Tenemos en esta sección la mayor evidencia que relaciona al profeta con el estado de cosas en la tierra de Judá antes de la llegada de Esdras y Nehemías. Esta sección se divide en dos partes: a) En la primera parte (56:9–57:1) se describe la situación calamitosa de los habitantes de Judá bajo el yugo indolente de sus propios dirigentes; y b) La segunda parte (57:1–13) se refiere a la idolatría infiltrada en Judá a causa de pactos y contubernios de algunos judíos prominentes con elementos [página 233] extraños a los designios y la misión de Israel, como los samaritanos y los hijos de Amón.
Semillero homilético
Un refugio para los peregrinos cansados 57:10–12
Introducción: Hoy se habla mucho del estrés. Parece que toda profe- sión o trabajo genera estrés, inclusive el ministerio cristiano. Isaías nos ofrece consejos para el ministro que está experimentando estrés. I. La realidad del cansancio y estrés.
1. Trabajo sin suficiente descanso trae estrés.
2. El alejamiento de Dios nos produce estrés (vv. 11, 13a). II. Remedios para el cansancio y estrés (v. 10b).
2. La comunión más íntima con Dios alivia el estrés (v. 13). III. Recomendaciones para prevenir el estrés.
1. Aliviarse del temor (v. 12).
2. Mantener una fe en Dios y no en los ídolos (vv. 12b, 13). 3. Dejar que Dios se encargue de la justicia (v. 12).
Conclusión: El descanso y los ejercicios espirituales de la lectura bí- blica, la meditación y la oración son buenos antídotos al estrés. El siervo del Señor necesita separar un tiempo todos los días para dedi- carse a estas actividades.
La situación calamitosa de los judíos se compara con la de un rebaño abandonado y expuesto a las fieras del campo (v. 9; comp. Jer. 12:9). Las personas puestas para protegerlo de los peligros de fuera son de lo más ineficientes y constituyen ellos mismos un peligro. A ellos el profeta los describe mediante dos analogías:
(1) La primera analogía es la de los centinelas, puestos en lugares altos y prominentes para poder advertir los peligros que acechan al pueblo de Dios. Pero éstos son centinelas ciegos. No existe mayor descalificación para un centinela que la de no poder ver. Sin embargo, esta ceguera no es física, sino la que es consecuencia de la falta de conocimiento de Dios (56:10a).
(2) La segunda analogía es la de los perros ovejeros, que mediante sus ladridos guían al rebaño de acuerdo con la voluntad del pastor. Ellos están dotados de una in- teligencia especial para en- tender a su amo, a las ovejas y las circunstancias, Pero, ¡ay! ¡Estos perros no pueden ladrar! Así son los dirigentes amordazados, que no prestan ningún servicio, y sin embargo son comilones e insaciables (56:10b, 11a).
Ambos, los centinelas ciegos y los perros pastores que no pueden ladrar, se apartan tras sus propios caminos, cada cual tras su propio provecho (56:11b). Ellos encubren su indolencia e inefi- ciencia con banquetes de licor.
Con esta doble analogía el profeta alude a los dirigentes espirituales del pueblo. Los centinelas son los profetas (comp. Eze. 3:16–21) y los perros son los educadores [página 234] y políticos. Con esta clase de dirigentes y guías espirituales que han generado una sociedad injusta e inmoral el profeta desesperadamente considera los extremos que ocasionan que los justos perezcan y los piadosos sean eliminados. En esta situación los que andan en rectitud no pueden anhelar otra cosa que la paz de la tumba (57:1, 2).
En los vv. 3 y 4 el profeta tiene palabras muy duras para los samaritanos, aquellos medio hermanos de los judíos, descendientes de los antiguos israelitas que fueron dejados en su tierra por los asirios y de diferentes grupos étnicos paganos traídos por los mismos asirios. Los samari- tanos eran los enemigos más hostiles de la pequeña y débil comunidad judía que había vuelto del cautiverio babilónico, como lo revela repetidas veces el libro de Nehemías (comp. Neh. 4:2). Alu- diendo a su origen étnico mixto y a su religión sincretista el profeta dice: descendientes de adúlte- ro y prostituta (57:3). Es decir, su inclinación idólatra les había venido por la vía de la herencia.
