6.1. El período de la ciencia clásica
La consolidación de la nueva imagen del mundo pertenece a ese período que se extiende desde el final del Renacimiento (1520) y el principio del pensamiento iluminista (1660). Es un período mal definido desde el punto de vista cultural o político. Continúa el crecimiento de los poderes centralizados. El dominio austríaco-español va siendo desplazado por las nuevas potencias colonizadoras que entran a la historia sin escrúpulos, por la puerta segura del saqueo y de la piratería y desplazan hacia el norte la acumulación de capital extraído a las colonias americanas. Es igualmente el período de la lucha decisiva contra los últimos reductos de los poderes feudales, lucha encarnada en la fascinante y cínica figura de Richelieu y que lleva a la consolidación del poder absoluto de los reyes, apoyados en una hábil y bien domesticada burguesía.
Desde el punto de vista cultural, el período se inicia con la descomposición manierista del antropocentrismo tranquilo y equilibrado propio del Renacimiento y concluye con el grito orgiástico del Barroco, esa maravillosa e impúdica glorificación de la ciudad carnal negada por el dogma de Trento. Sin embargo, no es un dominio exclusivo. Junto a la glorificación jesuítica de la carne representada en la sinuosa paleta de Rubens, aparece igualmente la solitaria y dolorosa experiencia mística de Rembrandt, el descarnado naturalismo de Caravaggio o las figuras monocromáticas de nuevo ascetismo burgués.
En este período difícil de sintetizar es en el que se consolida la nueva imagen del mundo y las nuevas relaciones científicas entre la sociedad y la naturaleza. El período de la ciencia clásica, por concederle este título amorfo, que se ha implantado ya en la historiografía, se extiende desde la aparición del libro de Copérnico, hasta la síntesis de Newton. Cubre las grandes síntesis científicas, como también la aparición de los grandes sistemas filosóficos: el racionalismo cartesiano y el empirismo.
Por una parte el empirismo se desembaraza con facilidad de todos los impedimentos ideológicos de la tradición metafísica que no había lograr desterrar el pensamiento renacentista. La nueva ciencia necesita un nuevo Organum, o una nueva lógica, despejada de prejuicios, sencilla y eficaz. El empirismo no se detiene en contemplaciones ni en equilibrios contemporizadores. El racionalismo, en cambio, descubre con temor los velos ideológicos que cubren la desnudez del hombre.
De todos modos, la nueva visión del mundo desemboca en un antropocentrismo intelectual que Locke define en las primeras líneas de su Ensayo sobre el Entendimiento: “Puesto que el entendimiento es lo que coloca la hombre por encima de todos los otros seres sensible y le da la ventaja y el dominio que tiene sobre ellos, resulta un objeto digno de nuestro esfuerzo analizar su noble naturaleza”.
6.2. Las leyes universales
La emancipación del pensamiento racional desencadenada por la filosofía renacentista posibilita los descubrimientos empíricos de la época clásica que se inicia con el tratado de Copérnico “De revolutionibus orbium coelestium” en 1543 y se prolonga hasta la gran síntesis newtoniana. De los nuevos descubrimientos se desprende un modelo de interpretación racional que supone un universo regido por leyes físicas y no por el impulso de voluntades extraterrestres. La tierra deja de ser desde 1543 y a pesar de las protestas teológicas, el centro del universo. La materia parece conformarse en cualquier lugar a leyes universales mecánicas y, por consiguiente puede definirse como una masa homogénea, tal como lo había previsto Nicolás de Cusa. En vez de un mundo con límites fijos establecidos desde la creación, el espacio podía definirse como infinito, a la manera de cualquier figura euclidiana y así lo hace Descartes. Igualmente Newton comprende que “el tiempo absoluto, verdadero y matemático, sin relación a nada exterior, se desliza uniformemente y se llama duración”.
Dentro de estas leyes de un espacio y un tiempo infinitos, evoluciona una materia homogénea, regida por leyes homologables y predecibles para todos los sistemas físicos. Una ley, dentro del sistema clásico, no es más que la relación funcional y matemáticamente mensurable entre dos fenómenos o magnitudes por medio de la cual es posible prever el funcionamiento de la materia. Este es, en síntesis, el modelo mecanicista, que se instala desde el siglo XVI, remplazando el viejo sistema teológico o la lírica renacentista de la libertad. El sistema mecanicista
maneja la realidad como una magnitud mensurable, sometida a leyes y no como un espacio dominado por la voluntad sea divina o humana. No deja resquicios para los asaltos inesperados de la magia.
