DE SAN IGNACIO
5. Camino de la mística
El reproche más repetido y más agrio de cuantos se han lanzado contra el magisterio espiritual de San Ignacio y contra sus Ejercicios, es sin duda alguna el de no enseñar los caminos de la mística. Semejante acusación toma más cuerpo y mayor calor en nuestros días en que la mística parece reinar, más que en las almas, en las plumas de los escritores, corriendo el gran peligro de convertirse en moda literaria lo que debería ser un jardín cerrado y una fuente sellada.
Ya en nuestras explicaciones anteriores hemos ido dejando caer notas y advertencias que por sí solas podrían aclarar esta delicada cuestión. Sin embargo creemos oportuno concentrar de nuevo la atención en ello tomando pie de la contemplación para alcanzar amor, verdadera llave y espléndido broche de los Ejercicios.
No se trata aquí del estado místico sobrenatural; que siendo como es don infuso, el Espíritu Santo lo da cuándo y cómo El quiere, sin la menor intervención ni de escritos ni de escritores. Aquí pega como anillo al dedo el dicho de San Pablo: “No es del que quiere, ni del que corre, sino don de la misericordia divina”[64]. Tomamos la palabra mística en sentido lato y nos referimos al explicarla, a las disposiciones espirituales que suele exigir Dios de nosotros como preparación de sus caminos. Nuestro propósito es dar una explicación cumplida de este problema que satisfaga a los hombres rectos y de buena voluntad.
Ante todo, no hay santo alguno ni escritor consciente de las cosas de la santidad, que no afirme que la mejor preparación para los dones de Dios más elevados en los caminos del espíritu, es una fuerte ascesis de perfección evangélica; y en este terreno, el de San Ignacio no solamente puede sostener la comparación con cualquier método de vida espiritual, sino que puede provocarla confiada y ventajosamente.
La misma acusación que estamos refutando, es una confesión implícita de la verdad de lo que acabamos de escribir; pues dicen los acusadores que los Ejercicios son poco místicos por ser excesivamente ascéticos, y sabido es de todos que la ascética ignaciana en sus elementos sobrenaturales, es la quintaesencia de la más alta perfección evangélica.
Si se trata de comprobar lo dicho con los hechos, no podemos ofrecer prueba más evidente que la vida misma de San Ignacio. En efecto, si de alguna persona puede afirmarse con verdad que ha recibido en sí la impresión perfecta y acabada de los Ejercicios, ésa es el Santo. Dicho con mayor propiedad aún; los Ejercicios son la imagen perfecta de su espíritu, son su misma vida interior. ¿Y no es cosa certísima que San Ignacio alcanzó un estado altísimo de contemplación mística, enriquecida con todos los otros dones extraordinarios que suelen acompañarla? Dígase lo mismo de los demás Santos y varones extraordinarios de la Compañía de Jesús, que no conocieron ni recibieron otra formación que la de los Ejercicios. Pasemos ahora a considerar otras razones más particulares.
Dicen todos que la contemplación adquirida es de suyo el camino más derecho y conveniente para llegar a la contemplación infusa (en cuanto una cosa natural puede ser proporcionada a una cosa sobrenatural); y que a su vez la oración de simplicidad es la puerta que abre paso a la contemplación adquirida. Siendo esto así, invito al discreto lector a que vuelva a leer lo que en el último artículo dijimos acerca de la contemplación constantemente enseñada y practicada en los Ejercicios, y lo escrito sobre la maravillosa aptitud que tiene el sistema de repeticiones, resúmenes y aplicación de sentidos para simplificar o purificar la mirada del alma y sus sentimientos, hasta llevarla a la verdadera contemplación.
La realidad, como allí mismo hemos declarado, es que, a pesar de tanto hablar y oír hablar del sistema de oración de San Ignacio, al fin de cuentas, de todas sus cosas es ésta tal vez la más desconocida. Sólo dos cosas nos quedan por mencionar. La primera es la cuarta adición, que es una de las leyes generales dadas por San Ignacio para todos los géneros de oración. Dice así: “En el punto en el qual hallare lo que quiero, ahí me reposaré sin tener ansia de pasar adelante hasta que me satisfaga” [76]. Las prisas en los Ejercicios, son cosa del todo desconocida para el Santo.
