en los capítulos sexto y séptimo del Camino de

perfección, es un amor altamente calificado:

«Del que digo es puro espiritual... paréceme no es menester hablar mucho, porque le tienen pocos. A quien el Señor se le hubiere dado, alábele mucho, porque debe ser de grandísima perfección»37.

Está esclarecido por una alta luz sobre Dios y la criatura, sobre

31 Camino... 4, 13.15.16. 32

Camino... 7, 4 (Códice de El Escorial).

33 Camino... 5, 1. 34 Ibid., 4, 6.8. 35 Noche oscura I, 5, 7. 36 Camino... 4, 7. 37 Ibid., 6, 1.

7. Las amistades espirituales 147 «qué cosa es amar al Criador, o a la criatura (esto visto por experiencia, que es otro negocio que sólo pen- sarlo y creerlo) o ver y probar qué se gana con lo uno y se pierde con lo otro, y qué cosa es Criador y qué co- sa es criatura... aman muy diferentemente de los que no hemos llegado aquí»38.

No se detiene este amor en los atractivos exteriores:

«Son estas personas que Dios las llega a este estado, almas generosas, almas reales; no se contentan con amar cosa tan ruin como estos cuerpos, por hermosos que sean, por muchas gracias que tengan, bien que pla- ce a la vista y alaban al Criador; mas, para detenerse en ellos, no»39.

«También os parecerá que si no aman por las cosas que ven, que ¿a qué se aficionan?

Verdad es que lo que ven aman y a lo que oyen se aficionan; mas esas cosas que ven son estables. Luego éstos, si aman, pasan por los cuerpos y ponen los ojos en las almas y miran si hay qué amar; y si no lo hay y ven algún principio o disposición para que, si cavan, hallarán oro en la mina, si la tienen amor, no les duele el trabajo»40.

Sólo la gran capacidad de amar y de servir a Dios justifican sus preferencias respecto a ciertas

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