Hace casi tres mil años que el poeta inspirado del pueblo judío exclamó en uno de los salmos: «Señor, Dios nuestro, ¡qué admirable es tu
Nombre en toda la tierra!» (Sal 8, 1).
Cuando suena el agua del arroyo que baja veloz por los montes; cuando ruge el huracán; cuando el trueno retumba, exclamo: ¡Qué grandes son, Señor, tus obras!
Cuando amanece y sale el sol; cuando se tiñen de fuego las cimas de los Alpes cubiertas de nieve, exclamo: ¡Qué grandes son, Señor, tus obras!
Cuando me tomo el pulso; cuando examino en el microscopio los millares y millares de pequeños seres vivientes que pululan en una sola gota de agua; cuando miro a través del telescopio las constelaciones, exclamo: ¡Qué grandes son, Señor, tus obras!
«En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gen 1, 1). Estas son
las palabras con que empieza la Sagrada Escritura, y por toda la Biblia resuena en labios de los profetas y del Salmista la alabanza al Dios poderoso y creador22. Y así canta el Salmista: «El auxilio me viene del
Señor que hizo el cielo y la tierra» (Sal 120, 2). SAN PABLO dice de Dios
que «todas las cosas fueron hechas por Él, y para Él, y todas existen de
Él» (Rom 11, 36), y que «Dios da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean» (Rom 4, 17) y que Él «creó el mundo y todas las cosas contenidas en él» (Hech 17, 24).
Dios es omnipotente —dice la Sagrada Escritura en muchos lugares23
—; pero aunque no lo dijera, la Omnipotencia es el atributo divino que más fácilmente descubre el hombre, y el que destaca lo mismo en la grandeza del mundo que en la propia debilidad e impotencia del hombre.
Truena la bóveda celeste, sopla huracanado el viento, estallan fulminantes los rayos..., el suelo, que creíamos firme, se conmueve debajo de nuestros pies..., la tempestad destroza los robles..., el río se sale de ma- dre y ruge con estrépito... ¡Qué grande es, Señor, tu poder! «Creo en Dios
Padre, todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.»
I
EL DISFRUTE DE LA NATURALEZA
Dios creó este mundo para que lo disfrutemos y nos alegremos al contemplar su hermosura.
Todas las maravillas de la naturaleza son un himno de alabanza que continuamente se eleva hacia Dios.
Creo en el Dios Creador. Dios lo creó todo, y es Dios quien lo
sustenta todo; por tanto, todo el mundo está lleno de Dios. El alma trabaja en todos los órganos del cuerpo: sin el concurso del alma no ve el ojo, no oye el oído, no habla la boca, no se mueve la mano; de la misma manera, sólo existe el mundo y la vida se ha desarrollado en él, en cuanto Dios lo crea y vivifica.
Todo el mundo está lleno de Dios. La naturaleza no es Dios, no es la causa primera, tan sólo es una creatura del Señor. Cuando digo que «la naturaleza produjo tal o cual cosa», no estoy hablando con precisión.
Porque al hablar de un cuadro de Murillo, ciertamente no sería justo decir que fue creado por el pincel y los colores. Ni sería exacto afirmar de un reloj que lo hicieron el muelle y las ruedecillas. Al admirar un cuadro, ¿puedo olvidarme de su pintor? Y al ver un reloj, ¿puedo olvidarme del artífice? Y al disfrutar la gran naturaleza, ¿puedo olvidarme de su Creador?
En 1927 se celebró el centenario de la muerte Beethoven. En una biografía24 publicada con ese motivo se detalla el diálogo que Beethoven
mantuvo en un paseo al aire libre con un inglés.
Se sentó Beethoven en el césped y dijo: «Me gusta permanecer sentado aquí durante horas, contemplando las bellezas de la naturaleza. Mis sentidos se extasían. Cuando miro la bóveda celeste por la noche, entonces mi alma se eleva por encima de todo lo creado a la fuente de donde procede. Si después trato de expresar mediante las notas musicales los sentimientos que me embargan, el desencanto se apodera de mí. En esos momentos me siento incapaz dar forma a lo que mi fantasía vislumbró en esas horas felices.»
