ra su hijo, sino para hijos e hijas de los cinco continentes que hoy poblamos la Madre Tierra.
Domingo aprende en las entrañas de su madre el lenguaje del desprendimiento, de la generosidad. Juana de Aza se daba a sí misma y cuanto poseía. No escatimaba el afecto y la cercanía a los vecinos de la Villa de Caleruega; era generosa a la hora de sa- tisfacer las necesidades de los hombres y mujeres pobres. Se des- prendió de lo que más quería, sus tres hijos: Antonio, Manes y Domingo, para entregárselos al Señor. ¿No tendrá mucho que ver el sentido de la pobreza de Domingo con los ejemplos de su ma- dre? Después de todo lo que vio en su infancia ¿puede extrañar- nos el despojo de sus pergaminos en favor de la gente que pade- cía hambre en Palencia?, ¿el ofrecerse como cautivo para que otra madre recuperara a su hijo?, ¿el tener como supremo bien al Señor, por encima de los lazos de la carne y de la sangre?
Domingo y su intensa vida espiritual hablan de raíz ma- terna. De la peregrina, camino de Silos, para orar y colmar de luz su espíritu. De la mujer que vive en presencia del Señor y educa a sus hijos de cara al Absoluto. No educa para la guerra -carrera de las armas- sino para la paz, enseñándoles a dar sus primeros pasos por ese camino del Amor que no tiene fin. "Santísima mu- jer", "devota y amiga de Dios", la denomina Pedro Berrantes
Maldonado, historiador del siglo XVI. Por ser vivo testigo de Amor a Dios y al prójimo, Juana de Aza es beatificada el día 1 de octubre del año 1828, por el Papa León II.
¿Quién contradice que la alegría, la mesura y el sentido común, atributos tan propios de Domingo, eran herencia mater-
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na? Me dirán que deje algo para el padre, Don Félix Ruiz de Guzmán, y ¡tienen razón! porque es un hombre que se lo mereces El historiador Pedro Maldonado dice de él que "era de buenas costumbres y mejores ejemplos, más dado a Dios que al mundo, más apartado de las vanidades que llegado a ellas". Aun con todo y eso, no ha llegado a beato ¡qué ya es decir! en los años que han corrido y corren...
Si las vivencias, educación y entorno de los primeros años del humano y de la humana, configuran, para bien o para mal, nuestra personalidad, bien podemos decir que para Domingo de Guzmán su madre fue un don, una mediación femenina armó- nica y plenificadora. De ahí que, más tarde, su trato con la mujer no es traumático, sino fraterno y valorativo.
"Cada ser humano crea de nuevo el mundo"
Con toda razón podemos decir que Domingo es un crea-
dor. ¿Acaso no inventó un nuevo espacio eclesial? Dejándose
llevar por el Espíritu ¿no fundó una Orden con características hasta entonces inconcebibles? ¿No estaba en la génesis de este hombre de Dios su formación primera, la que le dio su madre, Juana de Aza?
En el horizonte de un nuevo milenio, me pregunto: ¿Qué mundo debemos crear las mujeres y los hombres de la Familia Dominicana?
2.- Identidad y género. ¿Somos nombradas en la
Familia Dominicana?
Orad, hermanos... Hace unos meses asistí a una celebra-
ción eucarística, donde habitualmente sólo participamos religio- sas. Cuando escuché que el sacerdote decía orad, hermanos, co- mo estaba ubicada en los bancos delanteros, instintivamente miré hacia atrás, por si, en esa ocasión, se habían sumado a la liturgia sujetos masculinos y se dirigía a ellos. Pero no, todas éramos mu- jeres y, por la fuerza de la costumbre impuesta en una cultura pa-
260 Dominicanismo, ¿travesía con rostro de mujer?
triarcal, teníamos que aceptar ser llamadas 'hermanos'. ¿Qué pa- saría en una celebración litúrgica compuesta de hombres, presidi- da por una mujer que se dirigiera a ellos con estas palabras:
¡orad, hermanas!? Lo más delicado que dirían es: "Esta mujer
está mal de la cabeza".
¿Tendremos que situarnos por encima de las leyes de la gramática? o ¿haremos que esas leyes se dobleguen a un deseo específico de significación?
