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La Triada Sagrada

In document Aventura de Los Simbolos (página 112-117)

ESTUDIOS SOBRE LA FILOSOFÍA MODERNA

1. SPINOZA: UNA MORAL DENTRO DE LA NATURALEZA

2.1. La Triada Sagrada

Para lograr este balance, Kant creyó necesario poner un límite a los derechos y a las pretensiones de la razón especulativa. Había que cercenar la osadía de la razón humana que había pretendido inútilmente adentrarse en el conocimiento de lo que se hallaba por encima de su influencia o de su poder, tales como dios,

el alma inmortal y la libertad, a los que podemos llamar la tríada sagrada del kantismo.

Pero por otra parte, Kant pretende afirmar la autonomía del hombre y por lo tanto de la razón, en la esfera limitada de sus propios fines. La trascendencia de dios abre el campo a la autonomía humana en una dimensión que seguramente no hubiese aceptado Lutero y en este aspecto, Kant se encuentra con el pensamiento humanista de Suarez y de Molinos.

Para entender el significado de dicha autonomía, es necesario delimitar el significado que Kant le da al concepto de “naturaleza”. Entendida en forma adjetiva, la naturaleza es “la conexión de las determinaciones de una cosa, según un principio interno de causalidad”. Como substantivo, significa el conjunto de dichos fenómenos, enlazados entre sí por una secuencia causal (CRP, 201, nota 12).

La naturaleza es, por lo tanto, un todo cerrado en sí mismo, que tiene su propio ordenamiento causal. Su esfera coincide con el dominio de la razón tanto estética como especulativa, que está hecha para ordenar los fenómenos y descifrar su causalidad. La pretensión de la ciencia no debe ir más allá del esfuerzo necesario para descifrar este entramado de fenómenos que se articulan en series infinitas. Por mucho esfuerzo que desplieguen los hombres quedarán siempre sometidos “en todas las perfecciones posibles a las condiciones del espacio y del tiempo y no podrán llegar jamás a lo incondicionado” (CRP.227,228).

Kant demuestra así que Zenón de Elea tenía razón contra Platón, cuando planteaba que no era posible solucionar con la sola luz del entendimiento discursivo, las aporías en las que remata necesariamente la naturaleza y, por consiguiente, la ciencia, como por ejemplo, si el espacio o el tiempo son indefinidamente divisibles o no, o si por fuera de la serie existen seres trascendentes, tales como el alma, la libertad o dios. La antítesis entre Heráclito y Parménides no es posible solucionarla en el campo de la razón especulativa, porque ésta no puede salirse de la esfera de lo fenoménico.

Querer sobrepasar estos límites, como lo ha intentado tantas veces la filosofía, no es más que el resultado de un “espejismo trascendental, que les ha hecho ver (a los hombres) una realidad allí donde no existe” (CRP.234). “La naturaleza, pues, parece habernos tratado como una madrastra, dándonos una facultad que no puede por sí misma conducirnos a nuestro fin” (CRPr.III.cap.2).

Esas realidades trascendentes son precisamente la tríada sagrada: dios, el alma inmortal y la libertad, cuya existencia o esencia no puede ser alcanzada de ninguna manera, por el camino de la razón especulativa o de la sensibilidad. Ninguna de estas realidades se encuentra al interior del mundo de los fenómenos. Son afirmaciones o suposiciones que pertenecen a la razón práctica. Aquí es donde se abre en el pensamiento kantiano el abismo entre razón especulativa y razón práctica, entre naturaleza y libertad, entre ciencia y moral.

El análisis de la tríada se inicia por el concepto de libertad. Para dotar al hombre de un principio absoluto de autonomía, Kant juzga necesario colocarlo al margen de la naturaleza, más allá de la contingencia de los fenómenos empíricos. Tal es el sentido que Kant le otorga al concepto de libertad. A través de ella, el hombre se escapa a las contingencias del mundo natural y construye su propio orden autónomo. “Yo entiendo por libertad, en el sentido cosmológico, la facultad de empezar de sí mismo” (CRP,246). Este es el primer salto que da Kant, por fuera del orden de la naturaleza. Salto como puede entenderse, lleno de consecuencia en el campo ambiental.

