SEMANA
En los Ejercicios de San Ignacio la importancia de la segunda semana es central y predominante. Hemos dicho y repetido que la intención del Santo no es darnos en sus Ejercicios un libro de estudio, sino enseñarnos con él a vivir la vida sobrenatural. No estudiamos los Ejercicios, sino que los hacemos, y estas dos palabras “hacer Ejercicios” son esencialmente prácticas y eficaces. Por esto la segunda semana es la de los grandes hechos espirituales, o en lenguaje de San Ignacio, la de las elecciones y al mismo tiempo la de las grandes dificultades.
Los fines tan repetidamente propuestos, a saber: “vencerse a sí mismo”, “ordenar la vida”, “no determinarse por afección alguna que desordenada sea”, no podrán ser ya meras fórmulas generales, sino que en esta semana se han de puntualizar, con la mayor exactitud, los puntos vitales en los que el hombre debe vencerse, las cosas en que se ha de ordenar, las afecciones que debe desarraigar y las resoluciones que en adelante han de ser como la ley de la vida. A la pregunta “¿qué he de hacer por Cristo?” hay que contestar ahora con hechos.
Siendo esto así, es indispensable que tanto el Director como el Ejercitante entren en la segunda semana con grandes ánimos; aquél decidido a proponer la santidad apostólica en su totalidad, y éste resuelto con la gracia de Dios, a abrazarla íntegramente. Al uno y al otro podrá serles de mucha y provechosa ayuda la lectura y consideración del presente Directorio en el que brevemente declararemos los consabidos puntos de Fin, Materia, Forma, Distribución y Documentos, precedido todo de una recapitulación de lo ya hecho.
Recapitulación
Oportuno y además conveniente nos parece, ponerla de aquí en adelante como un nuevo capítulo del Directorio por las razones siguientes. Los Ejercicios de San Ignacio son de una trabazón maravillosa mirando al fin que ellos se proponen conseguir, trabazón que mira no tan sólo el orden ideológico, sino más aún el práctico, ya que los Ejercicios como oportuna e importunamente lo hemos dicho son esencialmente ejecutivos, por cuya razón el Santo le manda al Ejercitante, que reflexione continuamente y vea el grado en
que va adquiriendo las ideas, los sentimientos y las afecciones que constituyen el fin que pretendemos alcanzar, “lo que quiero”; reflexión que en sus diferentes formas, tiene un sitio propio en el examen.
Es tarea del examen general, examinar cómo andan en el servicio de Dios nuestro amor y nuestro fervor; y más particularmente, ver si perseveran en nosotros y aumentan las disposiciones que son necesarias para hacer bien los Ejercicios [5, 20]; o lo que es lo mismo, cómo está el deseo de aprovechar todo lo posible y aquello de entregarse a Dios con grande ánimo y liberalidad, ofreciendo todo nuestro querer y libertad para que su divina majestad, así de nuestra persona como de todo lo que tenemos se sirva conforme a su divina voluntad[87].
El oficio del examen particular es mantener siempre vivo y en acción el fin propio de cada semana y de cada día de Ejercicios, fin donde toman cuerpo y se definen cada vez con mayor exactitud las llamadas disposiciones generales[88]. El examen de la oración nos da a conocer en qué grado ha conseguido ya el alma el fruto especial de cada ejercicio o meditación[89].
Al disponernos, pues, a dar comienzo a la segunda semana, es preciso hacer un examen de la primera, no solamente para que el Ejercitante se dé perfecta cuenta de cómo ha entendido y puesto en práctica la técnica formal de todo lo que constituye el organismo de los Ejercicios espirituales, sino principalmente para que adquiera la seguridad de que ha alcanzado el fruto pretendido por San Ignacio en esta última y de que está por lo tanto en las debidas condiciones para ir adelante. A esto llamamos Recapitulación.
Este examen que preconizamos no tiene complicación alguna, pues sabemos por experiencia quién es San Ignacio; hombre de pocas verdades, de contados sentimientos y de reducido número de resoluciones; y si bien lo consideramos, podemos ver que cuanto nos presenta como cosa nueva, no es más que una declaración concreta y práctica de lo que ya conocíamos de modo general.
En el día, pues, de descanso que se toma acabada la primera semana, debemos consagrar a dicho examen el tiempo que sea necesario siguiendo el procedimiento del primer modo de orar [238-248].
