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NATURALEZA Y COMETIDO DE LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO

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Los dones del Espíritu Santo

A. NATURALEZA Y COMETIDO DE LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO

I. Definición

Según santo Tomás, los dones del Espíritu Santo son «hábitos o cualidades permanentes sobre- naturales, que perfeccionan al hombre y le disponen a obedecer con prontitud las inspiraciones del Espíritu Santo»2.

Esta definición de santo Tomás está perfectamente explicada con la que ofrece el P. Gardeil3. Los dones, dice, son «pasividades engendradas en el alma por el amor de caridad y transforma- das por el Espíritu Santo en puntos de apoyo permanentes para sus operaciones directas en el alma.» En efecto, la caridad sobrenatural, por ser amor de amistad, establece relaciones de reciprocidad entre Dios y el alma. Alternativamente activa y pasiva, da y recibe. Está hecha para estos intercambios y no existe más que para ellos. Sobre esta aptitud esencial de la caridad para recibir, sobre su capacidad re- ceptiva, están establecidos los, dones del Espíritu Santo como hábitos o cualidades permanentes so- brenaturales constantemente abiertas a la acción del Espíritu Santo presente en el alma. Como cualida- des receptivas, los dones reciben y transmiten las luces, las mociones y la acción del Espíritu Santo y, de este modo, permiten las intervenciones, directas y personales de Dios en la vida moral y espiritual del alma y hasta en los menores detalles. Como cualidades permanentes, los dones ponen al alma en disponibilidad constante respecto del Espíritu Santo y pueden entregarla: en todo momento a sus luces y a su soplo.

Los dones son al alma lo que la vela a la barca, a la que el esfuerzo del remero hace avanzar con dificultad. Llega el soplo de la brisa favorable que hinche la vela y la barca boga con rapidez hacia su destino, aun cuando cese el esfuerzo del remero.

Ya queda dicho que, según la definición de santo Tomás, son «hábitos, o cualidades permanen- tes sobrenaturales, que perfeccionan al hombre y le disponen a obedecer con prontitud las inspiracio- nes del Espíritu Santo.»

1

Rom 8, 14.

2

Sum. I-II, 68. a. 3.

3 Para escribir este capítulo nos hemos servido extensamente del estudio magistral del P.G

ARDEIL sobre los Dones del

Espíritu Santo (Diccionario de teología, pp. 1728-1781) y de su libro La structure de l'âme et l'expérience mystique; a veces hemos empleado sus mismas expresiones.

Al nombre común de «dones», santo Tomás prefiere el modo de hablar de la Escritura que los llama «espíritus»: «Reposará sobre él el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espí- ritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y le inspirará el espíritu, del temor del Se- ñor», se lee en Isaías4.

El término «don» es, efectivamente, equívoco, pues evoca un poder que se basta a sí mismo. El llamarlos «espíritu», sobre todo si va acompañado de la enumeración precisa de las riquezas sobrena- turales que nos vienen por los dones: don de sabiduría, de inteligencia, de fortaleza, etc., corre el peli- gro de ocultarnos la naturaleza de los dones, al permitir la confusión entre el don «potencia receptiva» y la acción de Dios que él recibe y transmite.

Esta confusión es tanto más deplorable cuanto que la acción de Dios por los dones es esencial- mente gratuita y depende de su libre voluntad. Dios derrama su gracia según la medida de su elección, afirma el Apóstol. Los dones no son sino aptitudes para recibir la acción de Dios. Al desarrollarse al mismo tiempo y al mismo ritmo que el organismo sobrenatural de la gracia y de las virtudes, se con- vierten en capacidades más amplias, más idóneas para captar el soplo y las delicadas mociones del Espíritu Santo, en instrumentos más dóciles, más flexibles y potentes bajo la acción de Dios para sus intervenciones personales; pero nunca tienen un derecho estricto a. una acción de Dios más frecuente o más profunda. Dios no da a «quien corre, sino a quien él quiere hacer misericordia»5, proclama el Apóstol, hablando claramente de la acción gratuita de Dios por los dones.

Pero si, como sucede habitualmente, se los considera en sí mismos no sólo como instrumentos receptivos, sino como instrumentos animados por el soplo actual de Dios, se puede decir con monse- ñor Gay que son « a la vez flexibilidad y energía, docilidad y fuerza, que vuelven al alma más pasiva bajo la mano de Dios y, al mismo tiempo, más activa para seguirle y practicar sus obras»6.

