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Vivimos en una burbuja

In document Tetaz - Psychonomics (página 45-48)

Lo diré una vez más: los seres humanos somos máquinas cuyo diseño es el resultado de las presiones que nuestros ancestros cazadores y recolectores debieron enfrentar para garantizar la supervivencia y la reproducción de la especie en un medio ambiente que resultaba hostil.

Esto no significa que estemos programados para realizar ciertas tareas de un modo determinado, sino que, entre todas las maneras posibles en las cuales esas tareas podrían haberse efectuado en el pasado, el proceso evolutivo se encargó de seleccionar las estrategias más exitosas.

Simplemente, quienes estuvieron dotados de programas más funcionales para enfrentar las circunstancias particulares de cada ambiente en cada momento del tiempo pasaron más cantidad de copias genéticas a las generaciones posteriores, de modo que esos comportamientos se hicieron más habituales.

Ahora bien, ¿cómo se siente usted respecto de lo que acabo de decir? Por favor, tome nota de su respuesta en el margen de la página. Sí, leyó bien. Escribí los párrafos anteriores para hacerlo partícipe de un simple experimento.

natura non da, Salamanca non presta”, y quienes piensan que “nacemos todos iguales”. Por el momento no me interesa la discusión entre naturaleza y crianza. El punto es que la frase con la cual inicié esta sección divide opiniones: a muchos les parece lo más obvio del mundo y a otros la simple idea les sabe de lo más repugnante.

Piense: en la población total, ¿cuántas personas comparten su opinión? ¿Más de la mitad, o menos de la mitad? Por favor, una vez más anote su presunción en el margen de la página. Le apuesto dinero a que cualquiera que haya sido su opinión, usted cree que más de la mitad de las personas comparten su manera de pensar respecto de este tema. Esto es natural: la tendencia general es que las personas casi siempre creen que integran el bando mayoritario.

¿Cómo puede suceder esto? Porque los sujetos se mueven en grupos y frecuentan ámbitos donde hay personas muy parecidas a ellos. Los sociólogos y los economistas no se ponen de acuerdo respecto de si esto sucede porque las personas similares se atraen y agrupan (como en los clubes), o si ocurre porque la convivencia torna parecidas a personas que inicialmente eran distintas. De cualquier modo, nuestras opiniones son rehenes de los ámbitos en los cuales actuamos. Tenemos la tendencia a creer que “nuestro mundo” es el mundo, que las personas con quienes interactuamos son la gente.

Le propongo realizar el siguiente ejercicio. Vaya a la plaza de un barrio humilde un sábado o un domingo y pregúnteles a las personas que encuentre allí qué porcentaje de argentinos creen que veranean, o que tienen auto, o que terminaron el secundario, o que cuentan con una obra social, o realice cualquier otra pregunta similar. Luego repita las mismas preguntas, pero esta vez en el clubhouse de un country, o entre sus compañeros de carpa del balneario. Notará que sistemáticamente los miembros del primer grupo subestimarán los porcentajes, al tiempo que los integrantes del segundo grupo los sobrestimarán.

Esto es más o menos como pronosticar el resultado de las próximas elecciones encuestando vecinos a la salida de un acto político, o preguntar si dios existe justo en la puerta de una iglesia. Resulta obvio que las muestras no son representativas de la población general. Y dado que no lo son, las estimaciones que realicemos con base en esas muestras estarán sesgadas. Estamos en presencia del sesgo de representatividad.

Este sesgo no es una simple cuestión anecdótica, sino que como descubrimos en una investigación que hicimos con Guillermo Cruces, del CEDLAS, con una encuesta de 1039 casos representativos del Área Metropolitana del Gran Buenos Aires, no solo que los pobres y los ricos creen que son todos de clase media, y que están en el centro de la distribución de los ingresos (los pobres se creen mejor acomodados socialmente y los ricos, uno más del montón), sino que cuando se les da información indicándoles su verdadera posición en la pirámide de los ingresos, cambian sistemáticamente sus preferencias redistributivas; los pobres se tornan más propensos a la redistribución y los ricos, menos.

Si bien los dos últimos ejemplos son extremadamente simples, exactamente ese tipo de razonamiento es el que realizamos día a día. Formulamos nuestros juicios a partir de una experiencia acotada y no nos damos cuenta de que nuestro mundo no es representativo de toda la sociedad, del mismo modo en que el taxista no se da cuenta de que su concepto de “la gente” no es el mismo que el del colectivero o el de la azafata, por ejemplo.

Ahora bien, ¿por qué este sesgo tendencioso en las opiniones de las personas debería importarle a la economía? La razón es que, como en el ejemplo de las políticas redistributivas, muchas de las decisiones que tomamos todos los días se basan en

estimaciones que hacemos a partir de la información proveniente del mundo que nos rodea. Por supuesto, nadie nace sabiendo y, por lo tanto, para pronosticar adecuadamente las consecuencias de nuestras acciones necesitamos aprender cómo funciona el mundo.

De niños aprendemos a partir de la prueba y el error. Cuando nos cansamos de quemarnos con la pava caliente, de recibir descargas por meter la tijera en el enchufe, de que el perro nos muerda por haberle sacado el hueso y de peripecias similares, entonces nos volvemos pequeños científicos. Claro, hay dos maneras de hacer ciencia. Con objetos inanimados podemos experimentar como si la vida fuera un laboratorio, pero si buscamos comprender las consecuencias de nuestros actos cuando estos implican a otras personas o a grupos, la experimentación resulta lenta, tediosa, costosa y metodológicamente muy difícil.

Optamos entonces por hacer lo que hace la mayoría de los cientistas sociales: observamos el mundo en busca de patrones, regularidades y correlaciones. Construimos teorías causales.

