Nuestra Confesión de fe católica empieza con estas palabras su- limes: «Creo en un Dios Padre todopoderoso.» ¿Qué es lo sublime en esta confesión de fe? ¿Acaso el que creamos en Dios? No, por cierto. A esto nos obliga nuestro entendimiento, nuestro corazón, nuestro pasado, nuestro porvenir, nuestra vida temporal y eterna. Pues entonces, ¿qué es lo sublime? El que nosotros, los cristianos, nos atrevamos a llamar a Dios... «nuestro Padre».
Ciertamente, esto resulta hoy algo tan habitual, tan común para noso- tros, que ni siquiera sabemos imaginarnos que alguna vez haya podido ser de otra manera. Sin embargo, este pensamiento, tan sólo lo debemos a Nuestro Señor Jesucristo.
Grecia y Roma no conocían en Dios a nuestro Padre, ni Buda le vio como tal, ni Mahoma le anunció de esta manera...
Aún más ni siquiera el pueblo escogido del Antiguo Testamento llegó a tal concepto. Para él, Dios no era sino el Señor que daba sus órde- nes en medio de relámpagos Y castigaba las transgresiones con severidad hasta en las posteriores generaciones. De ahí el temor, para nosotros casi inconcebible, de que, ante Dios, estaba lleno el pueblo judío, y cuyo resul- tado era el no atreverse a pronunciar siquiera el nombre del Señor.
Más tarde aparece Nuestro Señor Jesucristo; y de sus labios se oye la palabra sublime: Abba¡ ¡Padre! ¡Padre nuestro!
Este es el gran momento, lleno de emoción, en que se levanta el velo de Sais. Es el mismo Jesucristo quien quitó el velo de la imagen divina, antes escondida, y detrás de este velo vimos... vimos la verdad santa, au- gusta, trascendental: vimos a Dios, a nuestro padre.
Nuestro Señor Jesucristo no cesaba de repetir que Dios no es un señor cruel que nos mira como a esclavos, ni tampoco un comerciante con quien se pueden hacer negocios a la manera de los fariseos, sino que es nuestro Padre misericordioso, que rebosa de caridad, que a todos nos ama.
empieza el Antiguo Testamento, y las primeras palabras nos muestran al Dios poderoso, infinitamente sabio, creador de todas las cosas.
Esta imagen de Dios, esbozada en el Antiguo Testamento, encuentra su complemento en las páginas del Nuevo: Dios no es tan sólo Poder, sino que también es Amor; no es sólo un Juez, que vigila para que no se infrinja la ley, sino que también es el Padre que ayuda a su fiel cumplimiento. «Padre nuestro» (Mt 6, 9).
«¡Dios es nuestro Padre!» Las consecuencias de este sublime y
característico artículo de la fe cristiana serán el tema de los cuatro capí- tulos siguientes
I
NADA HE DE TEMER
El pensamiento que más cercano está a nuestra humana manera de pensar y que se presenta con la mayor naturalidad es éste: Si Dios
es mi padre, entonces nada he de temer, porque puedo estar seguro que se cuida de mí.
¡Qué fuerza, qué valentía infunde este pensamiento! Nada he de
temer: 1.º, ni en la vida; 2.º, ni en la muerte.
1.º Nada he de temer en la vida. Toda nuestra vida es un temor continuo: el estudiante teme los exámenes de la escuela; el joven teme no encontrar trabajo; el hombre que pelea en la gran lucha de la vida teme las innumerables dificultades que se le pueden presentar; el anciano teme la enfermedad... y aquella negra puerta a la que va acercándose, y por la cual todos hemos de pasar. Pero ved ahí que entonces levanta su voz, en medio de todos los temores, la Sagrada Escritura. «El Señor es mi pastor, nada
me puede faltar. En verdes praderas me hace recostar» —exclama el
salmista (Sal 23, 1-2).
«¡No temas!» ¿Cómo he de temer, si leo en más de treinta pasajes de
la Sagrada Escritura: «No temas»?
Cuán dulce es oírlo: «¡No temas!» Pero entendámoslo bien. ¿Qué dice la Sagrada Escritura? ¿Que no trabajes? No. ¿Que no te preocupes del sustento? No. ¿Que no te esfuerces, que no te canses? No. Sino... «¡no
temas!»
Es decir, trabaja, pero con la confianza puesta en Dios; confiando en que la pequeña barca en que vas surcando el mar de la vida no se volcará
tu Padre Celestial!
