DE SAN IGNACIO
3. Método general
de la oración ignaciana
San Ignacio, sin género de duda, es metódico, como lo fueron en todos los tiempos los grandes hombres que pusieron la mira en un fin trascendente. Siendo, pues, la oración el acto central de sus Ejercicios, también ella tendrá su método; es decir, dispondrá de un conjunto de medios ordenados a conseguir el fin que se propone. Desterrada ya del método ignaciano toda clase de estrechez material, mecánica o supersticiosa, pasemos ahora a exponer con claridad su organización. Cada hora de oración tiene señaladas en los Ejercicios ocho partes bien distintas, a saber: preparación, oración preparatoria, preámbulos, puntos, desarrollo de la oración, coloquio, plegaria y por último examen de la oración. Cuatro palabras sobre cada una de ellas.
1.a PREPARACIÓN. — Todos saben que para asegurar y hacer bien la oración son necesarias dos clases de preparación, remota una y próxima la otra. La primera consiste en la guarda continua del recogimiento del espíritu y la segunda suele ser alguna práctica dirigida inmediatamente a la oración. No se crea que las palabras remota y próxima indiquen grados diferentes de importancia, porque si a esto atendemos, deberíamos decir, siguiendo el espíritu de San Ignacio, que la remota es cosa más substancial y por eso
mismo más necesaria que la próxima; porque en sentir del Santo la preparación remota encierra en sí esencialmente dos elementos que son nada menos que el fundamento subjetivo de todos los Ejercicios; a saber: el deseo intenso de adelantar cuanto sea posible y la actividad diligente, viva y universal de todas las facultades ocupadas en alcanzar los fines propuestos. Concebidas así las cosas, el recogimiento habitual es claramente, o una condición o un medio aptísimo de la actividad espiritual, y nadie dudará de que semejante punto de vista es más fundamental que lo que suele leerse en muchos de los tratados de la oración. Expuestos ya y por separado estos dos puntos, nada nos queda por decir acerca de la preparación remota.
Por preparación próxima se entiende las prácticas inmediatamente ordenadas a la oración y que San Ignacio propone en las tres primeras adiciones.
“La primera addición es, después de acostado, ya que me quiera dormir, por espacio de un Ave María pensar a la hora que me tengo de levantar, y a qué, resumiendo el exercicio que tengo de hacer” [73]. La práctica de esta adición es tan clara como sencilla y no necesita mayor explicación. Lo conveniente y necesario es penetrarse, al cumplirla, del espíritu que movió a San Ignacio a redactarla.
Este espíritu es aquella actuación viva del alma y aquel vehementísimo deseo de aprovechar, referido al fin propio de cada meditación y que verdaderamente es el alma de los Ejercicios. El Santo quiere que el hombre se duerma con esta hermosa disposición y a la vez con el propósito de continuarla y avivarla aún más al despertarse al día siguiente. No es ciertamente grande la eficacia de esta práctica si sólo se toma materialmente, pero practicada según el espíritu que la informa, es digna de la mayor consideración y estima.
La segunda adición dice así: “Quando me despertare, no dando lugar a unos pensamientos ni a otros, advertir luego a lo que voy a contemplar en el primer exercicio de la media noche” [74], y como ejemplo pone a continuación, los pensamientos que deben ocupar la mente en la primera meditación de la primera semana.
Por lo que dice aquí el Santo, se entiende muy bien lo que decíamos antes en la explicación de la primera adición; o sea, que ese traer a la memoria la meditación que he de hacer, es lo mismo que interesarse vivamente por el fruto que de ella quiero sacar, por eso encarga que se fomenten esos deseos, y se pongan ejemplos y consideraciones que los activen.
Este punto tan esencial lo recuerda en cada semana. En la primera los actos han de ser de vergüenza y confusión de mis pecados; en la segunda, deseos de “más conoscer el Verbo encarnado, para más le servir y seguir” [130]; en la tercera, “esforzándome mientras me levanto, y me visto, en entristecerme y dolerme de tanto dolor y de tanto padescer de Christo nuestro Señor” [206]; y en la cuarta por fin, “queriéndome affectar y alegrar de tanto gozo y alegría de Christo nuestro Señor” [229]. He aquí el fruto que en cada semana se desea sacar.
adiciones; a saber, acabar el día y comenzar el siguiente con un acto que mantenga vivo el espíritu; acto concerniente al fruto contenido en la meditación o contemplación que he de hacer, próximamente. ¿Puede idearse preparación más conveniente que ese mantener el alma encendida de continuo en el espíritu de la oración que he de hacer, preparación sacada, no de cosas accidentales, sino de la entraña misma del asunto que he de meditar? No nos maraville, pues, que San Ignacio conceda tanta importancia al exacto cumplimiento de semejantes prescripciones.