La realidad física se reducía, por tanto, como decía Descartes, a dos propiedades: la figura y el movimiento, que medían los dos componentes esenciales de la materia: el espacio y el tiempo. Para lograr una medición aproximada de estas magnitudes, era necesario construir nuevos instrumentos científicos. Si la materia y el tiempo se podían considerar como infinitos y lo infinito escapa a toda medición, había que recortarlos en intervalos arbitrariamente pequeños. El cálculo infinitesimal aparece en manos de Leibniz y Newton, como el instrumento matemático apropiado para el análisis de una realidad euclidiana e infinita.
La diferencia entre el modelo antiguo, platónico-aristotélico y el nuevo modelo mecanicista es fundamental. El modelo antiguo proporcionaba a la materia las características del comportamiento biológico o humano. Las contradicciones del modelo aristotélico surgen de su aplicación de las características de los seres vivos a la realidad física. Aristóteles era un biólogo antes que un físico. El modelo mecanicista maneja la realidad física como una magnitud limitable y mensurable. No era posible esperar de ella reacciones mágicas.
6.3. El abandono del modelo astrobiológico
La construcción del nuevo modelo de interpretación del mundo natural se llevó a cabo en distintos frentes. Todos ellos hundían alguno de los soportes del pensamiento teológico o de una interpretación escolástica de la filosofía. Ante todo, el descubrimiento de las leyes de la mecánica celeste que desplazaban la tierra hacia un puesto secundario y rompían con la visión astrobiológica heredada de Aristóteles y que había sido formulada en líneas generales por Eudoxio. De acuerdo con esta concepción, la tierra estaba rodeada de círculos cada vez más perfectos, hasta llegar al motor inmóvil, que daba el impulso inicial a todo el sistema. La física del cielo era incomparablemente más perfecta que la física de la tierra. Se trataba en el fondo de dos sistemas que no obedecían a las mismas leyes. Los astros eran incorruptibles y poseían movimientos circulares autosuficientes y perfectos. La tierra era corruptible y en ella gobernaba el movimiento rectilíneo imperfecto y finito.
A pesar de que la física aristotélica empezó a ser acremente criticada durante el siglo XIV, Kepler dos siglos después, no logró sacar las consecuencias de sus descubrimientos porque continuaba adherido al sistema astrobiológico. La importancia del sistema de Galileo es haber intentado establecer una sola física para todo el universo, confirmando, por lo tanto, la homogeneidad de la materia. La física tenía que someterse a las leyes de la geometría y por consiguiente el universo, como cualquier figura geométrica, no tenía centro real. La direccionalidad no pasaba de ser una convención.
Por otra parte las observaciones astronómicas, realizadas con los imperfectos telescopios indicaban que el sol tenía manchas, la luna estaba cubierta de montañas, las estrellas aparecían y desparecían y, por tanto, no eran incorruptibles y, por último, a pesar de las apariencias, la tierra se movía. Como decía Giordano Bruno, el hecho de que las estrellas brillan prueba que no son incorruptibles.
6.4. El hundimiento del arca de Noé
Pero era necesario desmoronar por igual otros baluartes de la ortodoxia para construir la nueva racionalidad científica. El descubrimiento de América era un golpe demasiado rudo a la teoría creacionista y cada día era más difícil demostrar que los animales existentes se hubiesen salvado en el arca de Noé. El Jesuita José de Acosta en su “Historia Natural y Moral de las Indias”, rompía, sin pretenderlo, muchos de los esquemas anteriores.
Medio siglo más tarde, Abraham Millius llega a la conclusión de que el origen de los animales se debe al ambiente inmediato que los rodea y, por la misma época, Fránceso Redi daba un rudo golpe a la teoría de la generación espontánea, mostrando con experimentos primitivos pero sensatos, que todo animal nacía de un huevo. El Systema Naturae de Linneo, publicado en la mitad del siglo XVIII, erosionaba las viejas teorías, a pesar de que el autor tuvo que declarar su fidelidad a la doctrina creacionista. La teoría de la evolución, sostenida tímidamente por Descartes, intuida por Linneo, defendida con contradicciones por Benoist der Maillet, se abría así un dificultoso camino.
Hasta la misma corteza terrestre se sentía amenazada. Cómo demostrar contra San Jerónimo, que las rupturas de la tierra no eran los signos de la cólera de Dios contra el pecado y cómo probar contra Tertuliano, que los fósiles no eran el resultado del diluvio? Cuando Avicena planteó que la corteza terrestre sufría
cambios, nadie se atrevió a escucharlo en la cristiandad. Hubo que esperar hasta finales del siglo XVII, para que John Woodward proclamase en la Universidad de Cambridge que los fósiles eran restos de animales vivientes y no modelos enterrados por dios, aunque el mismo Woodward seguía creyendo que habían sido sepultados por el diluvio.