¿En quién o en qué otra cosa podría yo confiar? ¿En mis brazos robustos? ¡Qué aprisa se cansan! ¿En mi juventud? ¡Qué rápidamente pasa! ¿En mi fuerza vital? ¡Qué frágil es! ¿En los hombres? Sí, también en ellos podemos confiar; pero, ¿no es cierto que los que son buenos para con nosotros regularmente no pueden ayudarnos, y los que podrían no quieren?
Escuchad las palabras de Jesucristo, que alude a nuestros cuidados y terrenas preocupaciones: «Ya sabe vuestro Padre que tenéis necesidad de
todo eso» (Lc 12, 30). ¿Quién lo sabe? ¿Lo sabe vuestro poderoso
Hacedor? ¿Lo sabe vuestro severo Legislador? ¿Lo sabe vuestro juez imparcial? No. Jesucristo no dice esto, sino más bien: «¡lo sabe nuestro Padre!»
¡Qué dicha para mí tener un Padre, un Padre fuerte y de mano vigo- rosa!
Un huracán devastador se desata en alta mar y las olas espumantes llevan y traen como a una cáscara de nuez a una gran embarcación. Los pasajeros se agitan, gritan aterrados, espantados; tan sólo un niño sigue jugando tranquilamente en el vaivén vertiginoso; el hijo del timonel. El buque llega a salvarse. Los pasajeros preguntan con curiosidad al niño cómo pudo estarse tan tranquilo en medio del peligro y por qué motivos no temió.
—¿Temer? ¡Pero si el timón estaba en manos de mi padre! —con-
testa el niño con ingenuidad.
¡El timón está en manos de mi padre! ¡Oh!, si yo también pudiera repetirlo en medio de los males que me azotan, en todos los caminos oscuros de la vida que he de pisar hasta el fin. ¡Oh!, si yo también pudiese decir de mí, en los días en que me siento triste y abandonado, lo que dijo nuestro Salvador: «No estoy solo, porque el Padre está siempre conmigo (Jn 16, 32).
¡Oh si también yo pudiese repetir con el Salmista: «En Ti, Señor, he
puesto mi esperanza. Y tú eres, me digo, mi Dios; en tus manos está mi suerte» (Sal 30, 15-16). «El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por valles tenebrosos, ningún mal temeré, porque tú estás conmigo.» (Sal 23, 1.4).
2.° En verdad: ¡ni siquiera por valles tenebrosos, en medio de las
sombras de la muerte!
Si tengo Padre, tengo patria. Una patria eterna. Entonces podré encontrar sentido a las cuestiones más angustiosas de la existencia eterna.
¿Cuál es el problema que más tortura a la humanidad? Este: todo el universo está en continua actividad, pero ¿con qué objetivo?... ¿Para qué vivimos? «¡Para morir!» ¡Ah!, pero es ésta una adecuada contestación? ¿Por qué vivo? «Para ser útil a los otros» Tampoco sirve esta respuesta, porque pregunto otra vez: ¿Por qué viven los otros? Todos sufrimos, todos pecamos; ¿qué finalidad tiene nuestra vida? ¿Vamos hacia arriba, o caminamos hacia abajo? ¿Hemos de ser optimistas o pesimistas? ¿Nuestra vida no es sino una hoja que cae del árbol, una ola que riza de un modo casi imperceptible la superficie del mar... o bien nos esperan junto a Dios, abiertas de par en par, las puertas de la patria eterna?
«Creo en un Dios, Padre todopoderoso.» Es decir, tengo un Padre
que me espera. Y ante la muerte repito con Jesucristo: «Voy al Padre» (Jn 16 10). Y digo también: «Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíri-
tu» (Lc 23, 46).
¡Oh, qué dulce suerte la nuestra! ¡Dios es nuestro Padre, nuestro Padre, que cuida de nosotros!
II
LA PROVIDENCIA
Pero aquí he tocado un concepto junto al cual no he de pasar con precipitada prisa: el pensamiento de «la divina Providencia». Basta leer cualquier día un periódico; y al ver desgracias sin número, sufrimien- tos y lágrimas incesantes, comprendemos fácilmente que no haya artículo de fe tan combatido por la duda como la Providencia del Padre celestial que se cuida de nosotros.
Y comprendemos que muchas veces, aun nosotros, los fieles cris- tianos, necesitamos reconcentrar todas las fuerzas de nuestra alma para acallar las propias dudas: ¿Dios es de veras un Padre que se cuida de noso- tros?
