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DE SAN IGNACIO

4. Maneras de oración

Al hablar de la oración ignaciana, no se suele citar más que la meditación o ejercicio de las tres potencias, como si ésta fuese la única forma enseñada en el libro de los Ejercicios, o por lo menos la más común y aún la peculiar suya. He aquí un caso de rutina humana tan fácil de adquirir como difícil de dejar, una vez que haya pasado a ser como un proverbio en el común hablar de las gentes. Triste cosa es tener siempre delante de los ojos un librito como el de los Ejercicios, donde las cosas se dicen concisamente pero con la mayor claridad y sencillez posibles, leerlo y no percatarse uno de lo que lee. Porque lo cierto es que para desechar aquel prejuicio basta sólo saber leer.

Graves consecuencias ha traído semejante modo de proceder, común no sólo a los enemigos de San Ignacio, sino a muchos de sus amigos. La oración ignaciana ha sido combatida por insuficiente para la vida de las almas espirituales y aun como si fuera una rémora o estorbo; al mismo Santo se le quiere hacer pasar por enemigo de la contemplación y del todo incapaz para guiar un alma hasta las cumbres del estado místico, en lo que éste necesita de dirección humana.

Convencidos de que la tal confusión nace de no leer el libro atenta y reposadamente, para deshacer tan erradas interpretaciones enumeraremos en el presente capitulo las diferentes maneras de oración que en el libro de los Ejercicios nos enseña San Ignacio, haciendo de ellas un breve comentario sacado de sus mismas palabras. Vamos a seguirlas, una por una.

1.a MEDITACIÓN. –– Por este nombre se entiende la forma de orar mediante el uso de las tres potencias. Siempre que obramos como hombres, empleamos naturalmente las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad; y cuando hacemos esto mismo en la oración, aplicando ordenada y reflexivamente las sobredichas facultades a una materia o asunto conveniente y con un fin espiritual, hacemos lo que se dice meditación.

La materia de ella suelen ser algunas verdades abstractas, sin que esto quiera decir que las personas acostumbradas a orar no puedan tomar esas mismas verdades como asunto de contemplación. Por esto San Ignacio llama meditaciones a los ejercicios de la primera semana que versan sobre los pecados, al ejercicio de las banderas y al de los tres binarios.

Hablando San Ignacio de los sistemas de oración dice de ellos con mucha propiedad, que no hacen más “que dar forma y manera de orar. Aplicándolo al caso actual, nos hace saber que es un modo sobre manera apto para penetrar bien las verdades abstractas, emplear en ellas ordenada y reflexivamente la memoria para que nos recuerde las palabras o los hechos que las contienen, el entendimiento para que penetre en su sentido y en las razones de las mismas, y la voluntad para que mueva los afectos que de ellas naturalmente nacen y son más convenientes a nuestras almas, según sea el fruto que buscamos en aquella meditación.

Esto sin embargo no quiere decir que entre los actos de esas tres potencias haya de establecerse una como separación mecánica, pues claramente nos dice San Ignacio, que la voluntad, por ejemplo, aun antes de dar lugar a sus propios afectos, debe imponer los de la

memoria y los del entendimiento, ordenando con energía a estas dos facultades que cumplan bien con su oficio.

Afuera pues semejantes trabas mecánicas que frisan en superstición. Una verdad, bien clavada en la memoria, penetrada a fondo, bien sentida y aplicada a lo que cada uno necesita, es lo que todos entendemos y tenernos por meditación de San Ignacio.

En la meditación el acto de mayor importancia es lo que el Santo llama “mirar a mí mismo” [53], “comparar” [52] y más frecuentemente “reflectir” [106]. Esta es la hora precisa para excitar lo más vivamente posible el deseo de aquel “lo que quiero” [48].

Cuando la materia de la meditación la tiene el alma presentísima y el entendimiento goza de plena luz y la voluntad se halla como encendida, el fruto de la oración brota espontáneamente ante sus ojos y no hay que hacer más que cogerlo y apropiárselo. Esta situación es la más propicia para el coloquio y la plegaria. Este “reflectir” es lo que da a la meditación su carácter de oración práctica.

No olvidemos una cosa; que aunque San Ignacio aplique la meditación o ejercicio de las tres potencias a sólo las materias arriba enumeradas y que constituyen una parte pequeña de los Ejercicios, es indudable que todos los otros modos de oración que el Santo enseña, incluyendo aquí los mismos documentos de su libro, presentan ese mismo aspecto de eminentemente racionales, nota propia de la ascética ignaciana. Del “reflectir” podemos decir lo mismo: se le encuentra en la meditación lo mismo que en la contemplación; siempre y en todas partes.

