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DIOS, SANTO

In document Tihamer Toth Creo en Dios (página 196-200)

El profeta Isaías, en el capitulo VI de su libro, describe a Dios en una visión sublime. Le contempla en la magnificencia de los cielos, sentado en un trono altísimo; ardientes serafines están en pie ante su augusto acatamiento; pero aun ellos se tapan el rostro con las alas ante la claridad de Dios y no se cansan de repetir el homenaje de alabanza: «Santo, Santo,

Santo es el Señor Dios de los ejércitos.»

Pero además de Isaías hay otros pasajes de la Biblia que hablan a cada paso de la santidad de Dios. Dios, no solamente excluye de Sí toda sombra de iniquidad (Deut 32, 4), como lo escribe Moisés; no sólo no ama la iniquidad (Sal 5, 5), como canta el Salmista; todo esto no serían más que rasgos negativos. Y los hay también positivos: el Señor «es santo en todas sus obras», pregona el salmista (Sal 144, 17), y «nadie es santo como lo es el Señor», dice el libro de los Reyes (2, 2).

En efecto, si hojeamos la Biblia, veremos que, después de la omnipo- tencia y la misericordia, el atributo divino que con más fuerza se celebra v subraya en la Sagrada Escritura es la Santidad de Dios. Por esto no es maravilla que en labios de los cristianos no cese el cántico: «Santo, Santo,

Santo, Señor Dios...»

¡El Dios santo!

Si Dios es santo, entonces es enemigo de todo pecado. El sol es enemigo de la noche; la luz radiante, de la oscuridad: el calor, del hielo; el Dios santo, del pecado. Esta es la primera afirmación que hemos de dejar bien sentada tocante a la santidad de Dios, y de ella nos ocuparemos ahora en la primera parte: el Dios santo aborrece el pecado en el hombre.

Pero la santidad de Dios no es sólo algo negativo, sino que es también positiva. El Dios santo no solamente recrimina el pecado, sino que es la norma de toda ley moral, fuente primera de toda santidad; ¡cuánto ha de alegrarse al ver la bondad humana y el esfuerzo que hacemos para levantarnos! Y ¡cuánto ama el Dios santo la virtud en el hombre! Este será el tema que describiré en la segunda parte del presente capítulo.

I

CUÁNTO ABOMINA DIOS EL PECADO

El primer pensamiento que se presenta en relación con la santidad de Dios es éste: Si Dios es todo santidad, ¡cuánto ha de abominar el pecado! Si Dios es todo santidad, ¡cuánto ha de dolerle el cúmulo de los pecados de los hombres! Si Dios es todo santidad, ¡qué ira ha de sentir contra el pecado empedernido!

Dios abomina el pecado, a Dios «le duele» el pecado, Dios «siente ira» contra el hombre malo. Pido a mis lectores que entiendan bien estas expresiones, propias del lenguaje humano.

En Dios no hay pasiones; no hay, por lo tanto, impaciencia, ni ira, ni dolor, ni horror. En cambio, nosotros, y también la Sagrada Escritura, hablamos tantas veces —humanamente, como es obvio— del Dios irritado, del Dios que abomina el pecado y siente dolor por el mismo, para representar así con mayor realce la firmeza de su voluntad santísima.

Porque tenemos una prueba contundente de que la voluntad de Dios es inflexible frente al pecado y que el Dios santo —para decirlo otra vez con lenguaje humano— no sabe estar bajo el mismo techo con el pecado y con el hombre pecador.

¿Sabéis qué prueba es ésta?

¡El infierno! ¡El lugar de la condenación eterna! El lugar del dolor perpetuo!

¡Qué viva oposición ha de haber entre el pecado y el Dios santo!

¡Qué terriblemente horroroso ha de ser el pecado, si el Dios santo se vio obligado a crear un lugar, el lugar de condenación, donde echa a los que aman obstinadamente el pecado!

