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El mecanismo externo de los Ejercicios, a medida que se va adelantando en ellos, necesita menos explicaciones, pues con el uso diario de los mismos el Ejercitante se acostumbra a todas las prácticas ordenadas por San Ignacio. No sucede lo mismo con el alma de los Ejercicios que consiste principalmente en su fin, el cual cada vez recibe mayor cantidad de luz y aparece mejor y más claramente definido. Por esta razón creemos necesario declarar los cinco puntos ordinarios del Directorio una vez que el Ejercitante haya renovado las buenas disposiciones con la recapitulación de las adquiridas en la segunda semana.

Recapitulación. — En los comienzos de la segunda semana recapitulamos los pasos más

notables de la primera y movidos de las mismas razones haremos lo mismo ahora con los de la primera, y segunda. Pero adviértase que éste no es un repaso especulativo a caza de principios teóricos para sacar una conclusión también teórica, sino de los principios de la vida eterna que vivimos ahora por nuestro Señor Jesucristo con el designio de que esa vida en nosotros sea llena, real y verdadera.

La recapitulación, por lo tanto consistirá en poner de nuevo nuestro espíritu en aquel mismo estado de fervor que tuvo en aquellos pasos, valiéndonos del procedimiento de la reflexión que San Ignacio nos ha enseñado y nos ha hecho practicar en todos los puntos de las contemplaciones de la vida de nuestro Señor Jesucristo. Una vez, pues que hayamos repasado en paz y con todo fervor los seis capítulos de la primera semana anotados en el Directorio de la segunda[101], añadiremos los seis siguientes, resumen de la semana anterior:

I. Jesucristo con sus palabras, obras y su misma persona, me ha dado a conocer claramente lo que debo hacer por El. El es el camino, la verdad y la vida[102]. Si yo no poseo esa vida sobrenatural, permanezco en la muerte; si la tengo es ya mía la vida eterna. Debo asimilarme su doctrina, sus ejemplos y su misma persona por la vía del conocimiento, del amor y de la imitación; en eso está la verdadera contemplación de la vida del Redentor, en saber sacar de ella esa asimilación [104].

II. En este proceso hay diferentes grados: desde los que “se hacen el sordo”, pasando por los que “ofrecen sus personas al trabajo”, hasta los que “más se quieren affectar y señalar en todo servicio de su rey eterno y señor universal”. Estos terceros son los que “no solamente ofrecen sus personas al trabajo, mas aun haciendo contra su propia sensualidad y contra su amor carnal y mundano, hacen oblaciones de mayor estima y mayor momento” porque “quieren y desean y es su determinación deliberada de imitar a Jesucristo en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza así actual como spiritual” [97-98]. Entre éstos he querido yo ser contado ofreciéndome de todas maneras al Eterno Señor de todas las cosas.

III. Jesucristo ha hecho de la pobreza y de la humildad el centro de sus enseñanzas; las ha convertido en su “bandera” dándomelas como escalones que me lleven a todas las virtudes. Yo he pedido a la Virgen Santísima, al mismo Jesucristo y al Padre celestial, como una gracia muy singular, “ser recibido debaxo de su bandera, primero en summa pobreza espiritual y si su divina majestad fuere servido y me quisiere elegir y rescibir, no menos en la pobreza actual; 2.° en pasar opprobrios y injurias por más en ellas le imitar” [147]. Más aún, he examinado esta mi voluntad le he aplicado para probarla toda clase de reactivos, incluso los de la más cruda realidad, y he visto que era hasta tal punto verdadera, que “siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por imitar y parescer más actualmente a Christo nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Christo pobre que riqueza opprobrios con Christo lleno dellos que honores y deseo más de ser estimado por vano y loco por Christo que primero fué tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo” [167].

IV. Esa vida de Jesucristo la he vivido en compañía suya, de la Virgen Santísima y de San José, “haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos, y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia possible” [114]. He gustado las infinitas ternuras de Belén, las amarguras crueles de Egipto la paz profundísima de Nazaret y las renuncias, fatigas y contradicciones del apostolado. “He considerado el exemplo que Christo nuestro Señor nos ha dado para el primer estado, que es en custodia de los mandamientos, siendo él en obediencia a sus padres; y asimismo para el 2.° que es de perfección evangélica, quando quedó en el templo dexando a su padre adoptivo y a su madre natural por vacar en puro servicio de su Padre eternal” [135], pidiendo y suplicando al Señor que se dignase manifestarme en qué estado o clase de vida me quería, porque el fin de mis Ejercicios es “buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de mi vida para la salud del ánima” [1].