A partir de ellas decidimos si nos conviene estudiar, trabajar, invertir, tener hijos, practicar sexo seguro, vacunarnos, comprar una casa, pagar los impuestos, hacer negocios, votar a un determinado candidato, manejar prudentemente, jugar a la lotería, pedir aumento, fumar, ir al gimnasio, tomar alcohol, tener tarjeta de crédito, comprar un teléfono celular, y así indefinidamente.

Tomemos a modo de ejemplo el caso de la educación, que es uno de los que más me interesan. ¿Cómo sabe una persona si le conviene o no estudiar, o qué carrera seguir? Idealmente quisiéramos poder conocer la suerte que, en promedio, corren quienes tienen distintos títulos universitarios y cómo les va a quienes no tienen ninguno. Pero no lo sabemos. Contamos con una casuística acotada de parientes, amigos y conocidos, y solamente en forma casual sus experiencias resultarán representativas para que podamos realizar una inferencia más o menos razonable. Más grave aún: por regla, al conocer pocos casos la variabilidad de los resultados será mayor que la observada en una población más grande, por lo cual es probable que las personas consideren que la decisión de estudiar y de invertir en capital humano resulta más riesgosa de lo que en verdad es. Asimismo, ¿qué podemos decir de los esfuerzos que estaremos dispuestos a realizar a la hora de trabajar, o del riesgo que aceptaríamos correr para hacer una inversión?

Durante mucho tiempo, los economistas creyeron que todo se resumía a una ecuación de costo versus beneficio. Se trabaja más horas si la paga es mayor que la desutilidad que implica el esfuerzo, se invierte más dinero si la tasa de retorno justifica ahorrar, postergar el consumo y soportar la ansiedad por consumir ya.

Cuando empezaron a aparecer las investigaciones sobre la economía de la felicidad se encontró que en realidad uno de los determinantes más importantes del grado de satisfacción de las personas no es su propio ingreso (el resultado de su trabajo o inversión), sino la comparación de su ingreso con el de sus pares y con el de los miembros de su grupo de referencia.

Parecería que lo que motiva a las personas a esforzarse no es su bienestar absoluto, sino su bienestar relativo. Esto suena lógico, pues después de todo somos animales sociales. En el reino animal es habitual que los mamíferos se ordenen jerárquicamente y que esa escala determine el acceso a los recursos alimenticios y de reproducción. En las distintas especies la posición social se determina por el tamaño de los individuos o por la capacidad de agresión, pero los seres humanos hemos desarrollado un modo más civilizado de zanjar las disputas: la

billetera.

Ricardo Pérez Truglia, de la Universidad de Harvard, ha demostrado que buena parte de nuestro consumo no está destinado a satisfacer necesidades de alimento, refugio, vestimenta, educación, seguridad o recreación, sino a señalizar nuestra capacidad adquisitiva. El “consumo presuntuoso”, del cual hablara por primera vez Thorstein Veblen hace más de cien años, explica por qué hay personas que pagan más de $ 2.000 por una crema antiarrugas, US$ 30.000 por una noche en la suite Ty Warner del hotel Four Seasons de Manhattan , US$ 309.675 para abrir una botella de la bodega Château Cheval Blanc de 1947 (una botella de 6 litros, es cierto), 1.500.000 billetes norteamericanos por un automóvil súper deportivo Bugatti Veyron, la módica suma de US$ 800 por un jean de algodón orgánico fabricado en Zimbabwe, o 350 billetes de la divisa estadounidense por un litro de aceite de oliva Armando Manni que, según dicen, es el mejor del mundo.

Se trata de ejemplos que pueden parecer exagerados, que solo ilustran el deseo de mostrar en el grupo de referencia que uno pertenece a lo más alto de la escala social del mundo entero. Pero el consumo destinado a ordenarse jerárquicamente y a diferenciarse del que tiene menos ocurre en todos los niveles sociales, y ello explica por qué pagamos $ 5.000 por un televisor de 42 pulgadas y $ 11.000 por uno que solo tiene seis pulgadas más, por qué pagamos tres o cuatro veces el valor de una buena camisa para adquirir una igualmente buena con un cocodrilo impreso en el bolsillo, por qué la diferencia de precio entre el mejor celular y el segundo mejor celular es del 100 por ciento, o por qué gastamos muchísimo dinero para mandar a nuestros hijos a un colegio donde no necesariamente aprenderá más que en una escuela pública gratuita.

La segunda consecuencia de esta segmentación es que, dado que las personas tendemos a pensar que la población se parece a nuestro grupo de referencia, hay una propensión de los pobres y de los ricos a creer que hay muchas más personas que se encuentran en idéntica situación y esto, paradójicamente, aumenta el bienestar percibido por los pobres (porque no tienen noción de lo mal que están comparativamente) al tiempo que reduce el bienestar que sienten los más acomodados (porque no notan la magnitud de su privilegio). Nada que no haya planteado Karl Marx hace más de 150 años cuando se refirió a la “falsa conciencia de clase” como un freno para el proceso revolucionario.

Sé que el comentario que voy a hacer a continuación es un poco provocativo, pero creo que si las personas conocieran cuál es su verdadero lugar en la distribución de los ingresos y si los distintos niveles sociales interactuaran más entre sí, el resultado esperado sería el siguiente: los pobres se esforzarían más (al tomar conciencia de su posición relativa desventajosa) y los ricos lo harían menos (al recibir información respecto de su ubicación de privilegio en la distribución de los ingresos). Es decir, cabría esperar que los pobres buscaran adquirir más educación, hacer más negocios, trabajar más, etcétera, y que los ricos actuasen de manera contraria.

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