Jenófanes había sostenido en la antigüedad una teoría muy cercana a los resultados actuales de la ciencia y Leonardo da Vinci y Francastoro se habían atrevido a lanzar una idea parecida. Los fósiles, tanto de hombres como de animales, más tozudos que los prejuicios, seguían apareciendo y los descubrimientos geológicos refutaban la opinión de un diluvio universal. La geología tendrá que esperar, sin embargo, para consolidarse como ciencia hasta los trabajos de Smith, Leyll o Cuvier en el siglo XIX.
6.5. Los sobresaltos de la ciencia
El descubrimiento de la nueva racionalidad científica no se hizo sin sobresaltos. Se cree con demasiada facilidad que la ciencia triunfó sin dificultades sobre los prejuicios teológicos y que el caso de Galileo fue excepcional y estuvo rodeado de atenuantes. De hecho no fue así. El estudio y la difusión de las leyes de la naturaleza fue hasta hace muy poco una tarea llena de riesgos y sigue siendo amenazado, aunque más sutilmente, por la ortodoxia. Baste citar algunos ejemplos. Alberto Magno tuvo que esconder algunas de sus teorías más peligrosas en una intencionada oscuridad. Cien años después, el geógrafo del rey de Francia, Francisco de Oresmes, tuvo que desdecirse de la teoría de los antípodas. Cecco de Ascoli, el famoso astrónomo del siglo XIV, fue inmortalizado por el pintor Orcagna sobre los muros del camposanto de Pisa, sufriendo los castigos del infierno por haber sobrepasado la ortodoxia.
Nicolás de Cusa tuvo que presentar la doctrina heliocéntrica más como una fantasía que como una realidad. El mismo Copérnico huyó de Roma porque allí se sentía amenazado y su libro no le creó dificultades, porque apareció cuando él estaba ya en el lecho de muerte. Cuando Galileo aportó las pruebas definitivas al nuevo modelo de interpretación tuvo que soportar la persecución y la cárcel y, anciano ya, tuvo que firmar su propia retractación. Era demasiado peligroso haber demostrado con un tosco telescopio que Venus tenia fases como la luna. “Este necio, decía Lutero refiriéndose a Copérnico, desea revolucionar toda la ciencia astronómica, pero las Sagradas Escrituras nos dicen que Josué ordenó al sol que se detuviera, no a la tierra.” Años antes de la condena de Galileo, Giordano Bruno era quemado vivo en plena Roma sobre la Piazza dei Fiori.
Con estos antecedentes inmediatos no es de extrañar la ambigüedad y los equilibrios conciliatorios de Descartes, quién, a pesar de su exagerado respeto por la tradición eclesial, vio incluido en el Índice de libros prohibidos todas sus obras, condenadas no solo por el Papa, sino por la misma Universidad de Paris. Linneo, tan parco en sus conclusiones, tuvo que retractarse de haber probado que la masa roja aparecida sobre el océano, no era un castigo de dios sino el efecto de una masa de infusorios.
Por la misma época, Buffon fue obligado por la Sorbona a retractarse de todo lo que había publicado “relativo a la formación de la tierra y en general de todo aquello que pueda ser contrario a la narración de Moisés.” Siglos más tarde, Darwin se verá acusado por el obispo de Oxford de “querer limitar la gloria de dios respecto a la creación”. Estos pocos ejemplos que avanzan hasta el siglo XIX, indican con claridad los riesgos que corría cualquier investigación científica, que pretendiese socavar los cimientos de la tradición cristiana y proporcionar modelos racionales de interpretación del mundo natural.
6.6. Las ambivalencias de la cultura
Como puede verse, la época de los Renacimientos concluye en dos momentos paralelos que pueden considerarse ambos precursores del mundo moderno en sentidos diferentes. Por una parte, la alegría desenfadada, la reivindicación de la naturaleza o del amor lírico desemboca en la visión atormentada del manierismo y se sumerge luego en la visión maniquea, sea del Protestantismo, sea de la Contra-Reforma. Por otra parte la búsqueda de una comprensión racional de los fenómenos naturales y de la historia humana concluye en los grandes descubrimientos geográficos y científicos.
De una parte, la visión de la historia humana se torna angustiosa. La vida del hombre vuelve a ser un campo de batalla entre Dios y Satanás. Lo que importa es el dominio de una determinada doctrina, no el apego al método y a la verdad histórica o natural. La moral o el dogma se convierten en los criterios a los que se someten los hechos. Algunos pocos elementos del racionalismo renacentista pasan subrepticiamente en esa ambigua síntesis que fue el jesuitismo. Los jesuitas se adhieren decididamente al humanismo y quieren reconstruir desde allí el orden dogmático y eclesial. En Ignacio de Loyola hay incluso un vuelo de inspiración poética que parte de la contemplación de la naturaleza. Por la misma época, Juan de la Cruz oculta la orgiástica fruición del amor humano y de la belleza natural en el lenguaje subrepticio de la mística.