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CÓMO LOGRAR UNA FE ROBUSTA?

In document Tihamer Toth Creo en Dios (página 43-60)

1. He de tener valor para creer.

¡Bienaventurado el que tiene fe!

Pero algunos dirán con cierto tono quejumbroso:

—¡Sí! ¡Bienaventurado el que cree! Pero ¿qué he de hacer si no tengo fe? A mí también me gustaría a veces tener esa fe, ese fervor, ese optimismo... Pero a mí Dios no me concedió esta gracia.

¡Dios no me concedió la gracia de la fe!

¿Es justa esta queja? De ninguna manera. Ciertamente la fe es un don de Dios, pero a la vez, también es obra de la voluntad humana. En cuanto depende de Dios, el Señor siembra por el bautismo la semilla de la fe en el alma. Pero si esta semilla no germina, esto ya no depende de El, sino de la persona: si no se desarrolla y crece es por culpa suya, por su negligencia.

¿Quieres creer, hermano? ¿Sabes lo que se requiere para tener fe? ¿Sabes qué se necesita? Dos condiciones: valentía y cuidado.

Sé valiente para atreverte a creer, será el tema de este capítulo. Procura cuidar tu fe, será el tema del capítulo siguiente. Si cumples estas

dos condiciones, tendrás la fe que ansías.

Entramos ya en el primer tema: he de ser valiente para creer.

I. Valentía para asumir la fe con la «razón», y II. Valentía frente al

«corazón»

I

VALENTÍA PARA ASUMIR LA FE CON LA RAZÓN He de ser valiente para aceptar la fe con mi razón.

He de colaborar con mi voluntad. He de mover mediante la voluntad a la razón, para que acepte las verdades divinas.

1.º Porque las verdades de nuestra fe no podemos aceptarlas con la razón como «2 + 2 = 4», sin que quede la más leve sombra de duda. Ciertamente, son verdades reveladas, avaladas por milagros, hay testigos presenciales, datos históricos que lo sustentan, muchos argumentos y pruebas racionales abogan en favor de mi fe; así que no es posible, con conocimiento cabal, dudar de ella; pero no puedo aceptar las verdades de la fe como algo evidente sin más; y por eso, si la razón del hombre se

obstina en no creer, obstinada queda y dirá: No creo.

Justamente porque tiene que intervenir la voluntad, es meritoria mi fe. Decidme, si no, qué mérito tendría si tuviese de Dios, de la vida eterna, del alma, etc., la misma evidencia que de esta sencilla operación matemática, «2 + 2 = 4», y en consecuencia dijese «Creo». ¿Puede computarse como mérito el creer que «2 + 2 = 4»? No, por cierto. Porque no hay más remedio. Se ha de creer. ¿Es meritorio creer en Dios, en el alma, en la vida eterna? Sí, es meritorio. Porque podría obrar también de distinta manera. Podría obstinarme en no creer. Podría decir: no lo veo... no lo creo.

Por lo tanto, se necesita valentía para creer, porque el creer no depen- de tan sólo de la razón.

2.° El creer no depende tan sólo de la razón, sino también de la

voluntad. «No lo comprendo —dirás acaso—. ¿Es posible que si la razón

afirma que tal cosa es justa y verdadera, la voluntad la rechace?»

Por desgracia, es posible. Tiene la voluntad humana el privilegio triste y misterioso de poder obrar aun contra la razón. Aún más: puede

inducir a error a la misma razón. Ahí va un ejemplo de los más corrientes.

Observemos la vida diaria. Cuando hemos de sumar muchas cantidades, por ejemplo al ir de compras, y nos equivocamos en la suma, ¿no es extra- ño que nos equivoquemos regularmente en favor nuestro? No afirmo, de ninguna manera, que obremos en ello con premeditación y astucia. Mas nuestra voluntad, aun inconscientemente, aun en secreto, guía de tal mane- ra a nuestra razón, que, si ha de haber error, redunde por lo menos en pro- vecho nuestro.