¡El infierno! Sé muy bien que es un terrible dogma de la religión cristiana, un problema difícil de compaginar con el corazón paternal de Dios! El problema se presentará en su totalidad cuando intentemos con- ciliar con la bondad de Dios la condenación eterna. Pero ya ahora hemos de decir algo, porque nadie sabrá compaginar las dos cosas, nadie podrá explicarlas, si no sabe que Dios es santo, tres veces santo, a quien no puede acercarse el pecado ni criatura alguna que esté ligada con el pecado.

Dios es nuestro Padre. Pero ¿no contradice otro dogma de nuestra fe? ¿Cuál? Pues aquel en que la Iglesia enseña que Dios es a la vez un Juez infinitamente severo, que arroja al pecador a la condenación eterna, al

¡Es un dogma terrible!, dicen muchos. Pero lo dirán únicamente aquellos que olvidan la Santidad de Dios.

Planteo la cuestión: ¿Cabe en lo posible que quien tuviese el alma salpicada de fango, el alma contaminada e impura, conviviera durante toda la eternidad con el Dios santo que ni siquiera conoce la sombra del pecado? ¿Sería posible que el hombre, de cualquier manera que usase de su libre albedrío, llegara siempre indefectiblemente a la misma meta?

Si un alma, en los años de prueba de la vida terrena, con plena conciencia y obstinación, vive, habla y obra de un modo distinto de como Dios lo ha prescrito; si alguien corresponde a las tentativas salvadoras de Dios con una vida mala y vuelve realmente las espaldas al Señor, ¿cómo ha de tratarle Dios? A nadie «le arroja Dios al infierno»; más bien es el mismo hombre quien emprende su camino hacia allí. No es Dios quien lo arroja de sí; es el mismo hombre, que antes se separó de Dios.

El esclavo del pecado se desterró a sí mismo del reino de Dios. Porque el hombre no saca en suerte la vida eterna como un «premio gordo», sino que en ella ha de crecer y madurar en esta vida si quiere tenerla por recompensa definitiva. Hemos de echar los fundamentos de la vida eterna durante esta vida, y viviendo con honradez es como crecerá nuestro árbol para la vida eterna.

Supongamos por un momento que no hay condenación, sino que todos los caminos de la vida conducen a la bienaventuranza eterna, a Dios. ¿Cuál sería la consecuencia? Que cesaría toda diferencia entre el bien y el

mal. Pecado y virtud, oprobio y honor, amor y egoísmo, dejarían de ser

cosas distintas, ya que el fin de todo sería la bienaventuranza eterna. Si todos llegamos a Dios, entonces ya no tiene razón de ser el esfuerzo moral, ni el honor, ni el trabajo bien hecho...; entonces no nos queda más que sentarnos al sol y esperar... Sí, es un dogma espantoso el del infierno; pero si negamos el castigo eterno, prácticamente llegaremos a darnos la mano con los ateos.

¡Infierno! ¡Palabra horrenda! Padre e infierno son conceptos casi incompatibles. Pero Dios no es tan sólo bueno, sino que Dios es Santo, y

la Santidad de Dios exige la condenación de la maldad personificada.

Y si esto es así, entonces voy a sacar algunas consecuencias para mi vida práctica.

¿Qué consecuencias?

Dios es santo; luego he de cuidar con solicitud mi alma; he de

Escritura, «ni los cielos están limpios»... y el Dios santo halla «culpa hasta en sus ángeles» (Job 15, 15; 4, 18).

Me conmueve la frase: a los ojos de Dios, ni los cielos están limpios, y aparecen con manchas los mismos ángeles. ¡Ah!, entonces, ¿qué soy yo?

Y ved ahí otra frase de la Sagrada Escritura: «No sabe el hombre si

es digno de amor o de odio» (Eclesiastés 9, 1).

Y ¿qué será cuando tenga que comparecer en la presencia de este Dios infinitamente santo, cuando me eche en cara que me creó para diamante, y yo me he trocado en negro carbón; que me creó para una pureza cristalina, y yo me he ensuciarlo como hollín; que me creó para que fuese un límpido lago de las montañas, y yo me he convertido en un cenagal lleno de fango; que me creó para que fuese campo cubierto de verdor, y yo me he convertido en seco erial?

