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Conclusión: La muerte de los ideales

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ESTUDIOS SOBRE LA FILOSOFÍA MODERNA

5.6 Conclusión: La muerte de los ideales

A modo de conclusión y como repaso de los temas que hemos analizado acerca del pensamiento de Nietzsche, podemos preguntarnos cuáles y en qué consisten sus verdaderos ideales de vida. Después de esa tormenta niquilista, que significa la obra del filósofo alemán, puede quedar algún ideal en pie? Hay

alguna perspectiva que pueda suscitar todavía el optimismo o tendríamos que hundirnos definitivamente en la duda y en la mentira cultural? (Hum.Prol). Sin embargo, a lo largo de la obra parece que brotaran momentos de optimismo o al menos de una indiferencia gozosa. Se podría llegar a vivir quizás en otra forma, en una realidad en la que desaparecieran las mentiras de la cultura. Entonces se podría vivir tal vez como vive la naturaleza, “sin alabanzas, sin reproches, sin entusiasmos, saciándose del espectáculo de muchas cosas”, no demostrando hacia la existencia ni menosprecio, ni odio ni tampoco amor (Hum.I.287).

Allí, por lo menos, hay un principio de gozo. Aunque la naturaleza sea “caótica”, se podría llegar a vivir como ella, sin las acuciantes angustias del hombre. Peligroso romanticismo que el mismo Nietzsche criticaba en Rousseau. Pero al menos deja una rendija para escaparse a las enojosas mentiras de la cultura, para precipitarse en la vida plácida y sin contradicciones de la naturaleza. Será acaso el paraíso recuperado?

No parece, sin embargo, que esa quietud nirvánica sea un refinado gozo. En qué consiste exactamente esa paradójica felicidad? Ante todo, Nietzsche reconoce el gozo que proporciona el conocimiento y que le parece “la más dulce de las mieles” (Hum.292). Pero podría preguntarse, qué tipo de conocimiento? Ese que falsea la naturaleza y construye la cultura sobre un error? Ese flujo perspectivístico sin sujeto? Quien es entonces el que saborea la miel?

A pesar del derrumbe de todos los valores, parece que queda aún algún interés por superarse. Posiblemente sea la voluntad de poder la que goza actuando sobre nosotros, pero en medio del caos, Nietzsche nos propone una aventura insólita: “Crecer y florecer libres, sin miedo, desde nosotros mismos” (GS.99). Sin duda, eso era lo que deseábamos, pero cómo hacerlo después de la muerte del sujeto y de la libertad? Y si no existe el sujeto, quien podrá hacerlo por nosotros? Quien nos impulsará desde adentro, si el adentro no existe?

Y aunque la naturaleza carece de belleza, de ley y de orden, Nietzsche no quiere renunciar a la belleza y al orden apolíneo que el hombre impone sobre el caos. Por ello, en medio de los denuestos contra el orden y la belleza, nos coloca ante la vista un nuevo ideal: “Quiero aprender cada vez más a ver lo necesario como bello en las cosas y así será uno de los que hacen bellas las cosas” (GS.276). Hermoso ideal, sin duda alguna, que ya se lo había propuesto Spinoza. Pero

cómo llegar a él, si la naturaleza no es bella? La respuesta de Nietzsche es clara: Nosotros la podemos hacer bella. Pero no nos había prohibido antes insertar en la naturaleza nuestros propios prejuicios? Y además, de donde sacáramos el prototipo de belleza? No por supuesto de la naturaleza. Acaso de nuestras falacias culturales? Si la naturaleza es caos y la cultura es mentira, existe algún prototipo de belleza? O hay que abolir la belleza, como ha sido abolida la verdad! Por eso tal vez, el único ideal que queda, es llegar a un pesimismo clásico, a un pesimismo dionisíaco. (GS.270) Pero si Dionyso no danza de gozo sobre la naturaleza, sino que se divierta a escondidas con el espectáculo de un caos sin esperanza, vale la pena seguirlo en su danza?

Quizás el ideal está en la soledad y para ello no deberíamos permanecer unidos ni siquiera con la persona más querida, porque mientras más querida sea, se vuelve más prisión (BM.41). Pero en ese caso la soledad ya no es ningún gozo, sino el suplicio necesario de quien no se puede comunicar. El suplicio de quien piensa que la comunicación lo aprisiona y que “lo público” representa siempre algo “de poco valor”(B.M.43). Habría que reducirse pues a la interioridad y arreglar de la mejor manera su pequeño escondite, dejando que todo lo público se hunda. Cómo han aprendido la lección esos nuevos monjes que son los teósofos y los filósofos de la posmodernidad!

Y como corresponde a monjes dignos de su vocación, la soledad puede llegar incluso hasta la exigencia del celibato, que Nietzsche aconseja compartir con filósofos de la categoría de Heráclito, Platón, Descartes, Spinoza, Leibniz y Kant. Un celibato que nazca no del desprecio a los sentidos, sino por la necesidad de un cierto ascetismo, exigido por “el ejercicio de una espiritualidad superior”. He aquí una fórmula para una especie de monaquismo platónico, que ya había planteado Jesús. Un monaquismo sin cielo y sin esperanzas ultraterrenas. Para ser monje, se debería tener por lo menos el derecho de creer en el cielo. Si la vida vale la pena vivirla, no necesita de monaquismos!

