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Economía del Comportamiento y mejores políticas públicas

In document Tetaz - Psychonomics (página 105-108)

La preponderancia que adquiere la memoria episódica a la hora de tomar decisiones tiene básicamente que ver con que en última instancia lo que se procesa en la memoria de trabajo son representaciones mentales. Es verdad, no obstante, que esas representaciones mentales pueden ser icónicas (apoyadas en memoria episódica), pero también semánticas, basadas sobre todo en el lenguaje, y que son estas últimas representaciones las que se activan cuando tenemos que decidir respecto de circunstancias en las que tenemos poca experiencia.

Por ejemplo; sabemos que nos gusta más el helado de chocolate que el de menta, porque hemos probado varias veces ambos y podemos recuperar de nuestra memoria episódica el placer o disgusto de cada una de esas experiencias, pero en cambio la mayor parte de nosotros

no sabemos qué se siente estar enfermo de cáncer de pulmón por haber fumado, o habernos accidentado por manejar habiendo tomado alcohol, del mismo modo que la vida nos ofrece pocas oportunidades de experimentar con malos hábitos alimenticios que nos hagan engordar y nos den la chance de volver la balanza al peso anterior.

Simplemente, para muchas elecciones importantes de nuestra vida no tenemos suficiente experiencia y no hay modo de que hayamos acumulado suficientes imágenes icónicas en nuestra memoria episódica, de modo que debemos ayudarnos por lo que hemos aprendido y almacenado en la memoria semántica (como Giambattista Bodoni) sobre lo que está bien y lo que está mal, y las consecuencias futuras de nuestros comportamientos actuales.

Ahora bien: las representaciones que se alojan en la memoria semántica son muy dependientes del lenguaje. Lev Vigotsky, psicólogo bielorruso, comienza de hecho su libro Pensamiento y Lenguaje citando un tramo de un poema de Osip Mandelstam: “Olvidó una palabra, y su pensamiento incorpóreo ingresó en el reino de las sombras”. Sin embargo, la prueba empírica del peso del lenguaje en las representaciones mentales tuvo que esperar varios años más, hasta que Keith Chen de la Universidad de Yale puso en práctica un ingenioso cuasi experimento. Este economista experto en el estudio de los determinantes del ahorro buscó varias comunidades geográficamente cercanas, pero también demográfica y económicamente similares, cuya única diferencia era que algunos hablaban dialectos, como el chino mandarín, o el mismo alemán, que acercaban gramaticalmente el futuro y el presente, mientras que otros grupos, como los hablantes del inglés o el español, refuerzan la separación temporal del pasado y el presente en el lenguaje, conduciendo a representaciones mentales donde el futuro aparece artificialmente más distante del presente.

Por ejemplo; en castellano decimos “mañana lloverá” marcando dos veces la separación temporal, con mañana primero y con lloverá después, mientras que en alemán la expresión sería “Morgen regnet es” que traducida literalmente sería algo así como “mañana llueve”.

Partiendo de la hipótesis de que esas separaciones temporales tendrían un impacto en las decisiones que involucraran costos presentes versus beneficios futuros, como en el caso del ahorro, o viceversa, como en el caso de la elección de fumar o consumir sustancias, Chen usó una base de datos de World Value Survey, con encuestas en 76 países, algunos de los cuales hablaban lenguas con fuertes referencias temporales, mientras que otros tenían idiomas “carentes de futuro” con pocas separaciones gramaticales de los tiempos. Más aún, en varios de los países de la muestra coexistían culturas con diferente intensidad de referencias temporales en el lenguaje, lo que hizo todavía más rica la comparación.

De manera notable, el investigador encontró que los hablantes de lenguas con fuerte separación temporal (como la nuestra) ahorraban un 54 por ciento menos que los habitantes de regiones más neutras en materia de temporalidad de sus lenguas. Pero, además, estas personas llegaban a la edad de jubilarse con un 39 por ciento menos de activos que los que hablaban lenguas que no forzaban la separación temporal, tenían un 24 por ciento más de chance de haber fumado alguna vez, poseían un 29 por ciento menos de probabilidad de estar físicamente activos, y detentaban un 13 por ciento más de chance de presentar obesidad.

Entonces, resulta clave la construcción gramatical que se utilice para regular o prevenir acciones con consecuencias futuras, porque de ello dependerá el tipo de representación mental que construyan los ciudadanos y que realmente consideren al futuro como una preocupación. Sabemos además que cuando llevamos adelante una política pública debemos

tener en cuenta las activaciones que es esperable que se produzcan en la memoria episódica de los sujetos objeto de las medidas, puesto que estas, al estar reforzadas por marcadores somáticos, serán fundamentales a la hora de generar un primer impulso emocional de aprobación o rechazo, de gusto o disgusto, de propensión o evitación a un comportamiento deseado por el hacedor de la política.

Por ejemplo, analicemos el establecimiento del cepo cambiario en nuestro país. Es evidente que las grandes crisis económicas de los últimos sesenta años fueron almacenadas en memoria episódica por muchos argentinos, que aprendieron que cuando sube el dólar generalmente es porque se avecina una tempestad económica, de modo que generar un mercado negro donde la divisa ha llegado a cotizarse a más del doble que el tipo de cambio oficial es una pésima idea, porque solo puede lograr comportamientos de evitación (de la moneda doméstica) por parte de los agentes que buscarán certidumbre en la divisa norteamericana.