El Ejercitante con espíritu tranquilo, sentado o paseándose, como más le acomode, y pidiendo a Dios nuestro Señor su gracia para renovar en sí mismo el fruto de la primera semana, puede cómodamente reducir a cierto número de capítulos las verdades, los sentimientos, los afectos y resoluciones enseñadas por San Ignacio hasta el momento actual, y detenerse en cada uno de dichos capítulos todo el tiempo que necesite para refrescar las disposiciones espirituales por que ha pasado en los Ejercicios, renovándolas y confirmándose de nuevo en ellas. Estas pueden agruparse en los seis capítulos siguientes, propuestas con las mismas palabras de San Ignacio.
I. Grande ánimo y liberalidad con mi Creador y Señor, a quien he ofrecido todo mi querer y libertad, para que su divina majestad, así de mi persona como de todo lo que tengo, se sirva conforme a su santísima voluntad [5].
II. Deseo de aprovechar cuanto sea posible, no satisfecho con instruirme o con llegar hasta cierto grado de contentar mi alma, antes dispuesto a vencerme a mí mismo y decidido a preparar y disponer mi ánima para quitar de mi todas las afecciones desordenadas, y después de quitadas para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de mi vida para la salud del alma [1, 18, 20, 21].
III. Mi fin: que soy criado para alabar, hacer reverencia, y servir a Dios nuestro Señor y mediante esto salvar mi alma. — El fin de las demás criaturas de la tierra: que son criadas para mí, y para que me ayuden en la prosecución del fin para que soy criado. — Uso de las criaturas: tanto cuanto me ayuden para mi fin. — Necesidad de hacerme indiferente a todas las cosas criadas. — Amor apasionado de semejante ordenación divina, que es la ley de la santidad y la ley del orden; en el conjunto de nuestras afecciones, solamente deseando y eligiendo lo que más me conduce al fin para que soy criado [23].
IV. Soy pecador y gran pecador, lleno de vergüenza y confusión, encarcelado y cargado de cadenas, muchas veces digno de muerte eterna, llaga y postema de donde han salido tantos pecados y tantas maldades y ponzoña tan turpísima. Mirando la fealdad y malicia que cada pecado mortal cometido tiene en sí, dado que no fuese vedado; he de sentir interno conocimiento y aborrecimiento de mis pecados y también el desorden de mis operaciones, para que aborreciéndolo me enmiende y ordene. He merecido el infierno más aún que los demonios y que otros muchos condenados por menos pecados de los que yo he hecho [48, 50, 52, 58, 63].
V. Jesucristo, de Criador es venido a hacerse hombre y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. No ha permitido que yo me condenara, ni en compañía de las almas que no creyeron en su advenimiento, ni de las que, creyendo, no obraron según sus mandamientos; sino que me ha dado vida hasta ahora, y siempre ha tenido de mí tanta piedad y misericordia [53, 61, 71].
VI. Yo hasta el presente nada he hecho por Jesucristo, más de aquí en adelante quiero hacerlo todo por El, sin olvidarme jamás del amor del Señor eterno y huyendo de las faltas que acarrean olvido semejante. Mirando a Cristo nuestro Señor puesto en Cruz y lleno de amor de predilección para conmigo, me pregunto a mí mismo una y muchas veces, qué debo hacer por Cristo.
Esta adhesión a Jesucristo mi Redentor, revestida de caracteres tan especiales y acompañada de encendidísimos deseos de hacer por El las cosas más grandes, es la hermosa y necesaria disposición para entrar en la contemplación del Reino de Cristo. Un día entero dedica San Ignacio a esta contemplación, reduciendo a dos solamente los ejercicios para que el alma se engolfe en ella con tiempo y a su placer.
cada una con su modo de ser propio, es llevar al Ejercitante a que vitalmente incorpore a su vida la vida de Jesucristo. Hemos de vivir la vida sobrenatural; por su parte Jesucristo, además de ser El la verdadera vida, quiere comunicárnosla lo más abundantemente posible y si no la asimilamos, no tendremos vida en nosotros: Esa vida Jesucristo nos la da, por su doctrina: “sus palabras son de vida eterna”[90]; por sus ejemplos: “el que me sigue tendrá luz de vida”[91], y por su misma persona: “Yo soy la vida, el que permanece en mí y Yo en él, éste da fruto abundante”[92]. Por consiguiente, la asimilación de su doctrina, la imitación de sus ejemplos y la unión con su persona, son tres cosas del todo necesarias.
Y semejante asimilación espiritual, ¿cómo se ha de hacer? Pues naturalmente mediante los actos espirituales propios de nuestra alma, cuales son el conocimiento y el amor. Por eso lo esencial de la oración durante esta semana ha de ser, tratar de conocer íntimamente a Jesucristo y amarlo con todas las fuerzas de nuestra alma, acompañado todo esto de una seria reflexión sobre nosotros mismos con el fin de apropiarnos lo que en El contemplamos. Todo esto nos lo da reunido la petición de la segunda semana que dice: “demandar conoscimiento interno del Señor que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga” [104].
