Justamente creer en Dios es lo que nos hace hombres. El que niega a Dios no puede ser hombre: «creado a imagen y semejanza de Dios». El que no cree en Dios no puede vivir en armonía; podrá su apariencia exte- rior ser humana, pero su interior niega lo que nos levanta por encima de los animales: la semejanza con Dios.
Es preciso creer en Dios, porque el hombre que niega a Dios no puede vivir ni siquiera una vida humana. Este es el tema importante que en el presente capítulo deseo desarrollar. Este capítulo servirá también de conclusión a esta segunda parte; por lo tanto, será como un breve resumen de los argumentos que llevamos expuestos y que guían al hombre hasta llevarle a Dios.
En los capítulos anteriores hemos examinado las manifestaciones más diversas de la vida, y hemos visto cómo éstas obligan al hombre a vol- verse a Dios, a refugiarse bajo su protección, es decir: a creer en Dios.
¿Cuál es el primer motivo que nos obliga a creer en Dios? I
ME CONDUCE A DIOS EL ENTENDIMIENTO
El que niega a Dios, obra: 1.º, sin derecho, y 2.º, con insensatez. 1.º Obra sin derecho.
Sí..., bien..., al fin y al cabo... Si alguien está empeñado en cerrar los
ojos, nadie se lo impide.
Sobre el cielo estrellado contempla millones de estrellas, de una belleza sobrecogedora; y él, encogiéndose de hombros, se dice asimismo: Pero ¿qué me importa a mí todo eso?
mundo orgánico pregonan claramente la sabiduría del Creador; y él, enco- giéndose de hombros, se dice asimismo: Cierto; pero ¿qué me importa?
Contempla el prodigio incomparable de cuerpo humano, y él, enco- giéndose de hombros, repite: Así es; pero ¿qué me importa?
Y esta pereza de pensamiento es en muchos hombres el mayor peli- gro para perder la fe.
Así le pasó al mismo NAPOLEÓN en su juventud, deslumbrado por el
poder. Pero cuando tuvo más tiempo para meditar, en la soledad de la isla de Santa Elena, su alma volvió a la religión y gustaba de hablar sobre temas religiosos. Uno de sus familiares, el general Bertrand, era de otro parecer y se volvió en cierta ocasión a Napoleón diciendo: «¿Qué es Dios? ¡Usted nunca vio a Dios!» El emperador contestó: «Usted tampoco vio mi espíritu; y, no obstante, usted, movido por mis victorias, me dijo que tengo un espíritu potente. Y ¿qué son mis victorias en comparación con las obras del Omnipotente? ¿Qué son mis hechos de armas más brillantes en compa- ración con la actividad del universo? Si usted conjetura por las obras de un hombre su espíritu poderoso, al cual, sin embargo, no puede ver, por qué se resiste a deducir de las obras magníficas del Creador invisible la exis- tencia del mismo Creador?»
Exacto. Barrunto a Dios con el entendimiento y con el corazón. Con el entendimiento, que deduce la existencia de Dios de los millones y mi- llones de fenómenos que hacen posible la vida, en sus tres vertientes: vegetal, animal y humana; y con el corazón, pues de los límites mezquinos de la alegría terrena y de esta felicidad efímera se eleva el impetuoso anhelo de encontrarse con el que es la Fuente de felicidad eterna: Dios.
Pero si alguien se empeña, con su entendimiento y su corazón, en negar al Señor de todas las cosas, pierde el sentido para percibir a Dios, por muy hábil y listo que se crea. Vive constantemente en la oscuridad.
Una comparación servirá para subrayar esta idea. El Sol luce, nos calienta y resplandece en el cielo. ¿Cómo conozco que hay Sol? Me lo dicen los ojos, que ven su luz, y me lo dice también mi percepción del calor. Supongamos que llegan a deteriorarse en mi cuerpo estos dos sen- tidos; en el mismo momento se pierde, como si dijéramos, el Sol para mí, yo entonces me atrevo a negar su existencia. Me queda el oído, pero éste nada me dice del Sol; me quedan todavía el gusto y el olfato, pero tampoco éstos me hablan del Astro Rey. ¿No sería, sin embargo, una insensatez que yo niegue por eso su existencia?
Uno de los más renombrados biólogos modernos de América, ROBERTO ANDREWS WILLIKEN, que fue galardonado con el premio Nóbel,
escribe respecto de las relaciones entre la fe y la ciencia: «Ningún funda- mento científico tenemos para negar la fe. El que no sabe compaginarlas ha de achacarse a sí mismo la falta... Puedo afirmar de manera rotunda que la negación de la fe carece de toda base científica. Según mi sentido, no se puede justificar la contradicción que algunos pretenden ver entre ambas»12.
