Los dones del Espíritu Santo
B. EXPERIENCIA DE LOS DONES
El estudio de los dones del Espíritu Santo nos pone a cada paso ante nuevos problemas. He aquí uno, a la vez teológico y psicológico, de los más arduos y de los, menos explorados y, sin embargo, de los más útiles, para la dirección de las almas: es el problema de la experiencia mística o de la percep- ción por la conciencia psicológica de la acción de Dios por medio de los dones.
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Se puede objetar de un modo bastante especioso que. así como las virtudes están ordenadas exclusivamente a la pro- ducción de un acto específicamente distinto, del mismo modo las potencias receptivas están ordenadas a un solo efecto con exclusión de cualquier otro, como, por ejemplo, el sentido del oído no puede percibir más que sonidos.
Hay que reconocer, en efecto, que virtud y don, potencia activa y potencia receptiva, están determinados a un objeto par- ticular. Pero, mientras el acto producido por una potencia activa da la medida de la actividad desplegada, una potencia recep- tiva no percibe en la causalidad que obra en ella más que el efecto especial al que esta ordenada. El oído percibe la música de una orquesta, pero esta orquesta ofrece a nuestros sentidos (a la vista, por ejemplo) otras percepciones. Del mismo modo, cuando un don del Espíritu Santo percibe el efecto particular de una intervención de Dios, no agota la potencia de esta última, que puede producir otros efectos en el alma por medio de los otros dones o por la pasividad receptiva de la caridad.
Nos parece que la mayor parte de los errores y de las confusiones, en el estudio de los dones del Espíritu Santo, vienen de que medimos la acción de Dios por lo que nosotros percibimos de ella, y la potencia receptiva de los dones del Espíritu Santo por las percepciones que ellos registran. Olvidamos que la acción divina, al adaptarse a nosotros y a nuestras necesidades, no se reduce ella misma a una medida humana, sino que sigue siendo trascendente en sí misma y en sus efectos.
Es nuestra inteligencia la que, por necesidad de claridad y de precisión, reduce todo a la medida de lo que ella puede do- minar y comprender. Son poco numerosos, dice santa Teresa, los que no miden la acción divina con la medida de sus pensa- mientos.
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Hay otras cuestiones relativas a los dones, por ejemplo, la frecuencia de las intervenciones divinas por los dones, que serán tratadas en otros capítulos.
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¿Cómo se realiza esta percepción? ¿Cuáles son sus diversos modos? ¿Acompaña esta percep- ción toda la acción de Dios y en qué medida la descubre? Y tantas otras preguntas, cuya solución tran- quilizaría muchas angustias y podría afianzar el avance de muchas almas.
Pero estos problemas son muy complejos, demasiado para que podamos abarcarlos en este estu- dio sucinto. Nos contentaremos con proponer algunas observaciones que sugerirán respuestas parciales a estas cuestiones.
1. Existe la tendencia de identificar vida mística y experiencia mística, acción de Dios por me- dio de los dones y experiencia de esta acción, como si fueran inseparables21. Esta confusión es fuente de errores prácticos importantes. Es evidente, en efecto, que la acción de Dios por los dones es clara- mente distinta de la experiencia que podemos tener de ellos, dado que puede existir la primera sin la segunda.
San Juan de la Cruz advierte que, al comienzo de la vida mística, el alma, concentrada en las consolaciones de etapas anteriores, no percibe el sabor sutil de la contemplación que se le ha dado. Señala también el Santo que, cuando llegan las comunicaciones divinas a un alma completamente pu- ra, no producen ningún efecto sensible, lo mismo que no se percibiría el rayo de sol que entrara en una habitación de atmósfera muy pura y saliera por una abertura simétrica, por no encontrar en su trayecto- ria ningún objeto que ilumine.
Como se ha dicho antes, Dios mismo puede sustraer a cualquier experiencia la infusión de los dones más elevados. En su Cántico, san Juan de la Cruz pide comunicaciones de las que los sentidos no perciben nada. Y, de hecho, santa Teresa nos habla de luces muy elevadas que descubría en su alma sin haber tomado conciencia en el momento en que Dios se las comunicaba.
Las comunicaciones directas de Dios, pues, no van siempre acompañadas de experiencia. Por tanto, no se puede afirmar que no hay vida mística sin experiencia mística.
2. A propósito de la experiencia mística, se puede plantear, en primer lugar, esta cuestión: ¿es posible experimentar los dones del Espíritu Santo por sí mismos, es decir, al margen de las comunica- ciones divinas que los hacen vibrar?
Normalmente, el clon no puede caer bajo la conciencia al margen de su ejercicio. ¿Cómo se puede tener experiencia de que alguien posee el sentido de la audición si no llega ningún sonido a im- presionar su oído? Toda experiencia del don se refiere a una experiencia de su utilización por una co- municación divina.
