PARA HACER LOS EJERCICIOS TÍPICOS
1. Disposición de la voluntad
Un buen principio, mayormente en las cosas morales, es condición y a la vez prenda segura de un feliz término. Semejante ley obliga aún más tratándose de los Ejercicios de San Ignacio; y por eso el Santo exige al que entra en ellos esos buenos comienzos, con el carácter de condición necesaria y aun esencial; porque si le faltara esto, sería lo mismo que querer levantar un edificio sin ponerle fundamentos. ¿Pero en qué está, en qué consiste esa tan hermosa entrada de Ejercicios? Pues en las disposiciones con que a ellos vamos, disposiciones adoptadas por nuestra libre voluntad y que vamos a examinar ahora mismo para no andar a obscuras en muchas de las cosas esenciales de los Ejercicios.
Cuál haya de ser la disposición de la voluntad del que comienza los que llamamos Ejercicios típicos de San Ignacio, el mismo Santo nos lo declara con una de sus expresiones gráficas, retrato fiel de su propia alma cuando él los comenzó en la Cueva de
Manresa: “que en todo lo posible desea aprovechar” [30]. No se trata aquí de una voluntad cualquiera “a la larga” como decía él, o al por mayor, como diríamos nosotros, sino de un acto consciente, bien meditado y enérgico, que él formulaba con esta expresión rotunda y férrea: “quiero y deseo y es mi determinación deliberada” [98].
¿Pero esto no es pedir demasiado y sin haber dado nada todavía? ¿No sería ya un santo por adelantado, el que gozara de la posesión de una voluntad y de una resolución tan preciosas? ¿Y qué les quedará por hacer a los Ejercicios, si en la misma entrada exigimos al ejercitante una voluntad y un deseo eficaz de toda perfección? Vamos pues a contestar a estas preguntas.
En verdad que es mucho lo que San Ignacio pide como preparación a los que han de hacer sus típicos Ejercicios y difícilmente habrá otro director tan exigente como él. De ello se dió perfecta cuenta el Santo y por eso dejó escrito, que son raros los hombres
—raris hominibus— a quienes se pueden dar los Ejercicios enteros. Pasemos pues a
examinar detenidamente ese tan importante acto de la voluntad, las causas que lo producen, sus efectos y el fin a donde lo dirige nuestro santo Director.
Para hacerlo con acierto, tomemos por modelo el caso mismo de la conversión de San Ignacio, que sin duda alguna le sirvió a él de guía en la total disposición o preparación de los Ejercicios.
Nos consta que los Ejercicios son obra de la experiencia y de la gracia divina. En Loyola, San Ignacio sintió en su alma ese golpe omnipotente de la gracia que paró en seco el curso de su vida, y como a otro Saulo en el camino de Damasco, le hincó de rodillas en tierra, clavada la mirada en el cielo y arrancando de sus labios estas soberanas palabras:
Domine, quid me vis facere?[26]. Señor, ¿qué queréis que haga?
Aquí tenemos ya aquella voluntad de adelantar cuanto sea posible; voluntad por otra parte, no fruto espontáneo del natural de Ignacio sino don de Dios y como estallido sobrenatural que a manera de chispa divina salta de improviso de aquel montón de pequeñas obras espirituales, de las lecturas en que estaba embebido, de los pensamientos encontrados a que estaba sometido y de la reflexión interna con que comparaba las experiencias de su mundana vida con las nuevamente adquiridas de un mundo espiritual desconocido para él hasta entonces.
Viva de verdad debió ser la iluminación que sobrecogió su alma como fulgor de rayo que cruza rapidísimo el cielo de parte a parte; pero pronto, enérgico y resuelto fue también el acto de voluntad con que respondió Ignacio al llamamiento a la santidad que le venía de su Dios; por eso desde este momento dichoso, jamás dudó ni vaciló puesto a escoger entre dos grados diferentes de perfección. Iba derecho a lo que él veía ser más elevado, y como su norma de discreción consistía por entero en su voluntad de vencer cuantos obstáculos se le pusieran delante, a ciegas se lanzaba a practicar las más grandes penitencias y sacrificios que hallaba en la lectura de las vidas de los santos.