2.a CONTEMPLACIÓN. –– Los ejercicios propuestos por San Ignacio, son en su mayoría contemplaciones y en esta clase se han de contar todas las horas de oración acerca de la vida, pasión y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, materia propia de las tres últimas semanas. Error, pues, manifiesto sería considerar la meditación como sistema único de oración ignaciana.

San Ignacio fué un gran contemplativo y cuantos se acostumbren a orar siguiendo el método de los Ejercios, adquirirán naturalmente el hábito de la contemplación. Entiéndase que aquí hablamos de la contemplación adquirida, o sea del hábito nacido del ejercicio de las facultades y no de la infusa que es don gratuito del Espíritu Santo. Llama San Ignacio materia de la contemplación a las cosas visibles; y por forma entiende el modo particular suyo de emplear nuestras facultades. Ambas cosas necesitan explicación. San Ignacio hace consistir la forma de la contemplación en los tres actos de “ver las personas” [106], “oír lo que hablan” [107] y “mirar lo que hacen” [108]; cuya tendencia intuitiva está a la vista y tiene este doble significado. Primero, referente a las cosas contempladas, quiere decir que éstas no se han de mirar como si estuvieran separadas de nosotros por distancias de lugar o de tiempo, sino que espiritualmente son algo actual y presente. Claramente lo dice San Ignacio en la contemplación del Nacimiento: “ver las personas, es a saber; ver a Nuestra Señora y a Joseph y a la ancila y al niño Jesús, después de ser nascido, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos en sus

necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia posible” [114]. No podía más claramente expresarse.

Segundo, por lo que hace, a los actos mismos, siguen éstos el curso de los sentidos y, como ellos, se fijan en las cosas y se detienen en ellas hasta quedar plenamente satisfechos. San Ignacio llama a estos actos: ver, oír, mirar, palabras todas ellas tomadas de los sentidos.

Esto sin embargo, no quiere decir que en la contemplación no tome su parte el discurso, mayormente en aquel reflectir que invariablemente acompaña a cada uno de los puntos. Oigámoslo del mismo San Ignacio en el segundo y tercer puntos de la contemplación del Nacimiento: “El 2.°: mirar, advertir; y contemplar lo que hablan; y reflictiendo en mí mismo, sacar algún provecho” [115]; “el 3.°: mirar y considerar lo que hacen, así como es el caminar y trabajar, para que el Señor sea nascido en suma pobreza y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí, después reflictiendo, sacar algún provecho espiritual” [116]. La mente de San Ignacio no puede estar más clara. El Santo no quiere que nuestra contemplación sea puramente especulativa, estética, sentimental ni golosa, antes práctica y, de una gran fuerza espiritual.

Dos palabras acerca de la materia de la contemplación. Esta consiste en las cosas visibles que pueden ser contempladas a la manera de las corporales; pero advirtiendo que la contemplación no termina en ellas, y que sería un gran error pensar lo contrario.

Los sentidos interiores abren el camino, del mismo modo que los exteriores son la vía natural para llegar al entendimiento; pero dado ya ese paso y caldeada e iluminada el alma con la contemplación sensible eleva su espiritual mirada a cosas más altas e independientes de toda materia.

“Conocimiento interno” [104] de Jesucristo pedimos en todas las contemplaciones de la segunda semana; y uno de los sentidos de esta petición es que ese conocimiento no se detenga hasta haber llegado al corazón y al alma misma del Salvador. De aquí se deduce que el conocer y contemplar los misterios exteriores de la vida del Señor, no es sino un medio o instrumento para penetrar en sus sentimientos o ideales. Sólo los ojos clarísimos del alma, iluminada por la gracia, pueden entrar tan adentro.

Esta mirada espiritual de que hablamos, es en la segunda semana fruto sacado de los puntos contemplados; pero en la tercera y cuarta pasa a ser materia esencial de la misma contemplación. Así en la tercera, a continuación de las personas, palabras y obras y del cuarto punto en el que hemos de considerar lo que Jesucristo padece en su Humanidad, viene el quinto que dice: “Considerar cómo la Divinidad se esconde, es a saber, cómo podría destruir a sus enemigos, y no lo hace, y cómo dexa padescer la sacratísima humanidad tan crudelísimamente” [196]. En la cuarta semana, el cuarto punto es “considerar cómo la Divinidad que parescía esconderse en la passión, paresce y se muestra agora tan miraculosamente en la santísima resurrección, por los verdaderos y

sanctísimos effectos della” [223]. El quinto punto “es mirar el officio de consolar, que Christo nuestro Señor trae, y comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros” [224]. Lo dicho nos revela cuán íntima y espiritual es la materia de la contemplación y qué fina vista necesita el alma para poder penetrarla.