He ahí la influencia que ejerce el corazón y la voluntad sobre la razón.

Otro ejemplo: Un hombre, que teníamos por muy prudente y muy listo, comete una tontería. Al oírlo, ¿cuál será nuestro primer pensamiento? «No comprendo cómo un hombre tan prudente, tan listo, pudo cometer tamaña barbaridad.» Tal será nuestro primer pensamiento. Pero ¿qué afir-

mamos con esto? Que en el hombre, junto a la razón, desempeña un papel, importantísimo también, la voluntad.

Lo mismo sucede en el ámbito de la fe. En vano someto la razón a la fe si mi voluntad la contradice, o con otras palabras: si no tengo la valentía interior necesaria para creer.

¿Para qué necesito valentía? Para dar aquel paso definitivo de que

no se puede prescindir ni aun después de haber leído los mejores libros de apologética y después de conocer los más brillantes argumentos racionales. En vano dice mi razón que sin Dios no tiene explicación el mundo, que faltan respuestas a las cuestiones más dolorosas de la vida; en vano dice mi razón que sin Dios no hay moral, no hay vida digna del hombre, no hay paz espiritual...; todo es inútil si la voluntad se obstina y no quiere creer, no se atreve a creer, no tiene valentía para pronunciar las palabras salva- doras: «Dios eterno! ¡No te veo, pero creo en Ti!» Es decir, si no sabe «someterse a la fe», para expresarlo con frase paulina (Rom 1, 5).

Sí, para tener una fe robusta, y para evitar toda sombra de duda, se necesita la colaboración de la voluntad, porque la razón, dejada a sus pro- pias fuerzas, no sabe sino decir como Tomás el incrédulo: «Si yo no lo

veo... no lo creeré» (Jn 20, 25). Aquí ha de decir la palabra decisiva la

voluntad y ha de obrar con vigor para desvanecer las dudas.

3.° ¡Las dudas en la fe! Ahora he puesto el dedo en la llaga.

«Quisiera creer. ¡Oh, si pudiera creer! ¡Pero son tantas mis dudas! ¡Qué dichosos son los que creen!» Así se justifican muchos hombres hoy día

que no quieren reconocer su responsabilidad, porque por comodidad, por falta de seriedad, o por frivolidad, no quieren dar el paso decisivo de la fe y se parapetan en críticas y reparos. La crítica es para ellos como una vieja bruja, llena de arrugas, que está sentada en la escalera por la que se sube al paraíso de la fe y que nos interpela. Esta vieja, de lengua venenosa, todo lo saca a relucir, todo lo denigra: ¿Y si no es así?..., ¿y si no es verdad?..., ¿y si es de otra manera?..., ¿y si es asá?... ¡Desgraciado aquel que la escucha! En vez de acallarla y fiarse de Dios, como San Pablo —«Bien sé de quién

me he fiado» (2 Tim 1, 12)—, no se atreven a dar el salto de la fe.

Naturalmente —sobra decirlo— que aquí nos estamos refiriendo a esas dudas que cada cual busca con frivolidad, alimenta orgullosamente y fomenta con atrevimiento en su interior, y no de aquellas otras que algunas veces pueden presentarse hasta en las almas más profundamente religiosas y que causan muchos momentos de viva desazón. Porque hasta a los mismos santos les han asaltado a veces estas imprevistas dudas de fe. No

me tengo que extrañar, por tanto, que a mí me puedan surgir en los momentos de más recogimiento, cuando hago oración, hasta en la sagrada comunión. Son pensamientos que no dependen de nuestra voluntad; la mayoría de las veces son causados por el cansancio mental, por un estado de ánimo agotado, y lo mejor es no concederles importancia. Y si nos atormentan demasiado, recitemos con devoción el Credo y veremos como rápidamente desaparecen.

