Emilio García Estébanez
II.- La mujer en la sociedad
Como ya hemos dicho, lo que vamos a analizar no son las condiciones sociales mismas que afectan a la mujer sino la opinión que la clase ilustrada se ha formado de la mujer, a la vis- ta de la situación social de ésta. De las muchas fuentes que po- dríamos consultar, como el derecho, la medicina, el arte, etc., va- mos a ceñirnos a la filosofía, acercándonos brevemente a unos pocos autores.
1.- Aristóteles
Este biólogo y gran filósofo griego entiende lo femenino en toda la naturaleza como una expresión deficiente, malograda, de lo masculino. La naturaleza tiende en todos sus procesos, en concreto en el de la generación, a producir un ejemplar de la es- pecie en la expresión más completa que compete a esa especie. Este es el macho, o el varón para la especie humana. Cuando el resultado es una hembra o una mujer, el caso requiere una expli- cación. Aristóteles ofrece un buen repertorio de ellas, que vienen a resumirse en que no se ha guardado el debido equilibrio entre calor y frío y humedad y sequedad. En este caso el proceso de ge- neración falla su objetivo, la generación de un viviente masculino perfecto, quedando la cosa en un viviente masculino imperfecto, que es a lo que se llama hembra o mujer. La mujer por tanto es un varón sin terminar. No lo está en el orden corporal y fisiológi- co, pero tampoco en el intelectual y volitivo, como es obvio. Una consecuencia de esto es que las mujeres no son aptas para gober- nar, por sus pocas luces, pero sobre todo por el poco dominio que tienen de sus sentimientos y de sus apetitos. Dondequiera han go- bernado las mujeres todo ha acabado en un fracaso debido a la disolución de costumbres de ellas. La familia es una sociedad aristocrática por cuanto está presidida y controlada por el mejor, el esposo. La virtud propia del esposo o pater-familias es la de saber mandar, la propia de la esposa es la de saber obedecer.
2 Cfr. García Estébanez, Emilio, La cuestión feminista en Aristóteles, en Estu-
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2.- Kant
Para este filósofo la categoría que preside y configura el ser y la acción de la mujer es la belleza. Por ella pueden ganarse a los hombres y ejercer sobre ellos un cierto dominio. El saber les prueba en la medida que las hace atractivas, esto es, siempre que no sea profundo: Los estudios largos y las investigaciones penosas privan a la mujer de las ventajas de su sexo. A una mujer que tiene la cabeza llena de griego como madame Dacier o dispu- ta sabiamente de mecánica como la marquesa de Chatelet, sólo le falta una barba para expresar mejor todavía la profundidad de es- píritu que ambiciona . Lo mismo la virtud. Aprecian la virtud y las acciones virtuosas por lo que tienen de hermoso, no por lo que tienen de noble, como los varones. Pero cuando se trata de deber, de necesidad u obligación, de constricciones ásperas, se rebelan. Lo que hacen lo hacen porque les gusta. "Yo las creería poco capaces de obrar siguiendo principios y no las abrumaría con ellos''"4.
Por lo que se refiere a la vida pública, no se les permite defender sus derechos en público, aunque podrían hacerlo divina- mente (übermündig), ni llevar negocios civiles, por lo mismo que no se las manda a la guerra . Su contribución a la sociedad estri- ba en retinarla con su feminidad y en suavizar el carácter bravo de los varones, conduciéndoles, si no a la moralidad misma, al menos a sus puertas6. La mujer es una máquina más fina que el
varón. La naturaleza la ha hecho tímida con el fin de preservar la especie. En efecto, este temor la empuja a buscar protección, lo que es bueno para ella y para la prole. En la familia mujer y va- rón vienen a formar una sola persona moral. ¿Quién debe mandar en ella? Kant se inclina por una solución galante: ella debe domi- nar, él regir. La mujer está sometida al varón en un orden, el varón a la mujer en otro7.
Cfr. lnmanuel Kant. Observations sur le scntiment du beau et du sublime Vrin. I'aris. 1953: p. 39.
•'Ib.. 41.