Sin embargo, la realización de los ideales parece tardar. Todavía falta por recorrer una larga etapa de pesimismo. Las expresiones del niquilismo desplegadas hasta ahora, cristianismo, metafísica, moral de esclavos, no son suficientes para podrir el mundo. Zaratustra se encuentra con el último hombre, que puede ser peor que los anteriores. Hay que buscar todavía nuevas formas de niquilismo y Nietzsche está dispuesto a inventar una religión o una metafísica todavía más severas y auténticamente niquilistas (FP.34.204). Por fortuna no la inventó, porque sería la nueva religión de todos los filósofos que se instalaron en la corte de Nietzsche.

No se puede, por tanto, esperar la redención de manera inmediata. “Hay que hacerse aún más fuerte, más malos, más profundos” (BM.295). Los judíos tienen que seguir esperando al Mesías y los cristianos el juicio final. Cristo tiene que seguir crucificado y Prometeo colgado en las rocas del Cáucaso. Todavía no ha llegado el reino del Superhombre. Todavía el campo no está para la siega. Hay que elaborar estrategias refinadas para aumentar la angustia y el terror y para romper los viejos valores. Y sobre todo, hay que blandir el arma del “Eterno Retorno”, una doctrina que efectuará la selección de los más aptos para la vida, mediante un pesimismo ávido de muertes (FP.2.100).

No en vano Nietzsche nació en suelo protestante y se amamantó con la doctrina de Lutero. La redención que Nietzsche propone ( y Nietzsche propone una redención!), también tiene sus elegidos y supone el sacrificio de las multitudes inaptas. Los infiernos suelen estar más poblados que el reino de los elegidos. Hay que recorrer todavía una larga etapa para “acabar con todos los objetos de veneración”. Por fortuna para Nietzsche, todas las tendencias actuales son niquilistas: la religión, la economía, la ciencia y la historia misma. Al fin y al cabo el sentido de toda la historia es que llegue a advertir “su falta de sentido y se harte de sí misma” (FP.2.197).

Pero existe la redención final! No se sabe bien como será, porque Nietzsche no tuvo el cuidado de descifrarnos el enigma del Superhombre. Pero más allá de las contingencias actuales, más allá del fango niquilista en el que nos hundimos, hay una tierra firme o quizás la podamos construir. Existe sólo en la esperanza. Zaratustra es su vocero. Cómo iba a renunciar Nietzsche a los sueños de una redención escatológica! Nietzsche en el fondo sigue siendo cristiano y despojado de todos los ornamentos sagrados, se sube al púlpito para predicar la llegada del Superhombre. No importa que contradiga los presupuestos de su filosofía. Tiene acaso alguna importancia caer en la contradicción, si la contradicción es la ley de la vida?

Nunca sabremos cuál es la doctrina definitiva de Nietzsche, porque para él no existe doctrina definitiva. Puede ser el Eterno Retorno, ese fatigoso repetirse de una realidad sin cambio y sin esperanza o puede ser el salto mágico hacia el estadio final del Superhombre. Pero qué es el Superhombre? Cómo lo reconoce Deleuze, el discípulo amado, es posible que ni el mismo Nietzsche lo supiera. De todas maneras “el hombre es un puente y no una meta” (Zar.Pream).

Nietzsche se ha encargado de despejar algunos de los malentendidos que pueden recaer sobre ese nuevo redentor de la humanidad. No es de ninguna manera un idealista ni se trata de una raza superior, ni es una especie de santo cristiano ni siquiera de uno de los héroes de Carlyle (EH.III.1).

En ocasiones, sin embargo, parece que el superhombre fuese la superación de la actual especie biológica, para llegar a formar una más fuerte, sin compromisos con las mentiras culturales. Sería entonces el retorno a un desarrollo biológico más genuino que superase las desviaciones evolutivas del hombre actual (FP.9.91).

En ocasiones parece ser más bien el resultado de la superación de la cultura, hacia otros horizontes que perfeccionen el sistema humano, más allá de los límites que nos impone la naturaleza.

De todas maneras ninguna de las dos soluciones puede ser compaginable con la teoría del Eterno Retorno. Se apoyan, más bien en la teoría de la voluntad de poder, ese nuevo dios, ese nuevo Espíritu Absoluto que abre horizonte, sin dejarse amedrentar por ningún obstáculo. El futuro entonces sería, no la enojosa repetición del pasado, sino la creación continua del porvenir.

El influjo que ha ejercido Nietzsche sobre el mundo moderno está fuera de toda duda. Resta preguntarse si vale la pena construir sobre su niquilismo y sobre sus esperanzas contradictorias la lucha por la vida y por el hombre del movimiento ambiental moderno. El lector lo dirá.

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