ESTUDIOS SOBRE LA FILOSOFÍA MODERNA
5.2. Los presupuestos filosóficos
El segundo enemigo de Nietzsche, además de la moral tradicional, es la metafísica, o sea, la filosofía que quiere encarnarse en verdades eternas y
definitivas. No hay hechos eternos, de igual manera que no existen verdades eternas (Hum.I.2).
Nietzsche traslada al mundo el principio cardinal que había asentado en su concepción ética. Así como toda sociedad está basada en el error, “lo que llamamos el mundo es el resultado de una multitud de errores y fantasías”. Ello significa ante todo, que no podemos saber nada del mundo en sí. El mundo real es el que cada cultura construye en su aparato ideológico y al construirlo no hace más que trasladar al mundo los errores de la cultura. La cosa en si kantiana no es más que una ilusión y “solo es digna de una risa homérica” (Hum.1.16). Toda construcción cultural es, por lo tanto, relativa y reconstruye el mundo a su imagen y semejanza. No existe una ontología independiente de la gnoseología. Las cosas no son, sino que se construyen en el proceso de creación cultural. No existe una realidad distinta o más allá de la que se puede observar en el contexto de la cultura. El mundo, todo mundo, no es más que una lectura.
Pero hay más. La lógica con la que nosotros captamos el mundo o lo construimos no es ajena a la creencia, es decir, a los errores sobre los que se cimienta la cultura y, como vimos antes, esa creencia se identifica con lo que cada cultura establece como útil o como agradable y lo transforma en precepto moral. El juicio lógico depende, por tanto, de la creencia y ésta depende de lo que es útil o lo perjudicial. (Hum.1.18)
En esta forma, el fenomenismo de la acción se traslada a un fenomenismo ontológico y gnoseológico y hace saltar uno de los términos sagrados de la filosofía, al menos desde Aristóteles, el concepto de substancia. El concepto de substancia, junto con el de libre arbitrio, son los dos errores básicos de la cultura occidental. El término substancia es el disfraz que oculta una intención religiosa. Detrás del escenario de la filosofía, siempre existe un dios. Detrás de lo visible, se quiere alzar como explicación lo absoluto. Esa es la intención de todo platonismo y la filosofía occidental es platónica.
El mundo, por lo tanto, sólo puede describirse como fenómeno. Hay que cerrarle la puerta a la cosa en sí, o sea, hay que defenderse continuamente de la metafísica. No existe más que un flujo de fenómenos que se deslizan en la conciencia. (Hum.II.34; VS.16). Esta argumentación es para Nietzsche la mejor refutación del libre arbitrio. La doctrina de la libertad supone que cada acción individual es aislada e indivisible. Surge como entidad única de una facultad que llamamos voluntad. No es así. La realidad ontológica y gnoseológica no es
más que un fluir que se encadena. Todo pensamiento, todo acto de conciencia surge de la necesidad de este fluir.
Pero los errores metafísicos, al igual que los morales, son útiles, precisamente porque construyen cultura. La única manera como el hombre puede educarse es con base en sus errores (GS.115). Si bien el lenguaje, la lógica y la matemática no se corresponden con el mundo real, son, sin embargo, instrumentos indispensables para cualquier construcción cultural. Por ello no debemos despreciar los errores lógicos, ni siquiera la metafísica. Ésta, aunque sea falsa, es necesaria para crear “instituciones estables” (Hum.I.19). Más aún, el error es el único que hace al hombre profundo, delicado y creador. (Hum.1.29)
Pero en último término, qué es lo que viene a justificar el error y el engaño? Ellos no surgen casualmente ni se colocan por coincidencia en las bases de la cultura. Dentro de cualquier sociedad el error y el engaño se convierte en poder y ese hecho le da su justificación. El poder es la única justificación social. (GS.110) Estamos ante un antisocratismo total. El hombre no puede vivir sin la falsificación de la lógica (BM.6).
La sociedad es una construcción que transforma los instintos primarios y los convierte en instrumentos sociales de dominio a través de los procesos de falsificación. Hegel llamaría a estos procesos “las trampas de la cultura” y Marx, los procesos de ideologización. Ninguno de ellos articula, sin embargo, la formación de las ideologías a los instintos biológicos. Para Nietzsche, en cambio, la fábrica de la cultura organiza simplemente los impulsos instintivos, cubriéndolos con eufemismos aceptables socialmente. Es a eso a lo que llamamos moral y es a eso a lo que llamamos conocimiento.
El conocimiento o la inteligencia o de cualquier forma que lo queramos llamar no es más que la relación de unos impulsos instintivos con otros. No se trata, por tanto, como lo ha planteado la filosofía, de una facultad específica, distinta a las raíces fisiológicas del instinto. Así pues, existe una continuidad epistemológica entre instinto, moral y filosofía. La moral establece las normas sociales que permiten estimular el poder, basándose en los instintos socialmente provechosos. Las intenciones morales forman “el germen vital” de donde nace la filosofía. El instinto se transforma en elaboración cultural a través de la moral y de la filosofía. “Todo instinto está ávido de filosofar” (BM.6).