Entonces se puso de pie Beethoven y, mostrando el cielo con entusiasmo, continuó: «Sí, de allá arriba procede todo lo que eleva el
corazón. De otra manera, el artista, el músico, no crearía sino notas sin vida, sin alma. ¿No tengo razón? El alma he de lanzarse hacia arriba, a la fuente de donde ha salido, y solamente con un trabajo constante puede honrar la criatura al Creador y Sustentador de la naturaleza.»
Sí; esto significa contemplar como se debe la naturaleza.
Porque en todo lo creado subyace el pensamiento oculto del Dios que lo creó.
El poeta mira una flor, y bajo su mirada la flor se convierte en poesía. Shakespeare va por la calle, y bajo su mirada se convierte la calle en un escenario. El verdadero creyente camina por el mundo, y en todos los acontecimientos de la vida —aunque sean dolores o desgracias—su mirada descubre la mano de Dios.
«¡Qué lástima que junto a la rosa siempre haya espinas!», prorrumpe despectivamente el incrédulo. «¡Qué bueno es Dios, que junto a las espinas nos da también la rosas¡», dice el creyente.
Eso es contemplar religiosamente la naturaleza. II
EL ESTUDIO DE LA NATURALEZA
De la creencia de que Dios creó el mundo entero se deriva aún otra consecuencia. Si el mundo es un gran libro ilustrado que nos habla de Dios, entonces nosotros tenemos el deber ineludible de conocer lo mejor que nos sea posible este libro, debemos hojearlo con frecuencia para que nos hable más y más de Dios.
El cristiano no teme las conquistas de la ciencia. Todo lo contrario; se alegra de ellas. Cuantas más descubre la razón la naturaleza, tanto más maravilloso nos parece Dios, que la diseñó. Fijémonos bien: no es el hombre quien creó las leyes de la naturaleza; el hombre tan sólo las descubrió.
Y si el hombre hace tres mil años se postró ante el Creador y le adoró, asombrado ante la Creación, ¡qué temor santo ha de llenar nuestros corazones, ya qué nosotros vemos el mundo cien veces más hermoso, más admirable y completo!
Recordemos lo que sucedió en Munich con un biólogo a quien sorprendió uno de sus amigos justamente cuando estaba examinando la pata de un coleóptero.
tes!», dijo maravillado el visitante. El científico le contestó: «Si Dios no considera incompatible con su dignidad el crear seres semejantes, menos ha de avergonzarse el hombre de estudiarlos.»
Palabras realmente sabias.
Por lo tanto, mi creencia en Dios me instiga y me alienta de continuo a indagar las leves de la naturaleza, las leyes físicas, químicas, biológicas... Copérnico, el gran precursor de la manera moderna de enfocar el mundo, en su obra principal dedicada al Papa Paulo III, explica cómo llegó al nuevo sistema y por qué no pudo conformarse con la explicación antigua: porque no era bastante armónica, porque no era digna de la sabiduría infinita del Creador del mundo. Ahí tenéis la señal de cómo la fe sirvió justamente de móvil al gigantesco trabajo de Copérnico.
Si el mundo es obra de Dios y, según la Sagrada Escritura, fue entregado por Dios al hombre para que lo dominase y disfrutase, entonces cualquier esfuerzo que se haga por desentrañar los misterios que contienen, ennoblece al hombre y lo dignifican.
«Llenad la tierra y sometedla» (Gen 1, 28), es el mandamiento que
Dios dirige al hombre. Todos los progresos técnicos..., todos los descu- brimientos de la ciencia..., todo se encamina al cumplimiento del precepto divino.
Cuando el hombre somete las fuerzas de la naturaleza, y las utiliza para sus propios fines, está cumpliendo un encargo de Dios.
Los avances técnicos y científicos también alaban a su manera al Creador... Creo en Dios Todopoderoso y Creador.