Las que nos preocupan ahora son las dudas conscientes, buscadas, temerarias. Respecto a estas dudas, he de tratar de ser sincero conmigo mismo y pensar si no habrá algún interés oculto de por medio.

Lo que si es cierto es que la fe religiosa es más razonable, más prudente, más provechosa y más ventajosa que la incredulidad.

Que sea más razonable y más prudente creer que no creer, no se

necesita ponderarlo. El edificio de la doctrina cristiana, lógico, con- secuente, admirablemente construido, sobrepasa en magnitud y belleza a todos los demás sistemas filosóficos, y su fuerza vital —según el testimonio de dos milenios— es muy superior a todas las elucubraciones que se han hecho para enfocar de manera distinta el mundo.

Considera aún otra cosa, hermano, atormentado por la duda. La fe es

más provechosa, más ventajosa que la incredulidad, también por este

motivo: porque ofrece mayores garantías y promete más bienes. Aun dado el caso de que fuesen en igual número los argumentos que abogan por la incredulidad y los que están a favor de la fe —veremos que no es así; pero supongámoslo ahora—, aun en este caso, no habríamos de ceder, sino reflexionar de esta manera: ambas pueden tener razón, y ambas pueden equivocarse. Pesaré, pues, bien el pro y el contra para ver en qué partido ponerme. Me pondré al lado de aquella con la cual pierdo menos y gano

más. Hemos de conceder que el raciocinio así presentado tiene cierto sabor

comercial, pero quizá no falten almas que lo necesiten.

¿Qué pierdo, pues, y qué gano si me alisto en el partido de la fe? Si

realmente hay Dios y eternidad, y yo acierto a ordenar mi vida debi- damente, y la paso con nobleza de ánimo, de manera respetable y digna, según los dictados de la moral, entonces alcanzaré la vida eterna. Por lo tanto, lo gano todo. Si, en cambio, no está la religión en lo cierto, y después de la muerte no hay nada... ¿qué es lo que pierdo en este caso? Ciertamente, habré perdido en la tierra muchos goces sospechosos, impuros, pero por lo menos habré saboreado la dulzura de las buenas obras y de una vida honrada, la dulzura que es connatural al buen obrar y que en

sí misma ya es un galardón.

En cambio, ¿qué es lo que pierdo y qué es lo que gano si me coloco

en el bando de la incredulidad, y ajusto mi vida a la convicción de que Dios, la eternidad, el alma no existen? Si tiene razón la incredulidad,

habré escarbado en la tierra y recogido algunas miserables migajas de goce, algunos momentos fugaces de placer; pero después me espera la oscuridad sin riberas, el aniquilamiento. Esto, en el caso favorable. Pero ¿y si la incredulidad estaba en el error? ¿Si Dios realmente existe, y yo he pasado toda mi vida contra su voluntad? ¿Si realmente hay una vida eterna, de la que nunca me había preocupado y por la cual no he dado el más leve paso?

¿En qué grupo hemos de colocarnos, pues? Si me pongo en el de la fe y es el verdadero, mi ganancia será infinita; si no es el verdadero, mi

pérdida será mínima. Si me pongo en el de la incredulidad y es el

verdadero, mi ganancia será mínima; pero si no es el verdadero, mi

pérdida será infinita.

¿En qué bando hay más riesgo: en el de la fe o en el de la incredu- lidad?

Aun suponiendo que me equivoco, que mi fe no tiene sólidos fundamentos, he de reconocer que nada me perjudica. No es obstáculo para ningún anhelo noble, no limita mis fuerzas, no es estorbo para desarrollarlas con vigor. Más bien, confesémoslo, con sinceridad, he de reconocer que sirve de ayuda magnífica para mi educación moral, de apoyo firme contra mis debilidades. La fe en Dios me sirve de amigo leal, de guía seguro, de consejero experto, si es que tengo bastante valentía para someterme a su fuero...