Cfr. Antropología en sentido pragmático. Revista de Occidente Madrid 1935; p. 101.
"Cfr. ib.. 205. 7 Cfr. Ib.. 202.
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3.- Hegel
Establece una férrea y, en su opinión, insalvable diferen- cia entre el reino asignado a lo masculino, a los varones, y el asignado a las mujeres. Al varón pertenece el saber y el querer generales, el conocimiento universal objetivo y la prosecución del bien común. A la mujer, por el contrario, el saber y el querer de la particularidad subjetiva. La relación de varón y mujer es como la de lo potente y actuante con lo receptivo, pues la subjeti- vidad que representa la mujer es como la materia. Por eso la vida substancial del varón está en el Estado, en el espacio público, donde se tramita el interés de todos y donde residen la ciencia y el arte. La de la mujer en el hogar, donde rigen las necesidades naturales, los sentimientos o emociones y la particularidad, es de- cir, el interés de los miembros de la familia. El varón con su ac- tuación pública hace brotar la racionalidad, la mujer está deter- minada a lo inmediato, su círculo de influencia más grande es la familia; los lares y Hestia le pertenecen. Para el varón la familia es el lugar donde viene a reponer sus fuerzas para continuar su actividad en el Estado. El Estado es racionalidad, una racionali- dad establecida por el varón. Aunque la mujer es un ser libre para sí, es decir, una persona, las diferencias con el varón están a la vista. En la naturaleza ocurren cosas casuales, y así se dan tam- bién mujeres sabias. Las mujeres no profundizan, no han hecho ningún descubrimiento. Si en un Estado cuentan algo las mujeres es que el final está cerca. En la familia hay una parte natural (sa- tisfacción de las necesidades primarias, emociones, egoísmo) y otra racional, pero esta última no está establecida por la razón8.
El yo del varón está dividido por propósitos e ideas con- trarias, lo cual le lleva a su conciliación en un nivel superior, construyendo así el varón su propio crecimiento personal. El yo de la mujer, en cambio, no está dividido, de modo que su creci- miento es una simple expansión de lo mismo. Es como un árbol o vegetal que crece'\ Esta determinación de los sexos es inamovi-
8 Cfr. Hegel, Vorlesungen über Naturrecht und Staatwissenschaft, Meiner, 1983: I & 77-78, p. 90 ss.
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ble. Sólo una mala jugada de la imaginación deformada puede pensar que cambie.
La familia necesita un patrimonio que le dé duración, se- guridad y estabilidad, patrimonio que, aunque es común, es ges- tionado por el cabeza de familia, pues de otra manera no podría cumplir con su obligación de administrar y mejorar la situación familiar10. Antes, cuando la tierra era propiedad de la familia y se
trasmitía de generación en generación, la tierra poseía a esa fami- lia, al mayor sobre todo, al heredero. Hoy la propiedad es móvil, el hijo se va de casa y funda con su peculio personal una familia. Siendo el propietario, el esposo mantiene a la esposa sujeta a su propia persona y a la casa. El es libre, no así ella, si bien la res- ponsabilidad del esposo le presionará a no dejar a su esposa. Se- gún Hegel, la clase substancial del Estado es la de los propieta- rios de bienes raíces porque éstos son independientes en sus jui- cios y son autónomos, pues su fortuna no viene de la sociedad como en el caso de los funcionarios y profesionales, no viene, por tanto, del azar o de la voluntad social; son independientes respecto del Estado y son independientes incluso respecto de su propia arbitrariedad, pues no pueden enajenar sus tierras. La con- dición, pues, de la vida política sería la propiedad de la tierra. El individuo libre es el que se posee a sí mismo y la garantía de esta autoposesión es la posesión de bienes".
4.- Schopenhauer
Famoso misógino, como es notorio. El principio de que parte, evidente para él, es que los varones, con su mayor fuerza corporal y de inteligencia por naturaleza, están en posesión de to- dos los bienes terrenales. La mujer debe vencer al varón para hacerse con esa posesión. En la vida de una mujer la relación sexual es lo principal. El varón sólo quiere de la mujer una cosa, l0Cfr. Ib.. & 81-83.