3.a y 4.a REPETICIÓN Y RESUMEN. –– Estas dos formas cae oración convienen en un mismo concepto fundamental, que es el de emplear otra hora de oración más en las mismas materias ya meditadas o contempladas. Con todo cada una tiene sus notas propias, como muy bien lo entienden las almas dadas a la contemplación. La repetición, según San Ignacio, consiste en repasar los mismos puntos antes meditados “notando y haciendo pausa en los puntos que he sentido mayor consolación o desolación o mayor sentimiento espiritual” [62]. En el resumen “el entendimiento sin divagar discurra assiduamente por la reminiscencia de las cosas contempladas” [64]. Diríamos, pues, que la repetición va dirigida a reforzar el sentimiento, dejándole que se sacie en las fuentes ya abiertas, o haciéndole golpear de nuevo aquella roca dura que la primera vez tan obstinadamente se resistió.

El resumen tiende a dejar bien clavadas las ideas en el entendimiento y para ello somete al hombre a un ejercicio, fecundísimo en opinión de los psicólogos y que consiste en ir recogiendo cuidadosamente las reminiscencias de las cosas dejando que el alma vaya rumiándolas casi sin advertirlo. En conclusión, el resumen se ajusta más a la meditación que a la contemplación, y de hecho San Ignacio lo pone solamente en la primera semana, que no tiene más que meditaciones. La repetición es más propia de la contemplación y aunque también se haga en la primera semana se multiplica extraordinariamente en las tres restantes, donde todo es contemplación. Notamos, sin embargo, que, tanto el resumen como la repetición nos llevan ambos directamente y con la mayor eficacia a la oración de simplicidad: simplicidad, de ideas; y simplicidad de afectos o sentimientos.

5.a APLICACIÓN DE SENTIDOS. –– Es la forma de oración del último ejercicio que precede a la cena y cuya materia son los misterios contemplados y repetidos durante el día. “Traer los sentidos”, es en frase de San Ignacio, “el pasar de los cinco sentidos de la imaginación” por las contemplaciones ya hechas [121]. Antes de pasar a declarar prácticamente esta forma de oración valiéndonos, como es nuestra costumbre, de las palabras mismas del Santo, creemos necesario adelantar una exposición histórica sobre el modo como ha sido interpretada esta aplicación de sentidos. Ello ayudará para que se entienda mejor, y desvanecerá además muchas preocupaciones que el lector ha podido sacar de leer autores modernos excesivamente inclinados a la mística y enemigos o recelosos del sistema de oración enseñado por San Ignacio en sus Ejercicios.

El Directorio oficial de los Ejercicios dedica un capítulo especial a la aplicación de sentidos y en él dice lo siguiente: “El quinto ejercicio, que es aplicación de sentidos, es muy fácil y útil, imaginando que vemos las personas, y que oímos las palabras o el ruido si alguno hay; que tocamos o besamos los lugares o las personas, cosa que debe hacerse con gran reverencia, modestia y temor. El olfato, nuestro Padre San Ignacio lo aplica a oler la fragancia del alma por los dones de Dios, y el gusto, a saborear la dulzura; cada uno de los

cuales pide cierta presencia del objeto o de las personas que meditamos, acompañada de gusto y de tierno amor hacia ellos.”

“La aplicación de sentidos se distingue de la meditación, en que la meditación es más intelectual y se entretiene más en el discurso y es mucho más elevada; como que discurre por las causas de aquellos misterios y por los efectos, investigando en ellos los atributos de Dios, como son la sabiduría, caridad y demás. Pero la aplicación de sentidos no discurre, sino que sólo se detiene en aquellas cosas sensibles, mirando, oyendo y haciendo otros actos, en los cuales se goza con deleite y fruto espiritual.

“Dos son los provechos de la aplicación de sentidos: cuando el alma no puede contemplar cosas más profundas, deteniéndose en los sentidos se prepara poco a poco para elevarse a aquellas cosas más altas; o por el contrario, cuando el alma ya está muy llena de devoción por el conocimiento de aquellos misterios más altos, bajándose a estas cosas sensibles, por todas partes halla abundante pasto, consolación y fruto, debido a que la abundancia del amor hace apreciar en mucho las cosas más insignificantes (un simple movimiento de cabeza, por ejemplo), hallando en ellas materia de amor y consolación”[53]. Lo transcrito del Directorio de 1599, ya estaba en el primero, publicado en 1591 y enviado a las provincias de la Compañía para que se experimentase y se hiciesen sobre él las advertencias oportunas. En Nápoles hallaron dificultad en la comparación de la meditación con la aplicación de sentidos, donde se dice, que ésta es inferior a aquélla. “Parece, escriben de Nápoles, que nuestro Padre Ignacio siente de distinto modo; ya que habla de la aplicación de sentidos como si fuese una especie de contemplación; dice en efecto, en primer lugar en la tercera nota de la cuarta semana, que la aplicación de sentidos sirve para imprimir más fuerte en el alma las contemplaciones. Además de esto, quiere que del mirar, oír, etc., se saque siempre algún fruto reflictiendo en sí mismo, lo cual no puede hacerse sin discurso, y por tanto ya no interviene sólo el sentido. Por último se sirve de los sentidos del gusto y del olfato aplicados proporcionalmente a cosas espirituales, lo cual no puede hacerse con los sentidos mismos. Parece, pues, que nuestro Padre indica allí que la aplicación de sentidos es cosa más alta que el discurso de la meditación, y que, como se ha dicho, es una especie de contemplación, de la cual es propio estar fijo en el objeto que se contempla, gustando, oliendo, etc.”[54].

