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El realismo político de Wilfredo Pareto

In document Aventura de Los Simbolos (página 189-194)

INTRODUCCION: LOS ANTECEDENTES ILUMINISTAS

1.4. El realismo político de Wilfredo Pareto

Durkheim había intuido vagamente la existencia del inconsciente social, pero su apego a la claridad positivista le impidió desarrollar la investigación en esa dirección oscura y difícil. Cómo enfrentarse a la irracionalidad, tomándola como objeto de la ciencia, sin abandonar la firmeza objetiva del empirismo? Conservando un método aparentemente empirista, era posible iniciar el estudio de las acciones no lógicas. Es el esfuerzo que intenta Pareto en su análisis de los fenómenos sociales.

Ante todo, un método cuidadosamente ceñido al principio positivista de la experiencia y la observación. Pareto no aprecia las tendencias románticas. Le parece un reducto cristiano, inútil y perjudicial para la ciencia. Tampoco le llama la atención la experiencia metafísica al estilo alemán. El método de las ciencias sociales no tiene por qué diferir de las ciencias naturales ni en claridad ni en precisión de análisis. Al igual que Compte, piensa que la ciencia social debe tratar los hechos como cosas, es decir, como algo externo, desligado de los sentimientos. En ello se diferencia de la moral o de la religión.

De estos presupuestos, Pareto deduce uno de sus principios fundamentales de su análisis social: la división tajante entre práctica y teoría. “La ciencia será siempre un conjunto de proposiciones de hecho o de causalidad, de la que no se podrá deducir jamás que uno se deba comportar de determinada manera”. (Tratado de Sociología General, No.973 y passim). Ni siquiera Kant, a quién pueden recordar estas expresiones, había establecido una brecha tan radical

entre la ciencia y el actuar humano. La ciencia sirve para analizar los medios más eficaces, pero no le corresponde determinar los objetivos. Según él, no hay solución científica para el problema de la acción.

De hecho, la acción social no se basa en los postulados de la ciencia. El hombre común vive convencido de que su actuar obedece a los principios racionales, pero ello no es así. “La proposición expresada frecuentemente: este pueblo obra así, porque cree de determinada manera, es muy pocas veces verdadera. La proposición inversa: el pueblo cree esto porque obra así, encierra generalmente una mayor suma de verdad”.

Pareto como Nietzsche o Freud, está convencido de que el individuo está manejado por los instintos e igual que Freud piensa que los instintos son adherencias biológicas. Sin embargo, el objeto del análisis social no son los instintos sino lo que Pareto llama “los residuos”, que son las verdaderas raíces del comportamiento. Los residuos son haces de instintos fácilmente identificables. Entre ellos se pueden mencionar los que presiden el comportamiento sexual o el actuar religioso.

A un nivel mayor de complejidad se encuentra las derivaciones, que es un concepto cercano al de ideología, utilizado por Marx. Las derivaciones cubren las justificaciones de la conducta. Intentan formar un orden racional en el caos irracional de los residuos. Las derivaciones sirven así para mantener el orden social. Son una necesidad y una exigencia de los grupos sociales para mantener su cohesión. El mito, el derecho, la filosofía representan diferentes niveles de derivaciones. Lo importante para la acción política no es que sea racional, sino que lo aparente. El objeto de la ciencia social no tiene por qué ser racional. Es estudiar las acciones no lógicas para deducir de ellas la verdad, no la utilidad. La concepción de Pareto puede resultar para unos cínica, para otros realistas. Sin duda, encontró algunos de los mecanismos ocultos tras las ideologías. Acaba, sin embargo disolviendo el análisis en un voluntarismo moralista, al atribuir el proceso histórico no a las determinaciones económicas o ambientales, sino a la actitud indolente de las clases dominantes, que se entregan, tras la conquista del poder, a los goces refinados de la civilización. “La desigualdad de la repartición de los beneficios parece depender mucho más de la naturaleza misma de los hombres que de la organización económica de la sociedad”. (Cours d’Economie Politique, No. 1012).

