DE SAN IGNACIO
1. Carácter central de la oración en los Ejercicios
DE SAN IGNACIO
La palabra ejercicios, la aplica ciertamente San Ignacio a diversas operaciones espirituales, pero no cabe la menor duda que en su mente y propósito la refiere de una manera especial y con preferencia a la hora de oración mental donde el alma tiene ocupadas todas sus facultades en la íntima comunicación con Dios. El mismo encabezar cada meditación, contemplación, repetición y aplicaciones de sentidos con el consabido título de ejercicio, nos está indicando claramente, que la oración es entre todos el principal. Y así vemos que ésta se lleva las mejores horas del día y que los otros ejercicios se refieren a ella mediata o inmediatamente como secundarios.
No es invención de San Ignacio el considerar la oración como un medio para adquirir la santidad, puesto que por tal la tuvieron todos los Santos y así nos lo enseñó nuestro Señor Jesucristo y lo recomienda la Santa Iglesia. Lo que en esta materia le pertenece a San Ignacio como propio, puede reducirse a los cuatro puntos siguientes: primero, el carácter central de la oración; segundo, su carácter práctico; tercero, el método; y cuarto, las diversas y variadas formas de oración. Digamos algo de cada uno de ellos.
1. Carácter central de la oración en los Ejercicios
Comenzando por la importancia extraordinaria que San Ignacio atribuye a la oración, conviene fijarse en las dos clases de escritos bien diferentes entre sí que el libro de los Ejercicios contiene: los de la primera clase llevan por título, ejercicio; los de la segunda o carecen de nombre propio o lo tienen muy variado, como anotación, adición, nota, preámbulo, regla, etc., reunidos todos ellos bajo la denominación común de documentos. Ejercicios y documentos, aunque en la forma diferentes, van todos ordenados al mismo fin, y debido a esto, las ideas, los sentimientos y los propósitos se encuentran lo mismo en unos que en otros coincidiendo siempre en ayudar al Ejercitante, para que éste trabaje, por decirlo así, con las dos manos, camine con ambos pies y vuele con dos alas, siguiendo un ideal único y poniendo un esfuerzo total.
El ejercicio se presenta en forma de oración bajo sus diversas modalidades de meditación, contemplación, etc., al paso que el documento se da en forma de doctrina. A las veces esta doctrina viene a ser materia de la oración como acontece en el Principio y Fundamento; y también lo que se medita en aquélla, toma forma y consistencia de documento como puede verse en las elecciones.
Cierto que San Ignacio no tuvo la intención de darnos un cuerpo acabado de doctrina ni un sistema intelectualmente construido, pero aun sin pretenderlo, su libro es una rica y abundante mina de donde pueden sacarse cuantos elementos son necesarios para la formación de una teoría y de un sistema. La experiencia misma nos dice, que los espíritus mejor cultivados y más selectos pican en ese precioso cebo y que cuanto más ahondan en la entraña de los Ejercicios; descubren en ellos mayores resplandores de genio, intuiciones más profundas, trabazón entre contemplaciones y documentos más estrecha y una exactitud tal en cada frase y en cada palabra ignacianas, que los arrastra y medio obliga a emprender una exégesis del libro cada vez más auténtica y más profunda:
Siendo esto así, fácilmente se comprende que quien ha hecho los Ejercicios, se sienta fuertemente inclinado a estudiarlos. Notemos bien la diferencia entre lo uno y lo otro.
Hacer los ejercicios, es primaria y principalmente experimentar en sí propio a fuerza de
oración, la eficacia de las verdades enseñadas por San Ignacio en orden a “vencer a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por affección alguna que desordenada sea” [21]. En cambio, estudiar los Ejercicios, es tratar de entender bien el libro de San Ignacio, o darse cuenta perfecta de los cambios y transformaciones que producen en las almas, coligiéndolo de la reflexión introspectiva sobre sí mismo o del análisis psicológico de los demás.
La ciencia y la experiencia de los Ejercicios pueden prestarse mutua y preciosa ayuda; pero también es posible, y esto sería muy de lamentar, que la ciencia perjudique a la experiencia, que el estudio sea un estorbo para la oración y que se llegue a confundir con la vida de la santidad, la teoría sobre la misma. Peligro éste que dejamos ya apuntado en el primer capítulo.
San Ignacio quiere “preparar y disponer el ánima para quitar de sí todas las afecciones desordenadas, y después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima” [1]; y esto, quiere hacerlo, no tan sólo
pensarlo; quiere hacerlo mediante ejercidos espirituales, o sea, con “todo modo de examinar
la consciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mental, y de otras spirituales operaciones” [1].
“Vencer a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por affección alguna que desordenada sea” [21] es el fin de los Ejercicios; y esto se ha de alcanzar con la oración y la contemplación de las grandes verdades, continuando en ellas hasta tanto que la luz divina ilustre el entendimiento, la voluntad se vea movida a darse enteramente a Dios y las afecciones queden ordenadas con los sentimientos espirituales. “Vale más sentir la
compunción que saber su definición”, dijo el Kempis, y con igual razón podemos añadir nosotros, que vale más experimentar la eficacia de los Ejercicios mediante la práctica de la vida de santidad, que saber explicar ésta teóricamente con gran copla de ciencia teológica, mística y psicológica.
Lo dicho nos pone ya ante un punto verdaderamente esencial, característicamente ignaciano y digno por lo tanto de que lo rodeemos de toda clase de ponderaciones; es la necesidad y eficacia de la oración.
Si la maravillosa estructura de los Ejercicios se viera desprovista de la fuerza de vida que le comunica la oración, sería, sí, una máquina perfecta, pero por desgracia completamente muerta. Cualquiera verdad puede ser muy elevada y ofrecérsenos a la vista con la mayor claridad posible, pero si mediante la oración no la entendemos, saboreamos y convertimos en substancia propia, no es más que un plato de mesa muy bien presentado. El arte de la santidad que encierran en sí los Ejercicios, por mucho que los estudien y contemplen las potencias de nuestra alma, se queda en puro y estéril arte, si la oración no lo convierte en verdadera santidad personal. Aun añadimos más y decimos, que sólo los que han experimentado en sí la fuerza vital de la oración, están capacitados para entender aun especulativamente los Ejercicios, si se trata de toda su perfección.
De muy diferente manera penetra en nuestras almas una misma verdad, bien sea del orden natural o pertenezca a la revelación divina, según que la tomemos como materia de estudio o tema de oración, porque en esta última la luz resplandece con mayor claridad, las mociones de la voluntad son más fuertes, y más íntimos y espirituales los sentimientos.
Muy bien conocido tenía todo esto San Ignacio por experiencia propia, y por eso quiere que todas las verdades de los Ejercicios las entendamos, las aceptemos y las apliquemos a nuestra propia persona, en la quietud y reposo de la oración. En nuestros días se habla mucho de las ideas-fuerza. Sépase pues, que la oración es el mejor laboratorio para todas esas combinaciones espirituales entre el pensamiento y la acción, entre la luz y la fuerza; y que la oración ignaciana conoce perfectamente los secretos todos de esa síntesis misteriosa, como tendremos ocasión de verlo en el párrafo siguiente.