Sí; descubramos los secretos de la naturaleza, investiguemos.... con tal que no se nos suba a la cabeza y sintamos vértigo; con tal que no nos creamos ser nosotros los señores absolutos y creadores del mundo, pues fácilmente el hombre llega a creérselo con facilidad.
Pero cuando el hombre se ensoberbece, cuando su orgullo ya no conoce límites, entonces, en un momento dado, la fuerza de la naturaleza le pone de nuevo en su lugar: el Titánic choca con un iceberg, un río se sale de madre, hay un terremoto, un huracán, un incendio... se estrella un avión...
¡Hombre, no eres tú el creador del inundo! ¡Tuya es la tierra, tuyo es el mar, tuyo es el aire! Pero tú no dejas de ser un hombre, una pobre creatura, polvo y ceniza! «Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.»
III
LA FRATERNIDAD HUMANA
De la fe en Dios, el Creador del Universo, se deriva otra magnífica verdad: la enseñanza sublime de la fraternidad humana.
Si Dios creó el mundo entero, entonces es El quien creó a todos los hombres. Y si todos nosotros hemos sido creados por Dios, entonces todos somos hermanos. Ved, pues, la hermosa verdad de la solidaridad humana, como magnífica floración de la religión cristiana.
Amémonos los unos a los otros; porque: 1.º, somos hermanos que recíprocamente nos necesitamos, y 2.º, si no nos amamos los unos a los otros, tampoco amamos a nuestro Padre.
Todos —blancos y negros, rubios y pieles-rojas, instruidos y analfabetos, poderosos y pobres—, no somos sino hermanos que recípro- camente nos necesitamos. Tan sólo citaré unos pocos ejemplos para demostrar cuánto nos necesitamos los unos a los otros.
Mírate a ti mismo. ¡Qué zapatos más elegantes llevas! ¿Dónde los has comprado? En una tienda? Sí. Pero ¿has pensado alguna vez cómo llegaron a aquella tienda?; ¿cuántos hombres tuvieron que trabajar para hacerlos, para darles forma, para transportarlos a la tienda...? —¡tus zapatos!— hasta que por fin llegó a tus manos?
¿Y tu traje nuevo? ¡Cuántos hubieron de trabajar en la tela, en los botones, en el hilo para coserlo!
¿Y el panecillo que comes, distraído, en tu desayuno? ¡Cuántos hom- bres tuvieron que trabajar en él! El agricultor que sembró el grano, el segador, el que lo trilló, el molinero, el panadero, el comerciante. ¿Y tu café de la mañana? El sudamericano que, a diez mil kilómetros de aquí, plantó el café; y el que cogió los granos, y el que los embaló, y el mozo que los llevó al buque, y el tripulante del barco que los trajo hasta aquí, y el gran comerciante de Hamburgo, y los comerciantes intermediarios y, por fin, el comerciante al por menor de la tienda donde lo has comprado.
Veis, pues, que somos hermanos y tenemos necesidad unos de otros. No podemos dar un solo paso, no podemos dormir, no podemos comer sin la ayuda de nuestros prójimos. Miles de manos trabajan y se esfuerzan por mí.
Pero si es así, ¿he pensado yo alguna vez que también yo he de traba- jar por los otros, que el servicio ha de compensarse? Con claridad lo
hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos» (Mt 7, 12).
Amémonos los unos a los otros, porque no puede amar a Dios quien no ama a su prójimo. El hombre actual necesita en gran manera que se le
repita con frecuencia esta verdad. Los alemanes tienen un dicho: «El amor a Dios que no se traduce en obras, es regocijo y consejo el diablo.»