II. Virtudes y dones

En el organismo sobrenatural, los dones están junto a las virtudes. Virtudes y dones son diferen- tes y distintos, pero tienen relaciones muy estrechas. Un estudio de sus diferencias y de sus relaciones nos permitirá precisar más aún la naturaleza de los dones y de la acción divina de la que son instru- mentos.

a) Diferencias

Virtudes y dones actúan en el mismo campo de la vida moral y espiritual. Los actos en que in- tervienen no se distinguen esencialmente. Sin embargo, los que proceden de los dones están señalados habitualmente con un carácter especial de dificultad que justifica la intervención divina y siempre tie- nen un sello de perfección que la exterioriza. Su modo de obrar es lo que los diferencia esencialmente. Las virtudes son potencias, cada una tiene sus propios actos. Para realizarlos, la virtud sobrena- tural se sirve de las operaciones de la facultad en la que está injertada. Tributaria de las facultades humanas, la misma virtud sobrenatural está controlada por la razón que rige a todas ellas, y su activi- dad se ejerce bajo la luz y según la medida de la: razón. Otra observación importante sobre el punto que nos ocupa: la actividad propia de la virtud sobrenatural nos excluye, sino que supone la interven- ción de Dios, quien, como causa primera, la pone en movimiento. La virtud actúa, pues, como causa segunda libre, que: recibe de Dios su poder activo y un impulso que le deja su independencia.

La intervención de Dios en la actividad del alma se hace directa y más completa por los dones del. Espíritu Santo. La luz de Dios sustituye a la de la razón; y su moción a la de la voluntad, sin su- primir la libertad; Dios desciende hasta las facultades para dirigir y sostener su acción. El alma es, ac- tuada por Dios y las facultades se convierten en instrumentos suyos. Dios no es sólo causa primera ge- neral, como en la actividad de las virtudes; interviene por los dones en el campo habitual de la causali- dad segunda, obrando por las facultades del alma, a las que mantiene bajo acción de su luz y de su moción.

b) Relaciones de las virtudes y de los dones

4 Is 11, 2-3. 5

Rom 9, 16.

6

3. El den de sí mismo 187

Estos diversos comportamientos no oponen virtudes y dones, sino que permiten que se comple- ten y se unan, armoniosamente para la perfección de la vida espiritual.

Mientras su actividad sigue siendo dependiente de la actividad de las facultades humanas en las que están injertadas, las virtudes sobrenaturales, especialmente las virtudes teologales, sólo disponen de medios de obrar inferiores a su estado sobrenatural y a su objeto divino. Los motivos de credibili- dad y las luces que la inteligencia suministra a la fe sobre la verdad revelada –pues se apoyan en los «semblantes plateados», es decir, en la formulación conceptual del dogma, y no descubren «el oro de la sustancia», es decir, la misma verdad infinita que en esas luces se contiene– no permiten a la fe ad- herirse perfectamente a esta verdad infinita, descansar, y encontrar en ella su único motivo de ad- hesión, en una palabra, realizar con perfección su propio acto y abarcar su objeto infinito conforme a todo el poder teologal que lleva en sí.

Las consecuencias del pecado –tendencias e imperfecciones con su cortejo de oscuridad, de de- bilidad, de rudeza, de torpeza para el bien– se añaden a esa impotencia básica de las facultades para aumentar la desproporción entre el fin divino que hay que alcanzar y el auxilio humano que la virtud sobrenatural puede encontrar en ellas.

La intervención de Dios por los dones del Espíritu Santo remedia estas deficiencias y asegura el auxilio apropiado. Lleva al alma una luz que trasciende las nociones analógicas de la inteligencia, una moción que domina suave y fuertemente la voluntad y las pasiones. Libera a las virtudes sobrenatura- les de su dependencia respecto a las facultades y consigue que realicen con perfección sus propios ac- tos. Así es como la fe, al recibir por el don de inteligencia una luz acerca de Dios, se adhiere perfecta- mente a su objeto divino y descansa apaciblemente en su oscuridad, que se le convierte en sabrosa. Es- ta fe, cuya actividad ha llegado a su perfección por los dones, se convierte en la «fe viva» o contem- plativa, la fe ilustrada por los dones, según la explicación del carmelita José del Espíritu Santo: fides

illustrata donis7.

Estas intervenciones de Dios por los dones del Espíritu Santo pueden llegar a ser tan frecuentes y tan profundas, que pongan al alma en una dependencia casi continua del Espíritu Santo. Desde este momento, las facultades humanas casi nunca dirigen la vida espiritual y habitualmente no son más que instrumentos: La misma actividad de las virtudes sobrenaturales parece pasar a segundo plano, pues la vida espiritual se ha convertido en divina por el movimiento del Espíritu Santo que la nutre y la guía. En este, sentido y bajo la luz de semejante experiencia, santa Teresa del Niño Jesús decía al fin de su vida «Aún no he tenido ni un minuto de paciencia. La que veis, no es paciencia ¡No se acierta nun- ca!»8. Esta dependencia completa de Dios, que se apoya a la vez en una pobreza espiritual absoluta y en el auxilio continuo de Dios, constituye la perfección de la gracia filial e indica el reino perfecto de Dios en el alma, pues está escrito: «Los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios»9.