¡Ay!, ¡qué quejas! ¿Dónde está el Padre? ¿Dónde ese Dios que cuida de nosotros? He gritado hacia El desde los abismos y no se ha vuelto a mí. Con las manos juntas le invoqué en las gradas del altar, y no me escuchó. Le he sido fiel durante toda mi vida y, no obstante, el buque zozobra conmigo. He guardado durante mi vida entera sus mandamientos, y ahora Él no acaba de curarme esta enfermedad que va royendo progresivamente mi salud.
mueren a centenares, víctimas de una epidemia, cuando se quedan huérfa- nos cinco pobres hermanitos, acosados por el hambre... ¿dónde está enton- ces la Providencia de Dios...?
¡Cuántas almas, así atormentadas, se sintieron abatidas, y se rebela- ron pensando: no hay Providencia, no hay Providencia!
¿Cuál ha de ser nuestra respuesta? ¿Qué hemos de decirles?
1.° Si tomase a la ligera mi respuesta, ¿sabéis que les contestaría? Les mostraría el otro grupo: el de aquellos que con el corazón rebosante de gratitud, cantan: sí, hay Providencia; nos encontrábamos sumidos en una miseria indecible y nos llega el auxilio en el último momento; el médico ya había perdido toda esperanza de salvar nuestra madre enferma, y en último instante ella recobró la salud; los autobuses chocaron y no sé explicarme aun cómo pude salir ileso; toda mi labor parecía vana y, no obstante, no obstante, al final se vio coronada por el éxito. Hay Providen- cia.
Podría ser ésta mi contestación...
Pero siento que con tal respuesta no se da solución al problema. No basta decirles a los que se quejan: «No tenéis razón, ya que otros muchos, a pesar de los sufrimientos, creen en la providencia del Padre celestial.» Sino que he de decirles: «Escuchad, desconfiados; quiero brindaros algu- nos pensamientos que os ayuden también a vosotros para llegar, a pesar de los sufrimientos de esta tierra, a encontrarles sentido y tener esperanza.
2.° ¿Cuáles son estos pensamientos? En primer lugar, que el universo está sujeto a las leyes físicas y no podemos pedir que por nosotros Dios se las salte. Las fuerzas de la naturaleza son ciegas. El Señor no prometió que los que en El crean no habrán de sufrir en este mundo, ni que no tendrán dolores, sino que prometió que los que confían en Él, sacarán bienes de los males.
Según la ley la gravedad, si una teja se desprende del techo, caerá sin remedio. Y si por casualidad tu hijo pasa justamente entonces y la teja lo mata, no puedes maldecir por ello a la Providencia.
Además, lo que es triste suerte para uno quizá sea, para otros, una bendición.
Un aguacero te impidió realizar la excursión que habías proyectado desde hace tiempo, y esto te disgusta; pero la lluvia es necesaria para que no se eche a perder la cosecha. ¡La sabiduría de Dios atiende a todo!...
Leamos con reflexión el Edipo rey, de Sófocles, y entonces podre- mos rastrear lo que significa para nosotros la Redención y la divina Provi- dencia anunciada por el Salvador.
¡Qué terrible tragedia solloza en el drama de Sófocles! ¡Qué congojas las del alma humana en los tiempos que precedieron a la venida de Jesu- cristo!
Bajo los golpes de una fatalidad inexorable, de una suerte ciega, ¡con qué desesperación levantaba el hombre los ojos al cielo! Y el cielo perma- necía mudo, inmóvil.
También el cristiano siente a veces los mazazos de la vida, también él levanta sus manos implorantes hacia el cielo; pero él ya sabe que allá arri- ba vive el Padre de todos nosotros, quien escucha todas las súplicas de sus hijos.
Todas las oye —y ¿también las atiende? Fíjate. Es lícito acudir a Dios con toda clase de demandas—. ¡Ay!, ¡cuántos pesares, cuántas sufri- mientos tiene esta vida terrena! El corazón paternal de Dios las escucha todas; después su sabiduría y su omnisciencia hacen una selección de las demandas.
Las que han de aproximarnos a nuestro último fin son favorable- mente despachadas; como se lo pedimos, Las que encierran peligro para nuestro fin eterno no obtienen la solución exacta que imploramos.
Pero no se pierde ninguna de nuestras súplicas, no queda sin contes- tación ninguna carta que dirijamos al cielo. Sólo que la contestación no es como la esperábamos; no es como nuestra pobre razón humana, encerrada en las estrecheces de este mundo, la había planeado de antemano; sino que es tal como mejor la juzga para nosotros nuestro Padre, cuyo pensamiento y solicitud son anteriores a los siglos.