La hipótesis de la libertad no solamente abre el abismo entre hombre y naturaleza, sino que divide por igual al hombre mismo. En la línea de Descartes, Kant profundiza la dicotomía del hombre dividido entre un ser sensible, sometido al mundo de los fenómenos y un ser trascendente, dotado de un principio absoluto y autónomo de acción. Entre un ser colocado en la pendiente resbalosa de la sensibilidad y un ser creador de iniciativa situado en el mundo trascendental, más allá de cualquier contingencia natural (CRP,251).

Sin embargo, la división del hombre va mucho más allá que la separación entre sensibilidad e inteligencia. Esta división la había ya formulado Platón. Para Kant, el reino de la libertad supera igualmente los límites de la inteligencia y se sitúa definitivamente en el reino de la trascendencia. La libertad, al igual que los otros componentes de la tríada sagrada, no está sometida al influjo de la experiencia discursiva. Ni dios ni el alma ni la libertad son objetos de conocimiento intelectual, sino simples suposiciones de la razón práctica. No es posible por lo tanto, definir la libertad, como tampoco es posible abarcar el

Las abreviaciones utilizadas son: -CRP (Crнtica de la Razуn Pura) -CRPr(Critica de la Razуn Prбctica) -MC (Metafнsica de las Costumbres)

concepto del alma o de dios. No se puede ni siquiera probar la existencia de estos seres, por el camino de la razón teórica. En este sentido, la ciencia es un camino ciego que no puede adentrarse en el campo de las hipótesis trascendentales, porque la libertad, al igual que el alma o dios no son, en efecto más que eso: hipótesis exigidas por el imperativo moral.

El hombre kantiano está dividido entre el “homo phenomenon”, o sea el ser natural, que “puede ser determinado por la razón y que es causa de acciones en el mundo sensible y el “homo noumenon”, o sea, “un ser capaz de obligación”, que se confunde con el imperativo categórico y con el reino trascendente de la libertad (MC.418 y 439, nota).

La división del hombre es, por consiguiente, mucho más profunda que lo que había imaginado cualquier filosofía anterior. No solamente abre un abismo entre sensibilidad y razón, sino que rompe también la continuidad entre razón y comportamiento moral, que Aristóteles había logrado unir. La libertad es la iniciadora autónoma y el único fundamento del orden moral. Más aún, es la acción moral la que exige la existencia de la libertad como hipótesis trascendental. En esta forma, el hombre crea su mundo autónomo, limpio de “naturaleza”.

Pero la libertad no da sola este arriesgado salto hacia el reino trascendente. La existencia de la libertad exige a su vez una segunda hipótesis. La libertad supone la existencia de un alma autónoma y, por lo tanto, inmortal. El cuerpo queda reducido a ser “un instrumento del fin sensible y animal” y, en último término, sólo “un obstáculo para el ejercicio de la vida pura y espiritual” (CRP,339). Y si el alma es eterna y puede esperar con razón una vida futura ello plantea necesariamente la existencia de la tercera hipótesis trascendental: la existencia de dios. Así llegamos, por el camino indirecto de la razón práctica a presentir de lejos la existencia de dios, que había sido imposible comprobar por el camino de la razón teórica. Kant tiene buen cuidado de cerrar las puertas de la “ilusión” intelectual o mística. Al igual que la libertad o que su exigencia substancial que es el alma, dios no puede ser sino una hipótesis trascendental, un presupuesto necesario de la razón práctica, del que nada podemos conocer.

La tríada trascendental abre el campo, por contradictorio que ello parezca, a la autonomía del hombre. La ciencia tiene ante sí un camino libre de obstáculos, que le permite investigar y manejar el mundo de manera autónoma, siempre y cuando se limite a la experiencia fenoménica y no se atreva a traspasar los límites que lo separan del mundo trascendente. La ciencia tiene su campo seguro

de acción en el estudio de la naturaleza, entendida esta en el sentido restringido que le otorga la filosofía kantiana. “El orden y la finalidad que se muestran en la naturaleza deben ser explicados por causas naturales y según leyes de la propia naturaleza” (CRP,236).

