• No se han encontrado resultados

La fuerza testimonial y la devoción en la espiritualidad pentecostal: justicia de

Elida Quevedo

III.- La fuerza testimonial y la devoción en la espiritualidad pentecostal: justicia de

los géneros

Quiero contarles un testimonio. El caso de Chiquinquirá. En una pequeña comunidad en el sector de Chiquinquirá, habita- do por gente de la raza guajira en el Estado Zulia de Venezuela, se celebró hace algunos años un Taller sobre "La mujer en la cul- tura Wuayú". Fue dirigido por un grupo de estudiantes de teolo- gía que realizaban en ese momento un curso sobre "Pastoral de la Mujer".

Antes de la investigación se daba por sentado que las mu- jeres sufrían discriminación en la iglesia, producto de la evange- lización occidental que se había realizado en estas comunidades indígenas, fuertemente marcada por el machismo. El objetivo del taller era investigar sobre los elementos de la cultura wuayú (de la gente guajira) que dignificaban a la mujer, para proponerlos como valores positivos para la comunidad de fe.

El taller contemplaba por lo tanto una línea de investiga- ción sobre la participación que las mujeres tenían en sus respecti- vas iglesias locales. Se invitaron mujeres y hombres con mayor experiencia, de varias comunidades guajiras, pertenectentes a iglesias de la Unión Evangélica Pentecostal Venezolana. Con una dinámica de preguntas y respuestas, comparadas entre sí por di- versas exposiciones y reacciones, se recogió la información. Fue una verdadera sorpresa el resultado de la investigación ya que se determinó que también en su cultura indígena las mujeres eran

284 Espiritualidad y género en la experiencia pentecostal

víctimas de discriminación. Se suponía que ocupaban un lugar predominante por ser la mujer la que establecía la descendencia, sin embargo, esto deja de ser un privilegio cuando se deriva de ahí la práctica de responsabilizar a la mujer por la sobrevivencia del grupo familiar, a lo cual el varón no está obligado de la mis- ma manera. Y, por otra parte, es el varón el que representa al gru- po familiar en la comunidad, en este caso el de su familia mater- na, no su propia descendencia, que es representada a su vez por otro varón, hermano de la mujer9, y asimismo es el varón el que

toma las decisiones más importantes.

Otra sorpresa fue constatar que en la comunidad pente- costal a la que pertenecían, las mujeres se sentían mejor tratadas porque podían contribuir a la vida de la iglesia desde distintos ministerios y sin discriminaciones derivadas de su sexo. Ellas manifestaron que predicaban, dirigían cultos, oraban por los en- fermos, evangelizaban, ayudaban en toda clase de tareas y parti- cipaban con derecho a voz y voto en las asambleas donde se to- maban decisiones sobre la iglesia. En suma, la experiencia pente- costal, que es la experiencia del Espíritu que habilita con sus do- nes a cada uno y cada una en la comunidad, las mujeres se sen- tían valoradas como personas.

Las estudiantes de teología no sabían qué hacer con estas novedades; el objetivo de la investigación era llegar a proponer elementos culturales de la etnia guajira, para una relación recí- proca y de mayor consideración hacia ellas en la iglesia; pero su iglesia las había tratado mejor que su propia cultura.

En la celebración de la Palabra las estudiantes dirigieron esta exhortación pastoral a la comunidad:

"Así como en la iglesia son capaces de compartir res- ponsabilidades y participar todos sin prejuicios y sin la supre- macía de un sexo sobre el otro, así también en vuestros hogares compartid todo: las responsabilidades, las tareas domésticas, la autoridad, el amor. Así lo demanda Dios de sus hijos e hijas. Es- tamos viviendo en una sociedad que oprime a una parte impor-

Edén Vizcaíno: Sociología del derecho y la cultura wayuu, p. 93.

Elida Quevedo 285

(ante de la humanidad. Nosotros viviremos en nuestros hogares de acuerdo con la voluntad de Dios. Nadie oprimirá ni abusará de nadie. Seremos la excepción, porque así no viven el resto de los hogares, pero seremos el fermento que a la larga producirá cambios importantes en las relaciones entre hombres y mujeres. Y ustedes, mujeres, tienen un compromiso serio con el Reino. Deben seguir participando. Con más fuerza. Porque la iglesia necesita que ustedes sigan participando. Olviden los temores. Dios nos dio dones a cada una de nosotras, así como también a nuestros hermanos varones. Vamos pues a servir con amor ""'.

Fue conmovedora aquella experiencia, pero además muy significativa para todas las personas que estuvieron involucradas, porque descubrieron que su experiencia de fe había sido valiosa en sus vidas. Me impacta este testimonio porque me permite va- lorar hasta dónde una determinada expresión de espiritualidad puede limitar o contribuir al enriquecimiento personal de la gente tradicionalmente olvidada, discriminada, postergada. Y, con po- cas excepciones, es así en casi todas las iglesias pentecostales, en donde las mujeres han encontrado un lugar fértil para su partici- pación y para la promoción y valorización de su género. En la mayoría de las iglesias ellas colaboran mucho con la realización de la liturgia. Y en la proclamación de la Palabra han llegado a destacarse bastante. Pero es en el ámbito de lo cotidiano, en ora- ción y devoción, donde han podido desplegar todas sus potencia- lidades y toda su experiencia:

1.- La oración por las personas que sufren y la visitación

Aunque es parte de las obligaciones de todo pastor o pas- tora realizar este ministerio en la iglesia, las mujeres son casi siempre las más preocupadas y las que más colaboran en esto. Es una tarea permanente en cada grupo organizado de mujeres la vi- sitación y oración en las casas, hospitales y aún en las cárceles. En esta experiencia ellas realizan una espiritualidad de la vida, una verdadera espiritualidad integral, porque esta alabanza, emo- ,0 Nidia Fonseca, Dayse Guillen: Curso Pastoral de la Mujer, 1991. Maracai- bo, PACTO, inédito.

286 Espiritualidad y género en la experiencia pentecostal

ti va y profunda, se encarna en la realidad de las personas que su- fren penalidades de todo tipo; y la palabra de Dios, leída y com- partida en estos contextos particulares, se hace vida también y cobra una fuerza inusitada en la comunidad humana.

2.- La evangelización personal

Constituye otro espacio para la contribución de las muje- res en la vida de la iglesia. Esta tarea requiere de una serie de vir- tudes ya que, con verdadera paciencia y mucho gozo, comunican la Palabra, aconsejan, convencen, enseñan, comparten la amistad y crean con la gente una verdadera fraternidad humana, hasta que Dios "les entrega el fruto", que es la vida convertida. Cuando es- to ocurre la fiesta es grande y son ellas las protagonistas.

Esto es lo que se denomina en la experiencia pentecostal dimensión testimonial de la fe. La gente vive la fe diariamente con gestos concretos; y la consecuencia de ello es una comuni-

dad de adoración. Y en esto consiste la fuerza de lo testimonial

(crea comunidad). No es posible que hombres y mujeres que se encuentran diariamente dando testimonio de la fe que han abraza- do, se discriminen luego mutuamente al reunirse como hermanos y hermanas para la celebración de esta fe. En el caso de la comu- nidad pentecostal esto es lo que ocurre. Lo testimonial rompe esquemas y barreras que imposibilitan la libertad del Espíritu.

IV.- Pentecostés, soplo de Dios, viento recio que