Pero entonces, quién es el que produce el pensamiento? Esta es para Nietzsche una falsa pregunta, aunque ha sido una de las preguntas esenciales de la filosofía.
Así como no existe una voluntad que actúa, tampoco existe una facultad que piense. Los pensamientos se producen sin necesidad de facultad o de sujeto. Lo que existe es el fluir dinámico de pensamientos y acciones. Un pensamiento se produce cuando él quiere y no cuando uno quiere. (BM.17).
Ese flujo de fenómenos, de sentimientos, de impulsos, de ideas y de acciones va acompañada siempre por una voluntad de poder que impulsa todo el proceso, pero que no se sabe de dónde surge ni en qué consiste. Es un impulso quizás ciego y caótico, pero que existe o subyace a la manera de una nueva substancia o de un nuevo dios. Es el impulso hacia la conquista de la vida o, mejor aún, hacia la conquista de más vida.
Con estas reflexiones llegamos al centro del sistema filosófico de Nietzsche, no solo tal como lo han visto los críticos, sino como lo vio el mismo filósofo. El fenomenismo de Nietzsche es, si se quiere menos agresivo que el de Spinoza. Los actos no están dispersos. No son puntos sucesivos de una serie infinita, sino componentes de una corriente única que es la voluntad de poder. Estas no es una expresión que pueda aplicarse solamente a los procesos individuales o sociales. Es la ley de la vida. La vida misma no es sino voluntad de poder que crece y se acumula absorbiendo substancia ajena.
El poder requiere necesariamente subordinación. La vida se alimenta de la muerte y la vida de unos es la muerte de otros. Para Nietzsche la moral debería consistir en aceptar esta ley y doblegarse a ella. Es necesario aceptar las diferencias. La vida es una pirámide. Sin jerarquía no hay ni sociedad ni vida. El determinismo pasa también al campo de la mitología. Lo que existe no es el encadenamiento causal, sino el dominio de la voluntad de poder (BM.21). No existen, por lo tanto, las llamadas leyes de la naturaleza, porque esta no son más que la manera como nosotros interpretamos la realidad. Son ilusiones tejidas por la mente humana. Son interpretación y no texto (BM.32). Con ello queda derruido el santuario de la ciencia moderna: la objetividad. La ciencia objetiva, al igual que el arte por el arte no pasa de ser un escepticismo disfrazado. (BM.206-208).
Con el ataque a la filosofía se derrumba por igual la ciencia. Para Nietzsche las elaboraciones científicas están íntimamente ligadas a las ilusiones filosóficas
y morales. Nada más ilusorio que la independencia de la ciencia. De hecho, la ciencia moderna ha sido el mejor auxiliar del ideal ascético y de la religión tradicional. (GM.III.25).
Moral, filosofía y ciencia están pues ligadas en el propósito común de construir cultura a base del error y del engaño. El camino se puede describir brevemente. Puesto que es socialmente necesario que el hombre sea responsable, se construye el andamiaje de la voluntad. La voluntad trae consigo la exigencia del yo, del sujeto que actúa. De allí se deduce la necesidad del determinismo causal, cuyo prototipo es la voluntad libre. Existe un sujeto responsable que produce actos de manera causal. Este modelo se aplica después a la naturaleza. El hombre proyecta sobre el mundo la creencia en el yo como causa: nace la ciencia. Luego la proyecta sobre dios, causa primera y definitiva de todo fenómeno y nace la religión. (Crep.,Ídolos).
Este es el tejido que encadena la sociedad. La cultura es una prisión de símbolos. Hemos tejido la red y no logramos escaparnos de ella. Todos los símbolos están estrechamente ligados, desde lo sagrado hasta lo profano y es difícil romper la cadena por cualquier eslabón. “Temo que no nos libremos jamás de dios, puesto que creemos todavía en la geometría” (Crep.)
Al final de este derrumbe ideológico se puede preguntar qué queda. Quedan solamente el perspectivismo y la voluntad de poder y como una ilusión del futuro, el eterno retorno.
Queda ante todo el perspectivismo, que es quizás el último intento de Nietzsche por explicar el fenómeno de la mente humana. La perspectiva significa ante todo que no existe o que no podemos conocer la realidad exterior, sino a través de la deformación de la mente, o sea, de la perspectiva. Por lo tanto, no existe el acontecimiento en sí. Lo que “sucede” no es algo exterior. Nada de los que podemos filtrar o sintetizar existe en la realidad. Ni la lógica, ni las leyes ni los números ni el ente. Nada. Con la red del conocimiento no podemos pescar sino peces falsos. (F.P.34.249; F.P.40.9)
El perspectivismo significa en segundo lugar, que no existe la visión adecuada de la realidad. No existe una verdad de la que todos participen. Cada cual hace un recorte diferente, porque un mismo texto permite incontables lecturas o interpretaciones. Cada quien tiene su propia perspectiva y ninguna puede considerarse la correcta (F.P.2.220)
De todas maneras, estamos encerrados en el error y esa es quizás la tercera consecuencia del perspectivismo. El conocimiento no es más que el mecanismo para hacer posible la experiencia, falsificando la realidad. La vida sólo se hace posible a través de ese aparato de falseamiento que es la perspectiva. “Querer, sentir o pensar es transformar falsificando”. Es el error el que hace posible la vida del hombre. (F.P.34.252).