Pero eso evidentemente no era la santidad buscada; ésta y los caminos para llegar a ella, estaban encerrados en la esperada respuesta de Dios a la pregunta de Ignacio: Señor, ¿qué queréis que haga? Y esa respuesta del cielo no venía. Ignacio sacrificó al Señor todas las cosas del mundo; dejó familia, dejó carrera y esperanzas; anduvo peregrinando el camino que le llevó al monasterio de Montserrat y allí se vistió de las nuevas armas de la milicia espiritual; pasó en Manresa meses y más meses entre penitencias, oraciones y continuas lágrimas, y con todo la respuesta de Dios no llegaba nunca; antes al contrario, se veía su pobre espíritu envuelto por una nube espesa de dudas, de escrúpulos y de turbaciones que lo arrastraban con gran fuerza a la desesperación. Hasta que al fin sonó en los oídos de su atribulada alma el esperado oráculo del cielo, que le inspiró los Ejercicios Espirituales y encerrado en ellos el medio más seguro para hallar “la voluntad divina en la disposición de su vida” [1]; medio no tan sólo para el entonces afligido Ignacio, sino universal y para cuantos conciban deseos de aprovechar en el camino de la santidad, cuanto sea posible.
Los Ejercicios de San Ignacio fueron concebidos sin duda alguna y dictados teniendo ante los ojos este gran ideal. En ellos no se escudriñan sistemas espirituales fáciles o difíciles ni se apuntan o tantean caminos más o menos llanos o pendientes; se va tan sólo en pos de la más pura doctrina de Jesucristo, de su imitación más perfecta y de conocer lo que sea mayor servicio y alabanza de su divina majestad; y todo ello, no en abstracto o de manera teórica, sino aplicándolo al caso concreto de mi vida para saber lo que Dios quiere de mí.
¿De qué nos serviría andar midiendo alturas de perfección, inquiriendo la voluntad del Padre celestial y metidos de lleno en la contemplación de los ejemplos de Jesucristo, si, llegado el caso de echar a andar nosotros, nos halláramos hasta sin voluntad para levantar los pies del suelo o hubiéramos de consultar todavía a esa misma voluntad si quería o no que nos levantáramos un palmo más de la tierra? Todo el mundo sabe, y por repetida experiencia, que las cosas no son las mismas vistas en teoría o llevadas a la práctica, y que cuando nos determinamos a cumplir con nuestros propósitos asoman muy pronto los desfallecimientos y debilidades de la voluntad, que llegan a las veces a asaltarla como una verdadera tempestad.
San Ignacio ni desconoce ni olvida lo que acabamos de decir, y en consecuencia, a medida que progresivamente desarrolla el plan de sus Ejercicios, vigoriza y excita poderosamente la voluntad, tratando de sostenerla y adelantarla en el noble propósito de darse de lleno a toda clase de perfección; son tan acertados y de tanta fuerza los medios ignacianos, que nada tiene de extraño que al amparo y con la ayuda de la gracia divina, lleguen a crear esa voluntad denodada y resuelta a todo, aun en aquellos que de ella carecían por completo en un principio.
El Santo sin embargo no cuenta con estas situaciones venturosas pero contingentes, y por eso sigue exigiendo como disposición previa y natural para entrar en Ejercicios, una voluntad resuelta a adelantar cuanto le sea posible.
fruto y cosecha de su propia experiencia. Primeramente, él sintió en su persona algo así como una segunda creación espiritual de su ser, obra sólo de la mano de Dios. Después advirtió que lo dejaban solo y abandonado a sus propios esfuerzos naturales, hasta que al fin los Ejercicios le dieron la posesión del medio seguro de saber aplicar la voluntad divina en la disposición de la propia vida. Semejante proceder ¿es ley ordinaria, o por lo menos muy frecuente en el camino de la perfección?
Considerando atentamente las vidas de los Santos que el Señor se ha dignado darnos a conocer, se descubre en ellas como caso bastante general, la siguiente trayectoria. Primeramente, Dios por su cuenta le da a la voluntad un empuje inicial y fortísimo hacia la santidad; y después la deja para que ella por su parte trabaje afanosamente entre dificultades, luchas e incertidumbres, hasta que alcance reposo, conocida ya la voluntad divina en todo lo concerniente a su propia perfección. Y para no citar más ejemplos, caso fácil porque abundan, volvamos de nuevo al caso de San Pablo. Dios lo derriba en el camino rindiéndolo con su gracia divina y cuando él pregunta con decisión: “Señor, ¿qué queréis que haga?”, el Señor le contesta: “Entra en la ciudad y allí te dirán lo que te conviene hacer”[27]. Antes de que Pablo llegue a ser el Apóstol de los gentiles, ha de gastar años en la soledad y en la meditación.
En la vida de la santidad, lo mismo que en la de la gracia, el primer paso adelante lo da Dios, los demás los damos nosotros con Dios o Dios con nosotros y en esta nuestra intervención se halla la principal dificultad. Muchos son los llamados y pocos los escogidos; muchos perciben el soplo del Espíritu, pero pocos saben de dónde viene y a dónde va; muchos comienzan a edificar y pocos llegan a terminar. Los falsos sistemas y los procedimientos confusos y falaces que concurren en la vida espiritual, suelen tener todos su origen en el período que media entre el primer llamamiento del Espíritu Santo y el conocimiento acabado y completo de “la voluntad divina en la disposición de su vida” [1].
