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3 ¿Democracia o,tolerancia?

¿Hay una relación de intercambio, una praxis de recipro- cidad en la Familia Dominicana? Las mujeres ¿somos colabora- doras o corresponsables? ¿Se da una convivencia entre iguales? ¿Hay democracia o tolerancia?

Mientras estaba en su largo exilio, escribió María Sam- brano en la tumba de Antígona:

Ni siquiera fuimos acogidos en ninguna de ellas como lo éramos, mendigos, náufragos que la tempestad arroja a una pla- ya como un desecho, que es a la vez un tesoro. Nadie quiso saber

qué íbamos pidiendo porque nos daban muchas cosas, nos col- maban de dones, nos cubrían, como para no vernos, con su gene- rosidad. Pero nosotros no pedíamos eso, pedíamos que nos deja-

ran dar. Porque llevábamos algo que allí, allá, donde fuera, no

tenían; algo que no tienen los habitantes de ninguna ciudad, los

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establecidos; algo que solamente tiene el que ha sido arrancado de raíz''.

La práctica de la democracia es posible a través de una relación de intercambio, de estar abiertas y abiertos a los dones de las otras y de los otros. En general, nuestros Hermanos siem- pre han ejercido el papel de nuestros maestros. El sistema patriar- cal favoreció el hecho de que los frailes estudiaran teología, mientras que a las religiosas se les asignó un espacio amplio en las tareas domésticas. El acceso a la Universidad para las muje- res, dependiendo de países, fue tardío y a veces a contrapelo. A esto se suma que el pénsum de estudios estaba ¡y está! diseñado desde una óptica estrictamente masculina. En el caso de la mujer

¿anatomía es destino?

Con frecuencia oigo hablar de tolerancia con tono apo- logético. Como si fuera una palabra feliz. Pero "tolerar" da un to- no de superioridad a quien tolera, a quien permite, a quien accede a algo... Democracia y tolerancia forman, en realidad, una gran paradoja. La tolerancia, escribe María-Milagros Rivera, signifi- ca, sin duda, progreso frente al genocidio y otras formas de exterminio de quienes son o parecen ser demasiado diferentes o dispares... la tolerancia no es suficiente para vivir humanamen- te, ni por parte de quien tolera ni por parte de quien es objeto de tolerancia'. Implícita o explícitamente, tiende a reducir a las per- sonas dispares y diferentes a una miseria simbólica.

En su libro Presente y futuro de la Vida Religiosa dejó escrito el P. Vicente de Couesnongle: "La ley fundamental de la democracia es la de la mayoría. Esto no es así entre nosotros... Nuestra ley propia es la de la unanimidad". En la democracia cabe la mediación fraterna, la participación entre iguales, la libre expresión, respeto y acogida de lo diferente. Correr la misma suerte...

5 Senderos, p. 259.

Dominicanismo, ¿travesía con rostro de mujer?

En las Constituciones de la Orden de Predicadores lee- mos: Por lo tanto, los frailes y las hermanas establezcan juntos una colaboración y planificación apostólica (N° 145).

Sin lugar a duda, hemos ido dando pasos de la tolerancia a la democracia, de una praxis de sacerdote y sacristana, maestro y discípula, director y dirigida, hacia una relación de intercambio fraterno, de dar y dejarse dar, de transformación mutua valoran- do, por parte de nuestros hermanos los frailes, ese mundo simbó- lico y misterioso que encierra lo femenino. No obstante, hay que avanzar mucho más al respecto. La teoría escrita en los documen- tos de la Orden está todavía lejana de la praxis.

Desde una perspectiva feminista se vislumbra un hori- zonte que conduce al orden simbólico de la madre, donde el principal significante es la relación de intercambio en confianza que incluye la receptividad, también la pasión: el dar y el dejarse dar. Aquí no hay necesidad de primacías, sino de apertura, de disponibilidad al intercambio, de abertura a lo incalculable; de atención al sentido, a los sentidos, que da y toma la realidad, lo que ocurre y nos ocurre; la realidad, que es fluida y está siempre en proceso de cambios en parte imprevisibles; que es, por tanto, irreductible al campo semántico de un solo significante, por potente que éste sea .

La relación humana no se sustenta con supremacías, ni por la fuerza, sino con las mediaciones del amor y de la gracia. Mediaciones para alcanzar la libre participación y comunión en- tre iguales.