Sin embargo, en la tercera estrofa de Llama de amor viva san Juan de la Cruz advierte, hablando de las profundas cavernas del sentido, que:
«Cuando están vacías y limpias –las potencias–, es intolerable la sed y hambre y ansia del sentido espiri- tual. Porque, como son profundos los estómagos de estas cavernas, profundamente penan, porque el manjar que echan menos también es profundo, que, como digo, es Dios»22.
Este sufrimiento de vacío, que ha sido precedido de comunicaciones divinas, parece ser una es- pecie de experiencia de la capacidad de los dones del Espíritu Santo, que soportan dolorosamente la privación de las comunicaciones divinas.
No parece que esta experiencia esté reservada a las almas ya próximas a la unión transformante. Con una intensidad menor se la encuentra en las almas que han estado bajo la acción de los dones del Espíritu Santo y que, en determinadas circunstancias, experimentan su pobreza y su miseria. Este sen- timiento del vacío o experiencia del don del Espíritu Santo precede ordinariamente a las comunicacio- nes y prepara al alma para ellas, provocando actos de humildad y confianza, que atraen los desborda- mientos de la misericordia.
3. Otra observación que establece el problema de la experiencia mística: en las comunicaciones divinas el alma no experimenta ni a Dios ni su acción, sino solamente las vibraciones producidas en ella por esta acción divina. La experiencia mística no es, pues, una experiencia directa, sino una cuasi- experiencia de Dios a través de la vibración que produce su intervención.
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Asimismo, a veces se reserva el nombre de vida mística a la que se realiza bajo la acción de los dones contemplativos (sabiduría, inteligencia, ciencia). Nos parece más normal extenderlo a toda vida bajo la acción de los dones del Espíritu Santo en general.
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Llama 3, 18. San Juan de. la Cruz advierte que este sufrimiento de vacío es particularmente intenso después de las visi- tas divinas de los desposorios para preparar al alma al matrimonio espiritual.
4. En esta cuasi-experiencia hay una impresión de fondo, dominante la mayor parte de las veces y la más fuerte y, en ocasiones, incluso única y exclusiva de cualquier otra: es la percepción o expe- riencia de lo contrario de lo que se ha otorgado por la comunicación divina. Experiencia que podría llamarse negativa.
Efectivamente, al comunicarse directamente al alma, Dios no puede disimular lo que él es en sí mismo, ni la cualidad del don que hace. Su trascendencia sea manifiesta. Su presencia impone un pro- fundo respeto; su luz deslumbrante produce oscuridad en la inteligencia no adaptada para recibirla: su fuerza abruma la debilidad humana, el mismo sabor que llega por el don de sabiduría hace experimen- tar deliciosamente la pequeñez. De este modo pone Dios al alma en una actitud de verdad al crear en ella la humildad.
Por eso, la experiencia negativa, por desconcertante que sea23, es más constante y la señal más auténtica de la acción divina. La experiencia positiva del don puede faltar, como hemos dicho24. Si la experiencia negativa falta, se puede dudar legítimamente de la realidad de la acción de Dios.
Al unirse a la comunicación divina de la que es signo y efecto, la experiencia negativa explica esas antinomias frecuentemente señaladas como efectos característicos de los dones25 y establece las relaciones de los dones con las bienaventuranzas. Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los de corazón puro, los pacíficos, los que tienen hambre y sed de justicia... porque sus disposiciones de pobreza, de pureza, de dulzura, su sed de la justicia son el fruto de una acción de Dios en ellos, y los disponen a nuevas invasiones divinas. Para ofrecerse a las iluminaciones divinas por la humilla- ción, como aconseja Pascal, hay que haber sido tocado por la luz de Dios, y la pequeñez que atrae a la sabiduría también es fruto de ella. Antinomia de disposiciones que parecen contrarias, pero que se completan y se llaman mutuamente: pequeñez de la criatura y grandeza de Dios, pecado del hombre y misericordia divina deben aparecer y ponerse de manifiesto cada vez que Dios actúa y se manifiesta en la verdad.
5. A esta experiencia negativa de privación se puede añadir una experiencia positiva y deleitable de la acción de Dios por el don.
A decir verdad, sólo el don de sabiduría causa la experiencia deleitable del don de Dios. Don supremo que perfecciona todos los demás; lo mismo que la caridad de la que procede perfecciona to- das las virtudes, el don de sabiduría introduce un sabor, el suyo, más o menos sutil en todos los demás dones, en todas las almas sometidas a la acción del Espíritu Santo y crea la humildad apacible, que es el signo del contacto de Dios.
