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Una moral contra la naturaleza

In document Aventura de Los Simbolos (página 117-122)

ESTUDIOS SOBRE LA FILOSOFÍA MODERNA

1. SPINOZA: UNA MORAL DENTRO DE LA NATURALEZA

2.2. Una moral contra la naturaleza

De los presupuestos asentados en la Crítica de la Razón Pura se puede deducir fácilmente el esquema de la ética kantiana. La virtud se convierte en Kant en una lucha contra los impulsos de la sensibilidad. La protagonista de esta lucha es la libertad, que se convierte así en un principio espiritual antagónico a las tendencias que vienen de la sensibilidad y que tienen su más honda raíz en la naturaleza. “La libertad, en el sentido práctico, es la independencia de la voluntad con relación a la sujeción de las pendientes de la sensibilidad”(MC,

481; CRPr.I.8).

La libertad como fundadora de la moral, no está situada en el mundo de la naturaleza, puesto que la naturaleza no es más que el encadenamiento causal del orden fenoménico. Naturaleza y libertad son, pues, dos polos antagónicos de la realidad. Pertenecen a mundos independientes e incluso contradictorios. Admitir la libertad en el orden inmanente, sería hacer desaparecer la naturaleza, puesto que ésta supone por fuerza una serie causal necesaria (CRP, 215). La naturaleza sigue el orden rígido de las causalidades, mientras la libertad crea en forma independiente su propio orden.

La libertad sería imposible, si el hombre pudiese conocer directamente las cosas en sí. Ningún ser “cuya existencia está determinada en el tiempo” puede gozar de libertad. Todos los fenómenos de la naturaleza, en efecto, están sujetos a la ley rígida de la causalidad. Si existe libertad, tiene que existir por fuera del tiempo y del espacio, es decir, en el reino de las ideas trascendentes. Si no se acepta que el tiempo y el espacio son fabricados subjetivamente por el hombre, sino propiedades de las cosas, la única filosofía válida sería la de Spinoza, que niega la libertad y define el tiempo y el espacio como atributos de la substancia divina. El spinozismo es mucho más lógico que el creacionismo. (CRPr.I.cap.3) Sin embargo, ninguno de los seres trascendentes repugna o contradice el mundo de la naturaleza y, por lo tanto, no pueden ser excluidos como absurdos por el análisis científico. Si no es posible analizarlos, tampoco es posible rechazarlos. Ellos tienen su propia esfera de realidad. “Así, libertad y naturaleza, cada una en su sentido perfecto, se encontrarán juntas y sin conflicto en las mismas acciones” (CRP, 249).

Qué es por lo tanto, la moral? Se podría definir como la capacidad de decisión de la Razón Pura, que elige autónomamente entre distintas alternativas que se le presentan en una situación dada, sin ser determinada por ningún fenómeno sensible o inteligible. De manera más técnica, y dentro de su terminología, Kant la define como “el sistema de los fines de la razón pura práctica” (M.C.381). La virtud se define, por tanto como un fin, que es a la vez deber. Es decir, es un fin que la voluntad misma se establece a través del imperativo categórico. No resulta, pues, del desarrollo de una determinada habilidad. No se adquiere por el ejercicio del hábito ni depende de un determinado vigor o fortaleza de la voluntad, porque se precisa el mismo grado de fortaleza para cometer un crimen que para ejercer la virtud (MC.384).

El hecho de que la virtud sea un fin, significa que sólo el hombre se puede proponer a sí mismo fines, pero significa igualmente que la virtud no consiste en elegir los medios para alcanzar un fin, sino en proponerse de manera autónoma dicho fin. El imperativo categórico es, por lo tanto, el fin que el libre arbitrio se establece a sí mismo, independientemente de cualquier determinación exterior. El imperativo categórico es el eje y el motor de la acción moral. Kant lo define como “una regla práctica, por medio de la cual se hace necesaria una acción en sí contingente” MC.222). “Se hace” significa aquí una especie de creación y se refiere a la capacidad que tiene la voluntad para iniciar acciones sin estar supeditada a ninguna determinación anterior. No puede confundirse, por lo tanto, con una acción que tiende hacia un fin, porque el fin moral no puede ser más que la acción misma.