El conocimiento que aquí pedimos, se llama y debe ser interno, tanto por lo que toca a Jesucristo como por lo que se refiere a nosotros. Cuanto a lo primero, se ha de procurar conocer al Señor penetrando hasta el fondo mismo de sus pensamientos, afectos y sentimientos; y por parte nuestra, el conocimiento debe llegar a ser sentimiento y fuerza a la vez. Y notemos que este amor nacido de aquel interno conocimiento, no es un amor vulgar o común a todo el mundo, sino especialísimamente mío y debe crecer tan sin medida, que me lleve a darle a Dios toda mi persona con todas sus cosas. Aquel “por mí”, eco del grito del Apóstol “dilexit me”[93], encierra en sí toda la fuerza necesaria para unir en una sola las dos vidas, la de Jesucristo y la nuestra.
Materia. — La de la segunda semana son las palabras, las obras y la misma persona de
nuestro Señor Jesucristo, con la autenticidad con que nos la ofrece el santo Evangelio. San Ignacio escoge de la vida de Jesucristo aquellos misterios que cree más aptos para hacernos conocer mejor la santidad apostólica, pero da libertad al Director para tomar algunos otros o dejar los escogidos; por eso pone el Santo al final de su libro, una lista de veintisiete misterios pertenecientes todos a la segunda semana y repartidos en sus puntos [262-288]. Da también como materia de contemplación algunas parábolas que son a su juicio en extremo aptas para dar plasticidad, digámoslo así, al conocimiento, al amor y a la imitación de Jesucristo.
Además de la materia de las contemplaciones, San Ignacio en esta segunda semana señala también la lectura como puede verse en la siguiente nota:
Para la segunda semana y así para adelante, mucho aprovecha el leer algunos ratos en los libros de imitacione Christi o de los evangelios y de vidas de sanctos [100].
El Director debe escoger con cuidado lo que de estas materias debe leerse, y el Ejercitante por su parte ha de tener cuenta consigo mismo para no dejarse llevar de la curiosidad, adelantándose a leer lo que no pertenece al día en que se halla, como se le advierte por esta otra nota:
Es de advertir para toda esta semana y las otras siguientes, que solamente tengo de leer el misterio de la contemplación que inmediate tengo de hacer, de manera que por entonces no lea ningún misterio que aquel día o en aquella hora no haya de hacer, porque la consideración de un misterio no estorbe a la consideración del otro [127].
La materia del examen particular la señaló ya de antemano el Santo para las cuatro semanas, pero vuelve a repetirla diciendo aquí:
El examen particular después de comer y después de cenar se hará sobre las faltas y negligencias cerca de los exercicios y addiciones deste día, y así en los que se siguen [160].
Forma. — Tres son las formas de oración en esta segunda semana; contemplación,
repetición y aplicación de sentidos[94]. La distribución en todas ellas es la misma; a saber, oración preparatoria tres preámbulos, o sea historia, composición de lugar y petición, tres puntos (llamémoslos materiales) en que se divide toda la materia y un coloquio, o a las veces, tres. Vuélvase a leer la nota que se puso después de la petición en el primer ejercicio del primer día. Dice así:
Conviene aquí notar que esta misma oración preparatoria sin mudarla, como está dicha en el principio, y los mismos tres preámbulos se han de hacer en esta semana y en las otras siguientes, mudando la for ma, según subiecta la materia [105].
Pero lo característico de la contemplación son los puntos formales, o sea los que nos dan la forma o manera para contemplar.
El primer puncto es ver las personas, es a saber, ver a Nuestra Señora y a Joseph y a la ancila y al niño Jesú, después de ser nascido, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sir viéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia possible; y después reflectir en mí mismo para sacar algún provecho [114].
El 2.°: mirar, advertir y contemplar lo que hablan; y reflitiendo en mí mismo, sacar algún provecho [115]. El 3.°: mirar y considerar lo que hacen, así como es el caminar y trabajar para que el Señor sea nascido en summa pobreza, y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor, y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cr uz; y todo esto por mí, después reflitiendo, sacar algún provecho spiritual [116].
La manera práctica de cumplir con estos llamados puntos formales, debe entenderse bien[95].
San Ignacio para la contemplación, no nos impone regla mecánica alguna, antes nos enseña, como buen maestro, el modo de contemplar que cree más apto y expedito para mejor conocer la persona, la doctrina y los ejemplos de Jesucristo. Su modo de exponer el tercero de los puntos dichos, nos revela la libertad, amplitud y profundidad de su mirada; y el que sigue en el primero, nos descubre lo vivísimo de su sentimiento en presencia de las divinas personas y cómo se da todo a ellas “como si presente se hallase”.