V. Llegada la hora de hacer mi elección hice lo posible para que fuera “sana y buena” [175], “sincera y bien ordenada” [174], “no llegando a carne ni a mundo” [173], “sin affecciones desordenadas” [172]; “no ordenando ni trayendo el fin al medio, mas el medio al fin”; yendo derecho a Dios, y no queriendo que Dios viniese derecho a mis affecciones desordenadas [169], porque “tengo deseo que de salgan fructos notables y muy apacibles a Dios nuestro Señor” [174]. He buscado la voluntad divina en la disposición de mi vida [1]

siguiendo los tiempos y modos que me ha enseñado San Ignacio y estoy cierto de haber hallado la voluntad divina porque “Dios ha movido mi voluntad y ha puesto en mi ánima lo que yo debo hacer para más alabanza y gloria suya” [180], y se ha dignado “rescibir y confirmar mi elección” [183].

VI. Desfilan por mi memoria la fortaleza de Jesucristo al separarse de su Santa Madre para ocuparse de las cosas de su Padre celestial; su magnanimidad en abandonar para siempre Nazaret para entrar de lleno en la vida apostólica; el amor ardiente con que entra en Jerusalén, acabado ya su ministerio de predicación y rodeado del triunfo del Domingo de Ramos porque ve que en lo alto del Calvario le espera la Cruz donde consumará el holocausto de su vida, a gloria de Dios y por la salvación del mundo.

A su imitación, me siento desligado de todas las cosas de la tierra, enamorado por amor suyo de la pobreza y de la humildad, dispuesto a trabajar por la gloria divina y deseoso de subir con Jesucristo al Calvario y con El clavarme en la cruz. Con semejante estado de ánimo entro en la tercera semana de mis Ejercicios, y como en las anteriores con grandes ansias de “aprovechar todo lo posible” [20].

En resumen; me parece que me he metido dentro del mismo Jesucristo merced a un conocimiento interno, a un amor íntimo, a una imitación muy perfecta y hasta por un sentimiento profundo de unidad de persona, que me hace una misma cosa con El como lo son el sarmiento y la vid[103] y como los miembros constituyen un solo cuerpo. Parece que toda mi vida no pueda tener ya otro ser que el mismo de Jesucristo.

Fin. — El fin de esta tercera semana lo hemos explicado anteriormente[104], pero queremos recordar otra vez las mismas ideas.

Jesucristo es nuestra única vida y su deseo es que sea vida llena. La existencia de esa vida en nosotros presupone necesariamente nuestra muerte; paradoja evangélica cuya explicación la hallamos en el Apóstol San Pablo cuando escribe: “Estoy clavado en la cruz con Jesucristo: vivo yo, pero no soy yo quien vive sino que Jesucristo vive en mí. La vida que vivo es vida de fe en el Hijo de Dios que se ha entregado por mi”[105]. Palabras misteriosas ciertamente, pero que llegan a ser en las almas santas una verdadera y profunda realidad.

Fácilmente se ve que aquí se habla de la vida sobrenatural y de la muerte natural, y que por lo mismo no existe la menor contradicción. La sobrenatural es la crucifixión de la natural con Jesucristo y en Jesucristo: “Los que son de Jesucristo han crucificado su carne con los vicios y concupiscencias[106]. La muerte natural es cosa visible para todos, la vida sobrenatural no la ve el mundo y sólo a Dios es manifiesta. “Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Christo en Dios”. Este misterio durará hasta la última y definitiva manifestación de Jesucristo. “Cuando aparezca Jesucristo vida nuestra apareceréis vosotros

con El en la gloria”[107].

La cosa más natural es, que conociendo el alma este misterio se lance enamorada a la cruz para ser crucificada con Jesucristo. De sí mismo dice San Pablo: “Estoy lleno de consolación, reboso de gozo en todas mis tribulaciones”[108]. La muerte para él es un ideal: “Mi vivir es Cristo el morir es una ganancia”[109]. San Francisco Javier al emprender una expedición en la que le va la vida no acierta a dar otra razón de su manera de obrar, que la necesidad que siente de dar la vida por Jesucristo. Las cartas de San Ignacio de Antioquía están llenas de expresiones parecidas.

Nuestro Padre San Ignacio solía decir, que en las cárceles de Alcalá no había tantas cadenas como las que él deseaba llevar por amor de Jesucristo. Cuando en Italia le quitaron los vestidos y lo llevaron por medio de un campamento entre burlas y acusado de espionaje, cuando lo atropellaron en la Tierra Santa por haber dado rienda suelta a la devoción y cuando en la ciudad de Barcelona lo dejaron medio muerto por salir en defensa de la honestidad y recogimiento de un monasterio le parecía hallarse en medio de los misterios de la pasión cuando Jesucristo era acusado, escarnecido y atormentado.