Estudiando los directorios escritos por diferentes Padres, bien para facilitar la composición del Directorio oficial, o como observaciones hechas a otros escritos sobre la misma materia, se nota en ellos cierta especie de temor respecto de la aplicación de sentidos. No se conforman con tenerla únicamente por un acto de la imaginación, que parece ser la mente del Directorio, y dicen que puede ser o imaginaria o intelectual, del modo que lo enseña San Buenaventura. Sobre la conveniencia de tomarla así, hay sin embargo diversidad de pareceres.

El P. Gil González Dávila se inclina por la parte negativa: “Aunque esta aplicación de sentidos (la intelectual), dice, puede practicarse y es aprobada por hombres espirituales;

vale más emplear la otra, que es más sencilla y clara. Las sutilezas en estas materias van mezcladas de curiosidad y engendran más bien aridez que afectos sólidos en el alma; cuanta más atención se pone en esas cosas, mas fruto se pierde de la meditación. Lo mismo se diga de los sentidos anagógicos, más aptos para predicar que para meditar; por lo cual mejor es evitarlos. Camino es éste más conforme a los Ejercicios de nuestro Padre Ignacio, los cuales, como sabemos, se apoyan siempre en cosas sólidas, como son las acciones, las personas y otras cosas parecidas”[55].

Complicada y difícil es la explicación citada de San Buenaventura, según la cual los sentidos espirituales obran por medio de las virtudes teologales. Más sencilla es la exhortación del proemio a la Vida de Jesucristo, que citan con las siguientes palabras tanto el P. Gil González Dávila como el Directorio oficial[56]: “Si quieres, dice San Buenaventura, sacar provecho de estas cosas, hazte presente a lo que se cuenta que hizo y dijo nuestro Señor Jesucristo, como si lo vieses con tus ojos y lo oyeses con tus oídos, con todo el interés y afecto de tu corazón, con gran detenimiento y complacencia, abandonando toda otra preocupación y cuidado.”

El editor de Monumenta hace constar, que Ludolfo de Sajonia, el Cartujano, probablemente leído por San Ignacio de Loyola, trae unas palabras parecidas a estas de San Buenaventura en el proemio de su Vida de Jesucristo. Tampoco tienen nada de complicado las siguientes del mismo P. Gil González Dávila: “Santo Tomás (ad Philip., 2.°, lect. 2.c) aplica estos sentidos al trato con el Verbo encarnado: ver su luz, oír su sabiduría, oler las gracias de su mansedumbre (trahe me post te, etc.), gustar la dulzura de su piedad, tocar su virtud para salvarnos”.

El P. Diego Mirón que en su primer Directorio, hecho, por encargo de la primera Congregación General, no se preocupa lo más mínimo de esta cuestión, dice claramente en su segundo, que el gusto y el olfato se han de aplicar por vía espiritual: “En la quinta contemplación de la segunda semana, en el punto tercero, que es la aplicación de los sentidos del olfato y del gusto, se ha de subir por encima de la imaginación, hasta la razón, considerando la suavidad y dulzura de los dones de Dios en el alma santa, que llenan nuestro olfato y gusto espiritual; la imaginación de los olores y sabores que perciben el gusto y el olfato corporales, podrá llevarnos al ejercicio de esos sentidos internos y mentales”[57].

El Directorio más cercano a los tiempos de San Ignacio es el del P. Polanco, escrito por los años 1573 a 1575, y en él nos habla de lo mismo que los Directorios siguientes admitiendo dos maneras de aplicación de sentidos: la imaginativa y la mental, dejando a la prudencia del Director explicar la una o la otra.

Estas son sus palabras: “El quinto ejercicio que es la aplicación de sentidos, o puede entenderse de los sentidos imaginativos (y así conviene en la meditación de los poco ejercitados para quienes principalmente se proponen estos ejercicios), o de los sentidos de

la razón superior o mentales, y así cuadran mejor a los proficientes y versados en la vida contemplativa. Entendida en la primera forma, ninguna dificultad hay en la mirada imaginaria de las personas con sus circunstancias, ni en oír las palabras que hablan, o que