5. LOS RENACIMIENTOS: EL REENCUENTRO DE LA NATURALEZA Y EL HOMBRE
5.1. Qué son los Renacimientos
La visión característica del pesimismo místico de Platón y la cosmovisión heredada de las antiguas cosmogonías recogidas ambas por la visión cristiana del mundo entra en crisis durante el período de los Renacimientos. En el presente ensayo se considera como época de los Renacimientos, la que preside el resurgimiento de la racionalidad grecorromana durante el siglo XII y continúa con el florecimiento de las formas individualistas del arte, desde el siglo XIV en adelante.
El Renacimiento se ha confundido comúnmente con la renovación de las tradiciones literarias o artísticas, sin tener en cuenta el renacimiento del derecho romano durante el siglo XII, que fue seguido por la consolidación del pensamiento aristotélico durante el siglo XIII. El derecho romano y la filosofía aristotélica se acoplaban mejor que la tradición platónico-agustiniana a las tendencias individualistas implantadas por la burguesía comercial. Durante los siglos posteriores renacen las tradiciones artísticas y literarias que pasan de la figuración jerárquica del mito, propias de la sociedad guerrera del feudalismo, a la expresión del sentimiento individual.
Los renacimientos no significan una reproducción literal o servil de los modelos antiguos. No es un disfraz, sino una verdad histórica. Los símbolos resucitan porque los exige la experiencia social. No era necesario inventar de nuevo los instrumentos teóricos para el manejo del mundo material. Bastaba desempolvarlos de las bibliotecas monacales en las que se había refugiado el saber antiguo. Los ideales individualistas propagados por las corrientes comerciales necesitaban una vestidura ideológica que ya estaba hecha.
Sin embargo, no todas las tendencias de la antigüedad resucitan. Por otra parte, las formas que renacen no logran, aunque a veces lo intenten, reproducir las características exactas del modelo grecorromano. Era otra época y el esquema clásico no podía tomarse tampoco como un modelo homogéneo. De la sabiduría terrenal del mito homérico al desencanto moderado de la “epoxe” estóica hay muchas formas de ver la realidad. El renacimiento no las reconstruyó todas. Era necesario contar igualmente con la represión eclesial y política. El nuevo pensamiento tenía que abrirse camino no sólo por entre la densa atmósfera del mito, sino igualmente contra los intereses feudales que se habían encarnado en el dogma vertical del pesimismo teológico.
La herencia inmediata cristiana fue un factor perturbador para la comprensión humanista de la naturaleza. Aunque se prescindía de la providencia y de los milagros, no se los negaba. En las historias florentinas de Leonardo Brunni o en la historia de Pistoia de Gianozoo Manetti desaparece la providencia como explicación histórica, pero no es reemplazada por una visión unitaria del proceso histórico, como la habían logrado los historiadores antiguos.
Por otra parte, la burguesía se puso muy pronto al servicio de los príncipes y ello le impidió acercarse a una reflexión sobre la manera como la sociedad se relaciona con el entorno a través del trabajo. El humanismo no refleja las preocupaciones populares, sino la visión aristocrática de los príncipes o los ideales generales de la libertad. Brunni, Poggio, Bembo o Valla al igual que Miguel Ángel o Boticelli están al servicio de los príncipes. Aunque la mayor parte de ellos provengan de la burguesía solo pueden observar el mundo desde arriba. El desprecio por el pueblo manifestado por Petrarca o Salutati es igualmente un desprecio al trabajo. Es característico, por ejemplo, que Sabellicus en su historia sobre Venecia no mencione el comercio de la sal como una de las fuentes económicas del poder político de La Señoría.
De hecho al interior del período llamado en forma vaga “medieval”, se inicia la ruptura del pensamiento mítico y la liberación de las categorías racionales. Este movimiento se da en dos direcciones. Por un parte, la afirmación de la autonomía de la razón, que significa igualmente una autonomía del mundo natural y paralelamente un alejamiento de la idea filosófica de la divinidad y en consecuencia, un retorno a la experiencia mística, desligada de cualquier racionalización de lo divino. Esta segunda vía es ya clara en Nicolás de Cusa y se afianza con la autonomía soberana de dios en el protestantismo, con su escisión tajante entre el don gratuito y las buenas obras, entre la moral y la fe.
Sin embargo, el dominio del mundo iniciado por la burguesía renacentista podía buscar otros caminos de conciliación o de ruptura con el pasado cristiano. Uno de ellos consistía en convertir a dios en el gran comerciante que presidía las acciones bancarias. Gainozzo Manetti lo considera como el gran maestro del tráfico comercial y Lorenzo Valla afirmaba que no es posible servir a dios sin ánimo de recompensa.
El otro camino es el de la indiferencia creciente que rematará en la religión natural o en el ateísmo. “El cristiano típico del renacimiento, escribe Von Martin, había llegado a un verdadero ateísmo que excluye la intervención eficaz divina en los actos humanos... Cada uno se cree capaz de dominar su fortuna”.