Dice el apóstol San Pablo en su Carta a los Hebreos: «Sin fe es
imposible agradar a Dios; por cuanto el que se llega a Dios, debe creer que Dios existe y que es remunerador de los que le buscan» (Heb 11, 6).
He de creer que Dios existe. «Creo en un Dios, Padre todopoderoso» —así empieza el Credo cristiano—, y la creencia en un Dios es uno de los pilares fundamentales del cristianismo.
Pero la fe cristiana tiene incluye otra creencia no menos básica e importante que la fe en un Dios, y puede parecer que este otro artículo de fe contradice al primero.
«Creo en un Dios», así empieza el Credo. Pero decimos también: «Creo en la Santísima Trinidad», «Creo en Dios, Padre todopoderoso», decimos. Pero decimos también «Creo en Dios, Hijo» y «Creo en Dios, Espíritu Santo.» Quien no cree en un Dios no puede ser cristiano; pero quien no cree en la Santísima Trinidad, tampoco lo puede ser. Sin esta creencia básica sería incomprensible y carecería de sentido todo el cris- tianismo; porque la personalidad y la obra, las enseñanzas y la Pasión de Jesucristo sólo son comprensibles con la creencia en la Santísima Trinidad.
Entre las dos afirmaciones, ¿no existe una contradicción por la cual mutuamente se excluyen? Aún más: ¿que razones respaldan la doctrina de la Santísima Trinidad, el mayor problema de nuestra fe? La doctrina de la Santísima Trinidad, ¿no es algo absurdo, no es la negación rotunda de la razón humana? Y si de veras es un artículo de fe revelado, ¿tiene alguna influencia respecto a nuestra vida cristiana?
He aquí las preguntas que contestaremos en el presente capítulo. En primer lugar, examinaremos con qué fundamento enseña el cristianismo la
creencia en la Santísima Trinidad. Después responderemos a las
dificultades que puedan presentarse. Finalmente, examinaremos qué significa esta doctrina para la vida de un católico.
¿EN QUÉ FUNDAMENTO SE APOYA LA CREENCIA EN LA SANTÍSIMA TRINIDAD?
La fe en la Santísima Trinidad es una doctrina distintiva del cristia- nismo. Es la gran puerta, la única entrada por la cual han de pasar todos cuantos deseen entrar en los campos del cristianismo. Es el mismo Jesu- cristo quien señaló esta puerta, por la cual ha de pasar todo el que quiera ser discípulo suyo: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones, bautizán-
dolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28,
19).
¿Verdad que no puede ser cristiano el que no esté bautizado? Y es cosa sabida que no se recibe el bautismo sino en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. En una palabra, no puede ser cristiano quien no cree en la Santísima Trinidad.
¡La Santísima Trinidad! El misterio más profundo de la religión cristiana. Una divinidad, pero tres divinas personas. El Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios, y, no obstante, no hay tres dioses; no hay más que un solo Dios. ¡Un Dios en tres personas! No algo com- puesto de tres cosas distintas, sino algo simplicísimo que es un solo Dios.
¿Quién puede comprenderlo? La fantasía humana no es capaz. ¿Quién lo cree? Con fe rendida y humildad, lo cree todo cristiano.
Pero ¿por qué lo creemos? Porque..., y solamente porque así lo
enseñó nuestro Señor Jesucristo. Lo enseñó tan claramente, que es forzoso
creer en su palabra. ¿Dónde lo enseñó?
He aquí algunos ejemplos.
Claramente manifestó que Él es «Hijo de Dios», y que lo es en un sentido completamente distinto del que nosotros, los hombres, significa- mos cuando también nos llamamos hijos de Dios, hijos adoptivos de Dios. Por lo tanto, Dios tiene un Hijo.
Dice en otra ocasión: «Mi padre y yo somos una misma cosa» (Jn 10, 30); por lo tanto, no hay dos dioses. «Dios, y el Hijo de Dios» no son dos dioses distintos: son una misma cosa, un solo Dios.
Pero la Sagrada Escritura habla, no sólo del Hijo de Dios, de la segunda Persona divina, sino también de una tercera Persona, del Espíritu Santo.
Leemos que Jesucristo prometió enviar el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, que permanecerá perennemente con sus Apóstoles (Jn 14, 17).
Leemos que sopla sobre ellos en la noche de Pascua para que reciban al Espíritu Santo, otorgándoles el poder de perdonar los pecados (Jn 14, 17). Y acabamos de oír que los envió a bautizar en nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19).
Son pasajes tan claros, tan inequívocos, que no podemos rechazar la creencia en la Santísima Trinidad. ¿La comprendemos? No. ¿La creemos? Por supuesto que sí.
