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NATURALEZA DE LAS DISTRACCIONES Y SEQUEDADES

In document Quiero Ver a Dios - Todo en A4 (página 131-133)

Distracciones y sequedades

A. NATURALEZA DE LAS DISTRACCIONES Y SEQUEDADES

Con razón se ha observado: «Recogido y distraído son dos adjetivos que se oponen»4. El reco- gimiento es una condición de la oración. Por lo general, en la oración las distracciones van en sentido inverso del recogimiento. Mientras el recogimiento en la oración es una concentración de la actividad de nuestras facultades sobre una realidad sobrenatural, la distracción es una evasión de una o de todas las facultades hacia otro objeto que elimina el recogimiento.

No toda evasión de una o varias potencias es necesariamente distracción. Santa Teresa nos invi- ta en este punto a un análisis psicológico, que nos ayudará a precisar la naturaleza de las distracciones. Asombrada de las divagaciones de diversa índole de sus facultades, recurrió la Santa a consultar a letrados; quienes confirmaron lo que su experiencia le había revelado sobre la distracción y la activi- dad independiente de las facultades del alma:

«Yo he andado en esto de esta barahúnda del pensamiento bien apretada algunas veces, y habrá poco más de cuatro años que vine a entender por experiencia que el pensamiento –o imaginativa, porque mejor se en- tienda– no es el entendimiento y preguntélo a un letrado y díjome que era así; que no fue para mí poco con- tento»5.

1 4M 1, 13. 2 Vida 9, 15. 3 4M 1,9. 4

El doctor LAIGNEL-LAVASTINE, profesor en la Facultad de medicina en París, en su artículo «Les distractions dans la prière: étude physio-psychologique», en Études Carmelitaines, abril 1934, pp. 120-142.

Nos remitimos a este extraordinario artículo en el que el eminente profesor, miembro de la Academia de medicina, intere- sado únicamente por ser de utilidad a la vida espiritual, ha resumido los resultados de penetrantes análisis fisiopsicológicos para ayudar a luchar contra las distracciones en la oración.

5

Que las potencias del alma tengan una actividad independiente y que algunas puedan evadirse aisladamente del recogimiento sin destruirlo son verdades que consolaron a santa Teresa.

¿Cuáles son las potencias cuyas divagaciones pueden no resultar más que molestas y no engen- drar distracción?

En primer lugar, los sentidos exteriores e interiores que pueden percibir o experimentar impre- siones sin que por ello se destruya el recogimiento. Yo puedo, al pasear por el campo, ver un paisaje familiar, escuchar el canto de los pájaros, experimentar cierto sufrimiento físico o aflicción del alma y, sin embargo, continuar mi oración sobre un tema evangélico, ajeno a todas estas percepciones y sensa- ciones. La abstracción fuera del sentido es frecuente en el recogimiento. Al escribir el Castillo inter-

ior, anota santa Teresa:

«Escribiendo esto, estoy considerando lo que pasa en mi cabeza del gran ruido de ella que dije al princi- pio; por donde se me hizo casi imposible poder hacer lo que me mandaban de escribir. No parece sino que están en ella muchos ríos caudalosos y, por otra parte, que estas: aguas se despeñan; muchos pajarillos y sil- bos, y no en los oídos, sino en lo superior de la cabeza...; porque con toda esta barahúnda de ella no me es- torba a la oración ni a lo que estoy diciendo»6.

La imaginación, cuya actividad está ligada tan estrechamente a la de los sentidos, también puede evadirse dejando al alma en las realidades sobrenaturales que la retienen.

Escuchemos, igualmente, a santa Teresa, cuyas experiencias iluminan afortunadamente estos delicados problemas:

«Yo veía –a mi parecer– las potencias del alma empleadas en Dios y estar recogidas en él, y por otra parte el pensamiento alborotado traíame tonta»7.

¿Qué pasará con el entendimiento, es decir, la inteligencia discursiva por oposición a la inteli- gencia que penetra con una mirada simple y directa?

Señala santa Teresa que, mientras la voluntad está encadenada suavemente en la oración de quietud y goza de los gustos divinos, el entendimiento puede encontrarse en la agitación:

«Las otras dos potencias –entendimiento y memoria– ayudan a la voluntad para que vaya haciéndose hábil para gozar de tanto bien –la quietud–; puesto que algunas veces, aun estando unida la voluntad, acaece desayudar harto... van y vienen a ver si les da la voluntad de lo que goza»8.