Primero, tendremos que tener en cuenta que, detrás de la gramática, hay una cultura milenaria, con nombre propio: pa-
triarcal (hegemonía masculina), que ha creado estereotipos de
género. Se nos adiestra y educa para una manera de ser, pensar y actuar, según seamos mujer u hombre. Marcela Lagarde en su obra Una mirada feminista en el umbral del milenio escribe: Las culturas que nos envuelven y hacen comprensible la vida y manejable aún lo incomprensible producen mitos que nos impi- den mirar lo obvio o descalificar lo evidente. Y son las socieda- des y las culturas, la historia y no los genes, ni la herencia, res- ponsables de cómo somos las mujeres u hombres de lo que ocu- rre entre ambos géneros (p. 49). Luego lo "masculino" y lo "fe-
menino" no son hechos naturales o biológicos, sino construccio- nes culturales.
Es impresionante cómo nos marcan los procesos de acul- turación y endoculturación. Procesos complejos que, a lo largo de nuestra vida, aprendemos, desarrollamos y ejercitamos... En realidad, las enseñanzas de género las hemos recibido de múlti- ples personas. Tanto la maestra como el sacerdote que me prepa- raron para la Primera Comunión me enseñaron a decir: Señor, no soy digno...
Que la cultura que nos envuelve marca inexorablemente a la persona, no cabe duda. Mientras realizaba este trabajo me visitó un hermano dominico; curioso del asunto que me entrete- nía ojeó algunos libros y papeles, dando con sus azules ojos en las singulares palabras "miembras" y "genias". Inmediatamen- te me dijo: Supongo que no pondrás en tu trabajo esas palabras,
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no están en el diccionario... Imagínate que una alumna tuya te ponga en un trabajo de Literatura "miembras" y "genias", a buen seguro que se las tachas, pues esas palabras no ¡as contem- pla la Real Academia de la Lengua Española. ¿Cuántos y cuán- tas no pensarán así? Pero yo aprendí en la Universidad que el lenguaje es diacrónico. Y también sé que la historia de la mujer y del hombre no está terminada. La hacemos cada día. Y hay que hacerla cada vez mejor, más adecuada a la igualdad y a la dife- rencia de sexos, más genuina. ¡Más justa!
A las mujeres no nos gusta el uso del masculino como genérico porque lo diferente queda bloqueado por lo desigual. Nos parece más adecuado decir y decirse en femenino y en mas- culino, como ha escrito el grupo "Nombra", de Madrid. Claro que el que tiene el poder es el que da nombres a las cosas y a las personas. Se trata entonces de "resituar", dice María-Milagros Rivera en su obra El fraude de la igualdad, en su parcialidad sexuada la palabra "hombre" y, en general, el uso del masculi- no como genérico para referirse a mujeres y a hombres (p. 62).
Las feministas, de manera lúcida, pusieron el acento en la lengua: en eso que, con el cuerpo, es "don de la madre", no reconocido suficientemente, pero que signa de manera indeleble a cada mujer y a cada hombre desde sus orígenes.
También algunos hombres se sirvieron de la lengua para liberar su ego de la dependencia femenina. El Malleus Malefica-
rum (Martillo de Brujas) (1486) prepara la escena para demoni-
zar lo femenino. Claro que hay precedentes, al respecto, de toda una fundamentación antropológica en la teología clásica. Pero en todos los tiempos también hay una voz femenina que hace oír su voz. Podría citar a muchas, pero en esta ocasión pongo la voz de Marcia Belisarda, poeta del siglo XVII, quien en respuesta a un hombre que escribe de las mudanzas de las mujeres, dice lo si- guiente:
ümbres no desonréys con título de ynconstantes a las mujeres, que diamantes
262 Dominicanísimo, ¿travesía con rostro de mujer?
¿Somos nombradas en la Familia Dominicana?
Si acudimos a los textos de la Liturgia de las Horas y al Misal Dominicano, como género, estamos ausentes. Otra cosa es que se celebre la fiesta de mujeres tan singulares como Catalina de Siena, Ana de los Angeles, Magdalena Panattieri, etc. y otra es que todas, al igual que todos, tengamos un espacio, un lugar, un nombre propio. Al respecto, hermanas y hermanos necesita- mos potenciar la relación, la ley de la unanimidad, tan propia de la Orden, suplantar la subordinación al poder vigente por la ley de la libertad, reconocer la autoridad simbólica. Dice Luisa Mu- raro: La autoridad es esto en sí misma: "capacidad de acuerdos que revalúan, potencia de relación. Por otra parte, autoridad simbólica que por definición no se impone desde el exterior, aun- que se impone. No es facultativa. Se impone por la necesidad de la mediación en que estamos, so pena del desorden simbólico y la consiguiente inseguridad, o la subordinación al poder vigente o la sujeción al ciego autoritarismo de las cosas "".