En el mundo real de la ciencia no entran los absolutos y todo se encadena en una causalidad fenoménica, que no puede rematar en ninguna causalidad segura y trascendente. Es el estudio de un mundo fenoménico que se encadena en series infinitas, sin encontrar nunca la causa primera. La filosofía de Kant supone la ruptura con las ilusiones de Platón y Aristóteles. La naturaleza es un mundo cerrado e inacabado, que no remata en nada por el camino de la razón teórica y que solo encuentra salida por la puerta de la moral.

Dios y la inmortalidad del alma son, según los principios de la razón pura, dos suposiciones inseparables de la obligación moral. Sin estos presupuestos, se desmorona el reino autónomo de la libertad o sea, la exigencia de un orden moral humano. Si no se acepta la hipótesis de la inmortalidad del alma y de la existencia de dios nos vemos obligados a “mirar las leyes morales como vanas quimeras” (CRP,351). El concepto de dios surge como exigencia del orden moral. Es un presupuesto de la ética y una imposición categórica de la idea de libertad (FMC,cap.2). “Es a priori moralmente necesario producir el Supremo Bien por la libertad de la Voluntad” (CRPr.II.cap.2).

El mundo autónomo de la libertad y de la moralidad acaba en esta forma perdiendo su autonomía. La independencia del hombre acaba hipotecándose como eslabón de una nueva serie de seres trascendentes, que nada tienen que ver con la naturaleza o que si tienen que ver con ella, es para iniciar una nueva serie de fenómenos que se llaman acciones morales. La moral no depende, por lo tanto, de un orden natural, ni siquiera de un orden social, sino de un orden trascendente y absoluto en cuya cúspide está colocado el solio de dios. “Puesto que se llama dios a un ser moral todopoderoso tendremos que pensar la conciencia moral como el principio subjetivo de la responsabilidad de los propios actos ante dios” (MC, 439).

La apertura hacia la trascendencia sigue siendo, puramente hipotética y el hombre no debe o no puede traspasar sus límites, ni siquiera por la salida de la razón práctica. Por ello incluso la teología moral no puede tener más que “un uso inmanente”. “Quiero decir, -concluye Kant, que debemos servirnos de ella para llenar nuestro destino en este mundo, adaptándonos al sistema de los fines y no para lanzarnos en un ilusionismo extravagante y por completo

culpable”(CRP,354). El ilusionismo puede ser “el paraíso de Mahoma o la unión delicuescente con la divinidad de los teósofos o de los místicos” que acaban por imponer a la razón “su monstruosidad”(CRPr.II.cap.2.III).

Ya será suficiente tarea para el kantismo cerrar las puertas de las ilusiones por las que se evade la substancia de este mundo. La Crítica de la Razón no ha logrado desafortunadamente impedir el paso a la charlatanería supersticiosa que en nombre de la ciencia o contra ella, pretende subvertir el orden de la naturaleza, imponiéndole fines que están más allá de sus fronteras. Es posible que el kantismo no haya logrado cerrar las puertas de las ilusiones, porque él mismo las dejó colar por la ventana trasera de la razón práctica.

Además, la tarea de la filosofía y de la moral se ve acorralada entre la trascendencia y la inmanencia. Kant rechaza la inmanencia como explicación última del imperativo moral, pero tampoco la trascendencia puede cimentar todo el edificio, si no es en la endeble base de una hipótesis o de una idea imaginaria. Como dice el mismo Kant, la filosofía en el terreno de la moral, “debe ser firme” sin apoyarse en el cielo o en la tierra. (FMC.pag.42). Pero el que no se apoya en el cielo o en la tierra, tiene que contentarse con el limbo.

Esta reflexión sobre la tríada sagrada bien vale la pena concluirla con la reflexión del mismo Kant al final de su Crítica a la Razón Práctica. “El primer espectáculo (el de la razón teórica) aniquila por decirlo así mi importancia, como criatura animal que tiene que volver al planeta la materia de que fue hecho después de haber sido provisto no se sabe cómo, por un corto tiempo de fuerza vital. El segundo espectáculo (el de la razón práctica), en cambio, eleva mi valor como inteligencia infinitamente por encima de mi personalidad, en la cual la ley moral me descubre una vida independiente de la animalidad y aun de todo el mundo sensible” (CRPr. Conclusión).

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