¿Qué otra cosa significan estas palabras, sino que quien se llama incrédulo y, para motivar su incredulidad, se apoya en las pesquisas cientí- ficas, obra sin derecho?
Este fue asunto de todo un capítulo.
2.º Pero afirmamos que el hombre, al negar a Dios, no sólo obra sin derecho, sino de un modo insensato.
De un modo insensato, porque el hombre no puede vivir sin fe. El hombre actual quiere resolver todas las cuestiones apoyándose en su ciencia; y no es gran cosa lo que con ello consigue. Ignora lo que hay más allá de las fronteras conocidas del universo; desconoce lo que se oculta en el fondo de su propio «yo»; no sabe decir a qué obedece el sentimiento de la responsabilidad; no puede explicarse por qué uno es un héroe y otro se queda en un simple traidor; es incapaz de poner en claro qué es lo que queda de nosotros después de la muerte. A estos problemas no sabe contestar, y son justamente los más importantes y vitales.
En cambio, la fe nos propone las respuestas adecuadas. No, por
cierto, a todas las cosas que quisiéramos saber; pero siempre lo que nos brinda es algo sólido y claro. Los dogmas de la fe se yerguen como rocas
en medio de la tempestad. Es ardua tarea tenerse en pie sobre una roca batida por el huracán; pero quien ha probado ya lo que supone ser juguete de las olas alborotadas, preferirá, de seguro, estar sobre la roca firme.
«Yo no necesito dogmas. ¡Yo quiero tener mi manera personal de ver y juzgar el mundo.» ¡Ah! No sabes lo que es el dogma. Ni conoces el horrible caso de aquellos que viven sin dogmas, sin fe. ¡Yo no necesito dogmas! ¿Prefieres, pues, la niebla al rayo de sol? ¿Prefieres errar a tientas a seguir la dirección de la brújula?
Tú sólo quieres «saber» y no quieres «creer». Tú no quieres tener fe. Sin embargo, forzoso es que admitas que también el incrédulo tiene su Credo; sólo que el suyo no empieza con estas palabras: «Creo en un solo Dios...» Credo in unum Deum..., sino con éstas: Credo omnia incredibilita:
«Creo todo lo increíble.»
Preciso es que sepas que el incrédulo acepta cosas mucho más difí- ciles de creer que las que nos impone la fe cristiana. También el incrédulo tiene su fe, más fe quizá que el creyente, sólo que la fe se ha avinagrado en él, y en el creyente sigue siendo el vino puro y añejo. Pero ya se encuentre en estado de vinagre ya sea vino generoso, la fe pregona que en algún punto tiene que haber una vid; y del mismo modo pregonan incrédulo y creyente que... hay Dios.
Sí, aunque parezca una afirmación peregrina: también los incrédulos
tienen su Credo. ¿Cuál es este Credo?
«Creo que no hay Dios y que todo este mundo admirable, con sus magníficas leyes, con todo su orden y belleza, no es más que obra de la ciega casualidad. Bien es verdad que no se hace por casualidad ni un sólo reloj de pulsera, ni una punta de lápiz; yo, sin embargo, creo que este mundo admirable se hizo por sí mismo.»
«Creo que Jesucristo nunca vivió, y si es que ha vivido, no fue Dios,
sino sólo hombre; y me admira cómo es posible que millones y millones de hombres le tengan por el Hijo de Dios, y no sólo que todavía no le hayan olvidado, sino que le sigan amando.»
«Creo que con esta vida terrena se acaba todo, que no hay nada más allá de la muerte, por mucho que mi entendimiento se rebele contra tal pensamiento, por mucho que clamen contra él mi corazón y el conven- cimiento de toda la humanidad...»
He ahí algunos puntos del Credo del incrédulo. Creer todas estas imposibilidades, ¿no supone tal cosa un caudal de fe mucho mayor que la exigida por el Credo cristiano?
Pero sigo preguntando: La vida humana, ¿se hace más agradable, más fácil, mediante tal Credo?, ¿se suaviza el peso del sufrimiento?, ¿se secan las lágrimas?, ¿se adquiere mayor fuerza moral?
Y con esto ya llegamos a un nuevo pensamiento, que dejo desa- rrollado en otro capítulo: Me conduce a Dios no sólo la inteligencia, sino
II
ME CONDUCE A DIOS LA MORAL
1.° Epopeya heroica de los antiguos pueblos griegos, y obra maestra de la literatura, es la Odisea. Su héroe, Ulises, va errando durante largos años por el mar, y todas las veces que envía algunos de sus compañeros a explorar playas desconocidas les da unas instrucciones interesantes. Examinad —les dice— si los habitantes de la isla veneran o desprecian a los dioses. Si los veneran, son hombres nobles y buenos; de lo contrario, son salvajes y crueles13.
