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DIOS ES MI PADRE: PROVIDENCIA

In document Tihamer Toth Creo en Dios (página 151-159)

La Sagrada Escritura habla a cada paso de la providencia de Dios. Habla ya de ella el Antiguo Testamento: «Tu providencia, ¡oh

Padre!, lleva el timón» (Sab 14,3). «De Dios vienen los bienes y los males, la vida y la muerte, la pobreza y la riqueza» (Eccltco. 11, 14). «Al pequeño y al grande Él mismo los hizo, y de todos cuida igualmente» (Sab

4, 8).

El Nuevo Testamento traza rasgos aún más sublimes del Dios providente, que lo «sustenta todo con su poderosa palabra» (Heb 1, 3).

«¿No se venden dos pajarillos por un as? —dice Nuestro Señor

Jesucristo— Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimien-

to de vuestro Padre.... No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos» (Mt 10, 29,31).

La divina Providencia es, en verdad, un dogma más de nuestra fe católica; aun cuando, al parecer, muchos acontecimientos la contradicen ¡Cuántos prorrumpen en quejas contra Dios, cuántos pierden su fe cuando les surgen contrariedades, cuando ven cómo triunfa el pecado y cómo se pisotea la virtud! ¿Dónde está ahora la Providencia?, preguntan con amar- gura. ¿Dónde vemos el cuidado del Padre celestial?

Ahondemos más este concepto de la Providencia, en el plan eterno de Dios, que conduce al mundo hacia su fin último. Creo que se desvanecerán muchas dudas y objeciones si contestamos con acierto a estas dos pre- guntas:

I. ¿Cómo hemos de entender la divina Providencia? II. ¿Cómo no

hemos de entenderla?

I

¿CÓMO HEMOS DE ENTENDER LA DIVINA PROVIDENCIA? 1.º Nuestra primera pregunta será, pues, ésta ¿Qué significan las palabras citadas de la Sagrada Escritura referentes a la Providencia?

La pregunta ya fue asunto de largas meditaciones para SAN AGUSTÍN, y

no es posible, aún hoy, dar contestación mejor que la suya17.

La respuesta ha de ser, pues, ésta: Dios no procede con el mundo como el arquitecto con la casa que edificó; la casa ya terminada subsiste sin el arquitecto por sí sola; pero el mundo no podría subsistir ni un solo momento sin la actividad sustentadora de Dios.

Vemos este pensamiento expresado con frecuencia en los lienzos de los pintores: Dios está representado en la imagen de un anciano y sostiene en sus manos el globo terráqueo. Como es obvio, esta imagen brota de un modo de pensar demasiado humano; Dios no sostiene el mundo en su ma- no, pues no tiene manos, sino que con su voluntad creadora le da vida y se la conserva.

¿Qué entendemos, pues, por Providencia? Aquella actividad de Dios con que El conduce a las criaturas hacia los fines que les prescribió. Enten- dámoslo bien. Se trata del fin prescrito por Dios; éste es el fin que hemos de alcanzar, la Providencia nos ayuda a lograrlo y no nos conduce hacia fines que nosotros mismos nos habríamos imaginado con nuestro pensar a ras de tierra y dentro de estrechos horizontes: «Los pensamientos de Dios

no son vuestros pensamientos», dice el Señor (Is 55,8).

Quien entienda de esta suerte, en su recto sentido, la Providencia, no solamente no dudará de ella, sino que, con corazón humilde, la descubrirá a cada paso en su propia vida.

2.º «¡Es un verdadero milagro!», exclaman de vez en cuando los hombres, especialmente al librarse de circunstancias difíciles o si les toca un golpe de suerte inesperado.

Y, sin embargo, el milagro no es esto. No habrá quizá un hombre que, repasando con mente reflexiva y con fe viva los acontecimientos de su vida pasada, no exclame: «Es un verdadero milagro la forma con que el Señor me ha conducido a través de la vida.» Cuando en mi vida pasada me sucedió tal o cual cosa no podía, entonces, ni siquiera sospechar su fin; mas, ¡ved ahí con qué claridad distingo ahora lo que quiso Dios mediante aquellos acontecimientos! Repasando maduramente nuestra vida pasada veremos que la divina Providencia puso a veces en nuestro camino hom- bres de carácter difícil, a fin de que sus debilidades sirvieran de ocasión al robusto perfeccionamiento de nuestra alma.

Puso, por ejemplo, junto a mí a este hombre demasiado alegre; y lo hizo para moderar mi carácter, demasiado sombrío. A aquel otro, que todo lo critica, me lo mandó para decirme la verdad y educarme en el cono-

cimiento de mí mismo.