El imperativo categórico no es una ley particular, sino el fundamento de toda ley, o sea, la raíz oculta de la obligación. Enuncia un principio general que reza así: Obra según una máxima que pueda valer a la vez como ley universal” (MC.225). Más adelante lo define: “Obra según una máxima de fines tales que proponérselos pueda ser para cada uno una ley universal (MC.395).

Esta última definición significa, según el mismo Kant, que “el hombre es fin, tanto para sí mismo, como para los demás”. El hombre no puede ser tomado como medio para ningún fin, porque él es el único fin de cualquier actividad en el mundo de la naturaleza. Es la razón pura la que señala al hombre, a través del prisma de la libertad, como objetivo o fin último de la misma naturaleza.

Ello significa que la moral no puede subordinarse a ningún interés o a ningún apetito. Por ello el imperativo es categórico y absoluto. Si el hombre es el fin de la naturaleza y no puede ser subordinado como medio, ello lo debe al hecho de que el orden moral no puede ser subordinado a su vez ni al orden especulativo ni a la sensibilidad. La virtud pura y sin contaminaciones de interés o de apetito es el propio fin de la acción moral y la virtud misma debe ser la única recompensa del acto moral. (MC, 396).

La finalidad de la razón práctica no es, por tanto, la conservación o la felicidad, sino la acción moral. Para asegurar la búsqueda de la conservación, la naturaleza ha dotado de instinto a todos los animales. La razón no tiene en el hombre esa finalidad, porque hubiese bastado dotarlo de instinto para que buscase su propia conservación. Si la razón se empeña en buscar la felicidad del hombre está condenada inevitablemente al fracaso. La voluntad del deber sólo existe

cuando ejecutamos una acción moral en contra de las inclinaciones naturales. En el caso de que se mezcle alguna inclinación, hay que descartarla, para que el acto sea verdaderamente moral. (FMC,cap.1) Nunca se había descrito en la filosofía, con más implacable rigor, el deber ético.

De ello se deduce que la moral no es propiamente la descripción del comportamiento social tal como se da en la realidad, sino la exigencia de un imperativo categórico que indica la manera como los hombres “deben ser, según la idea de la humanidad”. No importa, por lo tanto, que los hombres reales de todos los días, sean distintos a la imagen ideal exigida por el imperativo categórico. No importa, en último término cómo son los hombres, sino como deberían ser. La antroponimia no puede confundirse con la antropología (MC, 404,405). “Querer empezar el análisis moral por la experiencia y no por el examen de la razón a priori da lugar a una pútrida mescolanza de observaciones” (FMC.cap.2) o “produce un modo de pensar ligero, desbordante y fantástico” (CRPr.I, cap.3)

Por estas razones, Kant se opone decididamente al ideal ético de Aristóteles que colocaba la virtud en el comportamiento equilibrado entre dos extremos. Este resto de humanismo que había logrado penetrar en el platonismo cristiano tenía que ser abolido en el altar del deber riguroso e intransigente del imperativo categórico. La virtud no puede tener términos medios. Entre la verdad y la mentira no hay término medio (MC, 433, nota).

Por las razones arriba expuestas la moral kantiana resulta ser una ética por fuera de la naturaleza o contra ella. No puede haber, en efecto, una ética de la naturaleza, puesto que ésta no puede imponer imperativos categóricos. Estos pertenecen solamente al resorte de la voluntad. Tampoco la moral se puede concebir como una ley natural, sino como una ley de la libertad. (CRPr.cap.2). La razón y, por lo tanto, la libertad, nada tiene que ver con ese mundo confuso de la animalidad, ensombrecido por las pasiones y los impulsos instintivos. Kant parece apreciar la naturaleza tanto más cuanto más alejada esté, hacia ambos lados, de la pasionalidad animal. La naturaleza es el reino de “las cosas”, que no son susceptibles de “imputación moral”. La persona, en cambio, es el sujeto de la imputación moral, porque está sometida al imperativo categórico (M.C.223). Los seres de la naturaleza irracional tienen valor “meramente relativo”, porque son solamente medios para los objetivos del hombre y por ello se llaman “cosas”. Los seres racionales, en cambio se llaman personas, porque son los únicos que

se pueden llamar fines en sí mismos” (FMC.cap.2). Las cosas pueden suscitar en nosotros inclinación, “y cuando son animales, incluso amor o terror” pero nunca respeto, porque éste se debe solo a las personas y nunca a las cosas (CRPr.Cap. III).