El resultado a que llegó Ulises hace millares de años, por vía de experiencia, es una verdad que tiene su fuerza también hoy día. El hombre siempre ha creído en Dios; y, por otra parte, su idealismo, su moralidad, su ánimo para la vida siempre se alimentan de su fe en Dios. No hubo todavía una humanidad sin Dios; y si la humanidad intentase apostatar de Dios en masa, esto sería la bancarrota completa de todo el orden moral.
Tan sólo la fe en Dios puede dar la firmeza necesaria para vencer la tentación, el idealismo suficiente para acometer un trabajo perseverante, y una conciencia digna del hombre.
«Sólo el que se siente pequeño ante Dios puede ser poderoso ante los hombres.»
Sólo el que sabe humillarse ante Dios podrá pasar en medio de los hombres con la cabeza erguida.
«El que no reconoce por Señor a Dios tendrá que someterse a muchos señores», así reza un proverbio antiguo; lo cual se corrobora en la actualidad: ¡qué incertidumbre sigue al derrumbamiento de la fe!, ¡cómo se resquebraja la moral! No afirmo que el individuo o el pueblo que pierden su fe pierden inmediatamente su moralidad; pero si afirmo que con la pérdida de la fe empieza el proceso de descomposición que desemboca en una ruina completa. Al ponerse el sol no entra en seguida la noche, pero... ya empieza a oscurecer.
2.° Aun los que se ufanan de ser incrédulos tienen una concepción
de la vida y de la moral, entremezclados con cosas que no tienen explicación a no ser en la fe. ¿Qué demuestra este hecho? Demuestra que
la naturaleza humana se rebela, con un instinto profundo y sano, contra la incredulidad.
Aduzco un ejemplo de los más corrientes: ¿Verdad que todo hombre incrédulo se escandaliza que pueda haber personas antropófagas, que comen carne humana? Todo el mundo condena el canibalismo. Y, sin em- bargo, tan sólo el hombre creyente tiene derecho a escandalizarse al oír semejante atrocidad. ¿Qué derecho tiene el impío a escandalizarse? Según él, el hombre no pasa de ser un animal más. No debería impacientarse, pues, si hay alguien a quien le gusta más la carne de sus semejantes que el pollo asado...
Sí; si no hay Dios, el hombre no pasa de ser un animal; y si sólo es animal, entonces no se debería escandalizarse de que a veces se comporte como los animales. ¡Es la lógica del incrédulo consecuente! Pero el enten- dimiento humano y la moral humana nos conducen a Dios.
Pero hay aún otra fuerza que nos impele hacia Dios: el sufrimiento. III
NOS CONDUCE A DIOS EL SUFRIMIENTO
1.º ¡La hora del sufrimiento! Una hora en que el hombre estaría dispuesto a sacrificar todo lo que haga falta con tal de recibir un poco de consuelo. Una hora en que las lágrimas amargas afloran en nuestro rostro y sentimos como pena nuestro corazón. Una hora en que vemos con luz meridiana la gran verdad de que «sin Dios no puede vivir el hombre».
Las duras desgracias de la vida abren los ojos aun a quienes los tenían cerrados para Dios en medio del bienestar. Así lo confiesa STANLEY,
el célebre explorador de África, cuando dice: «En las soledades del África la religión echó en mí raigambre tan profunda, que se hizo mí norma, mi guía espiritual. No podemos lograr un progreso real y esencial sino con las convicciones religiosas; sin éstas, el llamado progreso es una cosa vacía y pasajera. Sin una fe anclada en Dios, nos vemos zarandeados en el mar de la incertidumbre.»
2.° Sufrimientos, desgracias, enfermedad, dolores, hieren igualmente al creyente y al incrédulo, pero ¡qué distinto es el comportamiento de ambos! El incrédulo levanta desesperado y sin fuerzas el puño contra el destino cruel, o bien sufre con resignación abatida en medio de los dolores cuyo sentido no sabe descubrir.
Miremos, en cambio, cómo sufre el creyente. ¿Hay hombre que haya sufrido más que SAN PABLO? Pero ¿quién oyó jamás una palabra de queja
salida de sus labios? ¿Quién le vio llorar? Leemos cómo desborda de gratitud su corazón ante el Dios consolador: «Bendito sea Dios, Padre de
nuestro Señor Jesucristo, el padre de las misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones» (2 Cor 1, 3-4). «Verdad que tengo muchos sufrimientos —escribe—, pero mayor
es mi consuelo. Estoy inundado de consuelo, reboso de gozo en medio de todas mis tribulaciones» (2 Cor 7, 4).
¡Cuántas veces al incrédulo, al ver como vive el creyente, se le escapa esta confesión: «Te envidio porque tienes fe... ¡Qué feliz debe ser el creyente de verdad!»