La contemplación bajo la dirección del Espíritu Santo, debe ser una cosa viva y por lo mismo espontánea. Dice así el Directorio de Granada: “Si Dios visita al exercitante y le influye sentimientos de las cosas meditadas, no tiene por qué constreñirse a ir por los puntos de ver, oír, etc., etc., sino seguir la guía del Spiritu Santo”[96].
La repetición es la segunda forma de oración dada por San Ignacio y para ella da la norma siguiente:
Después de la oración preparatoria y de los tres preámbulos, se hará la repetición del primero y segundo exercicio, notando siempre algunas partes más principales, donde haya sentido la persona algún conoscimiento, consolación o desolación, haciendo asimismo un coloquio al fin y un Pater noster [118].
En esta repetición y en todas las siguientes se llevará la misma orden de proceder, que se llevaba en las repeticiones de la primera semana, mudando la materia y guardando la for ma [119].
La tercera forma es la aplicación de sentidos; he aquí el texto:
Después de la oración preparatoria y de los tres preámbulos, aprovecha el pasar de los cinco sentidos de la imaginación por la 1.a y 2.a contemplación de la manera siguiente:
El primer puncto es ver las personas con la vista imaginativa meditando y contemplando en particular sus circunstancias, y sacando algún provecho de la vista.
El 2.° : oír con el oído lo que hablan o pueden hablar, y refletiendo en sí mismo, sacar dello algún provecho.
El 3.° : oler y gustar con el olfato y con el gusto la infinita suavidad y dulzura de la divinidad, del ánima y de sus virtudes y de todo, según fuere la persona que se contempla, refletiendo en sí mismo y sacando provecho dello.
El 4.° : tocar con el tacto, así como abrazar y besar los lugares donde las tales personas pisan y se asientan, siempre procurando sacar provecho dello.
Acabarse ha con un coloquio como en la primera y segunda contemplación y con un Pater noster [121- 126].
Distribución.—Hablaremos primero de la distribución de la semana, que comprende un
preámbulo o día de preparación, y dos partes bien determinadas.
El preámbulo tiene un solo día, casi de descanso, pues en él sólo se hacen dos horas de oración, como reza la siguiente nota:
Este exercicio se hará dos veces al día, es a saber: a la mañana en levantándose y a una hora antes de comer o de cenar [99].
Para estas dos horas de oración el ejercicio es el mismo, el llamado del Reino de Cristo o del Rey temporal, que viene a ser un como Principio y Fundamento no sólo de la segunda semana, sino también de la tercera y cuarta, puesto que en él se nos enseña el espíritu con que debemos contemplar la vida de Jesucristo.
En esta contemplación se nos presenta Jesucristo proponiéndonos su vida como modelo el más perfecto de la santidad puesta en práctica y manifestándonos además, que los ejemplos de esa su vida nos los da expresamente a nosotros para que aprendamos de ellos
a vencer a nuestros enemigos. Y justamente lo propio de los ejercicios que se siguen a continuación del Reino de Cristo, está en entender bien ese intento de Jesucristo y en contemplar su vida sin perderlo nunca de vista.
Tal ejercicio está propuesto bajo la forma de una parábola, pero entiéndase que lo esencial de la parábola, lo mismo en este caso que en los otros dos similares de esta misma semana, el de las Banderas y el de los Binarios, es su aplicación y que lo demás es cosa meramente accidental. San Ignacio escogió las parábolas que le parecieron las más eficaces atendida la disposición de su espíritu y la de sus contemporáneos; y tales que, en su espíritu fundamental, tienen realmente una fuerza siempre duradera; pero por otro lado, tampoco puede negarse que algunas de las circunstancias accidentales de las mismas, hayan perdido para con algunas personas toda, o por lo menos gran parte de su eficacia.
En este último caso, el Director obrará cuerdamente cambiando esa parte accidental de la parábola de la manera que crea más oportuna, pero sin perder nunca de vista la necesidad de emplear una comparación de tales condiciones, que tanto objetivamente por la importancia trascendental de la empresa, como subjetivamente por la calidad moral y lo atractivo de la persona que hace el llamamiento, despierte el máximo interés en el espíritu del Ejercitante.
Aquí lo importante y lo substancial es, que Jesucristo, con quien nos une inseparablemente el serle nosotros deudores de toda nuestra vida tanto temporal como eterna, nos llama a la conquista de la santidad y a la victoria sobre nuestros enemigos