Con el surgir de la Familia Dominicana el género feme- nino fue entrando en escena y fue siendo nombrado y reconocido. Los Maestros de la Orden han tenido especial sensibilidad al res- pecto. Que yo sepa, a partir del P. Aniceto Fernández, quien en
1968 escribe a las Religiosas Dominicas del mundo entero pro- poniendo un trabajo en conjunto con los Frailes, hasta nuestros días. Vicente de Couesnongle O.P., en Dominicos hoy (1984), escribe: Las Hermanas dominicas son un elemento tan dinámico, no sólo por razón de su número, sino por su compromiso. En la misma Carta, el entonces Maestro de la Orden afirma que: Los frailes tienen cierta dificultad en la Familia Dominicana, porque se han acostumbrado a hablar, a enseñar y no tanto a escuchar... Como habla de familia no se olvida de esa parte que hoy conside- ramos tan fundamental: laicos y laicas, haciendo referencia desde su especificidad: También debo decir que los laicos y las laicas son más abiertos que los frailes de la Familia Dominicana. No me refiero a las hermanas, ciertamente más abiertas que los frailes.
2 Cit. por María-Milagros Rivera en El fraude de la igualdad, p. 78.
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Las Cartas y diversos documentos de Damián Byrne aco- gen, nombran y valoran, en el contenido y en el continente, nues- tra condición de humanas: Quisiera compartir con "vosotras " y
"vosotros" cómo veo yo la Familia Dominicana... Podemos ha- blar de la dignidad de la mujer, pero nuestras palabras no ten- drán valor mientras no se nos vea como una Orden en la que hombres y mujeres trabajan juntos, con mutuo respeto y sin te- mor. Eso sería de verdad "una palabra hecha carne ", encarna- ción de la teología. Creo que es importante reconocer que tene- mos un largo camino que recorrer ...
Timothy Radcliffe, actual Maestro de la Orden, con su efusión desbordante y con su cálida palabra, parece arropar a un tiempo a mujeres y a hombres, a jóvenes y a ancianos. No de ma- nera genérica, sino con la singularidad que cada una y cada uno tenemos. Sus cartas, en general, casi siempre son para la Familia Dominicana. Al respecto es significativa la Carta "He visto al
Señor", dirigida por igual A nuestros Frailes y Hermanas en
Formación Inicial (1999).
Los últimos capítulos de la Orden son, en mayor o menor medida, teóricamente favorables a la condición femenina, a tra- bajar "juntos", que yo añadiría y "juntas", en misión. Necesita- mos hacer realidad la práctica de la RELACIÓN, que es una par- te importante en la tradición histórica femenina. Comporta reco- nocimiento de autoridad a quien atiende y sustenta mi deseo. La autoridad (del latín augere, que significa crecer, acrecentar) es de raíz femenina y es distinta del poder porque atiende al deseo de cada ser humano de existir y de convivir en el mundo4.
La voz más auténtica procede de la misma mujer. Aun
cuando también nosotras hemos contribuido y, a veces, convivi- mos alegremente con una cultura patriarcal, sin cuestionamiento alguno. Quiero hacer honor en este artículo a nuestras Hermanas Dominicas Teólogas de todo el mundo, pero especialmente a las latinoamericanas, quienes han realizado tres fructíferos encuen- tros a nivel de Latinoamérica y varios Regionales; a las que tra-
3 Las Religiosas Dominicas, noviembre. 1990.
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bajan en redes de mujeres que luchan en favor de la justicia y la paz; a las animadoras de comunidades cristianas insertas en zo- nas marginales; a CODAL y al Movimiento de Hermanas Domi- nicas Internacionales, con Margaret Ormond como Coordinadora General, con la efectiva ayuda regional de Verónica Rafferty, Rosario de Meer, Christine Mwale, Zenaida Nacpil y Mary Hug- hes. Estas voces femeninas, junto con otras, cantarán nuevas can- ciones, harán germinar nuevas semillas y permitirán, a la Familia de Domingo y Catalina, volar al ritmo de los tiempos de Dios, porque volará con dos alas.
Espero que entre las NUEVAS VOCES... de Manila se escuche, desde su propia significación, la voz de la mujer.
En el corazón de la Orden de la Familia Dominicana con- viven una tradición "mariana" y otra "apóstolico-petrina". De ca- ra al nuevo milenio me pregunto: ¿Cómo conciliar y desarrollar a la vez, en la Familia Dominicana, ese doble perfil de María y de Pedro?