La razón más profunda de este misterio nos la da el Apóstol cuando dice: “completo en mi cuerpo lo que falta a las penas de Jesucristo para su cuerpo, que es la Iglesia”[110]. Así entendidas las cosas, nuestra pasión y muerte son la muerte y pasión de Nuestro Señor Jesucristo. La obradora de tan grande maravilla; es la caridad. La de Dios entregó su Hijo a la muerte por nosotros[111]; la nuestra hace que nos entreguemos a la muerte por Dios[112].

Cuando es muy encendido nuestro amor a Cristo nos hace sentir en lo íntimo de la conciencia y casi experimentalmente, esa unidad de vida y de muerte con nuestro Redentor. La fragua que alimenta ese gran fuego de amor, es principalmente la pasión y muerte de Jesucristo.

En la pasión, la caridad como dice San Pablo nos “espolea” “ponderando que por todos murió uno; que murió por todos para que los que viven, ya no vivan para sí sino para el que murió por todos”[113]. No hay cosa que mejor nos haga sentir esta unidad moral de persona que la gracia produce entre Jesucristo y nosotros, como el padecer y morir con El. En la misma vida humana, lo que más íntimamente une a las almas es, sufrir los mismos dolores y morir la misma muerte, por amor. La convicción de los mártires era ésta: que morían en Jesucristo y que Jesucristo moría en ellos. Así se lo dijo Santa Felícitas a sus verdugos.

Todo este misterio lo había vivido San Ignacio y en esta tercera semana quiere introducir en él al Ejercitante[114]. “Lo proprio de demandar en la passión es dolor con

Christo doloroso quebranto con Christo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Christo passó por mí” [203]. Esta es la petición de la tercera semana y en ella está contenido el fruto que buscamos. No debemos contentarnos con pedírselo al Señor, sino que además en el cuarto punto formal de todas las contemplaciones hemos de poner el mayor empeño en sentirlo y practicarlo. “El 4.° considerar lo que Christo nuestro Señor padesce en la humanidad o quiere padescer, según el paso que se contempla; y aquí comenzar con mucha fuerza y esforzarme a doler, tristar y llorar, y así trabaxando por los otros punctos que se siguen” [195]. Este doloroso esfuerzo se ha de comenzar al cumplir por la mañana con la segunda adición: “esforzándome mientras me levanto y me visto en entristecerme y dolerme de tanto dolor y de tanto padescer de Christo nuestro Señor” [206]. En ningún otro lugar de los Ejercicios usa San Ignacio de tanta energía de palabras para expresar el sentimiento que quiere provocar. “Los otros punctos que se siguen” son: “el 5.°: considerar cómo la divinidad se esconde, es a saber, cómo podría destruir a sus enemigos, y no lo hace y cómo dexa padescer, la sacratísima humanidad tan crudelísimamente” [196]. De suerte que la causa última y la más verdadera de sus padecimientos no son sus enemigos sino aquella voluntad santísima de Jesucristo que quiere padecer y para lograrlo, oculta la divinidad que puede impedir todo dolor. San Ignacio quiere que hagamos nuestra esa voluntad santísima de Jesucristo, como lo dice en el sexto punto: “el sexto considerar cómo todo esto padece por mis pecados, y qué debo yo hacer y padescer por él” [197].

“Hacer y padecer por Jesucristo y con Jesucristo”; he ahí el fin y fruto de la tercera semana, que excede sobremanera al de las anteriores. A la pobreza y a la humillación propias de la segunda semana, añadiremos en ésta el dolor, tercer clavo de la cruz de Jesucristo; pero dolor que dure usque ad mortem, modem autem crucis[115], hasta la muerte en

cruz por Jesucristo et hunc crucifixum[116].

Si el Ejercitante ha hecho ya su elección en la segunda semana, como lo supone San Ignacio, o si la ha aplazado por especiales dificultades que el caso a las veces ofrece; puesto que en los Ejercicios típicos se trata “de buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima” [1], o lo que es lo mismo de “que su divina majestad así de su persona como de todo lo que tiene, se sirva conforme a su sanctísima voluntad” [5]; es muy fácil que en esta tercera semana se reproduzcan las dificultades de la segunda; las de la elección por ejemplo, o las de la ejecución de la misma, a veces más dura y difícil que aquélla. Entonces habrá llegado la hora de “hacer y padecer”.

San Ignacio conoce la dificultad que esto encierra y echa mano de los grandes recursos de la segunda semana, o sea de los tres coloquios de las banderas y de los binarios, “con la nota que se sigue a los binarios”, que es el mayor esfuerzo espiritual de los Ejercicios. Quiere el Santo que el Ejercitante ponga en juego todos esos medios y con la mayor intensidad posible “según subiecta materia, es a saber, según que me hallo tentado o consolado, y según que deseo haber una virtud o otra, según que quiero disponer de mi a una parte o otra según que quiero dolerme o gozarme de la cosa que contemplo,

finalmente pidiendo aquello que más efficazmente cerca algunas cosas particulares desseo” [199].