Uno de los filósofos de más aguda inteligencia, S. AGUSTÍN, también
meditaba este profundo misterio, mientras se paseaba a la orilla del mar. Conoceréis la encantadora historia. Un muchachito jugaba a la orilla y con una concha llenaba del agua del mar el hoyo que había cavado en la arena. Quería poner el mar inmenso en el diminuto agujero. Sonriendo, le dirigió la palabra el gran filósofo, y le dijo que nunca lo lograría. «Antes de que el limitado entendimiento humano vea la esencia de Dios y comprenda el misterio de la Santísima Trinidad», contestó el niño.
II
¿CUÁLES SON LAS DIFICULTADES?
Pero aunque encierre una gran verdad esta pequeña historia, y aunque sea cierto une nunca podremos comprender el misterio de la Santísima Trinidad, es licito escudriñarlo e intentar resolver las difi- cultades que puedan presentarse.
Porque es cierto que en el hombre se levantan inquietudes, obje- ciones, dudas, contra lo que llevamos dicho respecto a la Santísima Trini- dad.
Me parece oír la objeción: «En el misterio de la Santísima Trinidad hemos de creer algo que contradice a la razón humana. Tres no pueden ser
uno. Y uno no puedo ser tres».
En efecto: uno no puede ser tres y tres no pueden ser uno. Y si la reli- gión cristiana me exigiera creer tamaña imposibilidad, entonces tampoco yo sería cristiano.
Pero en el dogma de la Santísima Trinidad no se trata de esto. No creemos que en Dios hay una persona y al mismo tiempo tres personas, ni
sería una afirmación absurda. Sino que creemos que lo que es uno en
cierto sentido, bajo otro aspecto es trino; Dios es uno, si miramos la natu-
raleza; pero trino, si en esta sola naturaleza, mirarnos las personas.
La razón humana ha querido explicar de alguna manera este misterio, pero nunca será capaz de comprenderlo por completo. San Agustín medi- taba continuamente sobre este problema y propuso comparaciones muy interesantes, tomadas de los fenómenos de la naturaleza; quedó el misterio más o menos aclarado; pero al final se tropieza siempre con la escena que hemos referido, la escena de la orilla del mar.
He aquí algunas comparaciones de las que propone SAN AGUSTÍN. No
podemos llamar río a la fuente, ni al río podemos aplicarle el nombre de fuente, o tampoco al sorbo que bebemos de la fuente podemos designarlo con la denominación de fuente o de río; y, sin embargo, en los tres hay la misma agua. Por lo tanto, tenemos fuente, río, sorbo —tres cosas—, pero una sola agua20.
Otra comparación nos propone el santo Obispo, basándose en las tres potencias del alma: memoria, entendimiento, voluntad —tres potencias de una misma esencia, de un alma sola21.
Otros propusieron nuevos símiles. Tres hombres tienen el mismo
pensamiento: serán tres los pensamientos; pero la verdad, el objeto, será el
mismo, será uno solo.
Otro símil: los rayos del sol caen sobre el agua y en la superficie del agua aparece la imagen del sol; caen sobre el espejo y también allí se retrata la misma imagen; tenemos, pues, la imagen del sol en el cielo, en el agua, en el espejo; son tres imágenes del mismo sol.
Otra comparación: puedo tocar en el piano un acorde de tres notas:
tres notas, un acorde.
Otra: tomo una amatista; mirada por tres lados, muestra tres colores distintos, y, sin embargo, es una sola.
Más: hay agua en estado líquido, hay hielo, hay niebla, la esencia de estas tres cosas es una: el agua.
Permitidme aun otra comparación: la electricidad mueve, calienta, ilumina; y es la misma, es una sola cosa.
Naturalmente, la misma ingeniosidad que despliega la mente mana para encontrar comparaciones, muestra que todas ellas claudican y se que- dan muy atrás de la realidad.
¿Y qué decir de los aprietos en que se encuentra el arte al tener que representar la Santísima Trinidad? En los templos medievales la representaban en la forma de una Y o de una T mayúsculas; porque tienen tres brazos y no son sino una sola cosa.
Hoy la figuran con preferencia bajo la forma de un triángulo, en medio del cual pintan el ojo omnividente de Dios. Como es obvio, son meros tanteos de hombre, símiles que claudican. Después de cada com- paración, después de todos los raciocinios, he de decir con alma creyente: «Lo creo, aunque no lo comprendo.»
Pero al conocer por la fe el misterio de la Santísima Trinidad, ¿no llama nuestra atención cómo esparció Dios por doquier adonde llegue el pensamiento humano el número tres? Casi me atrevería a decir: Ved ahí
por el inundo las huellas escondidas de la Santísima Trinidad.