Esa segunda adición debe también cumplirse en las contemplaciones todas de entre día. “En todos los exercicios, dempto en el de la media noche y en el de la mañana se tomará el equivalente de la segunda addición de la manera que se sigue: luego en acordándome que es hora del exercicio que tengo de hacer, antes que me vaya, poniendo delante de mí adónde voy y delante de quién, resumiendo un poco el exercicio que tengo de hacer, y después haciendo la 3.c addición, entrace en el exercicio” [131].
La tercera adición dice así: “Un paso o dos antes del lugar donde tengo de contemplar o meditar, me pondré en pie por espacio de un Pater noster, alzado el entendimiento arriba, considerando cómo Dios nuestro Señor me mira, etc., y hacer una reverenda o humillación” [75]. Esta es la última preparación.
No conoce San Ignacio disposición mejor para comenzar la oración, que un acto de presencia de Dios, piadosísimo y acompañado de alguna manifestación interna y externa de reverencia y de humildad. El mismo comenzar, poniéndose el hombre en pie y fijo el pensamiento en Dios y juntando con esto el acto exterior y corporal de alguna reverencia, v. g. una genuflexión, aviva notablemente el sentimiento; y el mismo hacer todo esto uno o dos pasos delante del sitio destinado a orar, nos da la impresión de que nos hallamos en un lugar sagrado.
Estas industrias externas si van acompañadas de espíritu interior ayudan extraordinariamente a los sentimientos que son las verdaderas fuerzas de la oración.
2.a ORACIÓN PREPARATORIA. –– Una vez cumplida la tercera adición y puesta ya la persona en el sitio de la oración y en la debida postura, quiere San Ignacio que se comience por la que llama oración preparatoria, que “es pedir gracia a Dios nuestro Señor, para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad” [46]. Esta oración se hace siempre al comenzar cada ejercicio y es muy notable el cuidado con que lo recuerda San Ignacio sin darlo nunca por supuesto. Además no quiere que se mude nunca.
La petición que está en los preámbulos, se cambia cada semana y a las veces entre semana, pero la oración preparatoria ha de ser, según disposición suya, siempre la misma. Grande debe ser la importancia de la oración preparatoria cuando en tanto aprecio la tiene el Santo. Examinemos el caso.
En la petición está contenido siempre el fruto que San Ignacio busca en la meditación y que el ejercitante debe procurar. Más adelante diremos que la petición forma parte de los
preámbulos y por lo tanto quien la hace bien y con fervor, muestra ya desde un principio una excelente voluntad para lograr ese fruto que no se aparta de sus ojos durante todo el ejercicio.
Sucede algunas veces, como luego explicaremos, que en el término de la oración, ve San Ignacio al ejercitante preparado para más de lo que le había propuesto en la petición del preámbulo, y entonces le hace pedir en el coloquio ese nuevo fruto que se le presenta. Queda, pues, bien sentado, que las peticiones de los Ejercicios contienen siempre un fruto esencial que hay que conseguir.
San Ignacio ya en el Principio y Fundamento, como quien dice en la fachada misma de los Ejercicios, dió a conocer claramente la disposición perfecta que ha de tener quien sólo busca la voluntad de Dios en la disposición de su vida y demás cosas suyas particulares, en que consiste el verdadero fin de los Ejercicios. Sabe muy bien el Santo que por más que el Ejercitante salga del Principio y Fundamento convencido de la necesidad de esa disposición, no alcanzará ese grado de perfección considerando una vez aquella verdad fundamental, sino que más adelante lo obtendrá como fruto precioso de los siguientes ejercicios.
Por esta razón quiere que el Ejercitante renueve al comenzar cada una de las meditaciones y de la manera más intensa posible ese ideal, acompañando esa renovación o recuerdo con un acto fervoroso de adhesión a él y poniendo en ello las fuerzas todas de su voluntad. Esto en una palabra es la oración preparatoria.
En ella pedimos gracia a Dios para que todas nuestras intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de la divina majestad [46]. ¿No es esto un perfecto resumen del Principio y Fundamento y una como fórmula expresiva y práctica para hacerlo real y efectivo? De gran eficacia es sin duda alguna, ese renovar al comienzo de cada ejercicio tan hermosa voluntad, ofreciéndola al Señor como prueba inequívoca de que en la oración no buscamos más que su gloria; y medio también seguro para obtener el fruto esencial y total de los Ejercicios, es aquel pedir a Dios constantemente y cinco veces cada día durante ellos, las gracias necesarias.