¿Y a éste que me quiere inducir al pecado? Para que no me fíe de mí mismo demasiado, para que vea cuán lejos estoy aún de lo que debiera ser. ¿Y a este otro, realmente insoportable? Para que me ejercite en el dominio de mí mismo.

¿Y a este vengativo? Para que me haga patente si sé perdonar con magnanimidad. ¿Y a este paralítico? Para que sienta gratitud por mi salud. ¿Y a este santo? Para que me avergüence...

Si nos acostumbrásemos a descubrir en cada hombre que encon- tramos por los caminos de la vida un mensajero de Dios; aún más, si nos acostumbrásemos a preguntar no sólo a propósito de los hombres, sino en todos los acontecimientos, en todos los dolores, en todas las desgracias: ¿qué quiere ahora Dios de mí? ¿Qué altar idolátrico quiere derribar en mi corazón? ¿De qué decepción quiere salvarme? ¿Qué inclinación peca- minosa quiere extirpar? ¿Qué nueva fuerza quiere despertar en mí?... Si nos lo preguntásemos entonces sentiríamos todos los días sobre nosotros la fuerza de la divina Providencia, y seríamos en verdad buenos cristianos, cristianos que saben besar en la prosperidad con el mismo calor que en medio de las desgracias, la mano del Padre celestial que nos guía invisi- blemente, y sabríamos repetir como PASCAL: «Señor mío, no eres menos

Dios cuando me pruebas y me castigas que cuando me consuelas y me muestras tu misericordia.»

3.° ¡Son admirables los caminos del Señor!

Algunas veces nuestra vida nos parece demasiado intrincada, como descabellada, nos ahoga el sentimiento abrumador de nuestra soledad. Todos se levantan contra nosotros, todo se conjura contra nosotros. ¡Qué bien si en estas ocasiones sabemos rezar: Creo en el Padre todopoderoso!

Aquel Dios que rige el universo entero, seguramente tendrá también su plan respecto de mí, aunque yo no lo vea. No lo veo ahora, pero algún

día llegaré a verlo.

¡Son admirables los caminos del Señor!

Cuando el hombre se siente arrastrado por la corriente de los aconte- cimientos diarios, fácilmente pierde de vista la mano orientadora de Dios. Pero al cabo de muchos años, quizá con la cabeza ya encanecida, des- cubrirá la paternal solicitud con que le guió siempre la divina Providencia.

Citaré tan sólo un ejemplo muy reciente. Cuando se desplomó el imperio ruso, explicaba sus lecciones en la Universidad de Moscú el re- nombrado profesor de cristalografía Artémjeff. Antes había sido profesor

auxiliar en San Petersburgo, después profesor en la Universidad Politéc- nica de Moscovia. En la revolución perdió toda su fortuna y tuvo que huir al extranjero.

¿Puedes imaginarte el estado de ánimo de aquel hombre que pierde su alto cargo en la universidad, su fortuna, su patria? ¿No tenía motivo para rebelarse? ¿No había causa más que suficiente para desesperarse?

Esto sucedía en 1917...

En el verano de 1929, en Viena, se postró Artémjeff ante el obispo en las gradas del altar para recibir de sus manos episcopales el sacramento del Orden. El que fue profesor en la Universidad de Moscovia, al tener que huir de su patria, se fue primero a Berlín, después a Viena, y allí conoció la religión católica, de la que acaso nunca habría oído hablar en su ambiente familiar, en el seno de la religión cismáticogriega...

Después de un largo proceso de maduro pensar y espiritual desarro- llo, se convirtió, en 1924, al catolicismo, y en 1929 recibió la ordenación sacerdotal... ¡Qué admirables son los caminos del Señor! «Mis pensamien-

tos no son vuestros pensamientos.»

Ved ahí, ésta podría ser la respuesta a la primera pregunta: ¿Cómo hemos de entender la divina Providencia?

Pero no es menos importante la segunda. II

¿CÓMO NO HEMOS DE ENTENDER LA PROVIDENCIA?

1.º No he citado aún las bellísimas palabras con que Cristo manifiesta la divina Providencia. Quiero ahora transcribirlas, porque no son tan sólo las más hermosas, sino también las que más controversias han levantado.

El hombre actual se queda sorprendido y no alcanza a comprenderlas cuando oye de labios de Jesucristo manifestaciones como éstas:

«No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis...

Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?...

Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen y florecen...

horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?...

Pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.» (Mt 6, 25.26.28.30.32.33).

Repito: cuando el hombre moderno oye cosas de esta índole, primero se queda asombrado. Pero ¿en dónde estamos? ¿En un mundo romántico? ¿En las nubes? ¿En el país de Canaán, donde fluye leche y miel, donde cuelgan de las ramas manzanas y racimos de oro?