Es decir, quien pretende amar a Dios, pero no ama al prójimo, sirve de deleite al diablo. Puede alguno ir continuamente a la iglesia y rezar incesantemente; puede llenar las paredes de su casa de imágenes de santos y escandalizarse de la maldad de los hombres, todo esto es falsa piedad, si al llamado «amor a Dios» no se traduce en amor a los hombres: si en casa tal persona es insoportable, si es caprichosa, si riñe a cada paso, si salta a la más leve palabra, si no sabe perdonar y olvidar, si es demasiado exigente, si murmura de todo el mundo...; ¿para qué seguir aún más?...; en una palabra, si niega prácticamente que todos somos hijos del mismo Padre, si niega que todos somos hermanos.
IV
LA VERDAD DE NUESTRA FE
¿Sabéis qué otra consecuencia tiene el que Dios sea omnipotente? La verdad de nuestra fe católica; la verdad de aquellos dogmas, que aunque no los comprendamos, estamos seguros y creemos con fe firme que el
Dios omnipotente puede hacer que así sea en realidad.
El Dios omnipotente puede hacer que cuando el agua bautismal toca nuestra frente, en aquel momento se borre realmente de nuestra alma el pecado original.
El Dios omnipotente puede hacer que cuando el sacerdote pronuncia sobre la blanca hostia las palabras de Nuestro Señor Jesucristo, en aquel momento está presente Jesús bajo la especie de pan.
El Dios omnipotente puede hacer que cuando el confesor pronuncia sobre mi alma pecadora: "Yo te absuelvo de tus pecados", en aquel mo- mento mi alma se vuelva limpia como la blanca nieve.
Finalmente —¡qué creencia más consoladora!—, el Dios omni- potente puede hacer que en el día del juicio final, cuando ordene que vuel- van a la vida millones y millones de hombres que un día vivieron en esta tierra, se levanten, en efecto, todos los que hayan existido. Será algo grandioso..., un momento que nosotros ni siquiera nos podemos ima-
hombres es esto imposible, mas no a Dios; pues para Dios todas las cosas son posibles» (Mc 10, 27).
Acuérdate del día de Difuntos, en que se apodera tu alma el pen- samiento de la muerte...
¡Qué bien le sienta al alma la fe en Dios Padre todopoderoso! Si es nuestro Padre, es natural que donde Él esté presente encontremos también nosotros la patria definitiva: «Puesto que no tenemos aquí ciudad fija, sino
que vamos en busca de la que está por venir» (Heb 13, 14).
Si Dios es mi Padre omnipotente, entonces no es vana mi esperanza en la vida eterna más allá de la muerte.
Creo en el Padre Todopoderoso y Creador.
Todo cristiano es, a la hora de la muerte, como un niño que vuelve a la casa de su Padre...
¿Quién no se acuerda ahora de las palabras de despedida pronun- ciadas por el Señor: «Salí del Padre, y vine al mundo; ahora dejo el
mundo y otra vez voy al Padre» (Jn 16, 28).
Quién no se acuerda de las palabras del Salmista: «Dichoso aquel...
que tiene puesta su esperanza en el Señor Dios suyo»? (Sal 145, 5).
Medita conmigo estos gratos pensamientos:
Dios omnipotente y creador, Señor de la vida y de la muerte, danos a todos una muerte santa.
Padre nuestro todopoderoso y creador, que con tu sola voluntad has dado la existencia al universo con sus maravillas; que has encendido en la bóveda celeste el fuego del sol y la luz suave de las estrellas; que has adornado la tierra y tiñes el cielo de púrpura al atardecer; que produces el fragor del trueno, pero pintas sobre los airados nubarrones el arco iris hermoso y prometedor de bonanza; que embelleces el bosque con su verdor; y que haces madurar las espigas, convirtiéndolas en oro; concé- denos que veamos siempre y en todo tu santísima voluntad y la sigamos. Que todas las cosas nos hablen de Ti: el ciervo, el insignificante insecto...; que todo este universo nos recuerde las palabras del Salmista: «¡Señor
nuestro, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!»
¡Padre creador! Ayúdanos para que vayamos caminando por la vida con tal pureza de alma, con tal amor en nuestro corazón, que al llegar nuestra última hora podamos inclinar con tranquilidad nuestra cabeza cansada en tus manos paternales.