Todas las cosas tienen principio, medio y fin. Todo ser viviente nace, crece y muere. El tiempo se articula en pasado, presente y futuro. Un proverbio alemán dice: «Todo lo bueno ha de ser en número de tres.» Antes lo había expresado el adagio latino: Omne trinum, perfectum: «Todo lo trino es perfecto.» Parece oírse el eco de aquellas palabras de Nuestro Salvador: «Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10, 18), ¡el Dios uno y trino!
La Santísima Trinidad es un profundo misterio que no comprende nuestro entendimiento, pero por lo menos vemos que no está contra la
razón —como dicen los incrédulos—; tan sólo está por encima de la razón. Estaría en contra si dijéramos que tres son uno. Pero, no. No sos-
tenemos que haya tres Dioses, y que estos tres sean uno solo; esto movería a risa, sino que decimos hay tres personas divinas en una sola divinidad. Por lo tanto, no hay tres esencias divinas, sino una. .
«No lo comprendo», es lo único que puedo decir; pero no puedo afirmar que esto «contradiga a la razón».
No lo comprendo. Pero no soy solamente yo, por mis cortos alcances, quien no lo comprende. ¿Habéis visto cómo representan los grandes artis- tas a los ángeles en el cielo? Hincados de rodillas, con la cabeza inclinada ante Dios. Pero ¡cuánto más adecuada es esta postura para el hombre de esta tierra! Tantum ergo mysterium veneremur cernui!
No lo comprendemos, no lo comprendemos. Como si nos encontrára- mos con la luz deslumbrante de un reflector gigantesco, sentiríamos que nos rodea una claridad enorme, pero no veríamos nada más que luz; luz y
¿Sabéis por qué no lo comprendemos? Porque quien quisiera com-
prender a la Santísima Trinidad, antes habría de comprender el ser infi- nito de Dios; antes habría de aprisionar en su pobre y pequeño cerebro
humano al Dios infinito; antes habría de poner en el diminuto hueco cava- do en la arena toda el agua del mar.
El diácono Euplo fue martirizado por su fe cristiana, en Catania, en el año 304. Al mártir, en medio de los intensos sufrimientos producidos por los tormentos, le dijo el juez: «¡Desgraciado! ¡Sacrifica a los dioses! Adora a Marte, a Apolo, a Esculapio.» El mártir contestó: «Adoro al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Adoro a la Santísima Trinidad, fuera de la cual no hay Dios.»
Sí; nosotros adoramos a la Santísima Trinidad, fuera de la cual no hay Dios.
III
¿QUÉ SIGNIFICA PARA NUESTRA VIDA RELIGIOSA EL DOGMA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD?
La doctrina de la Santísima Trinidad es la creencia más difícil de la religión cristiana; la más dura prueba a que ha de someterse nuestra fe. No lo comprende nuestra razón; mas lo creemos, porque lo enseñó Nuestro Maestro, Jesucristo. Pero, y he aquí lo difícil de la cuestión ¿por qué lo enseñó Cristo? ¡Esta doctrina está, al parecer, tan lejos de la vida religiosa! Aparentemente ni siquiera le atañe. ¿Por qué, pues, la reveló Cristo, si sabía que nunca la habíamos de comprender?
¡Cuántas otras cuestiones nos habrían interesado de veras, y no dijo una sola palabra respecto de ellas! ¿Cuándo llegara el fin del mundo? ¡Qué pregunta más importante! Y Cristo no nos lo dijo. ¿Se salva o se condena la mayor parte de la humanidad? ¿Qué será de aquellos niños que mueren antes del bautismo? Todas estas cosas nos interesarían, y Cristo no nos dijo nada respecto de ellas.
Pero nos habló de la Santísima Trinidad.
Nunca comprenderemos la doctrina de la Santísima Trinidad; y, no obstante, hemos de agradecer a Jesucristo que nos la haya revelado; porque lo poco que de ella entendemos: nos descubre sublimes verdades religio-
sas. Conociendo a la Santísima Trinidad: 1º, conocemos mejor a Dios; 2º, adoramos mejor a Dios; 3º, amamos mejor al hombre, y 4º, soportamos mejor esta vida terrenal.
En primer lugar, gracias a la creencia en la Santísima Trinidad, ¡qué sublime aparece ante nosotros la imagen de Dios! Si nunca hubiéramos oído hablar de la Santísima Trinidad, ¡qué lejos estaríamos del cono- cimiento de Dios!
Dejemos por un momento este mundo creado, y... ¿qué es lo que vemos? ¿Vemos acaso al Dios eterno, solo, abandonado en una soledad eterna como Él?
¡Sería algo insoportable! ¡Estar solo eternamente! ¿Sabes lo que sig- nifica estar solo? ¿Pasar por la vida abandonado, sin que nadie te com- prenda, sin que nadie te ame? Es el peor de los sufrimientos.