II

VALENTÍA FRENTE AL CORAZÓN

Se necesita aún mayor valentía para doblegar el corazón, que para someter la razón misma. Nuestra razón se inclinaría sin gran dificultad ante la fe, si la fe no exigiera también el homenaje del corazón y de toda la vida moral.

1.º La fe deja oír poderosamente su palabra, exigiendo que se regule

la vida moral, y en este terreno encuentra obstáculos aún más difíciles que

lo que le gusta, lo que desea; pero cuánto le cuesta creer lo que contradice a sus sentimientos! Dios ha mezclado tanto la luz y la sombra en el mundo, que, el que quiera, escogerá la luz por guía victoriosa de una vida feliz, y, en cambio, habrá otros que mirarán la sombra, las tinieblas y excusarán con ellas sus pasiones pecaminosas.

Ejemplo clásico es lo que sucedió a San Pablo con Félix, gobernador romano. Ya lo he mencionado. Pero el caso encierra enseñanzas tan prove- chosas, que merece la pena de repetirlo. San Pablo predica en presencia de Félix, y le habla de la fe en Jesucristo. Y aquél le escucha con gusto, con el alma sedienta, deseosa de conocer la verdad. «Pero al hablarle Pablo de

la justicia, del dominio propio y del juicio futuro, aterrorizado Félix le dijo: aterrorizado, le interrumpió: ‘Basta par ahora, retírate, que a su tiempo yo te llamaré’» (Hech 24, 25). Naturalmente, no le volvió a llamar.

Porque mientras había de creer tan sólo con la razón, era fácil la cosa; pero en cuanto la fe levantó la voz para dirigir su vida, «ya no supo creer». ¿Por qué? ¿Porque tenía «dudas racionales«, «dificultades filosóficas? ¡Qué había de tenerlas! Lo que tenía eran tres esposas, y a la última, a Drusila, la había seducido y tomado de su marido legal, y —según Tácito— conside- raba que todos los crímenes eran lícitos. Por esto no pudo creer.

Así se comprende el hecho extraño de que dos hermanos, que reci- bieron la misma educación y vivieron en las mismas circunstancias, sean tan distintos espiritualmente; de que dos hombres, al oír los argumentos de la religión, discrepen, y uno de ellos los acepte, mientras que el otro les vuelva la espalda. En el momento de morir el Señor, se oscureció el sol, se estremeció la tierra, se abrieron las tumbas, y el centurión romano se convirtió entonces al pie de la cruz (Mt 27, 54); los fariseos perseveraron en su obcecación. ¿Por qué? Porque estos no tuvieron valor de someter su

corazón, su vida a la fe.

2.º Creo haber dicho ya con toda claridad lo que se necesita para la fe. ¿Qué debemos hacer para tener fe? Lo que dijo Nuestro Señor Jesucristo: «Quien obra mal, aborrece la luz... Al contrario, quien obra

según la verdad, se arrima a la luz» (Jn 3, 20-21).

Las palabras del Señor son precisas: Creer en Dios no significa pronunciar su nombre con la boca, sino llevarlo muy dentro de nosotros. Dios a todos da la fe; unos la aceptan, otros la rechazan. Tendrá, pues, fe —y repito otra vez palabras de Jesús—, «quien quisiere hacer la voluntad

de... Dios» (Jn 7, 17).

hacer? Te lo diré. Reflexiona sobre ti mismo, reconoce que no eres como te quiso Dios: no eres bueno, justo, de manos limpias, de alma pura, caritativo, honrado, no cumples tu deber; y entonces empieza a arrepentirte de tu vida pasada. Empieza a llorar, y en la primera lágrima que derra-

mes, encontrarás a Dios. Porque a Dios lo podemos encontrar con la razón

y con el corazón. Y quien a Dios encuentra, y quien le posee, decimos que tiene fe. «El que me ama, observará mi doctrina» (Jn 14, 23), dice con toda claridad el Señor.