" En nuestra opinión Hegel formula aquí el programa que deben seguir ineludi- blemente todas las mujeres que ambicionen una dignidad y libertad humanas efectivas. Esa dignidad, a la que no pueden moralmente renunciar, pasa por la obtención de esta base material. El otro paso hacia su plena y real emancipación es la entrada en el espacio público, participando en el trabajo asalariado, en la vida política, en la cultural, etc., que se despliega en este espacio.
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esa relación sexual; la mujer, en cambio, quiere del varón todo. Se llega a un pacto. Si los varones quieren esa cosa deben hacer- se cargo de todo, incluidos los hijos. Las mujeres se conjuran para castigar a la que de ellas se entregue al varón sin exigirle el matrimonio. La preocupación de los varones es que la mujer no dé a ningún otro varón lo que debe darle sólo a él'".
Ya el aspecto de la mujer revela que no está destinada a grandes trabajos de la inteligencia ni materiales'3. Lo que hace a
las mujeres tan aptas para cuidar los niños es que continúan sien- do pueriles, fútiles, limitadas de inteligencia. Cuanto más lenta es una cosa, más perfecta: la inteligencia del varón madura a los 28 años, la de la mujer a los 18. La mujer sólo tiene sentido para lo presente e inmediato, para las fruslerías, ninguno para el pasado y el futuro, como los varones, por eso ellas son tan pródigas y también tan misericordiosas. Débil de razón, penetra lo próximo mejor que el varón, y goza más de ello, por eso es capaz de con- solarle cuando está abrumado. Pero en cuanto ajusticia, rectitud y probidad son inferiores a los varones. La injusticia es su defec- to capital, al cual añaden el disimulo, el perjurio y el engaño, re- cursos a los que acuden para suplir su debilidad, sobre todo ante el marido. Ello, observa Schopenhauer, muestra que tienen hasta cierto punto conciencia de sus derechos: en efecto, con estos me- dios se defienden de los varones, que, porque las sostienen a ellas económicamente, se creen facultados para confiscar en provecho propio todos los derechos de la especie14.
Debería de educárselas en el trabajo y la sumisión, ense- ñarles devoción y cocina, en modo alguno poesía y política. No debería haber más mujeres que las de clase inferior, aplicadas todas a quehaceres domésticos. Es evidente que la mujer está he-
12 Cfr. Arthur Schopenhauer. Parerga und Paralipomena, cap. 4.
" Este es el gran principio en el que fundamenta su doctrina sobre la naturaleza de la mujer.
14 No hay que pasar por alto esta observación de Schopenhauer. Las mujeres no pueden hacer valer sus derechos, pues la sociedad, construida a la medida del varón, las tiene relegadas a un estado de inferioridad y sujeción, en el que las le- yes a que podían acudir sancionan precisamente su inferioridad. En esta situa- ción, el disimulo, el perjurio y el engaño serían recursos moralmente válidos. No lo serían si las leyes fueran las mismas para mujeres y varones.
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cha para obedecer, como lo prueba que cuando se ve indepen- diente enseguida se enreda y busca quien la domine y dirija, un amante si es mujer joven, un confesor si ya es vieja.
Por no ser, no son ni bellas, ni entienden de arte; ante un cuadro una mujer no hace más que aburrirse. "Que se calle en la iglesia y en el teatro", proclama. Si quieren tener iguales dere- chos que los varones, que la naturaleza les hubiera dado un sexo viril. El considerarla igual ha sido una necedad de la cultura ger- mano-cristiana15. Sin embargo, en el contexto de sus recorridos
filosóficos, Schopenhauer mantiene el principio general de que el conocimiento viene de la madre al hijo, y que la mujer es más apta para el conocimiento, el varón para la voluntad.