El mundo de la naturaleza solamente obtiene sentido en la subordinación al imperativo moral. La naturaleza, comprendida como el mundo fenoménico subordinado a las causas eficientes, no puede tener ningún valor y ninguna finalidad en sí mismo. La sensibilidad no recoge la estima de Kant y ni siquiera su benevolencia. Lo único que él sabe del mundo sensible es que afecta negativamente la capacidad de la libertad para realizar de manera totalmente autónoma y pura sus decisiones autónomas (MC.,221). Frente a los impulsos sensibles, la razón legisladora “tiene que defender su influencia” (MC.381). El deseo de todo ser racional debe ser liberarse enteramente de las inclinaciones (FMC.cap.2). Para llegar a constituirse en “ser moral”, es necesario prescindir del “ser natural”.

La moral se concibe como una barrera para no precipitarse en el mundo de la animalidad. Si la fuerza moral no alimentara el sentimiento, “la humanidad se disolvería en la mera animalidad, como si siguiera leyes químicas”. De abajo proviene por lo tanto, todo aquello que puede derrumbar nuestra singularidad como especie, que no se concibe en otra forma sino como imperativo moral, excluyendo los apetitos naturales. O se acepta la ley o no hay más remedio que despreciar al hombre. Y si no se acepta, en último término da lo mismo, porque la moral constituye el reino de lo que debe suceder, aunque no suceda nunca (FMC.pag.42 y 43). Afortunadamente “el hombre no es tan enteramente animal, como para ser indiferente a todo lo que dice la razón” (CRPr.Cap.II).

Sin embargo, el ideal moral no es nunca alcanzable en su totalidad. El único deber del hombre es acercarse continuamente a él, sin lograr alcanzarlo nunca. Eso es “lo único que corresponde a todos los seres racionales finitos” (CRPr.I.7). El homo Noumenon está por lo visto mezclado de manera inextricable con la naturaleza. No puede separarse de sus inclinaciones. La voluntad no puede distanciarse suficientemente de los instintos. Si se interpreta a Kant desde esta perspectiva podría aparecer la figura risueña de un moralista benigno detrás del parapeto exigente e inhumano del imperativo categórico. Kant en efecto no está interesado en describir santos o héroes morales. La voluntad totalmente íntegra, sin mezcla de inclinaciones, pasiones e intereses sólo puede pertenecer quizás a dios o a seres extraterrestres. En esta forma se desvanece de nuevo toda la construcción trascendental, por falta de piso en la realidad empírica (MC.392).

Es difícil ponderar hasta qué punto el pesimismo cristiano influye en el desprecio de Kant por la naturaleza. Lo que es cierto es que si se desprecia la naturaleza se acaba por despreciar al hombre. La especie humana “cuando se la conoce más de cerca”, no se la puede juzgar como particularmente digna de ser amada (MC,402). Con todo, el hombre es el único que puede ser sujeto y objeto de derecho. No conocemos ningún otro ser capaz de obligación activa o pasiva más que el hombre. De ahí que el hombre no pueda tener ningún deber hacia cualquier otros ser, más que hacia el hombre” (MC,442).

Por mucho que apreciemos la naturaleza, nada se opone a que el hombre haga uso de ella de manera arbitraria. El único argumento que esgrime Kant para rechazar el trato cruel contra los animales es porque predispone al maltrato del hombre mismo. Por esta razón el hombre sólo tiene derecho a matarlos “con rapidez y sin sufrimiento”. Cualquier deber hacia la naturaleza es “sólo un deber del hombre hacia sí mismo” (MC,445).

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