¿Cuándo y cómo nace en nosotros el deseo ardiente y generoso de darnos totalmente a Dios? Ese deseo es sin género de duda uno de los mayores dones que nos pueden venir de Dios; y entre todos sus llamamientos, el principal y de mayor importancia es la vocación a la santidad. El Señor es completamente independiente en su obrar y no está sujeto a leyes ni a contingencias. Él solo conoce los caminos que sigue su gracia, pero no por esto nos prohíbe el ir humildemente en busca de sus huellas por las vías que recorre para dar con sus almas escogidas.
El buen Jesús durante su vida mortal, llamaba a las almas tomando ocasión de su misma manera de vivir; llama a la Samaritana cuando ésta va a la fuente y él está allí como esperando para beber; a Zaqueo cuando se encarama a lo más alto del árbol para ver mejor al Maestro cuando pase; a Mateo, embebido en el negocio que tiene montado en las puertas de la ciudad y en el punto mismo en que por esas puertas entra Jesús; a los apóstoles mientras pescan; al Buen Ladrón en el suplicio mismo de la cruz donde muere clavado allí por la Justicia. Y aun en el cielo donde ahora está, sigue Jesús con su mismo sistema de antes. Llama a San Pablo en medio del camino que lleva, ciego con el intento
de perseguir a los cristianos; a San Antonio Abad en el templo, por la lectura del Evangelio que está escuchando; al gran San Agustín cuando sus tristezas dan con él en tierra al pie de un árbol del jardín; y a San Ignacio cuando aburrido en Loyola de su larga convalecencia y sin otros libros con que distraerse toma en sus manos uno que trata de cosas de espíritu.
Diríase que Jesús a cada alma, y cuando más lejos está de pensarlo, le tiene señalada su hora; hora venturosa y trascendental. Una palabra que se oye al acaso, un desengaño que experimenta el alma, el contacto con otra alma llena de luz y que cual estrella fugaz cruza por delante de nuestros ojos en el preciso momento en que tal vez nos invade el tedio de vivir; una nonada que ni sabe os explicar; y hablando más en divino, en ausencia y sin el concurso de causas que nos sean conocidas; es lo cierto que en medio de ese conjunto de menudencias, el entendimiento es iluminado con luz pura del cielo y el sentimiento entrevé una vida totalmente divina y la voluntad la siente al impulso de un fuerza desconocida que la arrastra hacia Dios. Es Jesús que pasa y llama, y dichosa el alma que sabe responderle con decisión, Domine, quid me vis facere?[28]. “Señor, ¿qué queréis que haga?”
En momento tan solemne de la vida del hombre, por bienaventurada puede tenerse y por del todo feliz, el alma que halla un director como San Ignacio, quien conocedor de estos misterios la invita a tener “grande ánimo y liberalidad con su Criador y Señor, ofreciéndole todo su querer y libertad, para que su divina majestad, así de su persona como de todo lo que tiene, se sirva conforme a su santísima voluntad” [5]. Y más dichosa todavía la que por toda respuesta, entra alegre y animosa en Ejercicios para vencerse a sí misma y hallar la voluntad de Dios en la disposición de su vida y de todas sus cosas. De ésta sí que podemos decir que es suyo el reino de la santidad.
Cuando el que viene a hacer Ejercicios no ha recibido ese fuerte impulso de la gracia, y carece por lo tanto de la disposición que exige San Ignacio, ¿qué hay que hacer con él? Hay en los Ejercicios una parte que podemos considerarla como introducción y hecha de intento para adquirir esa preparación previa de que estamos hablando. Empieza esta parte por las “Anotaciones para tomar alguna inteligencia en los Ejercicios espirituales que se siguen y para ayudarse así el que los ha de dar como el que los ha de recibir” [1].
Sigue a continuación el “Principio y Fundamento”, grandiosa mirada de conjunto y del todo trascendental que culmina en aquel “solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados” [23]. Después y antes del primer ejercicio o meditación de la primera semana, se hallan también el “Examen particular” [24-31], el “Examen general” [32-34] y la “Confesión general con la comunión” [44].
Ocupado el ejercitante durante los días que se crea necesarios en meditar el Principio y Fundamento, en oír las explicaciones convenientes acerca del fin de los Ejercicios y la manera de hacerlos, expuesta en las Anotaciones, y aprendiendo prácticamente los exámenes de conciencia particular y general, habrá recibido una preparación admirable y
capaz de producir aquella voluntad general de adelantar cuanto le sea posible, que es al parecer la disposición que trata de producir el “Principio y Fundamento”.