3.a PREAMBULOS. — Es tan claro el sentido de la palabra que no necesita explicación. San Ignacio pone siempre dos preámbulos que se llaman composición de lugar y petición; cuando la materia de la meditación son hechos acaecidos, pone por delante un tercero que se llama historia.
La historia. — Este preámbulo tiene por fin recordar al comienzo de la oración, el hecho
o hechos que se han de contemplar. San Ignacio en su libro recuerda estos hechos con muy pocas palabras, pero no es contra su mente acudir en busca de ellos al mismo texto evangélico, como se deja ver en la segunda anotación en la que manda al Director “narrar fielmente la historia de la tal contemplación o meditación, discurriendo solamente por los puntos con breve o sumaria declaración” [2]. Cierto que en ninguna parte encontraremos mayor fidelidad que en el texto evangélico.
Notemos que San Ignacio, en la lista que hace al fin de su libro, de los misterios de la vida de nuestro Señor dividiéndolos en puntos para la meditación, no se olvida nunca de citar las fuentes de donde los toma, como convidándonos a acudir a ellas. Sabido es que la lectura devota del texto evangélico posee una fuerza singularísima, que toma más cuerpo cuando aquella tiene lugar en la misma entrada de la contemplación.
La composición de lugar. — Este es el segundo preámbulo y no es más que una
representación imaginaria del lugar en donde se desarrolla la escena que contemplamos. Su fin es doble: primero procurar que la imaginación y las otras potencias del hombre se entreguen totalmente a la gran obra de emplear una hora en la contemplación, y segundo esforzarse en reconstruir el misterio lo más vivamente posible.
Grande debió ser la facilidad de San Ignacio para poder representar con su imaginación y con toda clase de pormenores las cosas y parajes que había visto directamente o en los libros; siendo notable su complacencia en repetiros el modo como se debe poner en práctica este preámbulo.
¿Se trata, por ejemplo, de un camino? Pues en tal caso con la vista imaginativa se ha de ver su longura, su anchura, y si llano o si por valles o cuestas se el tal camino [112]. ¿Es una habitación? Entonces siente devoción fijándose en la disposición de sus partes, en la situación y en las dimensiones, etc. [103, 112]. Ya insinuamos en otro lugar la poderosa ayuda que para la contemplación puede ofrecernos la riqueza arqueológica, geográfica e histórica que nos proporcionan con sus escritos los modernos comentaristas del Santo Evangelio. Por su parte San Ignacio reconstruyo para sí lo principal de los santos lugares con la lectura de la vida de nuestro Señor y con los conocimientos adquiridos en su viaje a Tierra Santa.
Una cosa hemos de advertir en esta materia: que este es uno de los puntos que más dependen de las condiciones personales del que contempla, pues lo que para unos es ayuda verdadera y un descanso, para otros es un estorbo y hasta un martirio. Los medios para el fin, y lo que aquí se propone no pasa de la categoría de medio. Hay, pues, que usarlo siguiendo la regla ignaciana del “tanto, quanto” [23].
La petición. — Preámbulo tercero que no debe mirarse como algo accidental o
dependiente de la disposición personal, sino que debe ser tenido como parte esencial del ejercicio, y de una trascendencia tal en la trabazón de los fines propuestos, que no sufre modificación alguna.
San Ignacio anuncia siempre la petición con un tono absoluto “lo que quiero”, en el que algunos han querido oír el eco de la voz del capitán que manda, o el ruido y sonido de las espuelas del caballero, de paso firme y decidido.
Aparte de semejantes imágenes pintorescas, esa frase rotunda “lo que quiero”, nos manifiesta bien a las claras que en la petición se encierra toda la esencia; es decir, el fruto que del ejercicio se ha de sacar y la convicción de que el alcanzarlo depende, después de
la gracia de Dios, de la decisión de una voluntad resuelta, que sea declaración explícita de aquel deseo de adelantar todo lo posible [20] y repetición confirmativa del “quiero y deseo y es mi determinación deliberada” [98]. Aquí, pues, conviene echar mano de todas las fuerzas espirituales; pues, como ya dijimos, la primera y segunda adiciones tienen por fin principal decidir y enardecer la voluntad para este momento.
