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El cuarto día de la segunda semana es de una importancia capital por las dos cosas absolutamente necesarias que San Ignacio pretende sacar de él. Es la primera, un conocimiento de la verdadera doctrina de la santidad y un sentirse el hombre llamado por Jesucristo a esa santidad.

La segunda, el examen que hemos de hacer de nuestra voluntad para ver cómo se ajusta ella a ese conocimiento adquirido y con qué resolución responde a dicho llamamiento.

Téngase en cuenta que esas dos cosas no son un fin sino simplemente una introducción al acto central de los Ejercicios, que son las elecciones. Así lo declara San Ignacio en el preámbulo que sirve de entrada a este cuarto día.

Preparación para considerar estados

Ya considerado el exemplo que Christo nuestro Señor nos ha dado para el primer estado, que es en custodia de los mandamientos, siendo él en obediencia a sus padres; y asimismo para el 2.° que es de perfección evangélica, quando quedó en el templo dexando a su padre adoptivo y a su madre natural, por vacar en puro ser vicio de su Padre eternal; comenzaremos juntamente contemplando su vida, a investigar y a demandar en qué vida o estado de nosotros se quiere ser vir su divina majestad; y assí para alguna introducción dello, en el primer exercicio siguiente veremos la intención de Christo nuestro Señor, y por el contrario la del enemigo de natura humana, y cómo nos debemos disponer para venir en perfección en qualquier estado o vida que Dios nuestro Señor nos diere para elegir [135].

Y dicho esto entremos ya en las elecciones.

Constan éstas de materia y forma. La materia son las cosas que se someten a elección; la forma es la manera de elegir y comprende: el estado de nuestro espíritu, el tiempo y el modo práctico de hacer la elección.

La materia principal es el estado o modo de vida, que se ha de elegir. San Ignacio propone como ejemplo de estado o clases de vida dos que en materia de elección pueden

tomarse como fundamentales (las variaciones accidentales de los mismos no ofrecen ninguna dificultad) y son: vida de familia el uno y el otro vida totalmente consagrada al puro servicio de Dios sin obligación familiar alguna. Nuestro Señor Jesucristo en las meditaciones anteriores, ha dado ya ejemplo de estos dos estados; del primero en su vida de Nazaret, y del segundo cuando dejando a sus padres, se quedó en el Templo.

El Ejercitante, a medida que va contemplando estos días la vida de Jesucristo, ha de ir pensando en qué vida o estado se quiere servir de él su divina majestad, juntando con la investigación la petición al Señor. Para ir seguro, ha de partir de la siguiente verdad fundamental, a saber; que le es del todo necesario armarse de una firme resolución de ser perfecto en cualquiera de los estados que elija, y que debe tratar de conocer muy bien la manera de disponerse para conseguirlo.

A esto va encaminada la meditación de las banderas [136-147], a la adquisición de esa resuelta voluntad y al conocimiento de los caminos que nos llevan a esa perfección; meditación que nos hace ver con toda claridad, ser esa la gran batalla que riñen dentro de nuestra alma Jesucristo y Lucifer. Jesucristo, con el propósito de que nos resolvamos a ser perfectos en todo estado de vida y a entrar por el camino de la perfección; y Lucifer a su vez tratando de quitarnos esa santa voluntad para llevarnos por caminos de perdición.

La meditación, pues de las dos banderas es el llamamiento general con que nos convida Jesucristo a la perfección, y lo que con ella intenta es, que el Ejercitante se resuelva, pero con voluntad firme y decidida, a buscar la perfección en cualquier estado de vida, sin dejarse engañar por las seducciones del enemigo. Tan grande importancia atribuye San Ignacio a esta meditación, que manda que se haga cuatro veces en este cuarto día.

Este exercicio se hará a media noche, y después otra vez a la mañana, y se harán dos repeticiones dente mismo a la hora de missa, y a la hora de vísperas, siempre acabando con los tres coloquios de Nuestra Señora, del Hijo y del Padre. Y el de los binarios que se sigue a la hora antes de cenar [148].

No hemos de fiarnos de nuestras resoluciones antes de tiempo. San Ignacio quiere tener entera seguridad de que la voluntad con que abrazamos la perfección reúne las condiciones necesarias para hacer una buena elección. No es que él ponga en duda nuestra sinceridad, como si lleváramos la intención de engañar cuando decimos, que querernos; sino lo que teme es, que seamos nosotros los engañados persuadiéndonos haber alcanzado ya una resolución segura y duradera, cuando tal vez la nuestra no pase de aparente y condicionada.

Equivocarnos tratándose de los fundamentos esenciales de la santidad seria cosa muy peligrosa para la propia nuestra; pero si tal equivocación tocara al valor mismo de nuestro acto de voluntad, tal vez el peligro fuera entonces más disimulado y de más graves consecuencias, y el daño podría llegar a ser irreparable, si con ese acto de voluntad, falso por abulia, pasáramos a elegir estado alguno.

La meditación de los tres binarios [149-157] es la encargada de prevenirnos contra ese peligro y el Santo nos presenta en ella un ejemplo donde claramente podamos ver, cuáles han de ser las condiciones del acto de la voluntad que está llamado a ser el instrumento

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