Aparte del don de sabiduría y su sutil influencia en todos los demás, la experiencia positiva de los otros dones es extremadamente variable. El don de inteligencia puede envolver al alma únicamente en oscuridades o hacer brillar en ocasiones luces profundas sobre un dogma. El don de fortaleza per- mite a san Lorenzo burlarse de sus verdugos y reafirma la heroicidad de santa Teresa del Niño Jesús, pero sin proveerla de fuerzas; hace gemir a Jesús crucificado por su desamparo y se revela por un grito sobrehumano que asombra a sus verdugos. El don de consejo hace que brille una determinada luz so- bre una decisión que hay que tomar o deja al alma en la duda hasta que algún acontecimiento la com-
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Desconcertante, sobre todo porque parece que va contra las nociones habitualmente difundidas. Ordinariamente, en efecto, se muestra la intervención de Dios asegurando el triunfo exterior de la acción de Dios.
San Lorenzo en la parrilla se nos presenta como el tipo perfecto del don de fortaleza. Y, sin embargo, ¿qué hay que prefe- rir, a san Lorenzo en la parrilla burlándose de sus verdugos o a Cristo Jesús en la cruz triunfando del dolor y de la muerte, pero recitando el salmo: Ut quid, Domine, dereliquisti me? El designio evidente de Dios era afirmar, por la fortaleza exterior de san Lorenzo, la fortaleza de su Espíritu y de su Iglesia contra el poder exterior de Roma; pero la experiencia del don de fortaleza en Cristo crucificado, incluso bajo el punto de vista exterior, es más perfecta y más completa. Podríamos hacer la misma observación, en relación con la experiencia del don de fortaleza, en santa Teresa del Niño Jesús en el lecho de muerte: «No creía que fuese posible sufrir tanto. El vaso está lleno hasta el borde.» Esta queja no está corregida sino completada por su heroica paciencia y por esta otra expresión: «No me arrepiento de haberme entregado al amor» (Últimas conversaciones, 30 de septiembre).
24 Como consecuencia, por tanto, se puede admitir que una más elevada contemplación puede no manifestarse habitual-
mente más que por una impresión de oscuridad e impotencia. Esta observación aclara la experiencia contemplativa de santa Teresa del Niño Jesús.
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Esta antinomia no se encuentra solamente en la experiencia del alma en el momento en que está bajo la acción de un don, crea un estado habitual del alma. Así es como el don de sabiduría mantiene una impresión habitual de pequeñez y de humildad; el don de inteligencia parece que hace vivir al alma en una atmósfera de oscuridad. También se observa que, con bastante frecuencia, el don de consejo pertenece a personas cavilosas, que podrían dar la impresión de ser vacilantes. Sabe- mos, asimismo, que a la Iglesia, siguiendo al apóstol san. Pablo, le gusta mostrar el don de fortaleza en los niños y niñas: «Dios ha escogido lo que es débil a los ojos de los hombres para confundir a los fuertes (1Cor 1, 27).»
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prometa, como, a pesar suyo, en la dirección que hay que tomar. El don de ciencia puede causar el hastío de las criaturas o mostrar, al contrario, su valor en el plan de Dios.
En esta experiencia, el temperamento del sujeto receptor interviene tanto en las vibraciones pro- ducidas como en su toma de conciencia. Bajo la impresión de la fuerza o de la luz de Dios, las reac- ciones de unos y de otros serán diferentes; en un mismo haz de impresiones, el optimista destacará las que son agradables, el pesimista no se fijará más que en las dolorosas. Si añadimos que ciertas inter- venciones divinas pueden ellas mismas crear tales o tales impresiones, producir en una facultad tal o tal efecto preciso, nos daremos cuenta de que en este terreno de la experimentación positiva de la ac- ción de Dios por el don del Espíritu Santo nos encontramos en un terreno complejo y oscuro en el que no se puede avanzar más que con prudencia, ni emitir juicios más que con extrema circunspección.
6. Para descansar de estas incertidumbres y oscuridades, vayamos al signo más cierto y más vi- sible de la acción de Dios por los dones. A fructibus eorum cognoscetis eos: por sus frutos los cono- ceréis. Ése es el criterio dado por Jesús para distinguir de los falsos pastores a los predicadores y pro- fetas inspirados por el Espíritu Santo. La fecundidad espiritual acompaña siempre a la acción del Espí- ritu Santo. Sus frutos no son siempre los milagros, sino la caridad, la benignidad, la paciencia, etc. Pe- ro este discernimiento de los dones del Espíritu de Dios no siempre es fácil, porque, incluso en el jus- to, estas obras buenas van acompañadas de deficiencias y defectos, y la fecundidad no se manifiesta más que a largo plazo. El Espíritu de Dios proveerá a ello y, cuando sea necesario, se dará a conocer a la humilde paciencia que haya sabido esperar y suplicar.
C. UTILIDAD Y UTILIZACIÓN DE LOS DONES DEL ESPÍRITU