En este estado espiritual tan elevado, da la impresión de que el alma se mantiene habitualmente despierta bajo la acción de Dios y coopera a ello con un suave abandono. Pero también sucede que Dios interviene en el alma sin que ésta tenga la menor consciencia. La acción de Dios produce a veces un choque que suspende las facultades, como en la unión mística, y, durante esta pérdida de los senti- dos, el alma es maravillosamente enriquecida10. Dios puede igualmente enriquecer a un alma de la misma manera y depositar en ella tesoros que no descubrirá sino hasta más tarde, sin que haya suspen- sión de sentidos y sin toma de conciencia inmediata11; o, aún más, se apodera de una facultad y, sin revelarle en modo alguno su acción, consigue que haga un acto que parece natural o, incluso, no deli-

7

«Fides illustrata donis est habitus proxime eliciens divinam contemplationem...» P.JOSÉ DEL ESPÍRITU SANTO, Cursus

theologiae mystico-scholasticae, t. II, praed. II, disq. XII, q. I, n. 15, p. 657. Ed. P. Anastasio, Beeyaert, 1925.

Este eminente autor estudia ampliamente la cooperación de la fe y de los dones en la contemplación. Traducimos algunas de sus afirmaciones que aclaran este difícil problema: «Los dones del Espíritu Santo no producen el acto de la contemplación sobrenatural, sino que modifican la contemplación producida por la fe ilustrada (viva)» (ibid., q. I, n. 66, p. 684). «Los dones no obran mientras el alma no esté unida a Dios; ahora bien, esta unión se realiza por las virtudes teologales: lo que prueba que estas últimas aventajan a los dones; según enseña santo Tomás, cuando afirma (I-II, q. 68, a. 8): “Las virtudes teologales han de preferirse a los dones del Espíritu Santo, porque por ellas el alma se une a Dios y se somete a él”... El acto de los, do- nes, del don de inteligencia, por ejemplo, del que estamos hablando, no termina en Dios, en tanto que conocido en sí, sino en cuanto gustado... Es en el gusto experimentado por la voluntad, que es algo creado, donde Dios es sentido por el don de inte- ligencia y los otros dones intelectuales, sobre todo por el don de sabiduría» (ibid., q. III, n. 83, p. 694).

8

Últimas conversaciones, 18 agosto, 4.

9

Rom 7, 14.

10 Cfr. la descripción de la unión mística en 5M, cc. 1 y 2, y las del éxtasis del vuelo de espíritu en 6M, cc. 1 y 2. 11

«... No obramos nosotros nada ni hacemos nada, todo parece obra del Señor. Es como cuando ya está puesto el manjar en el estómago sin comerle, ni saber nosotros cómo se puso allí, mas entiende bien que está» (Vida 27 7).

berado, pero cuyos efectos sobrenaturales revelan con certeza la moción divina eficaz que lo ha produ- cido12.

Esta acción de Dios en el alma que la desconoce parecía a santa Teresa del Niño Jesús la santi- dad más deseable, por ser más sencilla. ¿No es también la más elevada? Al menos, es la que mejor re- vela cómo el Espíritu de Dios, «más ágil que cualquier movimiento, se difunde y penetra todo con su pureza»13.

Los toques del espíritu pueden ser, por tanto, sensibles o únicamente espirituales, fuertes o deli- cados. Sin suprimir la libertad del hombre, este Espíritu puede constreñir dolorosa o suavemente sus facultades, puede moverlas de un modo tan sutil, que incluso desconozcan: la fuerza soberana que las impulsa a una obra qué será tanto más fecunda cuanto menos humana y más divina.

Tal es el arte delicado, los maravillosos recursos que la Sabiduría pone de manifiesto para hacer «amigos de Dios y profetas»14. Al estudiar estas intervenciones del Espíritu Santo por los dones, a ve- ces tenemos la impresión de que se descorre el velo del misterio que oculta la acción de Dios en las almas y en su Iglesia. Pronto nos vemos en la obligación de reconocer que estamos tocando un miste- rio más profundo aún. Al menos, nuestra mirada de fe está, desde ese momento, bastante clara para lanzarse con avidez y deleite a estas nuevas profundidades de oscuridad, que sabe están llenas de las más altas y admirables obras del poder, de la sabiduría y de la misericordia divina.

III. Distinción entre los dones del Espíritu Santo

Isaías enumera siete espíritus o, mejor dicho, siete formas del Espíritu de Dios que reposan en el Mesías: «Espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad y espíritu de temor de Dios»15. La teología, siguiendo a santo Tomás, ha visto en este sagra- do septenario la plenitud del Espíritu divino que reposa en Cristo y, al mismo tiempo, la enumeración de siete dones distintos del Espíritu Santo.