El mismo GOETHE, el célebre escritor, considerado por muchos como
un hombre feliz, y que realmente se vio favorecido de la fortuna, le confe- saba a Eckermann el 27 de enero de 1824, que en los setenta y cinco años de su vida no fue feliz ni siquiera cuatro semanas; que lo normal era la sensación de aridez que embargaba su alma: «Tenía la impresión de ser una rata que comió veneno; entra en todos los agujeros, traga todos los líquidos, come todo cuanto encuentra, y en su interior sigue, no obstante, ardiendo el fuego devorador que no se puede apagar.»14
Se cumple aquí el proverbio ruso: Se puede vivir sin padre, se puede vivir sin madre, pero no es posible vivir sin Dios.
La religión tiene muchos enemigos, pero también tiene dos con- trafuertes, que sus enemigos nunca podrán derribar. ¿Cuáles son estos contrafuertes tan resistentes? La grandeza y la pequeñez del hombre. La grandeza del hombre, cuyos altos anhelos no puede satisfacer sino la religión; y la pequeñez del hombre, su impotencia, sus dolores, que no encuentran consuelo fuera de la religión. Mientras haya en el mundo un corazón magnánimo que sienta la estrechez de los límites de la materia, y mientras haya en el mundo un corazón quebrantado que sufra el fuego y la herida del dolor, no podrán vencer los enemigos de la religión.
IV
NOS CONDUCE A DIOS LA SALUD
1.° No hace mucho escribió un médico: «La mayoría de las personas profundamente creyentes son mentalmente sanas y equilibradas; lo que no acontece en muchas personas ateas o supersticiosas».
La fe en Dios no puede ser extirpada del hombre, porque tendríamos
que amputarle una parte de su ser más íntimo; la religiosidad es una parte integrante de todo el hombre.
El alma humana necesita de Dios para poder encontrar una respuesta tranquilizadora a los problemas más angustiosos de la vida, del mismo modo que la piedra necesita del suelo para tener lugar en donde apoyarse.
2.º La fe en Dios es salud y plenitud del espíritu humano.
Si de verdad Dios no existiese, sería, sin duda, uno de los fenómenos más incomprensibles de la historia humana el hecho de que desde que vive el hombre en esta tierra siempre ha creído en Él, siempre ha hablado de Él, siempre le ha venerado. Todos los sacrificios paganos, cada templo, cada altar, hablan de Dios; todos los ratos dedicados a la oración, todos los ritos religiosos nos hablan de Dios; todo esfuerzo por vencer las tentaciones, todo impulso noble del hombre, nos está hablando de Dios..., y ¿sería posible que este Dios no existiese?
Imaginemos adónde iría a parar la cultura humana sin Dios. ¡Qué miseria más árida sería la del hombre si no hubiera fe! ¿Cómo iba a surgir un Hornero o un Virgilio sin la creencia en los dioses? ¿O un David, sin el culto del Dios verdadero? ¿Un Dante, un Lope de Vega, un Torcuato Tasso, sin el Cristianismo? ¿Una arquitectura gótica, sin motivos reli- giosos?
Quita la fe en Dios a la humanidad y se transformará su manera de pensar, toda su historia...; se transformará toda la haz de la tierra. Cómo
se explica la historia si se suprime a Dios? ¿Quién es capaz de comprender que en este mundo no haya habido antes ni ahora tirano, verdugo, patíbulo, capaces de extirpar la fe del alma humana, como tampoco hay cínico ni filósofo que tenga fuerza de argumentos para destruirla? Explícame este hecho...; contéstame a este punto... No tienes otra respuesta que ésta:
¡Creo en Dios! ¡Tiene que haber Dios!
* * *
Y con esto, lector amigo, hemos acabado la segunda parte del tema que nos señalamos. «Creo en un solo Dios», es el tema general. Hasta ahora hemos tratado esta cuestión: «¿Hay Dios?» Reservamos para la tercera parte la pregunta de «¿Quién es Dios?» Mientras íbamos exa- minando los caminos que conducen a Dios hemos descubierto a la vez caminos que corren en dirección contraria y alejan de Él.
fáciles; están sembrados de flores, bordeados con todo el falso esplendor del pecado. Pero a medida que se los recorre se hacen cada vez más difí- ciles y tenebrosos..., las flores se marchitan..., las piedras agudas hieren las plantas del peregrino..., se debilitan las fuerzas derrochadas del cuerpo y del espíritu... y al final se tiene que ir a gatas por el sendero que serpentea, entre pantanos hediondos.
¿Y los caminos que conducen a Dios? Al principio son difíciles, empinados; se escalan a duras penas. Pero con cada paso que andamos se hace cada vez más fáciles, el paisaje más hermoso, más entusiasmante el horizonte..., y al final el alma se eleva como nunca había soñado...
¡Alerta, hermano! Escoge bien. ¿Qué camino quieres pisar: el que