Todos los textos de santa Teresa que hemos citado hasta ahora para demostrar la independencia de la actividad de las potencias del alma describen estados netamente contemplativos. La razón es que, en efecto, en la contemplación, en la que Dios por su acción apacigua a una o varias potencias y deja a las otras en la agitación, la distinción de las diversas potencias aparece mucho más claramente y se percibe de modo experimental.

Percibida con mayor claridad en la contemplación, la distinción de las facultades, es un hecho psicológico constante, que existe, en consecuencia, en todas las etapas de la vida espiritual. Notemos, con todo, que la intervención directa de Dios en la actividad de las facultades que produce la contem- plación sobrenatural modifica sensiblemente las leyes del recogimiento durante este

Mientras en la contemplación, al recogimiento le basta que la voluntad se adhiera a la acción suave de Dios, aun cuando todas las potencias estuvieran en agitación, en la fase activa, la atención voluntaria del alma a una realidad sobrenatural que no ha, experimentado parece que: no puede existir sin una aplicación de la inteligencia a este objeto, sea por razonamiento o por simple mirada.

En esta fase activa que nos ocupa, se puede admitir que la atención o el recogimiento se distraen por la evasión de la inteligencia.

Además, en esta misma fase, la independencia de la actividad de las potencias, que se percibe más difícilmente, es también menos real. Las percepciones de los sentidos y las divagaciones de la imaginación alterarán con mayor facilidad la aplicación de la inteligencia y, en consecuencia, del re- cogimiento.

La distracción se calificará de voluntaria cuando, voluntariamente y con plena conciencia, la in- teligencia se evada de su atención a la realidad sobrenatural para llevarla sobre otro objeto. Será invo- luntaria cuando este movimiento se produzca involuntariamente o sin plena conciencia, cediendo de ordinario a la solicitación de una impresión o de una imagen.

6 Ibid., 1, 10. 7 Ibid., 1, 8. 8 Vida 14, 3.

6. Distracciones y sequedades 133

Cuando la distracción ya no es solamente pasajera durante la oración, sino que, como conse- cuencia de la movilidad y de la impotencia de la inteligencia para fijarse en un sujeto cualquiera, llega a ser como un estado casi habitual, constituye entonces un estado de sequedad.

La sequedad va ordinariamente acompañada de tristeza, de impotencia, de disminución de los ardores del alma, de agitación y de enervamiento de las facultades.

La distracción es un sufrimiento; la sequedad crea un estado I de desolación. Fueron una de las pruebas más sensibles al alma de santa Teresa, que las describe de buen grado para animarnos. Duran- te muchos años, al hablar del «primer modo de regar el huerto», sacando el agua con un caldero, que se corresponde con los primeros grados de oración, dice que ha conocido la fatiga de «echar muchas veces el caldero en el pozo y sacarle sin agua»9. Sucedía que para este trabajo no podía

«alzar los brazos, ni podrá tener un buen pensamiento...

Su precio se tienen estos trabajos; que, como quien los pasó muchos años (que, cuando una gota de agua sacaba de este bendito pozo, pensaba me hacía Dios merced), sé que son grandísimos y me parece es menes- ter más ánimo que para otros muchos trabajos del mundo»10.

He aquí otra confesión de la santa Maestra de la oración, que nos consolará, ciertamente, en nuestras impotencias dolorosas:

«Ésta fue toda mi oración y ha sido cuando anduve en estos peligros, y aquí era mi pensar cuando podía; y muy muchas veces, algunos años, tenía más cuenta con, desear se acabase la hora que tenía por mí de estar y escuchar cuando daba el reloj que no en otras cosas buenas. Y hartas veces no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la cometiera de mejor gana que recogerme a tener oración... Era tan incompara- ble... la tristeza que me daba en entrando en el oratorio, que era menester ayudarme de todo mi ánimo (que dicen no le tengo pequeño y se ha visto me le dio Dios harto más que de mujer, sino que le he empleado mal)»11.

El sufrimiento inherente a un estado de impotencia y al hastío que acompaña al vacío de las fa- cultades se aumenta por el sentimiento de la inutilidad de los esfuerzos y la impresión de fracaso defi- nitivo en los caminos de la oración y, en consecuencia, en la vida espiritual. El alma de oración necesi- ta ser iluminada y fortalecida. No podría serio de un modo más útil que por la exposición de las causas de esta sequedad y de sus remedios.

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