Si los puntos para la Oración y las horas de contemplación o los días enteros son o no demasiado tiempo empleado, es cosa que no entra para nada en las cuentas de San Ignacio, si todo ello lo cree necesario o conveniente para que el alma se haga dueña de las grandes verdades y de los grandes sentimientos.
La segunda cosa es el tercer punto de la aplicación de sentidos, donde nos ordena “oler y gustar con el olfato y con el gusto la infinita suavidad y dulzura de la divinidad, del ánima (de las personas sagradas) y de sus virtudes y de todo” [124]. No sabemos que el más profundo místico pueda señalar un camino más recto que éste para llegar al sentimiento íntimo de Dios.
En todos los Ejercicios se atiende a esto que venimos diciendo, pero entrados ya en la tercera y cuarta semanas, el fruto esencial que en ellas buscamos es asimilarnos por una verdadera transformación, los dolores [195] y las alegrías de Jesucristo [221], como lo hicimos con sus ideales en la segunda. Uno de los puntos de dichas semanas lo encamina San Ignacio directamente a la divinidad: en la pasión, viendo cómo la divinidad en cierto modo se esconde; y en la resurrección, cómo parece y se muestra de manera tan milagrosa por sus verdaderos y santísimos efectos [223]. Y por esta vía nos lleva a la contemplación de amor, que no es otra cosa que un abrir caminos por todas partes y en todas las cosas para ir derechamente a Dios.
La síntesis de la creación entera, que en el Principio y Fundamento después de larga y profunda consideración, ofrece a nuestra vista la esencia misma del orden que preside en todas las cosas, en la contemplación del amor se nos presenta de nuevo como la esencia pura del amor divino. Si del primer concepto fundamental brotaba la ley de la santidad de justicia llamada a imperar en todos los actos de nuestra vida, de este segundo sale otra ley, la de la santidad de amor, que penetra nuestro ser y todas las demás cosas, haciendo que
todo vuelva a Dios por pura caridad.
Quien penetre a fondo esta gran contemplación, mirará como la cosa más sencilla y casi por experiencia entenderá lo dicho por los místicos: de que Dios lo es todo en todas las cosas y que todas las cosas están en Dios. Por esto San Ignacio, tomándolo como una consecuencia salida de esta contemplación, nos dice que la santísima y divina voluntad, quiere que amemos a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Dios.
Notable en verdad es la tendencia mística puesta de manifiesto en el Directorio de Granada, anterior al Directorio oficial de 1591 y emparentado con el del P. Polanco. Quiere que lo primero y principal que se busque en todas las contemplaciones de la vida de Jesucristo, sea el conocimiento de Dios, y de sus atributos y perfecciones, y que este conocimiento sea experimental, y a poder ser, infuso. Estas son sus palabras: “El conocimiento práctico que por las tales meditaciones se alcanza, es de dos manera: el uno infuso de la mano de Dios, que es un vivo sentimiento de las cosas meditadas, acompañado de mucha consolación; y por otras palabras, es un conoscimiento experimental y affectivo que infunde Dios, cuando quiere, a los que están aparejados; el otro es adquirido, de ponderación, estima y juicio de las cosas meditadas. El l.º es el que primera y principalmente se ha de pretender, pero si Dios no se lo diere, ha de insistir con su trabajo y industria, y con el favor de Dios, en el 2.º, ponderando, estimando y juzgando las cosas meditadas, a fin de tener y estimar y amar en lo que es razón”[65].
Es cosa, pues, del todo evidente, que los Ejercicios de San Ignacio no sólo no se oponen en nada a la vida mística, sino que por el contrario abren sus puertas a todos los que a ella son llamados.
Confirmación autorizadísima de cuanto acabarnos de decir y la mejor conclusión de este nuestro comentario, son las palabras, del Padre Santo Pío XI al cardenal Dubois, arzobispo de París, con motivo de la semana de Ejercicios de Versalles (abril de 1929): “Los Ejercicios de San Ignacio han contribuido con muy particular eficacia, a la ascensión espiritual de las almas, a las cuales han guiado a las cumbres de la santidad y del amor divino por el camino de la abnegación y de la victoria sobre las pasiones, sin exponerlas a las ilusiones sutiles del orgullo”.
Parte segunda