Todos podemos comprender sin dificultad que un águila que vuela en las alturas, a dos o tres mil metros sobre el nivel del mar, lo ve todo — hombres y acontecimientos— de otra manera que una gallina que está picoteando en el angosto corral.
4.° Y esta sabiduría guía no sólo a los individuos, sino también los
pueblos.
Es verdad que, en los tiempos difíciles que vivimos, le es harto difícil a la presente generación descubrir el pensamiento altísimo que vigila sobre el mundo y dirige su desarrollo, como le viene cuesta arriba creer en la divina Providencia.
a decenas y centenares de años de distancia, forzosamente habremos de descubrir el pensamiento divino que marca los caminos de la historia uni- versal.
Habremos de notar la mano de la Providencia, por ejemplo, en este hecho histórico: que en los momentos críticos y trascendentales del desa- rrollo de la humanidad siempre surge el hombre o la institución que se necesita para que la historia pueda seguir su curso.
Así, por ejemplo, cuando la cultura de la Edad Antigua estaba en declive, los valores que latían en ella no podían perecer todos a la vez sin grave perjuicio, y ved ahí que hace mil quinientos años surgió San Agus- tín, quien puso estos antiguos valores culturales en los cimientos del nuevo edificio de la cultura.
Entre las insidiosas rebeliones dogmáticas de los primeros herejes se levantan hombres tan providenciales como un San Atanasio, un San Cirilo; en medio de los esfuerzos césaropapistas del Oriente, son providenciales a todas luces el desarrollo y la consolidación del poder temporal del Papado.
En cambio, en el apogeo de este poder aparecen las Órdenes
mendicantes, que aceptan la pobreza evangélica en el sentido estricto de la
palabra. Demasiado se destaca, para no descubrirla, la mano de la Provi- dencia, que orienta la Historia.
Tenemos un ejemplo muy cercano en el ano 1871, la poderosa y triunfante nación alemana dictó el tratado de paz de Versalles a un pueblo vencido: a los franceses. No habían pasado cincuenta años, y la nación francesa, vencida antes, dictó la paz en el mismo Versalles al vencedor antiguo. ¡Cincuenta años no cumplidos!
Pues, entonces, ¿cómo voy a atreverme a pedirle cuentas al Dios Eterno?: «Señor Dios, ¿por qué no me has concedido a mí esto o aquello; a mí, pobre mortal, cuya vida no va a durar más de 100 años como mucho? ¿Y por qué has permitido que me sucediera tal o cual cosa? ¿O por qué no hirió tu rayo a éste o a aquel malhechor?»
No dudaremos de los caminos de la divina Providencia si no olvida- mos los dos grandes pensamientos de la Sagrada Escritura. El uno se encierra en esta exclamación, de una belleza eterna, con que prorrumpe San Pablo: «¡¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de
Dios! ¡Qué insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!
(Rom 11, 33). El otro se debe, igualmente, a San Pablo: «Nosotros
también sabemos que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios» (Rom 8, 28).
El quien reparte los papeles, y nosotros no sabemos qué razones le guían en la distribución: el uno tiene el papel de rey, el otro el de mendigo...; no importa. Lo principal es la manera como se desempeña cada uno su papel. Naturalmente, aquel a quien le toca hacer de pordiosero se subleva con facilidad en la vida. El que ha de sufrir males, dolores, contratiempos, con facilidad se descorazona; y cuando vemos que los malos nadan en agua de rosas, fácilmente nos sentimos amargados. Pero todo esto acontece porque juzgamos con precipitación. Mientras dura la representación del drama no se puede escribir la crítica; hay que esperar a que baje el telón, terminada la escena, y sólo después se debe fallar. El telón del teatro del mundo caerá el día del juicio final, y entonces veremos con claridad que «todas las
cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios».
No puedo dar sino este consejo a todos los hermanos que sufren, a todos los que tienen tantas dificultades, a quienes se sienten cansados y tristes: Tomad la Sagrada Escritura y leed el capítulo octavo de la Carta de San Pablo a los Romanos. «Nosotros también sabemos que todas las cosas
contribuyen al bien de los que aman a Dios» (Rom 8, 28). «Después de esto, ¿qué diremos ahora? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?...» «Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿será la tribulación? ¿o la angustia? ¿o el hambre? ¿o la persecución?... ¿o el cuchillo? » (Rom 8, 31-35). «Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.»
(Rom 38-39).