El Santo quiere anticiparse a las grandes crisis que pueden presentarse después de los heroicos esfuerzos que ha sostenido la voluntad, y avisa que el remedio no está en dar un paso atrás, sino al contrario en abrazarse resueltamente con el padecer usque ad mortem,

mortem autem crucis, sin querer saber otra cosa que a Jesucristo et hunc crucifixum. Quien así

“se une con Jesucristo, es como dice San Pablo, un solo espíritu con El” [117].

Materia. — La pasión, muerte y sepultura de nuestro Señor Jesucristo, son la materia de

la tercera semana. San Ignacio señala para cada día dos misterios, pero indica otras combinaciones para los que quieran alargarla o acortarla [209]. En la lista de los misterios que pone al final encierra toda la pasión en diez contemplaciones [289-298]. Sea cualquiera la duración de la semana recomienda el Santo que se emplee un día en contemplar junta toda la pasión [209] declarándonos con esto su deseo de que los pormenores no nos hagan perder de vista la grandiosidad del conjunto, como tampoco quiere que los padecimientos externos de Jesucristo nos entretengan tanto, que lleguen a cerrarnos el paso para poder penetrar en el interior de su persona y llegar hasta su voluntad santísima que “quiere padescer” [195] y hasta la misma “Divinidad que se esconde, es a saber, cómo podría destruir a sus enemigos, y no lo hace, y cómo dexa padescer la sacratísima humanidad tan crudelísimamente” [196].

El designio de San Ignacio es, que el Ejercitante: tenga muy presentes en su contemplación todos los trabajos y dolores de Jesucristo; que se mueva a sí mismo “a dolor y a pena y quebranto trayendo en memoria freqüente los trabajos, fatigas y dolores de Christo nuestro Señor, que pasó desde el puncto que nasció hasta el misterio de la passión en que al presente se halla” [206]; que en cada paso contemple, no sólo lo que ahora padece el Señor, sino además “lo que quiere padescer” [195] y que por remate de la semana, dedique un día a contemplar de una vez toda la pasión [208].

Forma. — Tres son en esta tercera semana las formas de oración: contemplación,

repetición y aplicación de sentidos. A los puntos ya sabidos de personas, palabras y obras se añaden en cada ejercicio otros tres muy eficaces.

El 4.°: considerar lo que Christo nuestro Señor padesce en la humanidad o quiere padescer, sean el paso que se contempla; y aquí comenzar con mucha fuerza y esforzar me a doler, tristar y llorar y así trabaxando por los otros punctos que se siguen [195].

¡Qué energía de palabras tan maravillosa! La voluntad del Santo es, que en la pasión de nuestro Señor nos entreguemos totalmente y sin reservas al dolor. Hemos de contemplar todas y cada una de las penas que padece y las que quiere padecer, como si fueran propias nuestras; y esto no ya por la consideración, sino sintiéndolas en nosotros mismos pues formamos una sola persona con Jesucristo.

El 5.°: considerar cómo la Divinidad se esconde, es a saber, cómo podría destr uir a sus enemigos y no lo hace y cómo dexa padescer la sacratíssima humanidad tan cr udelíssimamente [196].

Tengamos siempre ante la vista que quien padece es Dios, aunque la divinidad se esconda; que padece voluntariamente, pues podría destruir a sus enemigos y no lo hace. Esta su voluntad es lo más precioso de la pasión; voluntad de padecer que debe ser también la nuestra, sin admirarnos nunca de que Dios deje en libertad a nuestros enemigos para que nos atormenten como si Él no supiera o no quisiera estorbarlo.

El 6.°: considerar cómo todo esto padesce por mis peccados, etc., y qué debo yo hacer y padescer por él [197].

Este es aquel reflectar sobre sí mismo que San Ignacio va buscando siempre como medio el más eficaz para que nosotros tomemos en los Ejercicios parte muy activa. Todo esto lo padece por mí, en mí piensa Jesús, a quien quiere mover, es a mí, los pecados por quien paga, son los míos y yo soy objeto de un amor de predilección por parte de Jesús. También padece por otros, pero éstos no se quieren aprovechar de sus padecimientos, y se condenan. Hasta aquí, tampoco yo me he aprovechado como debía, pero Él no ha permitido que yo me condenara y ahora mismo viene otra vez a mí y me invita a amarlo y a seguirle, como si necesitara de mí.