Es innegable que San Ignacio exige alguna preparación en los que han de hacer sus Ejercicios, y está fuera de duda que las materias que acabamos de indicar y que constituyen lo que hemos llamado introducción, son muy suficientes para que el ejercitante adquiera la disposición de espíritu exigida por el Santo. Podemos pues concluir, que ellas son el medio ordinario y corriente que nos proporciona para adquirir aquella preparación, cuando Dios no la da por medio extraordinario, o para asegurarla y ponerla en acción cuando ya se posee. Con lo dicho se desvanece la dificultad de los que dicen que San Ignacio pide ya para empezar una disposición extraordinaria sin que dé los medios necesarios para adquirirla. Los da y esta parte de sus Ejercicios, además de admirable es enteramente esencial.
Los comentaristas o no han reparado en este punto de vista, o lo han pasado por alto; y eso nos obliga a confirmarlo con palabras del mismo Santo, que por cierto las hallamos y bien claras en el directorio que él dictó al P. Victoria.
Hablando del que entra en ejercicios sujeto a máximas y propósitos que desequilibran su espíritu y le impiden ser generoso para entregarse del todo a lo que sea voluntad de Dios, dice: “Conviene probar de ayudarlo, y para este fin sirve mucho tenerlo otros tres o cuatro días entretenido en la consideración del fundamento, y en el examen particular y general, y en conocimiento de cómo se peca de pensamiento, obra y palabra, para que así vaya madurando”[29].
Del mismo modo se deshace la dificultad que apuntábamos arriba cuando decíamos ¿no sería ya un santo aquel cuya voluntad estuviera decidida a perfeccionarse en todo lo posible? De ninguna manera, porque éste ha dado si el primer paso en el camino de la santidad, pero hasta que llegue a ver con claridad y certeza cuál sea la voluntad de Dios en la disposición de su propia vida y en las demás cosas particulares de la misma, siguiendo las normas dadas por Jesucristo, le queda por andar un camino harto difícil y muy expuesto a engaños.
Y respondamos ya a la tercera pregunta sobre lo que le queda por hacer a San Ignacio con aquellas personas que están ya decididas a adelantar todo lo que sea posible. Pues sencillamente, de cuenta suya es lo que el mismo título de los Ejercicios dice, a saber: enseñar al hombre a “vencerse a sí mismo y ordenar, su vida sin determinarse por afección alguna que desordenada sea” [21]; o lo que añade en la primera de las Anotaciones: “Preparar y disponer el ánima, para quitar de sí todas las afecciones desordenadas y después de quitadas para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima” [1]. Esto es precisamente lo que él mismo, acuciado por los deseos de perfección, buscaba en Manresa sin poderlo encontrar, y lo que le hacía exclamar: “Señor, dadme quien me guíe, que aunque no sea sino un perrillo, yo lo seguiré para hallaros a vos”. Asunto es pues de gran importancia y tarea difícil la que ha de llevar
a cabo San Ignacio en sus Ejercicios. Quien entre en ellos deseoso de aprovechar todo lo posible y se deje llevar como por la mano del gran Maestro, no solamente llegará a conocer cuál sea la voluntad de Dios respecto de su vida, sino que además se posesionará de la verdadera doctrina de la santidad, de la única enseñada por nuestro Señor Jesucristo.
Pero ¿qué importancia atribuye San Ignacio y en cuánto estima la necesidad de este deseo inicial de la santidad? En la quinta Anotación dice que “mucho aprovecha” [5], y de la misma frase se sirve el Santo en el Examen cuando al que pretende entrar en la Compañía, le pide deseos de imitar perfectamente a Jesucristo; añadiendo, que si de momento carece de ellos, procure tener al menos deseo de tenerlos, y con esto último se da por satisfecho, confiando en que ya los alcanzará más adelante. La misma doctrina puede aplicarse sin duda alguna al caso de que tratamos. Y para poner del todo en claro la solución dada, queremos proponer la tal dificultad con toda la fuerza que ella tiene. Si alguno entrara en Ejercicios sin la disposición mencionada, ¿sacaría fruto de ellos? Toda obra buena produce su fruto, pero la pregunta que hacemos se refiere directamente al que San Ignacio se propone sacar. Responderemos distinguiendo.
Si el ejercitante entrara sin esa disposición, pero careciendo a su vez de otras positivamente contrarias a la que pide San Ignacio, podría conseguir el fruto de los Ejercicios; pues no sería extraño que en algún punto de ellos y debido a los buenos actos