De las intrigas y de la burla de los samaritanos, y también del peligro que representaban a la vida de la débil comunidad judía y a sus esfuerzos para levantar la muralla de Jerusalén nos habla Nehemías 4:4: ¡Escucha, oh Dios nuestro, porque somos objeto de desprecio! Devuelve su afrenta sobre sus cabezas... (comp. 57:4a).
Sin embargo, el profeta no concebía a estos samaritanos como un factor étnico totalmente aje- no a la herencia y a la misión de Israel en la historia, como habría sucedido en el caso de Esdras y Nehemías. Es posible que al llamarles hijos rebeldes, pero de todas maneras hijos (comp. 1:2, 4), aún los considere dentro del mismo plano que a los judíos. Después de todo, la expectativa profé- tica de la restauración de Efraín, ¿cómo podría ser de alguna manera realidad descartando por completo a los samaritanos, los descendientes de Efraín?
Las palabras duras del profeta contra los samaritanos nos revelan cuán repugnantes eran a la comunidad judía el factor idolá-trico de la religión samaritana y sus antiguas prácticas vinculadas con el animismo, los sacrificios humanos (57:5), etc. Los vv. 5–8 describen algunas de las prácti-
cas idolátricas de los antiguos samaritanos: el culto asociado a los robles (comp. 1:29; 2 Rey. 16:3, 4), la adoración de ciertas piedras modeladas por el efecto [página 235] constante del agua, el culto de la fertilidad asociado con los lugares altos, etc.
El v. 9 parece aludir a la interferencia de elementos paganos de origen amonita en la vida de la comunidad judía. La palabra rey (mélej 4428), parece ser una alusión a Moloc (Mólej 4432), el dios de
los amonitas. Como es sabido, Tobías el amonita (Neh. 4:3; 6:1) tuvo una nefasta influencia en la vida de Judá. Es posible que los convenios entre los dirigentes judíos y la gente de Tobías hayan incluido rituales relacionados con Moloc. El profeta parece referirse a circunstancias históricas específicas, como una comitiva enviada de Judá a la tierra de los hijos de Amón, posiblemente de parte del sacerdote Eliasib. Es así que escribe: Enviaste lejos a tus mensajeros (tsirim 6887, “repre-
sentantes”) y te humillaste hasta el Seol. (57:9; comp. Neh. 13:4, 5). Semillero homilético
Las maravillas de nuestro Dios 57:15–21
Introducción: A veces nos hace falta sentarnos y meditar en la gran- deza de Dios y las obras de sus manos. Nos conviene reconocer las maravillas que él ha hecho en nuestro universo. Isaías había vivido experiencias muy variadas durante su vida y su ministerio, y por eso tuvo la capacidad de repasar esta historia y ver las maravillas que Dios había hecho en su medio.
I. Su grandeza es afirmada (v. 15). 1. Por ser alto y sublime (v. 15a).
2. Porque él habita la eternidad (v. 15a). 3. Por su carácter (v. 15b).
II. Su trato con la humanidad es constante (vv. 15, 16). 1. Está presente con el que tiene espíritu contrito. 2. Quiere renovar a los cansados y oprimidos (v. 15b). 3. Su paciencia puede agotarse (v. 16).
4. Su Espíritu trae convicción al pecador (v. 17). III. Su tranquilidad es brindada a los fieles (vv. 18–21). 1. Da consuelo a los que están de duelo (v. 18).
2. Ofrece paz a los que están atormentados (v. 19).
3. Castiga a los malos en forma impresionante (vv. 20, 21).
Conclusión: Al repasar las grandes evidencias del amor y el poder de Dios, todo lo que nos queda es regocijarnos por las maravillas que él ha hecho en nuestro medio, y a la vez buscar compartir nuestro tes- timonio de su grandeza, para que los que no conocen a Cristo pue- dan llegar a tener la experiencia que transforma la vida.
El estado de cosas era tal que la pequeña comunidad judía parecía haber venido de Babilonia para encontrar su tumba en Sion. El profeta no puede ocultar su preocupación y su desilusión. También Hageo asociaba la crisis económica y material con una grave situación de corrupción espiritual. Sin embargo, cuando no parece haber ningún destello de esperanza, el profeta repite las palabras de Jehovah para un minúsculo remanente que aun se aferra a su Dios: Pero el que se refugia en mí tendrá la tierra por heredad y poseerá mi santo monte (v. 13). Es posible que en las palabras del v. 12 se aluda al sacerdote Eliasib que había llegado a disponer del área del monte del templo en Jerusalén como su propiedad privada (Neh. 13:4–9).