¿No estamos, acaso, sin trabajo? ¿No vivimos hambrientos en el quinto piso de una casa de alquiler? ¿No pasamos la vida en medio de millones de hombres cuyo único pensamiento, cuyo único problema, preocupación y pegunta es: qué comeremos, cómo pagaremos el alquiler de la casa? ¿Cómo nos vestiremos? ¿Y, con todo, nos dice el Evangelio: No os preocupéis de todo esto?

Poco a poco. ¿Lo dice en realidad? ¡Qué lejos está de decirlo! Jesu- cristo quiere que hagamos todo lo posible de nuestra parte; pero que

confiemos, por la demás, en Dios. Si, trabajemos para mejorar nuestra

suerte, pero con la confianza puesta en la Providencia y con una fe arrai- gada; porque si no tenemos fe y confianza, decaerá también nuestro ánimo de trabajar y nuestra alma se nublará con una preocupación continua.

2.° ¿De manera que Jesucristo no es enemigo del trabajo diligente? Claro está que no lo es.

¿Cómo puede pensar nadie que Jesucristo, siempre activo, pregone una inactividad que espera la mesa puesta, o bien un fatalismo mahometa- no, que tiene por lema: «Será lo que ha de ser»?

Jesucristo no censura que trabajemos mucho para sustentarnos, pero si censura que perdamos nuestra confianza en Dios y estemos recelosos de su solicitud; no prohíbe que nos preocupemos del porvenir; tan sólo quiere que no seamos hombres de poca fe.

Como si dijera: Repruebo el que os llene por completo la preocu- pación terrena; pero no que os cuidéis de vuestras cosas y trabajéis con diligencia.

Más aún; ¿no he incluido esta súplica en el «Padrenuestro»:

«..danos hoy nuestro pan de cada día»...? ¿No escribe mi Apóstol: «Si alguien no tiene cuidado de los suyos, principalmente de sus familiares, ha renegado de la fe y es peor que un infiel» (1 Tim 5, 8). ¿Y no está en el

dres? Cuidaos de vosotros mismos, pero no seáis esclavos de vuestras preocupaciones.

Lucha, pero confía también. Trabaja; pero, trabajando, espera.

Pero ¿acaso esta fe en la Providencia no ahoga en el hombre el ánimo por trabajar? De ninguna manera. Es verdad que el Señor dio el maná a los israelitas que peregrinaban por el desierto —es decir, se cuidaba de ellos —, pero ellos tuvieron que recogerlo. Puso peces en las redes de los Após- toles —es decir, se cuidaba de ellos—, pero ellos tuvieron que sacarlos. A San Pablo le deparó admirables éxitos apostólicos, pero... ¡cuánto tuvo que sudar, trabajar y sufrir por ellos el Apóstol de las gentes!

Dios da la comida diaria a todos los pajaritos, pero no se la pone preparada en el nido, ha de trabajar el pajarillo volando para buscarla.

¿Acaso crees que el pez salta en el agua, que el pájaro vuela en el aire para servirnos a nosotros de distracción? De ninguna manera. Van en busca de su comida: trabajan.

Con esto se echa de ver cómo no hemos de entender la Providencia. No significa que no hayamos de trabajar. No significa que hayamos de esperar con las manos cruzadas el pollo asado, trinchado y servido.

3.° Aún más: sostengo que el pensamiento de la Providencia, el pen- samiento de que Dios sostiene el mundo con su continua actividad, no sólo no nos quita el ánimo de trabajar, sino que nos obliga directamente al

trabajo y a una actividad constante.

«Mi Padre obra incesantemente, y yo también trabajo» (Jn 5, 17). Si

estas palabras encierran la verdad —y es de advertir que brotan de labios de Jesucristo—, entonces el trabajo es deber santo del hombre, ya que el

hombre es la imagen de Dios.

Ved ahí como, gracias al ejemplo de Dios, se ennoblece el trabajo, que algunos llaman la maldición de la humanidad. ¿Por qué ha de trabajar el hombre? ¡Trabajar con sudores y fatigas! ¡Ah!, sí, son preguntas difíciles, y duras a las que no sabe contestar la filosofía que reniega de Dios.

¿Por qué ha de trabajar el hombre? ¿Y trabajar con tantas dificul- tades? Las flores se abren, se despliegan... y no trabajan. Los lirios se visten de pomposos mantos, no tejen, no hilan. Los pájaros encuentran su comida y tampoco trabajan.... cantan, revolotean, viven y son felices.