el poder de la burguesía. Las transformaciones históricas se deben a ese vaivén que reemplaza las élites agotadas. El poder se fortalece en la disciplina y se disuelve en la molicie. Es algo inherente a la naturaleza humana y no depende de la conformación de las estructuras sociales. Indefectiblemente el poder pasa de los leones a los zorros. (Cfr.Systemes Socialistes y el Tratado, No.2054). Esta visión histórica conduce a Pareto al pesimismo social y al realismo metodológico. La élite gobierna siempre por la astucia o por la fuerza y no hay nada que hacer contra estos dos instintos básicos de la naturaleza. Se repite constantemente la fábula del león y el zorro.

La élite se forma con aquellos que han merecido buenas notas en el concurso de la vida o con aquellos que han escogido los números favorecidos en la lotería de la existencia social. El triunfo sólo se justifica por el éxito. No tiene ninguna justificación filosófica o moral. El mecanismo para lograr la conquista del poder es siempre el mismo: hablar de la igualdad para obtenerlo y luego negarla. Incluso el gobierno de las leyes no es más que una ilusión en la que creen los gobernados, pero en la que sería ridículo que creyesen los gobernantes. “Gravísima ilusión es la de los políticos que se imaginan poder suplir con leyes el uso de la fuerza armada” (Tratado,2179)

Lo único que garantiza el poder es, por consiguiente, la fuerza y es este mecanismo de violencia institucional el que necesita cubrirse con el manto de las derivaciones. Ello es cierto, tanto en el dominio político de las clases sociales, como en la subordinación de unos pueblos a otros. “En las relacione internacionales, bajo los oropeles de la oratoria humanitaria y ética, no hay sino fuerza” (Tratado, No. 2179).

Inclusive el gobierno de las leyes no es más que una ilusión, por no decir una mentira. Es una ilusión en la que deben creer los gobernados, pero en la que sería ridículo que creyesen los gobernantes. Los gobiernos se debilitan y caen cuando se dejan apresar por ese vago humanitarismo moralista.

Sólo la moral hace vergonzosas las acciones históricas. La historia es como es y no se reforma con consejos. Si se quiere hacer su análisis sobre el terreno científico, es necesario eliminar el pudor y la repugnancia. Si los hombres ocultan sus intereses bajo el manto de las derivaciones, no es en razón de un prejuicio moral, sino de la astucia para conquistar o conservar el poder.

son necesarias y útiles. La mentira es una necesidad social. “La estabilidad social es tan útil, que para mantenerla vale la pena recurrir a la ayuda de diversas teologías, entre las que puede estar la del sufragio universal y resignarse a sufrir ciertos daños reales.” (Tratado, 2184).

A través de la teoría paretiana no es posible llegar a comprender la razón de la historia o de la acción social. La aceptación de la desigualdad como un hecho “natural”, fundamenta el método psicológico de análisis, extraído de la economía. La historia así carece de sentido. Todo parece ser un drama que se juega sobre las tablas, ante los ojos atónitos de los espectadores. La historia no parece ser sino una sucesión incontrolada de escándalos.

La aceptación explícita de la desigualdad como una necesidad histórica lleva a Pareto al determinismo biologista que se esconde sutilmente debajo de la aparente objetividad positivista. El proceso histórico está regido en forma ciega por esos hacecillos de intereses que Pareto llama residuos y que juegan con el destino del hombre. Los instintos se hunden más allá del proceso individual y aparentemente racional de las acciones sociales, en las raíces del cosmos.

Si la división social es ineludible, la ciencia no puede encaminarse hacia finalidades románticas de transformación social. De ahí se deduce el abismo, planteado también por Weber, entre el conocimiento científico y la acción política y social. La ciencia no tiene por qué mejorar el comportamiento individual o social. La verdad nada tiene que ver con la ética. Por eso, la peor debilidad de una cultura es el caer bajo el dominio de los intelectuales. No es posible transformar los instintos con razonamientos (Tratado,2229).