5.- Freud
El paso al estatus de adulto se verifica cuando el hombre acepta las normas sociales, asume que tiene que trabajar en el concierto social y se enfrenta a la dureza de la vida. Este paso lo da el niño cuando rompe con la madre y acepta la autoridad y la norma que encarna el padre. La niña no da por completo este pa- so, pues no rompe del todo con la madre. Por otra parte el niño acepta la norma social por el temor a ser castrado, lo que es un motivo muy fuerte que le empuja a aceptar las normas sociales y a cumplirlas con rigor. La niña, en cambio, no sufre ese miedo a la castración, de ahí que su adhesión a la norma, sea moral o jurí- dica, es menos fuerte. Por eso las mujeres tienen menos sentido de la moral y de la justicia que los varones.
Las doctrinas freudianas han sido muy influyentes en nuestra sociedad, como es bien sabido. De esas doctrinas se des- prende que la mujer no llega al estadio de persona adulta. En sus investigaciones sobre el desarrollo oral del hombre, Lawrence Kohlberg ha repetido la misma tesis. Una de sus colaboradoras, Carol Gilligan, no sólo ha desautorizado los estudios de Kohl- berg sino que ha concluido, en base a los mismos datos, que el sentido moral de la mujer no es inferior sino distinto al del va-
Cfr. La sabiduría de la vida. En torno a la filosofía El amn- i
'a muerte y otros temas, Porrúa. México. 1984; pp 63 76 ' m U J e r e S'
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ron16. Otras mujeres que se han ocupado del tema atribuyen a la
mujer una sensibilidad ética superior.
6.- Ortega
Atento a los movimientos feministas que ya se dibujaban en su época y que pronunciaban la igualdad de derechos para las mujeres, Ortega no cree que esa igualdad exista ni que sea nece- sario reclamarla. Censura las posiciones de Simone de Beauvoir que, en su libro El Segundo sexo, reivindicaba para la mujer el carácter de persona en sí y para sí sin referencia alguna al varón. Esto, en la opinión de Ortega, es olvidar el hecho del dualismo sexual y sus consecuencias. Para él no hay incompatibilidad entre ser libre y consistir en estar referido a otro ser humano'7.
A él le parece obvio que la mujer pertenece a una catego- ría inferior: "En la presencia de la mujer presentimos los varones inmediatamente una criatura que, sobre el nivel perteneciente a la humanidad, es de un rango vital algo inferior al nuestro. No exis- te ningún otro ser que posea esta doble condición: ser humano y serlo menos que el varón"18. "Volvamos, pues, sin sentir por ello
un pudor que sería 'snobismo', a hablar con toda tranquilidad de la mujer como 'sexo débil'"19. Esta debilidad de la mujer es en la
perspectiva orteguiana muy provechosa para el varón: "En este carácter patente de debilidad se funda su inferior rango vital (el de la mujer). Pero, como no podía menos de ser, esta inferioridad es fuente y origen del valor peculiar que la mujer posee referida al varón. Porque, gracias ella, la mujer nos hace felices y es feliz ella misma, es feliz sintiéndose débil. En efecto, sólo un ser in- ferior al varón puede afirmar radicalmente el ser básico de éste -no sus talentos y sus logros, sino la condición elemental de su persona"20. Ortega se apunta a la tesis de Kierkegaard, que cifra-
ba la felicidad de la mujer en ser y vivir para los demás.
16 Cfr. Carol Gilligan, Psicología moral femenina. Debate, Madrid, 1985. 17 Cfr. José Ortega y Gasset. El hombre y la gente, en Obras completas, vol.
Vil, Revista de Occidente, Madrid. 1969, 3a ed.. p. 168. 18 Ib., 168.
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Este es su cometido y no el de trabajar o estudiar. "El oficio de la mujer, cuando no es sino mujer, es ser el concreto ideal del varón. Nada más. Pero nada menos [...]. De suerte que la mujer es mujer en la medida que es encanto [...]. Es increíble que haya mentes lo bastante ciegas para admitir que pueda la mu- jer influir en la historia mediante el voto electoral y el grado de
doctor universitario tanto como influye por esta mágica potencia de ilusión"21. La razón más poderosa por la que las mujeres de-
ben guardar su feminidad es porque el hombre inteligente siente repugnancia por la mujer talentuda.