Pensemos, por poner otro ejemplo de fuerte influencia de la memoria episódica, en las medidas destinadas a resolver el problema del transporte. Lo cierto es que la gente se forma una representación mental de las alternativas para efectuar un traslado donde juegan las experiencias de viajes en transporte público (tren o micro) versus las del transporte privado (auto). Esas representaciones usualmente no tienen una temporalidad asociada (recordemos el experimento del proctólogo), por lo que no tiene sentido que el Gobierno invierta dinero en aumentar la velocidad del transporte público, sino que debe destinarlo a mejorar la calidad de la experiencia mientras esta dura, o en reforzar la memoria episódica de esas experiencias haciendo que la gente mejore la creencia que tiene de cómo fue esa experiencia (la sensación térmica del viaje).

Comprender la carencia de la sensación del tiempo en las representaciones mentales tiene un efecto muy importante en políticas como las destinadas a combatir la criminalidad. Gary Becker ganó un Nobel de Economía por demostrar, entre otras cosas, que los criminales también hacen una ecuación costo/beneficio a la hora de decidir si salen a robar o no. En particular sopesan la representación mental de los beneficios del botín (es fácil imaginarse comprándose cosas, disfrutando de una cena afuera o tomando sol en una playita el próximo fin de semana), con la de los costos asociados. Pero el problema es que la representación mental de estar preso (que puede provenir de la memoria episódica de cualquiera que haya visto suficientes películas alusivas) se pondera por la probabilidad de ser apresado, que puede provenir de la memoria semántica ( el sujeto “sabe” que nadie va preso en Argentina), o en el caso que el individuo ya haya delinquido exitosamente, de la propia memoria episódica.

Cuando se comprende la naturaleza de esas representaciones mentales, se entiende que no tiene sentido aumentar las penas a quienes delinquen, por la simple razón de que diez años más de cárcel, multiplicados por una probabilidad de aprensión y condena del 5 por ciento, se representan en todo caso como seis meses de prisión adicionales. Pero sobre todo porque la representación mental de cinco años en la cárcel es exactamente la misma que la de cinco y seis meses… Simplemente uno puede representarse mentalmente libre o preso, pero no hay manera de representarse mentalmente X cantidad de días preso.

Cambiando el ejemplo, se quiere evitar que los jóvenes fumen, rendiría mucho más una visita a la terapia intensiva de un centro oncológico especializado en pulmón, experiencia que difícilmente se olvidará y quedará grabada en memoria episódica, que miles de millones gastados en mensajes que se pierden en la memoria semántica del sujeto. Por otro lado, en el

caso de políticas públicas que no pueden ser motorizadas o apuntaladas a partir de recuerdos episódicos, resultará crucial la representación mental que se “imagine” el sujeto, que necesariamente estará mediada por el lenguaje.

No importa tanto entonces el cúmulo de información que se transmita, por ejemplo respecto de los beneficios de cuidar el medio ambiente clasificando la basura, reciclando y evitando los desechos como las pilas o los desodorantes en aerosol, sino que la clave es el modo en que se transmite la información. Lo ideal en este sentido es mostrar películas o cortos que reflejen el mundo del futuro si no somos prudentes, más que contarlo semánticamente.

En este sentido, una investigación reciente de Melissa Kearney y Phillip Levine, de National Bureau of Economic Research (NBER), comprobó que la exposición al reality televisivo “16 y embarazada” causaba una caída del 5,7 por ciento en el embarazo adolescente en los 18 meses siguientes al show, evidenciando que cuando la información es procesada por la memoria episódica, los resultados son claramente palpables.

Entonces la alternativa a las actuales campañas públicas, podría ser construir historias de fácil recuerdo y amigables a la hora de ser representadas mentalmente. Por ejemplo, supongamos que el Gobierno busca que la gente sea financieramente responsable y no se endeude más allá de sus posibilidades. Puede optar por una campaña de educación financiera que le explique a la gente el significado del costo financiero total (CFT), la cual se almacenará desprovista de cualquier marcador emotivo en la memoria semántica, o por el contrario puede elegir transformar el costo financiero total en plata y decirle a la gente que cada $ 1000 que pide en el banco recibirá solo 400 porque el resto del dinero se evaporará en intereses y comisiones.

Puesto de ese modo, el costo financiero es fácilmente representable de manera cognitiva, porque la gente comprende perfectamente lo que podría hacer con esos $ 600 que le están cobrando (es fácil imaginar, e incluso “ver” mentalmente las actividades a las que habría que renunciar a futuro), pero la gente no tiene la menor idea de cómo representarse mentalmente un costo financiero total del 60 por ciento.

El hacedor de política debe primero entonces trazar sus objetivos y luego pensar en el modo en que el ciudadano se representará mentalmente la situación de interés, teniendo en cuenta las representaciones mentales icónicas (apoyadas en memoria episódica) y las semánticas (basadas en el lenguaje).

Un famoso ministro de Economía argentino aprendió la lección en carne y hueso casi 25 años atrás. Dio el mejor discurso de su vida explicando las bondades de su plan económico y apelando con cuidadas palabras a los valores de la ciudadanía. No sabía entonces, que esos valores se almacenaban en memoria semántica y se sorprendió cuando terminó el discurso y la gente corrió a comprar dólares. “Les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo”, dijo Juan Carlos Pugliese.

Le habló a la memoria semántica y la gente contestó basada en representaciones episódicas del beneficio que podía darles mover primero, o lo que es peor, el perjuicio que podía ocasionarles no hacerlo.

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