Desde el momento en que Nietzsche desmonta “la patraña” del sujeto, qué queda? Perspectivas sin sujeto, acciones sin voluntad. Pensamientos que se piensan a sí mismos. Cómo volver a conjugar después de Darwin hombre y realidad, naturaleza y cultura? Ese es el intento de Nietzsche, pero es un intento frustrado. Todo se mueve desde un escenario oculto y los que representamos la comedia, no somos más que los títeres de la voluntad de poder.
Es el nuevo imperativo categórico, impuesto por Nietzsche, siguiendo los preceptos de Darwin. Queda el sometimiento a la voluntad de poder. Es un imperativo que no tiene nada que ver con el humanismo agonizante de Kant. La razón práctica era una manera de salvar algo del hombre, después de la arremetida de Spinoza. Se pudo salvar por lo menos la voluntad y la libertad. Pero se trataba de una voluntad humana que desligaba al hombre de la naturaleza y de sus impulsos primitivos. Era la voluntad autónoma que construía el mundo de la moral y que permitía al hombre vivir al resguardo de las fuerzas oscuras del cosmos.
En la cultura, por tanto, la voluntad de poder se transforma en error o en engaño. Es la fuerza motora fundamental de todo progreso, de toda construcción cultural. La voluntad de poder maneja, sin que lo advirtamos todos nuestros pensamientos y voliciones. Querer significa simplemente mandar y la libertad no es más que el sentimiento de superioridad del que manda y que se concreta en la frase: “yo soy libre; tú tienes que obedecer” (FP.24.436).
Estrechamente vinculada con la voluntad de poder, Nietzsche desarrolla su última estrategia filosófica, la más extraña de todas, quizás la más contradictoria y a la que le ha dado una importancia que puede parecer excesiva. Se trata de la teoría del eterno retorno.
Puede decirse que el eterno retorno es una consecuencia de la voluntad de poder. Esta voluntad hay que asimilarla como una fuerza universal que impulsa la evolución y la historia y a la cual se debe la aparición de cualquier fenómeno. Pero en que consiste dicha fuerza. Se trata de una fuerza finita que se desplaza
en un tiempo infinito, con posibilidades finitas de combinaciones. Si las combinaciones son finitas y el tiempo es infinito, necesariamente estas tienen que repetirse por toda la eternidad. (FP.11.202).
La única manera de escaparse a esa extraña lógica, de acuerdo al menos con las sugerencias del mismo Nietzsche, es planteando que las posibilidades de combinación son infinitas o que el tiempo no es infinito. La primera hipótesis supone que el devenir puede siempre crear nuevas combinaciones, sin límite alguno. Se trataría, por tanto, de un devenir constantemente nuevo y que se prolonga en tiempo infinito. Ello supondría una fuerza siempre creciente, lo que se contradice con las leyes de la termodinámica. Si por otra parte, el tiempo no es infinito, ello supondría que alguna vez empezó, lo cual supondría volver a la teoría de la creación “ex nihilo” y, por lo tanto, a un dios creador, exterior al mundo. No existe, por lo tanto, disyuntiva: o dios o el eterno retorno.
No se crea, sin embargo, que se trata de una nueva religión consoladora. La teoría del eterno retorno es para Nietzsche la doctrina “más dura, más cruel y más implacable”. Ante todo, es la negación total de que el mundo tenga un destino o una razón de ser. No hay ninguna meta que cumplir.
Sin embargo, por otro lado, la vida, según el mismo Nietzsche, no puede ser un estado inmóvil. La finalidad no es conservar, sino superar. Cómo se concilia, por tanto, la necesidad de superar continuamente los estadios alcanzados, con la fatigosa repetición de los mismos estadios? Cómo se conjuga el superhombre con el Eterno Retorno?
No hay respuestas claras en la obra de Nietzsche y menos aún en las de sus seguidores. Por el contrario, las contradicciones se profundizan. El eterno retorno no es una finalidad, algo que deseemos alcanzar, sino una necesidad “irracional, sin ninguna contemplación formal, ética o estética”.
Pero bien vale la pena aferrarse a ese pequeño rayo de luz que se filtra en medio del nihilismo extremo. Hay que vivir de tal manera, concluye Nietzsche, que queramos vivir otra vez y así indefinidamente por toda la eternidad. En todo caso, ello va a suceder, querámoslo o no. Lo que importa es la eternidad (FP.11.161 y 163).