Con razón lo hace notar el mismo ROUSSEAU: «Conserva, tu alma

siempre en tal estado que pueda desear que «ojalá haya Dios»; y nunca dudarás de esta verdad».

Pero ¿no pregonan lo mismo las palabras de la Sagrada Escritura respecto de los impíos? «Porque, habiendo conocido a Dios, no le

glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció» (Rom 1, 21).

Tiene todo su vigor, si se aplica al individuo, lo que un filósofo francés, CLAUDE PIAT, dijo del pueblo: «El pueblo cesa de creer en Dios

cuando cesa de ser virtuoso.» Había ya pregonado SAN PABLO lo

inseparables que son la fe y la moral. Así exhorta a Timoteo: Milita «como

buen soldado, manteniendo, la fe y la buena conciencia, la cual por haber desechado de sí algunos, vinieron a naufragar en la fe» (1 Tim 1, 18-19).

Por lo tanto, el que quisiere creer, ha de desear ser bueno. Con

cautela he dicho: «¡Ha de desear ser bueno!» No he osado afirmar que sólo puede creer aquel que ya es bueno, que ya no tiene pecado. Porque ¿quién podrá gloriarse de tal manera? Pero por lo menos nuestra voluntad ha de orientarse hacia el bien; hemos de ver siempre la ley moral en el mar de las tentaciones y mirarla como el marino que lucha contra la tempestad y mira la brújula; y si hubiésemos caído, hemos de aspirar a levantarnos de nuevo y volver al Señor. Porque el que tiene valor para someter su corazón a la fe, y aún más, para sujetar su corazón a una vida según la fe, no perderá su preciado tesoro, no perderá su fe en el oleaje furioso de la vida.

* * *

Altivo salió del puerto un buque y emprendió su camino por el océano inmenso. Sobre cubierta, todo estaba en orden; las máquinas fun- cionaban perfectamente, la brújula señalaba con tesón el camino..., y, no obstante, nota de repente la tripulación que el buque sigue una dirección falsa. El capitán hace parar las máquinas. Se hacen cálculos, se registra

toda la maquinaria, se reúnen en consejo todos los oficiales, miran la brújula..., en vano. Todo está en el mayor orden, y, sin embargo, la isla que tienen a su vera está completamente fuera de la ruta que el buque había de seguir. Después de largo tiempo descubrieron la causa del error. En el fondo del buque había gran cantidad de hierro, y fue ésta la causa de que la brújula se volviese en una dirección insólita. Echan el hierro al mar, la brújula se coloca en seguida en dirección norte, el buque cambia de cami- no y ya prosigue su viaje con alegre seguridad. ¡Felices ellos!, todavía no era tarde...

Quisiera decirlo a los hermanos que luchan sin brújula en el mar alborotado de la duda: ¡Hermano!, todavía no es tarde para echar del fondo de tu alma la carga pesada que desvía tu vida del camino seguro que conduce a Dios. ¿La carga pesada? ¿Qué carga? La vida comodona y egoísta, el dominio ciego de los instintos, la obstinación de la inteligencia, los sofismas del corazón, todas estas cosas que te empujaron al falso camino de la incredulidad.

A todos da el Señor la semilla de la fe, esto es, el primer paso, pero de mí depende el dirigirme hacia El con los pasos firmes y valerosos de la fe. Dios da el primer impulso a mi alma, pero yo he de añadir la buena voluntad. Dios pronuncia la primera palabra, pero de mí responder a la invitación.

«¡Oh, si pudiera creer!»; así suspiran muchos... Hermano, no te expreses así, sino de esta otra manera: «¡Creo, Señor, creo!» Y si mi razón tan sólo quisiera ver, y no creer, haz que resuenen en mis oídos tus palabras: «Tú has creído, Tomás, porque me has visto: bienaventurados

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