No es éste un acto aislado de la voluntad, sino una oración hecha a Dios como lo indica el nombre mismo de preámbulo; ni tampoco se trata aquí de voces militares de piando u otras señales por el estilo; sino de ruegos fervorosísimos en los que ponemos de nuestra cosecha cuanto tenemos para obligar amorosamente al Señor a que fecunde con su gracia nuestra débil voluntad. Por eso, llevados de semejante deseo, nos hemos apartado de todos y de todo y hemos entrado en Ejercicios.
Este fruto que va encerrado en la petición y que con toda el alma deseo y con toda humildad pido, es uno de los anillos esenciales de la cadena que me ha de unir con mi Dios, o una fibra vital de mi santidad; por lo tanto he de rogar y permanecer constante en mis súplicas hasta que sienta mi espíritu embelesado con él y a Dios amoroso y propicio para oír mis plegarias.
4.a LOS PUNTOS. –– Comparado el lenguaje que emplea San Ignacio en el texto de los Ejercicios con el que usa en el catálogo que traza de los misterios de la vida de nuestro Señor y que va al final del libro, se ve que para él hay dos clases de puntos de meditación o contemplación: unos, por decirlo así, materiales, que dividen el terna que se medita o contempla, y otros formales, o sea consideraciones o puntos de vista aplicables a la materia de la oración. Así, por ejemplo, en el catálogo de los misterios, la contemplación del Nacimiento está dividida en tres puntos materiales que son: viaje de Nazaret a Belén, nacimiento del Niño Jesús y cántico de los ángeles. Dentro del texto, se propone la misma materia conforme a los tres puntos formales de personas, palabras y obras. Claro es que lo propio de los puntos formales puede aplicarse sin dificultad a los puntos materiales. A estos últimos, alguna vez los llama San Ignacio, partes y aun partes principales [118, 227].
San Ignacio divide la meditación en puntos para que el Ejercitante no divague ni se desoriente y encuentre mayor facilidad en el curso de la meditación; por eso aconseja qué en la preparación de la oración cada uno se trace el plan de la misma; atendidas la materia y sus disposiciones personales [228]. En lo que nunca pensó San Ignacio fué en dar una especie de valor supersticioso a semejante división en puntos, ora venga dada ésta en el libro, ora se la haya compuesto a su gusto el Ejercitante.
Por eso dice que “dado que en todas las contemplaciones se dieron tantos punctos por número cierto, así como tres o cinco, etc., la persona que contempla puede poner más o menos punctos, según que mejor se hallare” [228]. Con el mismo criterio que aquí, dió antes facultad para dividir los misterios en mayor o menor número de contemplaciones, y también para alargar o acortar las mismas semanas según sea la disposición interior del Ejercitante [4].
Conviene fijarse en el principio sólido e invariable de donde se toman estas reglas. Cuando se trata de conseguir el fin principal de un asunto o negocio todo lo demás se subordina a este intento. ¿Hemos alcanzado ya lo que buscábamos? Pues adelante. ¿No? Pues haya pasado o no el tiempo destinado para ello, se debe alargar éste e insistir todo lo posible. Con frase corta y práctica nos lo dice San Ignacio: “buscar lo que quiero” [76].
Referente al Ejercitante, a tres cosas atiende mucho el Santo: a la capacidad natural de éste, a su fervor y a las dificultades externas que el enemigo le pone.
Esto es ser hombre práctico y saber acomodar las cosas a las personas y no las personas a las cosas.
5.a EL CURSO DE LA ORACIÓN. –– Aquí nos sale al paso la adición cuarta que regula lo que podríamos llamar el curso de la oración. Dice así: “Entrar en la contemplación quándo de rodillas, quándo postrado en tierra, quándo supino rostro arriba, quándo asentado, quándo en pie, andando siempre a buscar lo que quiero. En dos cosas advertiremos: la primera es que si hallo lo que quiero de rodillas, no pasaré adelante, y si postrado, asimismo, etc.; la 2.c, en el punto en el qual hallare lo que quiero, ahí me reposaré, sin tener ansia de pasar adelante hasta que me satisfaga” [76]. Como se ve es una norma directiva. La postura del cuerpo puede variar, procurando que sea siempre reverente. Lo más frecuente es estar de rodillas y las otras son extraordinarias, mirando unas a la mayor reverencia, como el estar postrado en tierra, y otras al descanso, como el estar sentado. Todas ellas son solamente un medio del que se usa si ayuda para la oración y del que se prescinde si la estorba.
Con esta adición San Ignacio quiere quitarle al Ejercitante la congoja de pensar en