A la luz de la Santidad de Dios, veo que por encima de todas las pruebas, de todas las miserias, de todas las enfermedades, una sola desgracia terrible y verdadera puede herirme; y es el pecado.

Y ahora propongo una cuestión, cuestión angustiosa que intran- quiliza: Lector, si hoy, ahora, en este mismo momento, hubieras de comparecer ante el Dios santo y justo, ¿podrías presentarte con toda tranquilidad? Ante aquel Dios a quien no le engañan las apariencias, para quien no hay secreto que no se revele. Ciertamente, el Dios omnipotente descuenta las influencias de la herencia, de las inclinaciones nocivas trasplantadas por los padres, del ambiente corrompido...; pero aun así es sobrado lo que resta para nosotros: el peso de la responsabilidad personal.

Ciertamente, Dios es misericordioso. Pero hay ciegos que no quisie- ron ver a Dios, porque se encuentran mejor en la oscuridad. Hay sordos que no quisieron oír la palabra de Dios, porque habrían tenido que cambiar el rumbo de su vida. Hay paralíticos que no quisieron caminar, porque sabían que tendrían que salir del camino de una vida pecaminosa.

¡Si éstos tuviesen que comparecer ahora ante Dios...!

¡Oh Dios, tres veces santo, enséñame a ver con claridad el pecado, enséñame a ver que tenemos un motivo para angustiarnos más amargo que todos los dolores, que todas las enfermedades!: ¡el pecado, el pecado!

II

virtud, al noble esfuerzo humano, a la guerra que se declara al pecado.

El Dios santo no es sólo algo negativo, una amenaza terrible que se yergue ante nosotros para asustarnos, sino que es, a la vez, algo positivo, una fuente de energía que nos instiga a levantar el alma con vigoroso empuje.

«Sed santos, porque Yo soy santo», dice el Señor en el Antiguo

Testamento (Lev 11, 44). Y lo repite Jesucristo: «Sed perfectos como

vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48).

Esta breve frase es una especie de Carta magna de la dignidad de la persona humana: no se ha oído otra igual en toda la redondez de la tierra.

Examinemos, pues: 1.º, qué es lo que exige de nosotros este

mandamiento, y 2.º, si es o no excesivo lo que nos pide.

1.º Meditemos un poco qué sublime es el camino que se nos abre merced a este mandamiento.

El río no descansa hasta desembocar en el mar, la brújula está inquieta hasta colocarse en la dirección norte; así el alma humana hasta encontrar a Dios.

La vida es evolución. Y a la evolución se le ha de fijar un término. A nuestro crecimiento le fijó Jesucristo el único objetivo digno, al pronunciar las memorables palabras: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es

perfecto» (Nt 5, 48).

¿Hubo jamás en el mundo un filósofo que fijara, ni siquiera aproximadamente, objetivo tan sublime a la vida humana? ¿Qué era, comparado con éste, el ideal de la vida que se fijaron un Demócrito, un Platón, un Aristóteles?...

¡Ser semejante a Dios! ¡Que elevado objetivo! Realización literal del

antiguo mito griego. Los griegos no se atrevían a pensar en semejante cosa, a no ser que con mitos

Según su leyenda, el dios Apolo puso un día su lira sobre una piedra, y la piedra bebió sedienta los últimos acordes pálidos de la lira..., se empapó de ellos; y, en consecuencia, quien encuentre esta piedra mara- villosa y se la acerque al oído, percibirá el canto divino del Olimpo.

Pues bien: esto no pasa de ser poesía, quimera vana. Pero no es poesía, no es mito, sino realidad santa, el que en cada alma humana está latente y en ella duerme la imagen de Dios. En la cuerda duerme la melodía; sólo espera la mano del artista. En la campana duerme el tañer festivo; sólo espera a quien la toque.

In document Tihamer Toth Creo en Dios (página 196-200)