De allí se deduce igualmente la incertidumbre con la que Pareto maneja el concepto de derivación, y que en sus manos es un instrumento de análisis social similar al concepto de ideología. A pesar de que comprende su posible origen económico (Trat.2097), remata en explicaciones psicologistas y de poca utilidad social. Según él, la clase gobernante ve mejor sus propios intereses, “porque los velos del sentimiento son en ellos menos densos” y la clase gobernada los ve peor, “porque estos velos son en ellos más densos”. Los intereses de gobernados y gobernantes no son necesariamente opuestos y así “el engaño resulta ventajoso para la misma clase gobernada” (Trat.2250).

Las desviaciones analíticas provienen en Pareto posiblemente de su formación como economista. Como tal, acepta sin análisis el presupuesto según el cual la razón del comportamiento humano es el interés individual. No intenta ningún

análisis sociológico para definir cómo surgen los intereses al interior de una formación social. El Tratado, por apasionante que sea su lectura y a pesar de su refinamiento matemático, no explica por qué se mantiene o porqué se rompe el equilibrio social. La única respuesta de Pareto es que unos hacen uso de la fuerza y otros no. (Trat.2202). Según esta perspectiva, la historia solamente se puede describir como “escándalos que suceden a los escándalos, dejando todo como estaba”.

Desde esta perspectiva es imposible encontrar el valor del trabajo como instrumento de transformación del medio. No hay en la obra de Pareto, sino alusiones pasajeras y superficiales al trabajo social y, por consiguiente, no hay que esperar análisis adecuados sobre la formación y decadencia de las sociedades. La única explicación repite el estribillo de los intereses individuales que consolidan el poder de quienes están provistos con los mejores “residuos”. Son estos individuos los que empujan al progreso a toda la nación.

Más interesante, sin duda y más atinente a nuestro propósito es la manera como Pareto reconoce la importancia de los factores natrales en la formación de las sociedades. Ninguna formación social puede explicarse sin entender las relaciones que mantiene con “el suelo, el clima, la flora y las circunstancias geológicas y meteorológicas” (Tratado,2060). Para probar la importancia de estos factores, cita las diferencias anotadas ya por Montesquieu, entre las culturas de los climas templados y tropicales.

Este inicio promisorio de un método ambiental de análisis, se desvanece enseguida. “Pasaremos por alto, dice, el estudio directo de la acción de estos elementos (los geográficos), pero los tendremos en cuenta indirectamente, al asumir como residuos dados, las inclinaciones, los intereses de los hombres sometidos a tales elementos” (Tratado, 2064).

En esta forma, los influjos ambientales sobre la cultura, los reduce Pareto a un haz de instintos biológicos, sin relación con la manera como la sociedad transforma el medio a través de trabajo. Estas raíces biológicas del actuar social excluyen toda explicación racional de la cultura, ya que los objetivos sociales no están definidos por la ciencia, sino por los instintos.

El fascismo difícilmente hubiese podido encontrar una más hábil justificación teórica y es posible que solo la muerte impidiera que Pareto sirviese como portavoz filosófico del movimiento iniciado por Mussolini. Coincida con él en su desprecio a las élites burguesas, que estaban perdiendo el poder político y en el

convencimiento de que sólo el poder podía mantener la cohesión social.

El clima y las condiciones ambientales solamente tienen influjo en las formaciones sociales a través del trabajo, porque es a través del trabajo como el hombre transforma las condiciones naturales. Sin embargo, este es quizás el principal ausente en la sociología paretiana. El trabajo ni siquiera se nombra entre los elementos que entran en la determinación de las formaciones sociales y tal vez esta ausencia es la que lleva a Pareto a ese vago determinismo pesimista que considera a los hombres enraizados en instintos atávicos e inmodificables.

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