Pues, entonces, ¿podrás imaginarte lo que supone que Dios tenga que estar siempre solo? ¿Que nunca sea comprendido por nadie, ya que una mera criatura no es capaz de comprenderle? ¿Que no sea amado como se merece, porque ninguna criatura puede quererle como Dios merece ser querido?
¡Y nos surgen las preguntas de los incrédulos! «¿Qué hizo Dios desde toda la eternidad? Cuando aún no existía el mundo, ¿qué hacía Dios? ¿Se aburría enormemente?...»
Y ahora ved qué admirable respuesta da a todas estas preguntas la doctrina de la Iglesia tocante a la Santísima Trinidad. Nadie es capaz de conocer por completo a Dios sino el mismo Dios; y a este conocimiento lo llamamos el Dios-Hijo. El Padre y el Hijo se aman infinitamente; y a su amor mutuo lo llamamos Dios-Espíritu Santo. Y en este conocimiento divi-
no, perfecto, y en este amor divino, también perfecto, Dios es comple- tamente feliz.
¡Oh Trinidad dichosa!
Es verdad que no comprendemos la doctrina de la Santísima Trini- dad; pero ello no obsta a que esta creencia abra ante nosotros insondables abismos de la vida admirable que se esconde en el seno de Dios. A la luz de nuestra fe en la Santísima Trinidad, ¡qué fuerza y qué claridad adquie- ren las palabras de San Pablo!: «El Rey de los reyes y Señor de los
señores, el único que es inmortal y que habita en una luz inaccesible, a quien ninguno de los hombres ha visto, ni le puede ver, a Él el honor y el imperio por siempre» (1 Tim 6, 15-16).
¡Cuánto más sublime se nos muestra así nuestro Dios! ¡Oh Trinidad feliz!
sino que nos podemos dirigirnos a Él en la oración de una manera mucho más perfecta.
No comprendemos el misterio de la Santísima Trinidad, pero lo poco que sabemos nos llena de fascinación...
Si a un niño se le muere su padre y no guarda de él más que una pequeña y deslucida fotografía, ¡con qué amor y respeto mirará el niño los rasgos desdibujados del rostro de su padre! ¿No tendría que conmoverse, aunque de una forma mucho más intensa, nuestro interior cuantas veces pronunciemos el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo?
Hay tres Personas divinas y estas tres Personas son «un solo Dios»; así lo confesamos en el Creo. Pero no me detengo aquí, sino que sigo mis reflexiones. Si son «personas» entonces les puedo dirigir la palabra, les puedo pedir algo, les puedo manifestar mi amor; es decir, son «personas» con quienes puedo entablar «relaciones personales».
Entro en relaciones con el Padre, le hablo, le doy las gracias a Aquel
que me otorgó la vida, la conciencia de mí mismo, mi entendimiento, mi corazón.
Hablo con el Hijo, que se hizo hombre, que se hizo hermano mío,
que consintió en que fuese martirizado su cuerpo por mí, que vertió su sangre por amor mío.
Hablo con el Espíritu Santo, quien, como espíritu del Padre y del
Hijo, inunda mi alma, y de quien proceden todos mis buenos propósitos y todas mis buenas obras. Cuando de esta manera rezo humildemente ante la Santísima Trinidad, la entiendo mejor que si pensase las elucubraciones filosóficas más elevadas.
Y así comprendemos también por qué resuena con tanta frecuencia en los labios de nuestra Santa Madre la Iglesia la alabanza de la Santísima Trinidad. Con esta alabanza empezarnos y terminarnos nuestras oraciones. Con ella empezamos y terminamos la Santa Misa. A ella está unida la administración de los sacramentos, y la Iglesia no sabe bendecir de otra manera que en nombre de la Santísima Trinidad. Al final de sus salmos, de sus himnos, de sus oraciones, siempre resuena la alabanza de la Santísima Trinidad: «¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos!»
¡Oh Trinidad dichosa!
Los más sublimes motivos por los que tenemos que amar al prójimo los sacó el mismo Jesucristo de la doctrina referente a la Santísima Trini- dad. En la última Cena, con el corazón conmovido, rezó al Padre por sus discípulos para que «...todos sean una misma cosa; y que como Tú, Padre,
estás en Mí, y Yo en Ti, así sean ellos una misma cosa en nosotros» (Jn 17,
21).
Por encima de nosotros está el Sol, sin el cual no podríamos vivir. Hace brotar la vida, calienta, ilumina; en una triple actividad, no deja de ser una sola cosa. Es una nueva comparación para hacer más inteligible el misterio de la Santísima Trinidad.
Pero el Sol no es un gran disco de fuego, inmóvil, silencioso, como parece muchas veces a través de las nubes, sino que es escenario de hura-