La distinción de los dones, como la de las virtudes, está en la distinción de su objeto propio. El don de sabiduría penetra en las verdades divinas, no para disipar su oscuridad esencial, sino para gustarlas gracias a la unión cordial y de simpatía que crea la caridad.

El don de inteligencia, don de intuición penetrante de lo divino, da el sentido de lo divino a través de las objeciones y de los obstáculos que lo ocultan, mantiene tranquila al alma bajo la claridad cegadora del misterio y hace brillar luces distintas sobre los objetos secundarios de la fe, es decir, so- bre lo que está ordenado a la manifestación del misterio, a su credibilidad y a su virtud reguladora de las costumbres.

El don de ciencia esclarece las cosas creadas en sus relaciones con la verdad divina, y las juzga bajo la luz que esta verdad proyecta sobre ellas.

El don de consejo interviene en las deliberaciones de la prudencia para esclarecerlas con una luz que indica la decisión que hay que tomar.

El don de piedad nos mueve a rendir a Dios el respeto que le es debido, como a un padre aman- te.

El don de fortaleza asegura la fuerza para triunfar de las dificultades que se oponen al cumpli- miento del bien.

El don de temor crea en el alma la actitud respetuosa y filial, requerida por la trascendencia de Dios y su condición de Padre.

Entre estos dones, cuatro son intelectuales: sabiduría, inteligencia, ciencia y consejo; tres, voli- tivos: fortaleza, piedad y temor de Dios.

Tres son contemplativos: sabiduría, inteligencia y ciencia; cuatro, activos: consejo, fortaleza, piedad y temor.

A la teología le ha parecido bien buscar las relaciones de los dones con las virtudes, con las bie- naventuranzas y con los frutos del Espíritu Santo. De este modo, la sabiduría se une a la caridad, la in-

12

Véase, por ejemplo, la revelación con que fue favorecida la madre Genoveva en relación con santa Teresa del Niño Jesús, que decía: «¡Oh!, esta santidad me parece la más verdadera, la más santa y es la que deseo, pues no cabe en ella ningu- na ilusión (MA 78r.º).

En este caso, la libertad del sujeto no desaparece. Dios utiliza la disposición de abandono y de docilidad habitual del al- ma. 13 Sab 7, 24. 14 Ibid., 7, 27. 15 Is 11, 2-3.

3. El den de sí mismo 189

teligencia y la ciencia a la fe, el temor de Dios a la esperanza, la piedad a la justicia, la fortaleza a la virtud de la fortaleza, el consejo a la prudencia.

La paz y la bienaventuranza de los pacíficos pertenecen a la sabiduría. La bienaventuranza de los puros de corazón y el fruto de la fe pertenecen al don de ciencia, mientras que la bienaventuranza de los misericordiosos sigue al don de consejo, y el don de piedad recibe o bien la bienaventuranza de los mansos de corazón (san Agustín), o la de los misericordiosos y de los que tienen hambre (santo Tomás). Al don de fortaleza le convienen la paciencia y la longanimidad, y al don de temor los frutos de la modestia, la continencia y la castidad.

Estas distinciones y clasificaciones precisas han permitido hacer un análisis y exposiciones deta- lladas de cada uno de los dones y de sus propiedades. Estos estudios satisfacen al espíritu ávido de cla- ridad y de lógica, pero, cuando se los acerca a casos concretos observables, dan la impresión de estar alejados de la realidad, a medida que se han hecho más precisos y más claros16.

Fijémonos, por ejemplo, en el caso de santa Teresa del Niño Jesús, cuya vida espiritual, bien conocida, es dirigida desde la infancia por los dones del Espíritu Santo. Las definiciones precisas de los dones y de sus propiedades deberían permitirnos encontrar con facilidad el don que predomina en ella. Pero he aquí que, por el contrario, sobre esta cuestión importante y fácil de resolver, las opiniones son sorprendentes por su diversidad. «Don de piedad», afirman unos, pues consideran su actitud filial respecto a Dios. «Don de sabiduría», aseguran otros, admirados de su experiencia de la misericordia que explica todo su camino de infancia. «Don de fortaleza», declara su hermana, que la conoce ínti- mamente y la ha seguido en toda su vida espiritual.

La distinción, tan clara en el campo especulativo, parece impotente para zanjar, un problema práctico de datos suficientemente conocidos. La lógica, tan luminosa, para el espíritu, falla ante la rea- lidad que pensaba haber estrechado.

¿Hay que rechazar esta lógica y las distinciones que nos presenta? Pensamos que no, porque es- tas distinciones y clasificaciones están basadas no solamente en la razón, sino en la realidad. Con todo, creemos poder demostrar, a la luz de la doctrina de san Juan de la Cruz, que la distinción de los dones,

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