Sólo en la frente del hombre gotea el sudor del trabajo. Solamente la mano del hombre se encallece por la ruda faena. Únicamente el torso del

¿Y por qué todo esto? ¿Por qué? ¿Por qué ha de trabajar el hombre? Aquí tienes la respuesta: El hombre, también, con su constante trabajo muestra que es la imagen del Dios siempre activo. Desde que Dios puso al primer hombre «en el paraíso de delicias para que le cultivase y guarda-

se» (Gen 11, 15), el trabajo es un deber que se nos ha impuesto; pero si

tenemos en cuenta que con este trabajo nos hacemos semejantes al Dios siempre activo, entonces el trabajo se transformará para nosotros en distin- ción insigne y privilegio sublime del hombre.

El sudor del trabajo no perderá su amargura, la mano encallecida conservará su rudeza; pero el trabajador oirá las palabras del Señor: «¡Muy bien, siervo bueno y fiel!, porque has sido fiel en las cosas pequeñas, yo te confiaré muchas más, ven a participar del gozo de tu Señor» (Mt 25, 23).

Pregunto, pues: ¿La fe en la Providencia induce a esquivar el trabajo? Entonces, ¿cómo pudo escribir San Pablo a algunos cristianos tesalonicen- ses, perezosos y que pretendían se les diera todo hecho: «Porque nos he- mos enterado que hay entre vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A ésos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan» (2 Tes 3, 11-12).

Hay trabajo que es trabajo de esclavos: el de los que se afanan por ganar dinero y que no conocen a Dios; y hay trabajo que es como una misa: es el trabajo del cristiano. Si trabajo según la voluntad de Dios, entonces se transformará en altar mi escritorio, en altar la máquina de la fábrica, en altar la cocina del hogar, y en acto de culto el trabajo pesado, duro, que cansa y hace sudar.

No nos engañemos a nosotros mismos. Dios no exige de nosotros una hora cada domingo, sino que nos pide también los días de la semana. He de alabar a Dios no sólo en los ratos de oración, sino también cuando agarro las herramientas, cuando tomo el volante del autobús... He de alabarle no sólo con oraciones, sino también con el trabajo; así lo exige Él mismo al decir: «Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón y con

toda tu alma...» (Deut 6, 5; Mt 23, 37; Mc 12, 30; Lc 10, 27).

He de trabajar, siendo previsor, haciendo planes y cálculos, con mé- todo, con sistema... Providencia no significa pereza. Providencia no signi- fica estar brazos cruzados. Providencia no significa esperar con la boca abierta que me sirvan la comida.

La Providencia significa que he de hacer por mi parte cuanto sea necesario para tener de qué vivir, que he de aplicar los medios para ser

que he de planear, emprender, desarrollar toda mi actividad y habilidad..., pero mientras tanto y después de todo, he de rezar así: ¡Señor, he hecho cuanto ha estado a mi alcance; ahora te pido con humildad que Tú suplas lo que me falta, que me ayudes...!

Este es el recto sentido de la fe en la Providencia. * * *

Uno de los personajes más interesantes del Antiguo Testamento es el

anciano Tobías, cuya vida no puede leerse sin sentir una profunda emo-

ción. ¡Cómo trabaja, cómo se preocupa, cómo, aun exponiendo su propia vida, emprende arduos sacrificios por el bien de sus prójimos!... Y ¿cuál es, al parecer, su premio? Como si el mismo Dios le hubiese abandonado, siente el azote de la desgracia: justamente, en medio de su trabajo noble y caritativo, se queda ciego. Y recordemos la gran alabanza que le tributa la Sagrada Escritura: Ni en la desgracia volvió las espaldas a Dios..., «perma-

neció firme en el temor de Dios» (Tob 2, 14).

Permaneció fuerte aun en medio de las desgracias, porque creyó en Dios. Y, sin embargo, él solamente podía decir: «Creo en Dios»... Y yo ya puedo continuar... «Padre todopoderoso»...

Creo en mi Padre celestial. Es decir, tengo una convicción arraigada

de que detrás de todos los acontecimientos que me puedan suceder está la mano paternal que todo lo guía.

Creo en el Padre Providente. Es decir, tengo una convicción

arraigada de que la vida humana no es un absurdo, que tiene sentido; de que la muerte no es el final, sino un tránsito; que en la otra patria me espera mi Padre, el Padre que dijo de Sí que El es el Dios, no de los muertos, sino de los vivos.

Creo, Señor, que eres mi Padre, que cuidas de mí, que si no nos ayudases todo se pararía, dejaríamos de existir.

CAPÍTULO XIX

DIOS ES MI PADRE: HABLO CON ÉL CUANDO REZO

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