¿Cómo caminar en democracia toda la Familia Domini- cana? Creo que el punto de partida es la Formación Inicial. Joan Chittister en su obra El fuego en estas cenizas dice con acierto que: Debemos formar en el feminismo a las mujeres y a los hom- bres. Todos los noviciados de este país (yo diría de la Familia Dominicana en el mundo; deben informar de la situación de las mujeres en el mundo, de las incoherencias teológicas que engen- dra el chauvinismo eclesiástico, del peligro que el machismo ins-

María-Milagros Rivera, Op xil. p. 130.

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(itucionalizado supone para el planeta y de la pérdida de credi- bilidad de una iglesia que predica la igualdad, pero no la prac- tica (p. 214).

Cierto que una participación democrática exige prepara- ción. Las mujeres somos conscientes de eso, pero una formación desde nuestra óptica. Durante los siglos XIV y XV la teoría so- bre la igualdad de sexos atrajo a hombres y mujeres cultas. Esta teoría genera un tipo de humanismo femenino con las llamadas puellae doctae, niñas educadas en casi todos los saberes de la época, especialmente el filológico. Atraídas por su formación in- telectual, sospecharon, sin embargo, del proyecto educativo que

los defensores de la teoría de la unidad o igualdad de los sexos habían diseñado para ellas, intentando hacerlas a su imagen y se- mejanza. Como mujeres, sentían la necesidad de decir su palabra, su experiencia femenina, más allá del saber universal masculino.

Teresa de Cartagena, escritora del siglo XV, que a la ma- nera de las humanistas tuvo el privilegio de pasar por la Univer- sidad de Salamanca, siendo ya de cierta edad y reflexionando so- bre lo aprendido en la universidad, escribe en su obra Arboleda

de los enfermos que los conocimientos adquiridos en esa casa de

estudios "no le otorgan sabiduría en lo que decir quiere" (p. 103). Otra experiencia significativa es la de Juana de Contre- ras, perteneciente a la nobleza castellana, alumna del humanista italiano Lucio Marineo Sículo. La discípula se enfrenta al maes- tro porque la gramática latina no le dejaba a ella (y sí a él) expre- sarse y decirse como quería. En una carta fechada en 1504 Juana plantea, en contra de su maestro y de la gramática, que quiere ha- cer referencia a sí misma utilizando el femenino, con el apelativo de heroína en latín declinado por la primera, y no de herois, co- mo le explica pacientemente Sículo (y ella sabe de sobra) que es la forma femenina correcta en los clásicos, una forma sin desi- nencia propia.

El maestro responde irritado y le pide no se deje llevar por la ambición:

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Basta, pues, de este tema, y sobre todo tengo la seguri- dad de que estarás de acuerdo en no despreciar la autoridad de Sículo... Así pues, no quisiera que te afectase un afán de renom- bre excesivo, que si ciertamente se te puede conceder con dere- cho por la nobleza de tu estirpe o por causa de tus dotes intelec- tuales, con todo no es conveniente todavía a tu edad yjuventuct'. Ser mujer se ha ¡do convirtiendo progresivamente, prime- ro en una condición doloroso y, con el tiempo, en una condición femenina. La historia de la mujer en la Familia Dominicana no escapa al resto de las historia de las mujeres en el mundo. Cierto que en Catalina de Siena tenemos una excepción, pero la excep- ción no confirma la regla. ¿Podrá ser un paradigma femenino Ca- talina hoy?

Siento que a la mujer (monja, hermana, laica) se le están abriendo espacios de participación significativos en la Familia Dominicana. Esto es innegable. Y aunque convivan, en mayor o menor medida, la tolerancia y la democracia, de manera especial las mujeres estamos llamadas a agrandar los espacios democráti- cos dominicanos ¿Cómo? Preparándonos con hondura para la Predicación, hablada o escrita, según dones y carismas. Valorán- donos y apoyándonos mutuamente. La formación patriarcal ha hecho que las mujeres valoremos el decir y el decirse en masculi- no. Tenemos que descubrir que la mediación femenina puede po- tenciarnos y ayudarnos a ser, decir y decirnos, desde nuestra raíz. Nuestra Familia Dominicana ¿ha sido una Familia sin mujeres? ¿Cómo emerger en este nuevo milenio? ¿Cómo hacer visible una democracia femenina?